Hansel y Gretel y otros cuentos
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Hansel y Gretel y otros cuentos

  1. 119 páginas
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  4. Disponible en iOS y Android
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Hansel y Gretel y otros cuentos

Descripción del libro

Érase una vez, unos hermanos llamados Grimm que, gracias a una ardua recopilación, nos regalaron un mundo de fantasía que envolvía a personajes que no sólo ayudaron a desarrollar nuestra propia imaginación, si no que también nos enseñaron acerca de la felicidad, la lealtad, la valentía, la amistad, la hermandad y muchos otros valores que nos forman hoy en día.

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Información

Editorial
Editorial Cõ
Año
2021
ISBN del libro electrónico
9786074574203
Categoría
Literature
Categoría
Classics

Los dos hermanos



Éranse una vez dos hermanos, rico uno, y el otro, pobre. El rico tenía el oficio de orfebre y era hombre de corazón duro. El pobre se ganaba la vida haciendo escobas, y era bueno y honrado.
Tenía éste dos hijos, gemelos y parecidos como dos gotas de agua. Los dos niños iban de cuando en cuando a la casa del tío rico donde, algunas veces, comían de las sobras de la mesa.
Sucedió que el hermano pobre, hallándose un día en el bosque donde había ido a recoger ramas secas, vio un pájaro todo de oro, y tan hermoso como nunca había visto. Tomó una piedra y se la tiró; pero sólo cayó una pluma, y el animal escapó volando.
Recogió el hombre la pluma y la llevó a su hermano, quien dijo:
—Es oro puro.
Y le pagó su precio.
Al día siguiente se encaramó el hombre a un abedul para cortar unas ramas. Y he aquí que del árbol echó a volar el mismo pájaro, y al examinar el hombre el lugar desde donde había levantado el vuelo, encontró un nido y, en él, un huevo que era de oro.
Recogió el huevo y se lo llevó a su hermano, quien volvió a decir:
—Es oro puro —y le pagó su precio. Pero añadió—. Quisiera el pájaro entero. Volvió el pobre al bosque, y vio de nuevo el ave posada en el árbol. La derribó
de una pedrada y la llevó a su hermano, quien le pagó por ella un buen montón de oro.
—Ahora ya tengo para vivir —pensó el hombre, y se fue a su casa muy satisfecho.
El orfebre, que era inteligente y astuto, sabía muy bien qué clase de pájaro era aquél. Llamó a su esposa y le dijo:
—Ásame este pájaro de oro, y pon mucho cuidado en no tirar nada, pues quiero comérmelo entero yo solo.
El ave no era como las demás, sino de una especie muy maravillosa: quien comiera su corazón y su hígado encontraría todas las mañanas una moneda de oro debajo de la almohada.
La mujer aderezó el pájaro convenientemente y lo ensartó en el asador. Pero, mientras estaba al fuego, un momento en que la mujer salió de la cocina para atender a otra faena, entraron los dos hijos del pobre escobero y, poniéndose junto al asador, le dieron unas cuantas vueltas. Y al ver que caían en la sartén dos trocitos del ave, dijo uno:
—Nos comeremos estos pedacitos, pues tengo mucha hambre; nadie lo notará.
Y se los comieron, uno cada uno. En aquel momento entró el ama, y al ver que mascaban algo, les preguntó:
—¿Qué comen?
—Dos trocitos que cayeron del pájaro —respondieron.
—¡Son el corazón y el hígado! —exclamó espantada la mujer.
Y para que su marido no los echara y se enfadase, mató a toda prisa un pollo, le arrancó el corazón y el hígado y los metió dentro del pájaro.
Cuando ya estuvo preparado el plato, lo sirvió al orfebre, el cual se lo merendó entero sin dejar nada. Pero a la mañana siguiente, al levantar la almohada para buscar la moneda de oro, no apareció nada.
Los dos niños, por su parte, ignoraban la suerte que les había caído. Al levantarse por la mañana, oyeron el sonido metálico de algo que caía al suelo y, al recogerlo, vieron que eran dos monedas de oro. Las llevaron a su padre, quien exclamó admirado:
—¿Cómo habrá sido eso?
