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Conocer y actuar
Esto es lo que el maestro debe pretender como prioridad:
apoyarse en lo que los alumnos saben y saben hacer
y sugerir, a partir de ello, lo que podrían saber.
Philippe Meirieu
Las aulas se asemejan, en cierto modo, a un organismo vivo. Podemos utilizar este símbolo para comprender el carácter frágil y delicado de los continuos procesos de desequilibrio –humano, complejo– que requieren de nuestra acción como educadores. En los seres vivos, las moléculas participan de los procesos físico-químicos que tienen lugar en cada organismo y que lo regulan de forma dinámica para conseguir el mantenimiento de las funciones vitales y el abastecimiento de energía que se necesita. En este caso, en nuestros cuerpos, estos procesos están autocompensados, por lo menos en la mayoría de los casos. A veces, introducimos química externa
–medicación– para reconducir ciertas situaciones de descontrol o de dolor. En todo caso, está claro que el objetivo es conseguir que nuestros órganos sigan ejerciendo sus funciones y que la buena sintonía entre ellos persista o se mejore.
En el día a día de nuestras clases como “organismos vivos” se dan también imprevistos que no esperamos y/o dinámicas personales o grupales que entorpecen nuestra tarea. Cuando conocemos individual y colectivamente a nuestros alumnos y alumnas, cuando observamos y tomamos buena nota de las descompensaciones, individualidades y relaciones que en forma de red se dan en el aula, tenemos que intervenir, regular, volver a equilibrar. Es un proceso dinámico, pero mucho cuidado; no hay recetas. No podemos pensar: “como el curso pasado, ante este tipo de situación, tomé estas iniciativas, y dieron resultado, volveré a aplicarlas”. Esto no es así, o no tiene por qué serlo. Es cierto que disponemos de unas pautas básicas. Pero hay que considerar que cada alumno es diferente, y las interacciones que se dan en el seno del grupo también lo son. No vale una misma receta para dos pacientes diferentes. Evidentemente, hay protocolos generales que son de manual, y suelen ser guía para cualquier conflicto en el aula, pero serán mucho más idóneos si conocemos todas sus variables, todos los actores en juego y sus relaciones con el problema que se nos plantea.
Esto es aplicable a conflictos diversos: acoso escolar, problemas de convivencia, faltas de asistencia, retrasos continuos…. Cada situación es diferente y cada alumno o alumna son únicos. Si actuamos superficialmente, sin haber analizado lo que se halla oculto bajo lo aparente, aplicando patrones estandarizados y programados, estamos olvidando que tras aquel comportamiento inadecuado existen unas raíces que de entrada podemos desconocer. Como afirma Angela Prodger, “el comportamiento es siempre una simple señal de que los niños están tratando de decirte algo” (Beard, 2019). Prodger, directora de Pen Green, un proyecto educativo inclusivo y de éxito que ofrece ayuda a los hijos de familias desfavorecidas del Reino Unido, es partidaria de que, previamente a la adquisición de las herramientas del habla y el lenguaje, los niños deben experimentar la sensación de “ser y pertenecer”.
“
Cada alumno o alumna son únicos.
Su comportamiento nos habla
y tenemos que “ver” más allá de lo aparente.
”
Durante mi experiencia como docente he comprobado que un conflicto bien tratado y resuelto resulta ser una oportunidad para iniciar un crecimiento personal y asentar y fomentar la autoestima, favoreciendo un cambio a partir de esta percepción de acompañamiento y pertenencia. Un alumno de primer curso de secundaria molesta continuamente a algunos compañeros y compañeras y acude a mi despacho enviado por su tutor. Durante la conversación sale a flote una situación familiar complicada, con una madre muy ocupada, a la que le es muy difícil atender a las peticiones de reunión de la escuela. Después de hablar telefónicamente con ella, tengo mucha más información. Debido a sus obligaciones profesionales, la madre no puede estar todo el tiempo que quisiera con su hijo, y su emoción se desborda en ese momento. Le comento que tiene que tranquilizarse, que sé que su hijo puede superar este tipo de comportamiento.
Con todos los detalles captados en esta conversación, hablo de nuevo con el alumno. A partir de ese “vaciarse”, del poder expresar las emociones derivadas de una cierta soledad, se manifiesta todo su potencial, y su evolución posterior va siendo más y más positiva. Seguramente hemos logrado que sea y que pertenezca.
