Don de lenguas
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Don de lenguas

  1. 408 páginas
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Don de lenguas

Descripción del libro

Una absorbente novela policiaca ambientada en la Barcelona de 1952, en la que una joven y valiente aspirante a periodista se enfrenta a una peligrosa trama enraizada en los más oscuros secretos de la alta sociedad. «Allí estaba Mariona. Blanca, rubia, carnosa y muerta.» Barcelona, 1952: quedan pocas semanas para el Congreso Eucarístico, y la consigna oficial es dar una imagen impoluta de la ciudad, pues está en juego la legitimidad internacional del Régimen.Ana Martí, novata cronista de sociedad de La Vanguardia, encontrará en el encargo de cubrir el asesinato de Mariona Sobrerroca, una conocida viuda de la burguesía, su oportunidad para escribir sobre temas serios. El caso ha sido encomendado al inspector Isidro Castro de la Brigada de Investigación Criminal, un hosco policía de doloroso pasado, que tendrá que aceptar de mala gana que Ana cubra la investigación.Pero la joven periodista pronto descubrirá nuevas pistas que se apartan de la versión oficial de los hechos y recurre a la ayuda de su prima Beatriz Noguer, una eminente filóloga. Lo que en principio parecía una inofensiva consulta lingüística sobre unas misteriosas cartas encontradas entre los papeles de la difunta se convertirá en el inicio de una serie de revelaciones en las que están implicadas personas muy influyentes de la sociedad barcelonesa… En medio de un ambiente hostil poblado de funcionarios y políticos corruptos, porteras entrometidas, policías violentos, prostitutas y ladrones de buen corazón, la inteligencia y el arrojo de Ana y los conocimientos lingüísticos y literarios de Beatriz serán sus únicas armas para resolver el caso.

