| Tenemos la posibilidad de explorar los ejes de nuestras contradicciones, reconociendo lo que venimos menospreciando. |
1. CONSCIENCIA O INCONSCIENCIA
Todo empieza por la consciencia. Al hablar de este concepto, no hago referencia a la conciencia, sino a la consciencia, con ese. La conciencia es un concepto moral que ayuda a discernir entre el bien y el mal, mientras que la consciencia es un concepto vital y humano que implica la capacidad para ver, escuchar, sentir, comprender, confrontar… en definitiva, para estar atentos a nosotros mismos y al entorno. Quien no siente que algo falla, quien no detecta las incoherencias y las injusticias, no puede comenzar el proceso de transformación. Quien no empatiza con las necesidades de otros no puede satisfacerlas. Quien no percibe, o no quiere percibir, no puede mejorar.
La consciencia es un despertar: es abrir los ojos del corazón y de la razón para percibir realidades que antes no discerníamos. En ocasiones, las crisis personales y profesionales y las pérdidas que sufrimos a lo largo de la vida son las que nos hacen detenernos y preguntarnos: «¿Para qué estamos aquí?».
En líneas generales, nos resulta más comprensible la palabra «inconsciencia» que la palabra «consciencia». Decir de alguien que es un inconsciente se asocia fácilmente a un abanico de calificativos y comportamientos negativos, como actuar sin pensar en las consecuencias, tomar riesgos excesivos o ser imprudente en distintas facetas de la vida, ya sean laborales, familiares o personales. La consciencia es todo lo contrario: sensatez y madurez para tomar decisiones correctas y justas; sensibilidad para ponerse en el lugar del otro y tratar a los demás como queremos que nos traten; prudencia para ayudarnos a no correr riesgos inútiles… La consciencia surge de la convicción de que formamos parte de un sistema y de que nuestra felicidad está entrelazada con la de otros; es atención plena, a lo pequeño y a lo grande, a lo cercano y a lo lejano, a lo obvio y a aquello que nos genera dudas. La consciencia nos invita a ser personas profundamente humanas, con sentido de trascendencia porque el mundo seguirá aquí más allá de nosotros.
Inconsciencia y consciencia son cara y cruz de una misma moneda, la que nos permite interactuar de un modo u otro con el entorno y con otros seres humanos. Podemos vivir de pensamientos y comportamientos arbitrarios o podemos vivir con una clara idea de para qué vivimos, qué representa lo que está fuera de nosotros y cómo debemos tratarlo. Dos formas de vivir y, entre ellas, todo un espectro de posibilidades.
Hasta hace décadas, existía una consciencia limitada ante temas que ahora nos parecen evidentes. La mujer, por ejemplo, no tuvo derecho a voto hasta el siglo XX. Las preguntas poderosas que debemos formular son las siguientes: ¿cómo podíamos estar tan ciegos a la presencia y existencia de las mujeres?, ¿qué es lo que no veíamos de ellas o qué veíamos en su lugar? Son preguntas importantes porque tienen el poder de iniciar la reflexión. En pleno siglo XXI, nos quedamos perplejos constatando la inconsciencia, la ignorancia y la falta de sensibilidad ante la posición de la mujer durante tantos siglos. No era inteligencia lo que faltaba, ni conocimientos, sino falta de consciencia.
La consciencia nos permite ver donde otros no ven o lo que otros no ven. Gracias a muchas mujeres que hicieron de la defensa de sus derechos su vida, hoy hombres y mujeres están más cerca de ser iguales. Sin embargo, todavía hay mucho camino por recorrer y seguimos sin ver muchas de las trampas de esta época. El consumo exagerado, la concentración de poder, el cortoplacismo y el deterioro del planeta son las inconsciencias de este siglo en una sociedad que se considera a sí misma avanzada, una sociedad a la que le falta equilibrio, justicia, compasión, una sociedad a la que le sobran creencias inservibles, contradicciones y distorsiones. La inconsciencia que se ha producido durante siglos sobre el lugar de la mujer solo es un ejemplo entre muchos; también cuesta creer que hasta hace tan pocas décadas se haya consentido la segregación de la raza negra. La pregunta poderosa que podemos hacernos sigue siendo la misma: ¿qué no veíamos detrás del color de la piel o qué veíamos en su lugar?