Este caso, y otros parecidos que puedo recordar perfectamente, apoyan el principio de contemplar todos los factores, de escuchar versiones y opiniones, de percibir sensaciones, de intuir percepciones, cuando afrontamos estas situaciones. Sin duda, el más importante de estos factores radica en conocer a los alumnos y tener en cuenta su rol en el grupo. Abarcar los matices de una individualidad, de un contexto, es complejo, pero es la vía que nos permite acercarnos mejor a una salida favorable, que signifique un progreso. Sin que nos demos cuenta, debido al cansancio o las prisas por resolver un conflicto, podemos precipitarnos y no considerar todas las variables. Si esto se produce, suele suceder que lamentemos el tiempo no empleado, porque las consecuencias, si nuestras decisiones son equivocadas, suelen representar la persistencia del problema o su agravamiento.
En otras ocasiones, el conflicto se agranda y se extiende porque no se ha actuado con decisión cuando aflora, en sus inicios, con baja intensidad. No podemos mirar a otra parte. La comodidad del “no ver” y “no actuar” tiene consecuencias de alto riesgo en los casos de acoso escolar, que suelen manifestarse de entrada en forma de pequeños gestos, comentarios o sonrisas. Hay que actuar con decisión, demostrando que en la escuela el respeto a la dignidad de todos se erige como uno de los fundamentos y valores principales. Esta labor preventiva, interviniendo adecuadamente cuando el problema se presenta por primera vez, otorga seguridad, no solamente al alumno o alumna afectados, sino a todo el grupo. Les estamos diciendo: “No se van a permitir ofensas a la dignidad de nadie”; también afirmamos: “todos y todas sois importantes para mí”. Estamos actuando contra la falta de comprensión, previniendo el egocentrismo y apostando por una educación humanista, más transversal, que va más allá de la enseñanza meramente instrumental.
Dinamizar las aulas
Dinamizar el aula para intentar convertirla en lo que podemos denominar un equipo de aprendizaje comporta que seamos persistentes en cuatro líneas de trabajo:
- Conocer bien los contenidos y profundizar en el cómo transmitirlos, investigando continuamente nuevas experiencias y contrastando su acogida y su eficacia. En la búsqueda de estrategias diversas para optimizar el aprendizaje es importante no caer en el probar por probar, porque esta búsqueda exige reflexión, rectificación y reajuste continuos, y cuidar la coherencia, el sentido de posibilidad y el sentido común.
- Conseguir que los alumnos y alumnas –todos y todas– avancen, siendo conscientes de su propio crecimiento y evolución. Esto implica mantener un fondo organizativo que infunda confianza y seguridad, y conocer con detalle los ritmos diferentes de progreso y los problemas instrumentales de base que puedan aflorar, básicamente centrados en el cálculo matemático elemental y en la lectoescritura, y actuar sobre estos problemas de forma paralela. El progreso de los alumnos significa para nosotros contemplar una diversificación de actuaciones para atender la pluralidad de capacidades y situaciones que se nos presentan.
- Tratar los posibles trastornos de aprendizaje y los casos de sobredotación con rigor, adoptando los criterios indicados en cada caso. Existen protocolos diseñados para los casos de déficit de atención, hiperactividad, dislexias..., con todos sus grados y matices, y tenemos que considerarlos en sus justas dimensiones, readaptando estos protocolos si es necesario para que el alumno o alumna con alguno de estos trastornos se sienta en todo momento acompañado y perciba una dirección de mejora que favorezca su autoestima. Los alumnos y alumnas con altas capacidades también requieren de estrategias específicas y de acompañamiento, ya que si no las aplicamos pueden caer en la apatía y el desánimo.
- Mantener un tono óptimo en las relaciones con el grupo aula, basado en la actividad constante, la empatía y la comunicación. La magia de las palabras y de los tonos juega un papel esencial en este sentido, y debemos intentar en toda situación y en todo momento practicarla e impregnar a todo el grupo con ella. Como afirma Rodari (2019): “Las palabras, producen ondas de superficie y de profundidad, provocan una serie infinita de reacciones en cadena, atrayendo en su caída sonidos e imágenes, analogías y recuerdos, significados y sueños (…)”. Este tono óptimo tiene consecuencias directas en la disposición hacia el aprendizaje, porque se activa todo un sistema de regulación de la motivación mediante la acción combinada de tres neurotransmisores: la dopamina, la serotonina y las endorfinas. Con cada alumno, en c...