"Ángela es mi intento de ser dos [...] Sin embargo ella me es yo", dice el autor. "Soy una actriz para mí", replica Ángela, hablando de sí para sí. Declaradamente creación del autor, esa escritora tiene, sin embargo, una personalidad propia: la conclusión de él alterna con la de ella: dos monólogos alternados que jamás confluyen en un diálogo. No hay correspondencia entre las dos pautas verbales del mismo improviso narrativo, que forman, aún, una sola escritura errante, empática, hiperbólica, repetitiva, contaminando al lector con la fuerza subterránea de un entusiasmo maligno, infeccioso -de un "infectious enthusiasm", como diría Jane Austen- que se propaga de la presencia declarada de Clarice Lispector. Personaje de sus personajes, autora y lectora de su propio libro, que en él y a través de él se recapitula, Clarice Lispector, ortónima en medio de sus heterónimos, finalmente se incluye en el cierre de la obra, escribiendo el anticipado epitafio por donde comienza y acaba el texto de Un soplo de vida. Benedito NunesAcerca de Clarice Lispector: Clarice Lispector nació en Ucrania en 1920.Muy pequeña se mudó a Brasil. Murió en Río de Janeiro en 1977. Es una de las autoras latinoamericanas más importantes del siglo XX (reconocida en todo el mundo y traducida a más de 30 lenguas). Escribió y se movió en diferentes géneros: cuentos, novelas y crónicas. Renovó la literatura brasileña tal como se conocía: renunció a las ataduras genéricas, provocó y desacomodó a los lectores, inventó un lenguaje propio, renovó los sentidos de las palabras, nos mostró el artificio de la escritura. Construyó una narrativa intensa basada en historias mínimas donde las sensaciones y los afectos son protagonistas. Expresóymantuvo a lo largo de su obra preocupaciones universales: su pasión por la vida y, al mismo tiempo, por la inminencia de la muerte, porla soledad, la angustia, la maternidad, la infancia, el amor o lo femenino.

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Descripción del libro
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Información
Editorial
Ediciones CorregidorISBN del libro electrónico
9789500532846
Año
2020UN SOPLO DE VIDA
(PULSACIONES)
“Quiero escribir movimiento puro”.
Del polvo de la tierra formó Yahveh Dios
al hombre y le sopló en sus narices el aliento
de la vida. Y el hombre se volvió un ser viviente.
La alegría absurda por excelencia es la creación.
El sueño es una montaña que el pensamiento
deberá escalar. No hay sueño sin pensamiento.
Jugar es enseñar ideas.
Habrá un año en que habrá un mes en
que habrá una semana en que habrá un
día en que habrá una hora en que habrá
un minuto en que habrá un segundo
y dentro del segundo habrá el no tiempo
sagrado de la muerte transfigurada.
Esto no es un lamento, es un grito de ave de rapiña. Irisada e intranquila. El beso en el rostro muerto.
Escribo como si fuera a salvar la vida de alguien. Probablemente mi propia vida. Vivir es una especie de locura que hace la muerte. Vivan los muertos porque en ellos vivimos.
De golpe las cosas ya no necesitan tener sentido. Me satisfago en ser. ¿Tú eres? Estoy seguro de que sí. El no sentido de las cosas me hace tener una sonrisa de complacencia. Sin duda todo debe estar siendo lo que es.
Hoy hace un día de nada. Hoy es cero hora. ¿Existe acaso un número que no es nada? ¿que es menos que cero? ¿que empieza en lo que nunca empezó porque siempre era? ¿y era antes que siempre? Me uno a esta ausencia vital y rejuvenezco por entero, a la vez contenido y total. Redondo sin inicio ni fin, soy el punto antes del cero y del punto final. Del cero al infinito voy caminando sin parar. Pero a la vez todo es tan fugaz. Yo siempre fui e inmediatamente no era más. El día transcurre allá afuera porque sí y en mí hay abismos de silencio. Pido la venia para pasar. Me siento culpable cuando no os obedezco. Soy feliz en el momento equivocado. Infeliz cuando todos bailan. Me dijeron que los lisiados se regocijan como también me dijeron que los ciegos se alegran. Es que los infelices se compensan.