La expansión de la consciencia también se ha producido sobre el concepto de inteligencia y la función de las emociones. La existencia de múltiples inteligencias, una idea surgida pocas décadas atrás, nos abrió los ojos para comprender que la inteligencia no depende solo del coeficiente intelectual. Muchos artistas, músicos o poetas no destacaban en este indicador de la inteligencia: sus formas de inteligencia no eran consideradas como tal. Observamos que la consciencia se va abriendo como se abre una flor, en un proceso evolutivo por el que salimos de lo que conocemos y otorgamos valor a cosas que hasta entonces desconocíamos. En relación con las emociones, el prejuicio de que son un signo de debilidad ha quedado en el cajón del olvido y hoy en día son consideradas elementos vitales para la felicidad, la motivación, el éxito y el liderazgo.
Los anteriores son claros ejemplos de la evolución de la consciencia, de la cerrazón de miras a la apertura, de la visión estrecha a la amplia, del mundo centrado en uno mismo al mundo abierto a los demás. En la actualidad, tenemos a nuestra disposición modelos y metodologías que dan nombre a los distintos niveles de consciencia. Estos indican, como el propio término señala, escalones, dimensiones o etapas. Cada nivel nos permite percibir unas realidades y podemos compararlos metafóricamente con los pisos de un edificio. Desde el nivel más bajo vemos la calle, las personas que pasan, sus caras y sus gestos en el rostro. Cuando subimos unos pisos, tenemos mayor perspectiva, seguimos viendo lo que pasa abajo, pero también nos fijamos en los edificios cercanos y en una parte del cielo. Si subimos a la terraza del edificio, observamos la panorámica general, las personas se ven más pequeñas y el cielo, con sus nubes, mucho más abierto. La grandiosidad de la ciudad con tantas casas y tantas vidas se hace evidente.
Aumentar la consciencia es poder ver la vida desde más niveles: desde la calle, desde el nivel medio y desde arriba. Ver la vida en el espectro completo es el estado de máxima consciencia: permite entender el hoy y prestar atención al mañana, que llegará inevitablemente, con o sin nosotros. Expresa bajo nivel de consciencia pensar solo en nosotros mismos y lo que nos afecta directamente, o dejar pasar la vida intentando atesorar lo que no podremos llevarnos. A medida que nos vamos elevando hacia niveles superiores empezamos a ver a los demás, deseamos hacer cosas que nos realicen y finalmente queremos aportar algo al mundo.
La consciencia plena es el corto y el largo plazo, es el todo y las partes, es el antes, el ahora y el después. Es el hombre y la mujer, el ser humano en general, provenga de donde provenga y sea cual sea su aspecto. Es la diversidad de talentos y de culturas. Es la alegría y el dolor. Es la apertura frente a la obcecación.
Pero no todo vale en nombre de la consciencia. Consciencia también es discernir lo inasumible, poner límite a la libertad para que siga siendo autentica libertad, salir al paso de razonamientos tramposos para que ciertos valores sigan existiendo. Desear ser comprendido a toda costa termina donde los demás también merecen ser comprendidos. La libertad de expresión termina cuando se hace apología del odio. El diálogo termina cuando se utiliza como excusa para seguir creando confrontación. El derecho a la diversidad termina cuando, amparado en la diferencia, busca privilegios que no le corresponden. En defensa de los derechos humanos no se puede pedir cualquier cosa, porque también hay obligaciones humanas de las que tenemos que hacernos responsables.
La búsqueda de soluciones creativas para mejorar nuestro mundo es expresión de consciencia. Los que vengan después de nosotros tienen derecho a recibir un legado positivo que no hayamos agotado.
2. REPETIR O CREAR
Dicen que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra y, en materia económica, a menudo la búsqueda de soluciones se convierte en repetición de errores del pasado. Para evitar la repetición es fundamental la creación de nuevas ideas, de propuestas que no hayamos considerado con anterioridad. En este sentido, este libro pretende aportar pensamiento crítico, creativo, divergente, disruptivo y consciente, con el deseo de crear y de que la creación sea útil.
El pensamiento crítico expresa inconformismo. El «ya estamos bien» o el «estaremos bien cuando gobierne el partido al que votamos» son expresiones de conformidad. ¿Acaso está bien el mundo? Allí por donde pasa el ser humano, el deterioro de la naturaleza resulta abrumador. Nuestra capacidad para afectar negativamente el entorno va en aumento por mucho reciclaje que planteemos. Tampoco aprendemos de las crisis económicas; cuando somos golpeados por ellas, modificamos nuestro comportamiento por un tiempo, pero cuando las aguas se calman todo sigue como antes. Que un síntoma ceda no significa que la enfermedad se haya curado. El pensamiento crítico nos lleva a encontrar las causas de los problemas, más allá de sus síntomas aparentes. Es la antesala del pensamiento creativo.
