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Negociar la memoria: Escenarios, actos y textos del primer centenario de 1521 en Nueva España
- 100 páginas
- Spanish
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- Disponible en iOS y Android
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Negociar la memoria: Escenarios, actos y textos del primer centenario de 1521 en Nueva España
Descripción del libro
Este libro se aproxima a los escenarios, actos y textos entorno a la primera conmemoración de la conquista de México, que coincidió con la aclamación de Felipe IV. Expone la historia entrelazada de las celebraciones que tuvieron lugar en las ciudades de México y Tlaxcala. Frentea los grandes desafíos que imponía la apropiación sistemática de tierras, las múltiples exacciones fiscales y el avance del gran comercio en sus localidades, las autoridades de aquellas dos ciudades capitales recurrieron a los dispositivos culturales de la época para negociar suestatus en la monarquía española, reinventando su memoria.
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Información
Año
2021ISBN del libro electrónico
9786073048026Categoría
ArteCategoría
Historia del arteActos
Ya que de varios estados
está el teatro cubierto,
pues un rey en él advierto,
con imperios dilatados;
beldad a cuyos cuidados
se adormecen los sentidos,
poderosos aplaudidos,
mendigos, menesterosos,
labradores, religiosos,
que son los introducidos
para hacer los personajes
de la comedia de hoy,
a quien yo el teatro doy
los vestidos y trajes
de limosnas y de ultrajes…
Pedro Calderón de la Barca, El gran teatro del mundo, 1635.
Los actos puestos en escena para el centenario de 1521 coincidieron con la obligación y necesidad de aclamar a un nuevo rey. Las ciudades de Nueva España, en particular las protagonistas principales de la conquista, articularon la tradición ibérica medieval con la que las repúblicas urbanas confirmaban la autoridad de los reyes, con la costumbre local anual que legitimaba los ritos evocadores de las alianzas y las victorias de sus antepasados en el marco de la evangelización, afirmándolas como repúblicas cristianas de la monarquía de España.
Como todas las monarquías europeas, las que surgieron de los reinos ibéricos justificaban la autoridad del rey en bases teológicas. Pero, a diferencia de otros reyes, los castellanos tenían a su disposición vastos referentes jurídicos que fundamentaban su derecho a ejercer el gobierno y la justicia sobre sus reinos. Estos elementos, organizadores de la relación entre el señor natural y los gobernados, sintetizaban el rito cívico de la aclamación. Si los reyes franceses e ingleses eran ungidos como señal de la elección divina, los de Castilla eran aclamados en cada una de sus ciudades. Éste era el acto que definía su autoridad como señor natural de cada lugar, y así ocurrió en las ciudades de las Indias Occidentales a partir del ascenso de Felipe II.
Tanto en Tlaxcala como en México, las conmemoraciones por la caída de Tenochtitlan se incorporaron al calendario de las celebraciones litúrgicas. En 1524, la instalación de la sede del cabildo secular mexicano en el corazón de la antigua capital tenochca dio ocasión a la primera fiesta que rememoraba el triunfo de las armas católicas con el izamiento del pendón real. En Tlaxcala, también en ese mismo año, en el marco de la llegada de los franciscanos a las casas cedidas por Maxixcatzin en Ocotelulco, se instituyeron los actos en recuerdo de su victoria sobre los mexicas. En cualquier caso, las celebraciones de las dos ciudades evocaban el día en que se fundaron como repúblicas cristianas, aspecto integral de la conmemoración fomentado con la llegada de los frailes, quienes introdujeron el tema en su programa de evangelización, echando mano de las herramientas del teatro medieval como principal vehículo de comunicación doctrinal.
Año con año, las dos capitales aguardaban las noticias de los preparativos de sus respectivas fiestas y se miraban con recelo. Tanto el ayuntamiento mexicano como el tlaxcalteca hacían uso de todos sus recursos para competir en fasto y manifestaciones de fidelidad real; como si la anterior enemistad que enfrentaba a sus antiguos altepeme desde tiempos inmemoriales hubiese continuado pero, ahora, en los marcos de la doctrina cristiana promovida por los misioneros. Con ello contribuían a la invención de elementos retóricos y dramáticos que durante la primera centuria modelaron una “cultura de conquista”. Conviene, por tanto, tener en cuenta los aspectos principales de la celebración anual y las tradiciones que exhibían, su repetición, significados y sofisticación, para comprender la forma singular en que se desplegaron durante los actos conmemorativos de los cien años, que coincidieron con la proclamación de Felipe IV como nuevo rey.