Nunca la vida fue tan actual como hoy: por un tris es el futuro. El tiempo para mí significa la desagregación de la materia. La putrefacción de lo que es orgánico como si el tiempo fuese un gusano dentro de un fruto y le fuese robando a este fruto toda su pulpa. El tiempo no existe. Lo que llamamos tiempo es el movimiento de evolución de las cosas, pero el tiempo en sí no existe. O existe inmutable y en él nos trasladamos. El tiempo pasa demasiado rápido y la vida es tan corta. Entonces –para que no me traguen la voracidad de las horas y las novedades que hacen que el tiempo pase rápido– cultivo un cierto tedio. Degusto así cada detestable minuto. Quiero multiplicarme para poder abarcar incluso áreas desérticas que dan la idea de inmovilidad eterna. En la eternidad no existe el tiempo. Noche y día son contrarios porque son el tiempo y el tiempo no se divide. De ahora en adelante el tiempo será siempre actual. Hoy es hoy. Me asombro, a la vez desconfiado, por lo mucho que se me ha dado. Y mañana tendré de nuevo un hoy. Hay algo doloroso y tajante en vivir el hoy. El paroxismo de la más fina y extrema nota de violín insistente. Pero está el hábito y el hábito anestesia. El aguijón de abeja del día floreciente de hoy. Gracias a Dios tengo qué comer. El pan nuestro de cada día.
Quisiera escribir un libro. ¿Pero dónde están las palabras? se agotaron los significados. Como sordos y mudos nos comunicamos con las manos. Quisiera que me dieran permiso para escribir al son arpado y agreste la chatarra de la palabra. Y prescindir de ser discursivo. Así: polución.
¿Escribo o no escribo?
Saber desistir. Abandonar o no abandonar –esta es muchas veces la cuestión para un jugador. El arte de abandonar no se le enseña a nadie. Y lejos está de ser rara la situación angustiosa en que debo decidir si existe algún sentido en seguir jugando. ¿Seré capaz de abandonar noblemente? ¿o soy de esos que siguen obstinados esperando que pase algo? ¿como, digamos, el mismo fin del mundo? ¿o lo que fuese, como mi muerte súbita, hipótesis que volvería superflua mi renuncia?
No quiero disputar una carrera conmigo mismo. Un hecho. ¿Qué es lo que se vuelve hecho? ¿Me debo interesar por el acontecimiento? ¿Bajo tanto al punto de llenar las páginas con informaciones sobre los “hechos”? ¿Debo imaginar una historia o doy rienda suelta a la inspiración caótica? Tanta falsa inspiración. ¿Y si cuando viene la verdadera no me entero? ¿Será demasiado horrible querer acercarse en uno mismo al límpido yo? Sí, y cuando el yo comienza a no existir más, a no reivindicar nada, comienza a formar parte del árbol de la vida –por eso es que lucho por alcanzar. Olvidarse de sí mismo y sin embargo vivir tan intensamente.
Me da miedo escribir. Es tan peligroso. El que lo intentó lo sabe. Peligro de revolver en lo que está oculto –y el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que colocarme en el vacío. Es en este vacío que existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso: de él extraigo sangre. Soy un escritor que le tiene miedo a la trampa de las palabras: las palabras que digo esconden otras –¿cuáles? quizás las diga. Escribir es una piedra lanzada en el pozo hondo.
Meditación leve y tierna sobre la nada. Escribo casi totalmente liberado de mi cuerpo. Es como si este levitase. Mi espíritu está vacío por tanta felicidad. Tengo una libertad íntima que solo se compara a un cabalgar sin sentido más allá de los campos. Estoy liberado de destino. ¿Será mi destino alcanzar la libertad? no hay una arruga en mi espíritu, que se explaya en leves espumas. Ya no estoy acosado. Esto es la gracia.
Estoy oyendo música. Debussy usa las espumas de mar corriendo en la arena, que refluyen y fluyen. Bach es matemático. Mozart es lo divino impersonal. Chopin cuenta su vida más íntima. Schönberg, a través de su yo, alcanza el clásico yo de todo el mundo. Beethoven es la emulsión humana en tempestad que busca lo divino y solo lo alcanza en la muerte. En cuanto a mí, que no pido música, solo llego al umbral de la palabra nueva. Sin animarme a exponerla. Mi vocabulario es triste y a veces wagneriano-polifónico-paranoico. Escribo muy sencillo y muy desnudo. Por eso hiere. Soy un paisaje agrisado y azul. Me elevo en la fuente seca y en la luz fría.
Quiero escribir escuálido y estructural como el resultado de escuadras, compases y agudos ángulos de un estrecho enigmático triángulo.
¿“Escribir” existe por sí mismo? No. Es apenas el reflejo de una cosa que pregunta. Trabajo lo inesperado. Escribo como escribo sin saber ni cómo ni por qué –y por la fatalidad de la voz. Mi timbre soy yo. Escribir es un interrogante. Es así: ?
¿Me estaré traicionando? ¿Estaré desviando el curso de un río? Tengo que confiar en ese río abundante. ¿O pondré una barrera en el curso de un río? Intento abrir las compuertas, quiero ver brotar el agua con ímpetu. Quiero que cada frase de este libro sea un clímax.
Tengo que tener paciencia pues los frutos serán sorprendentes.
Este es un libro silencioso. Y habla, habla en voz baja.