Pero al ver que al día siguiente, y todos los sucesivos, se repetía el caso, fue a contárselo a su hermano. Inmediatamente comprendió éste lo ocurrido, y que los niños se habían comido el corazón y el hígado del ave; y como era hombre envidioso y duro de corazón, queriendo vengarse, dijo al padre:
—Tus hijos tienen algún pacto con el Diablo. No aceptes el oro ni los dejes estar por más tiempo en tu casa, pues el maligno tiene poder sobre ellos y puede acarrear tu propia pérdida.
El padre temía al demonio y, aunque se le partía el corazón, llevó a los gemelos al bosque y los abandonó en él.
Los niños vagaban extraviados por el bosque, buscando el camino de su casa; pero no sólo no lo hallaron, sino que se perdieron cada vez más.
Finalmente, toparon con un cazador, el cual les preguntó:
—¿Quiénes son, pequeños?
—Somos los hijos del pobre escobero —respondieron ellos.
Y le explicaron a continuación que su padre los había echado de su casa porque todas las mañanas había una moneda de oro debajo de sus respectivas almohadas. —¡Caray! —exclamó el cazador—, pero si no hay nada de malo en ello, con tal que sepan conservarse buenos y no se den a la pereza —el buen hombre, prendado de los niños y no teniendo ninguno propio, se los llevó a su casa diciéndoles—. Yo seré su padre y los criaré.
Y los dos aprendieron el arte de la caza, en tanto que su padre adoptivo iba guardando las monedas de oro que cada uno encontraba al levantarse, por si pudieran necesitarlas algún día.
Cuando ya fueron mayores, los llevó un día al bosque y les dijo:
—Van a hacer hoy su prueba de tiro, para que pueda graduarlos y darles el título de cazadores.
Se encaminaron juntos a la paranza, donde permanecieron largo tiempo al acecho; pero no se presentó ningún animal. El cazador levantó la vista al cielo y descubrió una bandada de patos salvajes que volaba en forma de triángulo; dijo a uno de los chicos:
—Haz caer uno de cada extremo.
Hizo así el muchacho, y pasó su prueba de tiro.
Al poco rato apareció una segunda parvada, que ofrecía la forma de un dos; el cazador mandó al otro chico que derribara también uno de cada extremo, lo que hizo con igual éxito.
Dijo entonces el padre adoptivo:
—Los declaro graduados; ya son maestros cazadores.
Se internaron luego los dos hermanos en el bosque y, celebrando consejo, tomaron una resolución. Al sentarse a la mesa para cenar, dijeron a su protector: —No tocaremos la comida, ni nos llevaremos a la boca el menor bocado, hasta que nos otorgues la gracia que queremos pedir.
—¿De qué se trata? —preguntó él.
Y ellos respondieron:
—Hemos terminado nuestro aprendizaje; ahora tenemos que ver el mundo; danos permiso para marcharnos.
Replicó el viejo, gozoso:
—Así hablan los bravos cazadores; lo que piden era también mi deseo. Márchense, tendrán suerte.
Y cenaron y bebieron alegremente.
Cuando llegó el día acordado para la partida, el padre adoptivo dio a cada uno una buena escopeta y un perro, y todas cuantas monedas de oro quisieron llevarse. Los acompañó luego durante un trecho y, al despedirlos, les dio todavía un reluciente cuchillo diciéndoles:
—Si algún día se separan, claven este cuchillo en un árbol en el lugar donde sus caminos se separen. De este modo cada uno, cuando regrese, podrá saber cuál ha sido el destino del otro; pues el lado hacia el cual se dirigió, si está muerto, aparecerá lleno de herrumbre; pero mientras viva, la hoja seguirá brillante.
Siguieron andando los dos hermanos hasta que llegaron a un bosque, tan grande, que en todo un día no pudieron salir de él. Pasaron allí la noche, comiéndose las provisiones que llevaban en el morral. Anduvieron mucho tiempo sin dar tampoco con la salida y, como no les quedaba nada que comer, dijo uno:
—Hemos de cazar algo, si no queremos pasar hambre.
Y, cargando su escopeta, dirigió una mirada a su alrededor. Viendo que pasaba corriendo una vieja liebre, le apuntó con el arma, pero el animal gritó: “Querido cazador, no acortes mis días, y a cambio te daré dos de mis crías”.