El día principal de las fiestas de la conquista, 13 de agosto, se había fijado en la memoria urbana como el momento en que las antiguas capitales mexicas, Tlatelolco y Tenochtitlan, se rendían tras un cerco de tres meses y se llevaba a cabo la captura de Cuauhtémoc, su último huey tlahtoani. El asedio de las fuerzas aliadas, que los españoles habían logrado reunir con muchos altepeme del altiplano central mesoamericano —especialmente los de Tlaxcala, Chalco y Texcoco—, se recordaba con acentos distintos, según los relatos particulares transmitidos por los descendientes de cada territorio. Así, mientras Diego Muñoz Camargo exaltaba, en su Historia de Tlaxcala (1592), la decisiva consulta de Hernán Cortés al senado de los señores tlaxcaltecas y los consejos de éstos para ir contra México, Baltasar Dorantes de Carranza, en Sumaria relación de las cosas de Nueva España (1604), evocaba las hazañas particulares de los conquistadores españoles en los días posteriores a la caída de la capital tenochca, sin las cuales, según su opinión, aquella victoria se habría perdido.
La fecha de la derrota mexica coincidía en el santoral católico con la celebración dedicada al entierro de san Hipólito en el año 236. Según la tradición mediterránea, la inhumación del santo habría tenido lugar en Roma, durante la persecución de la Iglesia cristiana primitiva, cuyos militantes se reunían en las catacumbas para efectuar los ritos funerarios en honor de sus predicadores, a resguardo de las legiones militares que por entonces habían proclamado emperador al general tracio Gayo Julio Maximino. Un siglo y medio después, cuando la fe cristiana se volvió religión oficial del imperio romano bajo Teodosio el Grande, la tumba de san Hipólito devino centro de peregrinación alabado en los poemas del calagurritano Prudencio y visitado por fieles provenientes de todo el mundo mediterráneo. Su veneración fortaleció la persecución contra el paganismo y las primeras heterodoxias cristianas. La carga providencial de aquella fecha convenció a los miembros del ayuntamiento erigido tras la instalación de la autoridad hispana en el Anáhuac, quienes eligieron al santo romano como primer patrono de la ciudad de México.
Obispo y mártir, a san Hipólito se le consideraba, desde los siglos medievales, protector de los caballos, en relación con el significado griego de su nombre (el que desata los caballos). Junto a los bergantines construidos y botados desde la ribera lacustre de Texcoco, capital del Acolhuacan, aquellos extraordinarios animales se convirtieron en el símbolo de la derrota mexica. Caballos y naves eran máquinas inusitadas entre la población del Anáhuac. Sus imágenes cristalizaron en la memoria de la guerra contra Tenochtitlan, hasta convertirse en elementos centrales de la parafernalia conmemorativa. De forma simultánea, el patronazgo del mártir combatiente del paganismo y protector de caballos sobre la ciudad construida encima de las ruinas tenochcas, evocaba el carácter militante y providencial de la propagación hispana de la fe cristiana sobre aquellas tierras nuevas.
En Tlaxcala, las fiestas anuales con motivo de la conquista de México se llevaban a cabo el 15 de agosto, día de la Asunción de la Virgen María. Como lo recoge el epígrafe de este libro, la memoria especular de la conquista de Tlaxcala sobre México fijó el día, de acuerdo con el pretendido recuerdo de la noticia de aquel triunfo en los señoríos de la provincia, dos días después de la gesta. Así, la primera fiesta celebrada por la caída de Tenochtitlan habría sido la tlaxcalteca, según lo evoca la narrativa edificante de Juan Buenaventura Zapata y Mendoza en su Historia cronológica de la noble ciudad de Tlaxcala, publicada en 1689. El cronista y cacique descendiente de los señores de Tizatlan, una de las cuatro cabeceras tlaxcaltecas, configuraba la memoria de su provincia en los marcos del marianismo franciscano.
Si los fundadores de la ciudad española de México tuvieron en san Hipólito el referente sobrenatural de la victoria sobre el paganismo, cuya retórica confirmó la elevación de la nueva urbe cristiana sobre los restos de la antigua, los tlaxcaltecas, de la mano de sus evangelizadores franciscanos, invocaron la protección por antonomasia, cifrada en la imagen de la madre de dios asunta al cielo, para significar el carácter singular de su ciudad capital, intercesora ante el rey católico y unificadora de aquella provincia que tenía pretensiones de reino.
El culto a la Asunción de María fue difundido en Nueva España por los franciscanos. La fecha de aquella solemnidad, 15 de agosto, remontaba al siglo iv, cuando las comunidades eclesiales de Oriente se reunían para celebrar “la memoria de la virgen madre”; es decir, el recuerdo de la muerte y tránsito de María a los cielos, de acuerdo con los textos de los padres de la Iglesia oriental y diversas versiones de los evangelios, llamadas apócrifas. La labor teológica de exégetas como Juan de Tesalónica, Germán de Constantinopla y el santo árabe Juan Damasceno, contribuyó a transformar la memoria de la muerte en celebración de la “dormición”, proclamada por el emperador Mauricio en el siglo vi y, posteriormente, en misterio de la Asunción del alma y el cuerpo incorrupto de la Virgen María.
La creencia partía de la muerte y entierro de la Virgen acompañada por los apóstoles, lleva...
Índice
- México 500 Presentación
- Introducción
- Escenarios
- Actos
- Textos
- Coda
- Bibliografía
- AVISO LEGAL
- Colección México 500
- Contraportada