Este es un libro fresco –recién salido de la nada. Se toca al piano, delicada y firmemente al piano y todas las notas son límpidas y perfectas, unas separadas de las otras. Este libro es una paloma mensajera. Escribo para nada y para nadie. Si alguien me lee es por su propia cuenta y riesgo. No hago literatura: apenas vivo al paso del tiempo. El resultado fatal de que yo viva es el acto de escribir. Hace tantos años que me perdí de vista que vacilo en intentar encontrarme. Me da miedo empezar. Existir a veces me da tal taquicardia. Me da tanto miedo ser yo. Soy tan peligroso. Me pusieron un nombre y me alienaron de mí.
Siento que aún no estoy escribiendo. Presiento y quiero un hablar más fantasioso, más exacto, con mayor arrobo, haciendo espirales en el aire.
Cada nuevo libro es un viaje. Nada más que es un viaje con los ojos vendados en mares nunca antes revelados –con la venda en los ojos, el terror de la oscuridad es total. Cuando siento una inspiración me muero de miedo porque sé que de nuevo voy a viajar y solo en un mundo que me rechaza. Pero mis personajes no tienen la culpa y yo los trato lo mejor que puedo. Vienen de ningún lugar. Son la inspiración. Inspiración no es locura. Es Dios. Mi problema es el miedo a volverme loco. Tengo que controlarme. Existen leyes que rigen la comunicación. La impersonalidad es una condición. Separarse e ignorar son el pecado en un sentido general. Y la locura es la tentación de ser totalmente el poder. Mis limitaciones son la materia prima que se debe trabajar mientras no se alcance el objetivo.
Vivo en carne viva, por eso trato tanto de darles a mis personajes una piel gruesa. Pero no aguanto y los hago llorar por nada.
¿Raíces semovientes que no están plantadas o la raíz de un diente? Pues también yo suelto mis amarras: mato lo que me perturba, y lo bueno y lo malo me perturban y voy definitivamente al encuentro de un mundo que está dentro de mí, yo que escribo para librarme de la difícil carga de que una persona sea ella misma.
En cada palabra late un corazón. Escribir es esta búsqueda de íntima veracidad de vida. Vida que me perturba, y deja a mi propio corazón trémulo sufriendo el incalculable dolor que parece ser necesario para mi maduración –¿maduración? Hasta ahora viví sin ella.
Sí. Pero parece que llegó el instante de aceptar de lleno la misteriosa vida de los que un día se van a morir. Tengo que empezar por aceptarme y no sentir el horror punitivo de cada vez que caigo, pues cuando caigo la raza humana en mí cae también. ¿Aceptarme plenamente? es una violencia contra mi vida. Cada cambio, cada proyecto nuevo causa asombro: mi corazón está asombrado. Por eso toda mi palabra tiene un corazón donde circula sangre.
Todo lo que aquí escribo se forja en mi silencio y en la penumbra. Veo poco, oigo casi nada. Me sumerjo por fin en mí hasta el nacedero del espíritu que me habita. Mi fuente es obscura. Estoy escribiendo porque no sé qué hacer de mí. Es decir: no sé qué hacer con mi espíritu. El cuerpo informa mucho. Pero desconozco las leyes del espíritu: vaguea. Mi pensamiento, con la enunciación de las palabras que brotan mentalmente, sin que después hable o escriba –este mi pensamiento de palabras es precedido por una instantánea visión, sin palabras, del pensamiento– palabra que se seguirá, casi inmediatamente –diferencia espacial de menos de un milímetro. Antes de pensar, pues, ya pensé. Supongo que el compositor de una sinfonía tiene solamente el “pensamiento antes del pensamiento”, ¿lo que se ve en esta rapidísima idea muda es poco más que una atmósfera? No. En realidad es una atmósfera que, coloreada ya por el símbolo, me hace sentir el aire de la atmósfera de donde viene todo. El pre-pensamiento es en blanco y negro. El pensamiento con palabras tiene otros colores. El pre-pensamiento es el pre-instante. Pensar es la concreción, materialización de lo que se pre-pensó. En realidad, el pre-pensar es lo que nos guía, pues está íntimamente ligado a mi muda inconsciencia. El pre-pensar no es racional. Es casi virgen.
A veces la sensación de pre-pensar es agónica: es la tortuosa creación que se debate en las tinieblas y que solo se libera después de pensar –con palabras.
