–dieciséis–
Jesús reivindica a las mujeres
Jesús valora a la pecadora consabida
Lucas 7:39
“Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora”.
El relato que nos narra la Biblia de este encuentro de Jesús con la mujer pecadora, es muy conmovedor y contundente. Nos muestra la gran misericordia que Él tiene hacia las almas necesitadas y que genuinamente le buscan y le sirven. Toda persona que ha sido alcanzada por esa misericordia, experimenta un agradecimiento para con Dios sin límites. Jesús se deja tocar por una pecadora consabida, posiblemente prostituta o adultera, muy bien pudiera ser la misma María Magdalena, y le perdona ante la sorpresa del fariseo que lo había invitado a su casa. Esto demuestra que Jesús quiere a todas las personas por igual y que las perdona por su fe y por su amor, no por sus hechos.
Aunque hay mucho que hablar, teológica, histórica y espiritualmente al respecto de este cuadro narrado por Lucas 7:37–39, solo deseo mencionar que en la cultura de esa época era dado por normas de asepsia, receptividad y honra, a quien te visitaba, el lavarle los pies; ya que lo que pisaban en su caminar por las calles, era pura inmundicia e insalubridad, entre otros el desecho de animales y bestias; a lo cual el fariseo no lo hace, ni envía uno de sus siervos a hacerlo, así que esta mujer entra y se roba esa gran bendición.
Jesús valora la extranjera
Juan 4:5–7
“Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José. Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta. Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber”.
Cuando Jesús salió hacia Galilea, por Samaria, se detuvo en el pozo de Jacob, en Sicar. Cuando llegó una mujer de Samaria a sacar agua del pozo y Jesús le dijo: “Dame de beber”, ya por este simple hecho, Jesús hizo algo “revolucionario” para la época en la que estaba, por tres motivos:
- Por hablar con una mujer. En esa época las mujeres eran rechazadas y rara vez, por no decir casi nunca, un hombre extraño y mucho menos judío, hablaba directamente con una mujer a solas.
- Porque la mujer era samaritana. Y en ese tiempo los judíos no se llevaban nada bien con los samaritanos, por considerarlos impuros.
- Porque esa mujer con la que habló había estado casada cinco veces. Y ese hecho en una época como esa era algo demasiado fuerte para poder ser aceptado.
“...es importante que digamos algo sobre los samaritanos. Lo primero que debemos entender es su ubicación geográfica. En cualquier atlas bíblico del Nuevo Testamento podemos ver que en los tiempos de Jesús Palestina estaba dividida en tres regiones: Judea en el sur, Galilea en el Norte y Samaria que ocupaba la zona central en medio de las dos. Estas divisiones reflejaban las grandes diferencias culturales y religiosas que había entre judíos, samaritanos y galileos. Por ejemplo, los samaritanos eran una mezcla de judíos con personas de otras nacionalidades. La historia del origen de los samaritanos la podemos encontrar en (2 R 17:24–41). Allí leemos que cuando el rey de Asiria conquistó el reino del norte, transportó a la mayoría de los judíos a otras tierras de sus dominios, y pobló las ciudades samaritanas con gente que trajo de otros lugares. Con el tiempo se produjo una mezcla racial, pero también religiosa, porque los pueblos que vinieron de otras partes trajeron sus dioses y prácticas idolátricas, que fueron incorporadas al culto de Jehová. Más tarde, cuando los judíos regresaron del cautiverio en Babilonia y comenzaron la reconstrucción del templo y la ciudad, los habitantes de Samaria se opusieron a esta obra y fueron sus principales opositores (Esd 4). Con el tiempo ellos mismos erigieron su propio templo en Gerizim, y disponían también de ejemplares del Pentateuco, aceptando lo revelado por Moisés, pero rechazando todos los demás escritos del Antiguo Testamento. Todo esto nos da una idea de por qué ‘judíos y samaritanos no se trataban entre sí’, (Jn 4:9). Aunque, de hecho, no debemos entender simplemente que no se hablaban entre ellos, sino que había un verdadero odio arraigado en los corazones de ambas partes. Tal era así que cuando los judíos quisieron insultar a Jesús, le dijeron que era ‘samaritano y que tenía demonio’, (Jn 8:48). Y como era de esperar, tampoco los samaritanos recibían a los judíos cuando pasaban por su territorio. Recordemos el incidente cuando en una ocasión Jesús envió a algunos de sus discípulos a una aldea de Samaria para hacer ciertos preparativos y los samaritanos no quisieron recibirlos porque su aspecto era como de ir a Jerusalén. A lo que los discípulos respondieron pidiendo al Señor que cayera fuego del cielo sobre ellos y los consumiera (Lc 9:51–56)”.103
Tras el acto de pedirle Jesús agua a la samaritana, esta, asombrada, le preguntó a Jesús por qué hablaba con ella siendo samaritana y él judío. Jesús le responde enseñándole los contenidos más destacados de su mensaje, cosa insólita en esta época en la que ningún maestro perdía el tiempo enseñando a una mujer, ni mucho menos de Samaria. Cuando llegan los apóstoles y ven a Jesús hablando con esta mujer, se escandaliz...