Y, saltando entre los matorrales, compareció en seguida con dos lebratos; pero los animalitos parecían tan contentos y eran tan juguetones, que los cazadores no pudieron resignarse a matarlos. Los guardaron con ellos, y los dos lebratos los siguieron dócilmente.
Pronto se presentó una zorra, y ellos se dispusieron a cazarla; pero el animal les gritó: “Querido cazador, no acortes mis días, y a cambio te daré dos de mis crías”.
Y les trajo dos zorritos que tampoco los cazadores tuvieron corazón para matar; los dejaron en compañía de los lebratos, y todos juntos siguieron su camino.
Al poco rato salió un lobo de la maleza, y los cazadores le encararon la escopeta; pero el lobo les gritó: “Querido cazador, no acortes mis días, y a cambio te daré dos de mis crías”. Los cazadores reunieron los lobeznos con los demás animalitos y continuaron andando.
Hasta que descubrieron un oso que, no sintiendo tampoco deseos de morir, les gritó a su vez: “Querido cazador, no acortes mis días, y a cambio te daré dos de mis crías”. Los dos oseznos pasaron a aumentar el séquito, formado ya por ocho animales.
¿Quién dirías que vino? Pues nada menos que un león, agitando la melena. Pero los cazadores, sin intimidarse, le apuntaron con sus armas, y entonces la fiera les dijo también: “Querido cazador, no acortes mis días, y a cambio te daré dos de mis crías”. Y cuando hubo dado sus cachorrillos, resultó que los cazadores tenían dos leones, dos osos, dos lobos, dos zorras y dos liebres, todos los cuales los seguían y servían. Pero, entretanto, el hambre arreciaba, por lo que dijeron a las zorras:
—Vamos a ver, ustedes que son astutas, procuren algo de comer; de esto saben bien.
Y respondieron ellas:
—No lejos de aquí hay un pueblo del que hemos sacado más de un pollo; les enseñaremos el camino.
Llegaron al pueblo, compraron comida para ellos y para los animales y prosiguieron su ruta. Las zorras conocían bastante bien la región, pues en ella había muchas granjas con averío, y pudieron guiar a los cazadores.
Después de haber errado un tiempo sin poder encontrar ninguna colocación para los dos juntos, dijeron:
—Esto no puede continuar; no hay más remedio que separarse.
Repartieron los animales, de modo que cada uno se quedase un león, un oso, un lobo, una zorra y una liebre; y luego se despidieron, prometiéndose cariño fraternal hasta la muerte, y clavaron en un árbol el cuchillo que les había dado su padre adoptivo. Hecho esto, el uno se encaminó hacia Oriente, y el otro, hacia Poniente.
El menor llegó en poco tiempo a una ciudad, toda ella cubierta de crespones negros. Se alojó en una hospedería, y preguntó al dueño si podría admitir también a sus animales.
El hostelero los condujo a un establo que tenía un agujero en la pared, por el cual se escurrió la liebre para volver con una col, y luego la zorra, que se zampó una gallina y, a continuación, un gallo. Pero el lobo, el oso y el león, siendo mucho más corpulentos, no pudieron pasar, por lo que el hostelero los condujo a un prado donde una vaca se hallaba echada sobre la hierba, y de la que ellos dieron cuenta en un santiamén.
Ya satisfechos sus animales, el cazador preguntó al mesonero por qué estaba la ciudad tan en luto. A lo que respondió el hombre:
—Porque mañana debe morir la única hija de nuestro Rey.
—¿Está enferma de muerte? —preguntó el cazador.
—No —explicó el hostelero—, está fresca y sana; sin embargo, ha de morir. —¿Cómo se entiende esto? —inquirió el forastero.
—En las afueras de la ciudad se levanta una alta montaña, en la que tiene su
morada un dragón. El monstruo amenaza con devastar todo el país, si todos los años no se le entrega una doncella virgen. Ya han sido sacrificadas todas las de la nación, y solamente queda la hija del Rey por lo cual, irremisiblemente, ha de ser entregada, y ello se hará mañana.
Dijo el joven:
—¿Y por qué no matan al dragón?
