![]()
1
Renunciar a Yemayá
Hacienda Paraíso, Piñones, Puerto Rico, noviembre de 1849
Pola, la mujer que solía llamarse Keera, espera hasta que ya no puede más. Sus ojos recorren el claro. En la choza, las demás mujeres yacen tranquilamente, roncando después de una jornada de dieciséis horas bajo el sol y el calor. Al otro lado del patio, la choza de los hombres está oscura y en silencio. El cris cras de las hamacas ha cesado hace rato.
El mayoral de la Hacienda Paraíso, que es un animal de costumbres, ha guardado los látigos por el resto de la noche y duerme luego de su último asalto a la choza de las mujeres. La familia, bien alimentada y cómoda, duerme arrullada por el canto de los coquíes. El olor del último cigarro del patrón se ha esfumado hace rato. Con un gesto de la mano, la patrona, ya vestida y lista para dormir, ha despachado a su esclava doméstica; probablemente está acurrucada, la cabeza sobre la almohada, abandonada al descanso. Pola, de pie y totalmente inmóvil en la oscuridad, casi puede verlos dar vueltas en sus finas camas, felices y contentos en sus sueños de gente blanca. Por las ventanas abiertas se escapan ronquidos que flotan sobre la plantación. Los quinqués ya se han enfriado.
Las nubes cuelgan bajas en el cielo bloqueando la luz de las estrellas y los reflejos. Pola recorre con la mirada el batey, sus ojos atentos a cualquier sombra, cualquier movimiento en el patio. Las gallinas están posadas en silencio, seguras en sus nidos. Los establos están quietos. Los gruñidos ocasionales provenientes de las porquerizas se apagan rápidamente. Las hierbas que les ha echado en la comida mantienen a los perros soñolientos y desorientados. La noche ha caído en su ritmo. Esta vez lo logrará. Esta vez no regresará.
Mira a su alrededor por última vez, respira profundo y sale. Ñangotada, corre hacia los arbustos que están justo detrás del estrecho promontorio de las letrinas, pasa los corrales. Un crujido en el follaje la hace detenerse de repente. Activa los sentidos, se asegura, no se arriesga. Los breves instantes de inmovilidad aprehensiva parecen interminables y, en el transcurso de ese tiempo, llegan de súbito los recuerdos dolorosos. Una bebita, su boquita pequeña se cierra en mi pezón inflamado, el sonido leve de la succión, una hija. Otro movimiento en los matorrales la trae de vuelta. Una pareja de pitirres vuela hacia la copa de los árboles y desaparece.
Pola se sacude las imágenes dolorosas que la siguen a todas partes. No puede permitirse ninguna distracción, no ahora. Invoca su intención y prosigue su viaje manteniéndose en el extremo más apartado de las chozas de los esclavos, pasa de una choza a otra abrazando las pencas de palma, que forman las paredes de los habitáculos de los esclavos. Espera, aun si hubiera un vigilante insospechado, no será más que una sombra en la noche. Pronto bordea el espacio abierto del batey y ya está de camino.
La carretera está oscura y desierta. En las noches frescas como ésta, la mayoría de la gente busca el calor de su cama y de su pareja, es algo que ella nunca ha conocido. Ahora que se ha alejado de los edificios de la plantación, se estira hasta enderezarse por completo y se masajea los músculos de las piernas antes de encaminarse a Hoyo Mulas, el pueblo costero al noreste de la isla del que ha oído hablar. Pola se dirige hacia donde sale el sol y ruega poder llegar a su destino antes de que la luz del día la delate.
Se deja guiar por el olfato. Primero, la finca de vacas de don Guillermo, luego el matadero. Los animales se alteran un poco al sentirla pasar, pero están lo suficientemente lejos de la casa grande; no le preocupa que alguien pueda darse cuenta. Sigue adelante, con rapidez y cautela, nuevamente agachada para pasar desapercibida, por las dudas. Después, la Hacienda Ubarri. La caña de azúcar madura está lista para la zafra y le brinda cierta protección. Ahí puede andar un poco más erguida y darles a los doloridos músculos de las piernas la oportunidad de estirarse. Agradece la protección, pero, una vez que deje atrás el cañaveral, deberá pasar la casa, que está más cerca de la carretera y es más peligrosa. Todas las luces están apagadas, pero no se arriesga. Afina el oído para detectar el más mínimo ruido o movimiento. En esos momentos de inmovilidad, la bebé regresa. Un rizo le cruza la cabecita, los puñitos descansan sobre sus pechos negros, un leve llanto que pide alimento, un hilo de humedad en la mano.