Me obligáis a un esfuerzo tremendo de escribir; pues entonces permiso, amigo, déjame pasar. Soy serio y honesto y si no digo la verdad es porque está prohibida. No aplico lo prohibido, lo libero. Las cosas obedecen al soplo vital. Se nace para disfrutar. Y disfrutar ya es nacer. En tanto fetos disfrutamos de la comodidad total del vientre materno. En cuanto a mí, no sé nada. Lo que tengo me entra por la piel y me hace actuar sensualmente. Quiero la verdad que solo se me concede a través de su opuesto, de su inverdad. Y no aguanto lo cotidiano. Debe ser por eso que escribo. Mi vida es un único día. Y así es como el pasado es para mí presente y futuro. Todo en un solo vértigo. Y es tanta la dulzura que hace cosquillas insoportables en el alma. Vivir es mágico y enteramente inexplicable. Comprendo mejor la muerte. Ser cotidiano es un vicio. ¿Yo qué soy? soy un pensamiento. ¿Tengo en mí el soplo? ¿lo tengo? ¿pero quién es este que tiene? ¿quién es el que habla por mí? ¿tengo un cuerpo y un espíritu? ¿soy un yo? “Es exactamente eso, ¿sos un yo?”, me contesta el mundo terriblemente. Y me horrorizo. Dios no debe ser pensado jamás sino Él escapa o yo escapo. Dios debe ser ignorado y sentido. Entonces Él actúa. Me pregunto: ¿por qué Dios pide tanto que lo amemos? respuesta posible: porque así nos amamos a nosotros mismos y al amarnos, nos perdonamos. Y cómo nos hace falta el perdón. Porque la vida misma ya viene mezclada al error.
El resultado de todo esto es que voy a tener que crear un personaje –más o menos como hacen los guionistas de las novelas en la televisión– para conocer a través de su creación. Porque solo no lo logro: la soledad, la misma que existe en cada uno, me hace inventar. ¿Y habrá otro modo de salvarse además de crear sus propias realidades? Tengo fuerzas para eso como todo el mundo –¿es o no es verdad que terminamos por crear una frágil y loca realidad que es la civilización? esta civilización guiada apenas por el sueño. Cada invención mía me suena como una oración profana –tal es la intensidad de sentir, escribo para aprender. Me elegí a mí y a mi personaje –Ángela Pralini– para que quizás a través de nosotros yo pueda entender la falta de definición de la vida. La vida no tiene adjetivo. Es una mezcla en crisol extraño pero que en definitiva me concede respirar. Y a veces jadear. Y a veces apenas poder respirar. Sí. Pero a veces también está el profundo sorbo de aire que alcanza incluso el fino frío del espíritu, atado por ahora al cuerpo.
Quisiera iniciar una experiencia y no solo ser víctima de una experiencia no autorizada por mí, apenas ocurrida. De ahí mi invención de un personaje. También quiero romper, más allá del enigma del personaje, el enigma de las cosas.
Este por lo que supongo será un libro hecho aparentemente de destrozos de libro. Pero en realidad se trata de retratar rápidos atisbos míos y rápidos atisbos de mi personaje Ángela. Podría tomar cada atisbo y disertar durante páginas sobre él. Pero resulta que a veces es en el atisbo que está la esencia de la cosa. Cada anotación tanto en mi diario como en el diario que le hice escribir a Ángela y me llevo un pequeño susto. Cada anotación está escrita en presente. El instante ya está hecho de fragmentos. No quiero darle un falso futuro a cada atisbo de un instante. Todo sucede exactamente en el momento en que se escribe o se lee. Este fragmento fue en realidad escrito en relación con su forma básica luego de haber releído el libro, porque mientras transcurría no tenía bien clara la noción del camino a seguir. Sin embargo, sin dar mayores razones lógicas, me aferraba exactamente a mantener el aspecto fragmentario tanto en Ángela como en mí.
Mi vida está hecha de fragmentos y así sucede con Ángela. Mi propia vida tiene trama verdadera. Sería la historia de la cáscara de un árbol y no del árbol. Un amontonado de hechos que solamente la sensación explicaría. Veo que, sin querer, lo que escribo y lo que escribe Ángela son trechos por decirlo así sueltos, aunque dentro de un contexto de…
Así me ocurre el libro de esta vez. Y como respeto lo que viene de mí hacia mí, así realmente escribo.
Lo que está escrito aquí, mío o de Ángela, son restos de una demolición del alma, son cortes laterales de una realidad que se me escapa continuamente. Estos fragmentos de libros quieren decir que trabajo en ruinas.
Sé que este libro no es fácil, pero sí es fácil para los que creen en el misterio. Al escribirlo no me conozco, me olvido de mí. Yo que aparezco en este libro no soy yo. No es autobiográfico, ustedes no saben nada de mí. Nunca te dije y nunca te voy a decir quién soy. Yo soy vosotros mismos. Saqué de este libro apenas lo que me interesaba –dejé de lado mi historia y l...
Índice
- “Esto no es un lamento”: la escritura solidaria de Un soplo de vida, por Paloma Vidal
- Un soplo de vida (Pulsaciones)
- La narración alborotada, por Benedito Nunes
- Los secretos movimientos del respirar. Palabra, cosa y mundo en Un soplo de vida, por Mario Cámara