—¡Ay! —respondió el hostelero—, muchos caballeros lo intentaron, y todos perdieron la vida en la faena. El Rey ha prometido dar a su hija por esposa y nombrar heredero del reino a quien acabe con el monstruo.
El cazador no dijo nada más; pero a la mañana siguiente, llamó a sus animales y emprendió con ellos el ascenso a la montaña del dragón.
En la cima se levantaba una pequeña iglesia, en cuyo altar había tres cálices llenos y la siguiente inscripción: quien se beba el contenido de los cálices, se convertirá en el hombre más fuerte de la Tierra y será capaz de manejar la espada que se halla enterrada en el umbral de la puerta. El cazador no bebió, pero salió al exterior y buscó la espada; mas no le fue posible moverla de su sitio. Entró de nuevo en la ermita y apuró el contenido de los vasos. Al instante, adquirió la fuerza necesaria para levantar el arma e incluso para blandirla con la mayor ligereza.
Llegada la hora en que la doncella debía ser entregada al dragón, tomaron el camino de la montaña para acompañarla el Rey, el mariscal y los cortesanos. La princesa vio desde lejos al cazador en la cumbre y, pensando que era el dragón que la aguardaba, se resistía a subir; pero, al fin, tuvo que resignarse, ya que de otro modo habría sido destruida la ciudad entera.
El Rey y su séquito regresaron a palacio sumidos en profunda tristeza; únicamente el mariscal tuvo que quedarse para presenciar desde lejos lo que ocurriera.
Cuando la princesa llegó a la cumbre de la montaña, en vez del dragón se encontró con el joven cazador, el cual le infundió ánimos diciéndole que estaba allí para salvarla, y la introdujo en la capilla encerrándola dentro.
Poco después llegaba, con gran estrépito, el dragón de siete cabezas. Al ver al cazador, dijo sorprendido:
—¿Qué haces en esta montaña?
A lo cual respondió el mozo:
—He venido a combatir contigo.
—Muchos caballeros han dejado aquí la vida —replicó el monstruo—; no me será difícil acabar contigo.
Y empezó a despedir fuego por sus siete fauces. Aquel fuego hubiera prendido en la hierba seca y ahogado al joven, de no haber acudido corriendo sus animales que apagaron a pisotones el incendio.
Entonces el dragón se arrojó contra el cazador, pero éste, blandiendo su espada con tal fuerza que hacía silbar el aire, de un golpe le cercenó tres cabezas. ¡Con qué furor se irguió la fiera, escupiendo llamas contra su enemigo y aprestándose a aniquilarlo! Pero el otro, de un segundo mandoble, le cortó tres cabezas más. El monstruo, casi agotado, cayó al suelo; pero, reuniendo sus últimas fuerzas, embistió aún por tercera vez; entonces el joven le cortó la cola.
Derribado ya el monstruo, llamó el cazador a sus animales, los cuales acabaron de despedazarlo. Terminada la batalla, el cazador abrió la puerta de la iglesia y encontró a la princesa tendida en el suelo sin sentido, debido a la angustia y el espanto que sufrió durante el combate.
La sacó y, cuando volvió en sí y abrió los ojos, le mostró el dragón descuartizado y le explicó que estaba libre y redimida. Se alegró ella sobremanera:
—Ahora serás mi amadísimo esposo —le dijo—, pues mi padre me prometió a aquel que matara al dragón.
Y, acto seguido, desatándose su collar de corales lo repartió entre sus animales para recompensarlos, dando al león el brochecillo de oro. El pañuelo en que estaba bordado su nombre l...

Índice

  1. Los tres enanitos del bosque
  2. La serpiente blanca
  3. La paja, la brasa y la alubia
  4. El pescador y su mujer
  5. El acertijo
  6. El ratoncillo, el pajarito y la salchicha
  7. El hueso cantor
  8. Los tres pelos de oro del Diablo
  9. El piojito y la pulguita
  10. Juan el listo
  11. La boda de dama Raposa
  12. La boda de dama Raposa
  13. Los duendecillos
  14. La novia del bandolero
  15. El señor Korbes
  16. El señor padrino
  17. Dama Duende
  18. La muerte Madrina
  19. El viejo Sultán
  20. El morral, el sombrero y el cuerno
  21. Ela amadísimo Rolando
  22. El pájaro de oro
  23. Hansel y Gretel
  24. Los dos hermanos
  25. El destripaterrones