El calambre en la pierna la trae de vuelta, pero no dispone del lujo del tiempo, prosigue y supera el dolor. Sabe que el sembradío de piña de los Suarez está delante. El olor empalagoso de la fruta madura le revuelve el estómago. Mira la extensión de la plantación y se arma de valor una vez más antes de abandonar la protección del cañaveral. Tendrá que ser aún más cautelosa, moverse más despacio, con más cuidado. Las plantas más bajas la dejarán expuesta. Éste será el tramo más largo y peligroso del viaje. Se agacha, luego se tumba en el surco y cruza a gatas el sembradío. No habiendo estado nunca en un sembradío de piñas, Pola no contaba con las espinas de la planta que le hieren la piel expuesta mientras avanza. Aprieta los dientes y se obliga a continuar, ignorando las pequeñas cortaduras y arañazos que empiezan a cubrirle los brazos y las piernas. Le toma más tiempo del previsto y teme que el tiempo perdido y la sangre que de pronto brota de sus extremidades aumente las probabilidades de ser detectada por los perros, a los que inevitablemente enviarán a seguir su rastro. Se sacude la idea y se enfoca en cruzar lo más rápido posible. Cuando por fin deja atrás el sembradío, se endereza completamente, las pantorrillas aún le arden y le sangran. Se niega a ceder al dolor y los calambres, avanza cojeando y cruza un cañaveral tras otro hasta llegar a las afueras del pueblo, que nunca ha visto, pero del que tantas veces ha oído hablar en susurros.
Desde el primer conjunto de edificios, la forma más directa de llegar a su destino es cruzar la plaza diagonalmente, pero es demasiado peligroso. Quedaría demasiado expuesta. No puede arriesgarse así. Un olor humano desconocido volvería locos a los perros del pueblo, y eso sería el fin. En el pasado, otros han caído presas del olfato de los perros. Ha escuchado y aprendido la lección, y ha tomado las debidas precauciones. La mezcla de aceites de pino y magnolia con que se embadurnó ha camuflado su olor hasta el momento. Pero mientras más rápido se mueva, mejor. Una vez más, activa todos sus sentidos, no oye nada y no ve a nadie. Su sombra repta sobre las paredes traseras de las casas del pueblo. Después de que pase este último obstáculo, el fin de su viaje no estará lejos.
Sólo tiene que pasar una casa más para llegar al inicio del bosque. Ya va por la mitad del último tramo cuando, de repente, una puerta se abre. Una mujer gruesa sujeta un quinqué y entorna los ojos hacia la noche. Justo en ese instante, las nubes se mueven y Pola, iluminada por un rayo de luna, queda totalmente expuesta. Se paraliza y observa a la mujer que la observa. Aguanta la respiración y espera el grito de alarma.
Pero la mujer no grita. En su lugar, levanta el quinqué y su rostro redondo y negro, ahora iluminado, mira fijamente a la figura que permanece inmóvil entre la ropa tendida. Pola ve que en sus labios se dibuja una sonrisa conspiradora. La mujer mira hacia la derecha y luego hacia la izquierda. Satisfecha de que se encuentran solas, asiente con la cabeza y hace un gesto sutil con la mano. Despacio, la sonrisa se vuelve un puchero sobre unas encías melladas. Apaga la luz y, arrastrando los pies, regresa a la oscuridad de la cocina donde desaparece tan sigilosamente como apareció.
Pola está anclada al suelo; apenas respira, el oído atento, los ojos abiertos a cada detalle. Espera. Ha escuchado de cimarrones traicionados por su propia gente. Titubea por un instante y luego cruza aprisa el último tramo hasta la zona de árboles que está delante. Piadosas, las nubes vuelven a moverse y bloquean las luces. No bien pasa la casa y se interna entre los primeros árboles, comienza a correr a toda velocidad y pronto logra ocultarse tras las sombras del bosque.
No hay senderos. El viaje se torna más lento a medida que esquiva las ramas caídas y salta las enredaderas colgantes. La luz de la luna ya no es una enemiga que revela su huida, sino una aliada que le ilumina el camino. El tupido follaje la obliga a avanzar lentamente, pero ahora se deja llevar por el olfato; el olor a salitre la guía. Su destino debe de estar a poca distancia, al otro lado del palmar.