Por pensamiento creativo me refiero a la capacidad para combinar las variables de un modo diferente o incluso de añadir nuevas variables y dejar otras a un lado. El sistema que tenemos es fruto de los valores y las decisiones del pasado, pero el entorno actual tiene nuevas exigencias. Por eso, estamos obligados a revisarlo. La gestión de plazos es un ejemplo de nueva variable económica que debe ser incorporada de forma troncal al sistema; tiene dimensión económica porque afecta a los costes y a la eficiencia. Sin embargo, parece menospreciada, como si el factor tiempo no fuera relevante. Como ya he dicho antes, los derechos de la mujer, la libertad religiosa y el respeto a otros derechos individuales son avances sociales provocados por una mayor consciencia y orientados a crear una sociedad mejor. Sin embargo, ¿qué avances profundos, fruto de una mayor consciencia, estamos incorporando al diseño del sistema económico?
La creación de partidas para apoyar la lucha contra el cambio climático o para combatir la pobreza son propuestas interesantes, pero con calado insuficiente. Si nuestro sistema económico no se transforma, las medidas contra el cambio climático siempre llegarán tarde. Si se malgasta el dinero en una administración ineficaz y demasiado grande, no se reorientará hacia las áreas donde es necesario. Se trata de abordar transformaciones sustanciales, posibles pero profundas. Lo demás son remiendos, por muy honorables que resulten.
El paradigma de la libertad de mercado se ha impuesto como única norma desde hace décadas. Algunos lo adoran y otros lo maldicen, como si fuera un ente con vida propia. Sin embargo, el mercado no es un monstruo terrible: lo convertimos nosotros en monstruo cuando permitimos que lo sea. En qué se convierte es nuestra responsabilidad. El mercado es esencialmente positivo: es libertad, es iniciativa. Cuando lo regulamos mal o cuando, siendo conscientes de sus deficiencias, no las corregimos, le damos permiso para ser perverso. No podemos lavarnos las manos como si la responsabilidad fuera de otros. Si el ser humano ha sido capaz de lograr grandes hazañas a lo largo de la historia, es perfectamente capaz de encontrar nuevas claves que ayuden a regular el mercado de manera positiva.
El mercado se nos presenta a la vez como bienestar y abuso. Es urgente proponer ideas para que siga ofreciendo bienestar sin abuso, así como cortar los abusos sin quebrar la libertad. El pensamiento creativo es el único que puede ayudarnos a explorar esta conciliación entre libertad de mercado y ausencia de injusticia. Hasta ahora, comunismo y capitalismo han optado por opciones contrapuestas que todos conocemos: el comunismo desea planificar y el capitalismo, dar rienda suelta a la libertad del mercado. Creo que es tiempo de generar alternativas que nos permitan salir de la dicotomía en la que estamos atrapados.
Utilizar el pensamiento divergente es como mirar a nuestro alrededor con una lente que descompone la luz blanca en diferentes haces de colores. Es lo contrario del pensamiento único, que solo quiere mirar en una dirección menospreciando otras opciones con descalificaciones inmediatas. Contemplar otras alternativas supone poder despegarse de lo existente, aprender a nadar a contracorriente, aun cuando la resaca nos empuje mar adentro. Significa no temer a la ambigüedad propia de los procesos de búsqueda y ser capaz de explorar sin seguridades.
Con un pensamiento disruptivo, somos capaces de romper moldes, no por rabia o inconsciencia, sino para liberar ataduras y relaciones improductivas entre variables. Es la actitud de empezar de nuevo, de soltar para poder tomar otra cosa mejor. El pensamiento disruptivo no se conforma con los parches o los retoques. Exige más.
El pensamiento consciente es la comprensión de lo que ocurre y de lo que debe transformarse en nosotros mismos para hacer posible el cambio. Se trata de aprender a ver el mundo y a verse a uno mismo de otro modo, un modo que conecte con el «para qué estamos aquí» y con cómo debemos relacionarnos con el mundo que hemos recibido. El enfoque de la consciencia es mucho más amplio que el de las inteligencias múltiples, el humanismo y la sostenibilidad. Es todos estos enfoques a la vez.
Estos tipos de pensamiento deben volcarse sobre el pensamiento económico, que es el motivo de este texto. Hay que impulsar auténticos foros de pensamiento económico creativo, laboratorios de ideas que ofrezcan alternativas que rompan moldes. Hay que dedicar tiempo a la evaluación de ideas disruptivas, con interlocutores de las distintas materias de conocimiento. Mi enfoque es la economía, pues esta determina muchos otros aspectos de la vida, como la libertad, la salud o incluso la alegría. Si uno no tiene trabajo ni medio de vida, no tiene libertad; se encuentra atenazado por la escasez de...