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Información

Editorial
Siruela
Año
2013
ISBN de la versión impresa
9788415803065
ISBN del libro electrónico
9788415803072
Edición
1
Categoría
Literature
DON DE LENGUAS
Allí estaba Mariona. Blanca, rubia, carnosa y muerta.
Como un hurón enjaulado, Abel Mendoza iba de un lado a otro del monstruoso escritorio levantando pequeñas nubes de polvo al revolver pilas de papeles que no habían sido tocados desde hacía meses. Se volvió hacia los estantes llenos de libros de medicina. Las manos parecían haber cobrado vida propia y se movían enajenadas sacando libros, recogiendo algunos de los caídos al suelo, cerrando los cajones abiertos y abriendo los cerrados.
Finalmente encontró lo que buscaba. En ese momento, con un golpe involuntario del dorso de la mano izquierda, tiró al suelo una calavera de plástico, la mitad de la cual estaba recubierta de músculos y tenía un ojo; la otra, solo tenía los huesos pelados. Las calaveras siempre sonríen, incluso cuando caen al suelo y el impacto hace saltar el globo ocular, que huye dando botecitos como una pelota de ping-pong hacia el cuerpo yaciente.
Levantó la calavera y, a pesar del nerviosismo, o tal vez por ello, no pudo evitar corresponder a su sonrisa. Entonces, el ojo de plástico golpeó el tacón del único zapato que llevaba la muerta. Ese sonido seco y hueco desató el pánico definitivo.
Abel Mendoza abandonó la habitación y salió huyendo por la misma puerta que había abierto con una ganzúa hacía unos minutos.
1
–Han asesinado a Mariona Sobrerroca.
Goyanes sonaba neutro, profesional, como siempre. Joaquín Grau se cambió de mano el pesado auricular negro del teléfono para poder frotarse la sien derecha. El dolor de cabeza que tenía desde que se había levantado le había dado un zarpazo en el momento en que el comisario le comunicó la noticia. Ignorante de ese efecto, la voz al otro lado de la línea seguía hablando.
–La encontró muerta su criada esta mañana, al volver después de pasar el fin de semana con unos familiares en Manresa. La casa estaba patas arriba, seguramente un robo.
El dolor de cabeza se hizo más intenso. Grau estiró el brazo para acercar el vaso de agua que su secretaria le había dejado sobre la mesa, cogió un sobrecito de analgésico, se lo metió entre los dientes y lo abrió de un tirón. Echó el contenido en el agua y lo removió con la cucharilla sin hacer ruido. Se lo bebió de un trago y después interrumpió a su interlocutor:
–¿Quién va a llevar el caso?
–Se lo he dado a Burguillos.
–No. No me convence.
Al otro lado del teléfono se oyó un resoplido. Grau lo ignoró y le ordenó:
–Quiero a Castro en ese asunto.
–¿Castro?
–Sí, Castro. Es el mejor que tenéis.
Goyanes no podía más que asentir.
–Está bien –concedió, pero sonaba contrariado.
El fiscal reaccionó con irritación.
–Y espero resultados pronto. En un mes tenemos aquí el Congreso Eucarístico y quiero la ciudad limpia. ¿Queda claro?
–Clarísimo.
Tras colgar el teléfono, analizó la conversación. Había tomado la decisión correcta. Castro era uno de los inspectores más capaces de la Brigada de Investigación Criminal, por no decir el más capaz. Y le era absolutamente leal. De Goyanes no estaba tan seguro, porque, aunque en esta ocasión el comisario de la Brigada de Investigación Criminal le había mostrado una vez más el grado necesario de sumisión, desde hacía un tiempo Grau no estaba seguro de poder fiarse de Goyanes y de sus hombres más próximos, como el inspector Burguillos.
Su puesto en la fiscalía de momento no se tambaleaba. De momento. Pero era consciente de que sus enemigos eran muchos, cada vez más. Además eran astutos. Los sabía capaces de esperar escondidos en las sombras hasta ver llegar una ocasión propicia. Tenía que estar atento. Goyanes obedecía, pero lo había notado aún más distante de lo que era habitual en él. ¿O eran imaginaciones suyas? Tenía que estar atento, en guardia, como siempre. El león que da el primer zarpazo suele ser el ganador.
Implacable, así le gustaba definirse a sí mismo. Como en la guerra, cuando era juez militar, cargo donde destacó por su capacidad y prontitud a la hora de dictar sentencias de muerte. Por eso, cuando después de la guerra el Régimen designó personas de confianza para la nueva Administración de Justicia, lo nombraron fiscal en Barcelona. La labor empezada en la guerra no había terminado, aún quedaba mucho por hacer. Él seguía siendo implacable.
Se recostó en el asiento y miró la pila de cartas sobre su mesa. Nunca había permitido que las abriera su secretaria, del mismo modo en que no había dado pie a la más mínima aproximación. Si bien él se había informado bien sobre quién era la persona a su servicio, ella no sabía absolutamente nada que no tuviera que saber sobre su jefe. Ni ella ni nadie. No entendería nunca la necesidad de las personas de contar historias personales a los demás, de abrir gratuitamente flancos de ataque al enemigo.
Su vista seguía clavada en los sobres intactos. Aún experimentaba un ligero malestar al encontrar la correspondencia diaria encima del escritorio. Después de la huelga de usuarios del tranvía de la primavera del año pasado, durante varias semanas había abierto las cartas con algo de temor. El boicot de la población a la subida de los billetes del transporte público y la huelga general que siguió habían costado muchas cabezas. En primer lugar, la del gobernador civil de Barcelona, a quien siguió de inmediato la del alcalde. Dos funcionarios de la Falange acabaron en la cárcel porque no mostraron excesivo entusiasmo por enviar sus unidades a llenar los tranvías para acabar la huelga. Otros falangistas de la vieja guardia habían perdido también sus puestos. Nadie podía estar seguro de conservar su posición.
Cogió al azar una de las cartas, un sobre de papel bueno que desgarró con un golpe seco del abrecartas con empuñadura de acero. Era una invitación a una recepción oficial. Por supuesto que iría, aunque solo fuera para no darles oportunidad de murmuraciones e intrigas a sus espaldas. Sí, estaba en guardia.
Y ahora el asesinato de la Sobrerroca. Mariona Sobrerroca muerta. La había conocido y tratado en eventos sociales; también a su marido, ya fallecido, el doctor Jerónimo Garmendia. ¡Qué vueltas da la vida! En dos años la magnífica mansión en el Tibidabo había quedado deshabitada. Así de rápido los había alcanzado la guadaña de la muerte. «Me estoy poniendo melancólico» pensó. «Eso no es bueno, melancolía y dolor de cabeza son una mala combinación.» Para ambos solo había una solución, mantener la cabeza fría. La muerte de Mariona Sobrerroca solo significaba trabajo, era un caso, una investigación policial. Que implicaba también husmear entre la burguesía barcelonesa. Eso, por una parte, podría ser complicado. A saber con qué se iban a encontrar. Siempre que se investigaba un asunto, daba lo mismo dónde, salían a la luz trapos sucios. Era como trabajar de pocero, siempre se acababa sacando mierda. Y a esta gente, como a cualquiera, no le gustaba que se mirara en sus cloacas y, dado que estaban bien relacionados, había que tratarlos con guantes de seda, porque enseguida hacían llegar sus quejas y, sobre todo, sabían a quién hacérselas llegar. Después habría que esperar que los resultados de la investigación fueran satisfactorios. Quizás, como en otras ocasiones, habría que ocultar un par de cosas, y no estaba muy seguro de que un asunto de esas características le fuera a reportar apariciones públicas destacables.
¿O tal vez sí?
Cogió el teléfono y marcó el número de Goyanes.
Le dijo lo que quería sin preámbulos:
–Quiero que este caso reciba un tratamiento prioritario en la prensa.
–¿Por qué?
–Porque es importante mostrar al mundo que en este país el crimen se persigue y castiga de forma eficaz.
Si Goyanes creía o no esas frases tomadas del discurso oficial, le daba lo mismo. Grau sabía que tenían la propiedad de ser incontestables.
–¿Qué quiere decir prioritario? –quiso saber el comisario.
–Que se lo vamos a dar en exclusiva a un periódico, a La Vanguardia.
–¿A esos? ¿Por qué p...

Índice

  1. Portadilla
  2. Dedicatoria
  3. DON DE LENGUAS
  4. Agradecimientos
  5. Créditos

Preguntas frecuentes

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