Las ramas bajas le dan latigazos en la parte superior del cuerpo mientras se esfuerza por seguir adelante. Las telarañas se le pegan en el rostro y el cabello. Le duelen los brazos y las piernas, le cuesta respirar. Pola lucha por avanzar e ignora las sombras amenazadoras que surgen y desaparecen a su alrededor. Llega por fin a un claro y se desploma agotada. Al tiempo que recupera el aliento, se vuelve más consciente de su entorno.
El bosque oloroso a almizcle se yergue a su alrededor. Huele las hojas podridas y los cuerpos invisibles de animales muertos. Los coquíes forman una pared sonora y familiar que la calma, pero los gritos de las cotorras la atacan desde el tupido dosel que forman las copas de los árboles. Un lagarto, imperturbable en su mundo nocturno, le repta por el brazo dejando un rastro baboso tras de sí. Un coro de ranas la alerta. El ulular de un múcaro solitario llena la noche de incógnitas. Entonces lo siente, el chorro pegajoso y resbaloso entre los muslos. No tiene que mirar para saber que está sangrando; un olor fácil de detectar. Cuando amanezca, los sabuesos y los capataces de ojos de lince podrán rastrear sus movimientos sin dificultad.
La mera idea le da el ímpetu para seguir adelante. Justo cuando se echa a correr, siente otro calambre. Sin pensar, se lleva la mano al vientre. Todas las horas en la silla de dar a luz le llegan de golpe: la presión, el dolor punzante que la dejó hecha una masa de sudor y sangre, la agonía asfixiante. Tiene que hacer acopio de toda su voluntad para ignorar el retortijón en el vientre y continuar. El cuerpo no puede, no va a traicionarla, no cuando está ya tan cerca. Bloquea mentalmente el creciente dolor y se enfoca en seguir.
Pola avanza y ya no siente las ramas que la golpean. Se empuja a sí misma más allá del dolor de las piernas, más allá de la quemazón en el pecho, más allá de los pensamientos. Reduce la velocidad, se tambalea, se arrastra. La sangre le corre por los muslos. Pronto no podrá continuar. Finalmente se desploma.
Respira por la boca, aspira grandes bocanadas de aire. El sudor le cae en los ojos, la ciega. Siente los riachuelos correrle por las mejillas y no sabe, ni le importa, si la humedad es sudor o lágrimas. En la boca, el sabor salobre del miedo.
De pronto, el agotamiento se apodera de ella y siente que las manos y las piernas se le derriten. Ansía tumbarse y dejarse llevar por el sueño. De pronto lo ve claramente: si no se levanta ahora, ahora mismo, jamás lo hará y, entonces, será de verdad el final. Una imagen flota ante sus ojos: su bebecita, la cabecita redonda contra su pecho, y después . . . nada. Desapareció. Como si nunca hubiera existido. ¿Cuántas veces? ¿Cuántos vientres traicionados? ¿Cuántos brazos vacíos? No, Pola no puede pasar por eso otra vez.
Agarra la tierra húmeda bajo la maleza y se restriega la cara con fuerza y violencia para arrancarse el sueño de los ojos. Más alerta ahora, nota que las estrellas han desaparecido y el cielo se ha teñido del tono asalmonado que anuncia el amanecer. Pola sabe con certeza que, si se queda aquí, la derrota llegará con la luz del día. El miedo a ser capturada la hace ponerse en pie y moverse.
El bosque se abre. El follaje, antes espeso y bajo, se transforma en las palmeras esbeltas y amables que bordean la costa.
Entonces lo siente, el rumor de las hojas en la luz creciente.
Las palmeras, altas y elegantes enmarcan la playa. Shhh, shhh, shhh, shhh, el sonido de mil pencas de palma llena el aire y le sosiega el espíritu. Mientras intenta recuperar el aliento, huele el aire: perfume. El olor de la Madre la intoxica y la arrastra. El mar la dirige a su destino, le muestra el camino de regreso.
Se olvida de todo excepto del canto de bienvenida de las olas. Éste es el reino de su sagrada Madre Yemayá, el lugar de todo el perdón y toda la seguridad. Ahora Pola se mueve en un trance hacia su destino. Apenas siente el agua y prosigue su viaje. El mar se extiende a sus pies, crece para recibir su cuerpo; la danza seductora de las olas lo hace tan fácil, tan fácil.
Abre los brazos en súplica y comienza la invocación: Madre eterna que das la vida y concedes los sueños, madre de todas las madres. El agua le sube suavemente hasta las rodillas, le acaricia los muslos. Ahora Pola sólo reconoce el sonido de la voz que habita en su cabeza y que sale volando de su boca como mariposas puestas en libertad. ¿Te has olvidado de mí, de tu amante y devota hija, la que conociste como Keera? El agua oscura le empapa el refajo justo hasta debajo del pecho. Debes de conocer mi angustia, mi tristeza y mi desesperación. Camina con paso firme aun cuando el agua le llega a los hombros. Báñame en tus aguas amorosas, lava mi dolor y líbrame de este tormento. Cuando el agua le salpica el rostro, Pola llega a otro nivel de conciencia. Mira hacia el mar abierto, huele el salitre y escucha el canto de las olas: un lamento. Luego, llena de alegría, se abandona a la corriente.
Bajo la superficie, siente el agua fría en las piernas, el pubis y los brazos. Las algas le acarician el cuerpo y los peces le rozan la piel. La Madre la recibe y ella, Pola, la hija, Pola, la perdida, regresa al hogar a formar parte de su reino. El arrullo le ofrece descanso, aceptación y cuidado amoroso. Le abraza el cuerpo y le acaricia el espíritu. Escucha la canción de las olas apagarse en la superficie mientras desciende a un silencio reconfortante. Le da la bienvenida a lo que vendrá, abandona toda voluntad, bloquea todo conocimiento, se vuelve sorda al miedo que grita en su pecho. Haz conmigo lo que quieras, pero sácame de este mundo de gente tan inhumana.
Lentamente, las aguas comienzan a girar convidándola a una danza que se extiende hasta el infinito. Cede a la sabiduría de Yemayá. El agua la arrastra hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo, hacia las profundidades y Pola se regocija en la bendición de la Madre. No opone resistencia, no ve nada, no escucha nada, sólo siente el abrazo cálido de la Madre, el regreso al hogar. Lo último en que piensa es la alegría de rendirse. Libera el cuerpo y la mente y se deja llevar. La espera el descanso tan necesario, tan deseado, tan bien ganado. Ya casi está ahí.
Pero, de repente, las imágenes regresan, se imponen con todas sus astillas y espinas, la persiguen incluso hasta este lugar tan sagrado. El Caballo, un hombre como un semental salvaje, la penetra por detrás y se deleita en romperla embistiendo contra cada orificio de su cuerpo. El Puerco, maloliente a pocilga y putrefacción, resopla y gruñe como el cerdo que es, mientras le hunde el hocico sonriendo como un idiota demente. El Lobo la muerde hasta sacarle sangre y la golpea hasta que le suplique que siga. Todos, como animales de circo, divierten al patrón, su único público, aunque a veces había más público, cuando al patrón le apetecía compartir.
Y luego Luisito, un hombre-niño en realidad, que no quería o no podía hacer lo que le ordenaban. Tirado encima de ella, las lágrimas le manchaban el hermoso rostro negro mientras el látigo le hería la espalda y los demás se burlaban. Nosotros creíamos que estos negros eran muy machos. ¿Eso es todo lo que das? Qué pobre espectáculo para un negro fuerte y robusto como tú. Finalmente, el niño se desmayó dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre ella, que besó su rostro inexpresivo hasta que se lo llevaron. No volvieron a llamarlo. Su pobre desempeño había sido una pérdida de tiempo para el patrón, no una diversión.
Afortunadamente, las imágenes desaparecen y Pola flota en el más dulce de los remolinos. Entonces llegan ellos: sus bebés. Son siluetas sin rostro ni nombre como lo fueron en vida. Pero ella los reconoce como si fueran parte de su propia piel. Todos flotan con los brazos estirados hacia ella, la mujer que no los protegió, la madre que nunca estuvo presente. Recuerda el espacio frío que dejaban cuando se los llevaban. Recuerda el hueco en el corazón, reflejo del vacío en su vientre. No estuvo presente para ellos. Se llevaron a sus niños y ella no hizo nada. Pero no, no vienen a recriminarle. Ellos saben, lo entienden todo muy bien. No vienen a acusarla sino a protegerla, a recibirla con los brazos abiertos. Los niños giran a su alrededor, la tocan, la transportan a un lugar de paz y amor. Sus deditos le traen amparo y perdón. Le prodigan el regalo de la redención. Vienen a llevarla a...