El paraíso de las mujeres
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El paraíso de las mujeres

  1. 207 páginas
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  4. Disponible en iOS y Android
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El paraíso de las mujeres

Descripción del libro

El paraíso de las mujeres es una novela de corte alegórico del escritor Vicente Blasco Ibáñez. En ella el autor plantea un juego literario con Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, haciendo a sus protagonistas viajar al Lilliput del autor americano en 1722 con una estructura similar a la obra original, pero con un trasfondo que analiza la situación política española de su época.

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Información

Editorial
SAGA Egmont
Año
2021
ISBN del libro electrónico
9788726509649
Categoría
Literatura
Categoría
Clásicos

XI
QUE TRATA DEL DISCURSO PRONUNCIADO POR EL SENADOR GURDILO Y DE CÓMO EL HOMBRE-MONTAÑA CAMBIÓ DE TRAJE

A la, mañana siguiente, el profesor Flimnap se presentó con gran apresuramiento en la vivienda del gigante. Jamás su rostro bondadoso había ofrecido un aspecto igual, de alarma y azoramiento. A pesar de sus carnes exuberantes, saltó con juvenil agilidad del plato ascensor a la superficie de la mesa, antes de que los atletas encargados de la grúa hubiesen terminado su maniobra.
Lejos aún de Gillespie, abrió los brazos con desesperación y juntó luego sus manos en una actitud implorante, gritando:
—¿Qué ha hecho usted, gentleman? ¿Qué locura fue la suya de ayer? ¡Y yo que le creía un hombre extremadamente cuerdo!…
Jamás había experimentado tantas emociones en un espacio tan corto de tiempo. Un miedo anonadador le dominaba desde horas antes, y este miedo obedecía a sentimientos generosos, pues pensaba más en la suerte del Gentleman—Montaña que en la suya propia. La terrible noticia de todo lo ocurrido en la casa del Padre de los Maestros acababa de sorprenderle en el momento más grato de su existencia.
El día anterior había regresado muy tarde a la ciudad, después de verse festejado y admirado durante varias horas por más de cien mil mujeres. Su discurso en las gradas del templo de los rayos negros lo había escuchado esta enorme multitud, interrumpiéndolo con aplausos. Su éxito resultó tan ruidoso como el del joven poeta rival de Golbasto. Nunca había llegado a soñar con una gloria semejante, ni aun en los tiempos de la adolescencia, cuando, recién entrado en la vida estudiosa, su entusiasmo le hacía aceptar la posibilidad de las más inauditas elevaciones.
Durmió mal, pues el saboreo de su triunfo parecía repeler al sueño. Pero cuando descendió de su habitación universitaria, apreciando de antemano las felicitaciones de unos profesores y la envidia de otros, todo su orgullo triunfante se deshizo ante la realidad. Oyó aterrado lo que había hecho el gigante en la tarde anterior. Muchos de los que le hablaron habían asistido a la tertulia de Momaren y se mostraban congestionados aún por la indignación al recordar los proyectiles del gigante, algunas de cuyas salpicaduras habían llegado a ellos o a personas de sus familias.
El Padre de los Maestros estaba en cama después de este suceso, aunque sin enfermedad conocida. Golbasto, el gran poeta nacional, se había retirado jurando vengarse del bárbaro intruso. Los concurrentes le vieron con un vendaje debajo de su corona de laurel, pues se había descalabrado al caer al suelo con Momaren bajo el disparo del gigante.
—¿Qué ha hecho usted?—volvió a repetir el profesor.
Muchos de los que presenciaron el suceso habían olvidado la insolencia del Hombre-Montaña para preocuparse únicamente de la finalidad de otra acción suya que les parecía misteriosa. Después que el gigante hubo limpiado de gentío los salones de Momaren, haciendo huir a todos al fondo de la casa para librarse de su bombardeo líquido, irguió su estatura y fue a un determinado lugar de la fachada de la Universidad, lanzando varios silbidos con la estridencia de un huracán.
Los doctores estudiosos que permanecían en sus habitaciones intentaron ocultarse, creyendo que el Hombre-Montaña se había vuelto loco y deseaba aplastarlos. Pero antes de cerrar las ventanas de sus viviendas pudieron ver cómo corría por los tejados un hombre envuelto en velos, cómo el gigante lo tomaba con una de sus manos, introduciéndolo en un bolsillo de su traje, y cómo emprendía una marcha veloz, guiado por este varón desconocido, hacia la Galería de la Industria, sin esperar a que sonasen otra vez las trompetas y se reuniera el escuadrón que le había escoltado en su paseo.
—¿Qué va a pasar ahora?—continuó diciendo el asustado profesor.
Los murmuradores le habían dado a entender que el Padre de los Maestros sospechaba si este intruso ayudado por el gigante sería Ra-Ra.
—Yo temo, gentleman, que a estas horas la policía esté enterada de que, efectivamente, el tal hombre era Ra-Ra y que, protegido por usted, entró en nuestro palacio para ver a Popito…. ¡Usted, gentleman, mezclándose en cosas políticas de nuestro país y apoyando de una manera tan descarada a un propagandista del “varonismo”, enemigo de la tranquilidad del Estado! Tiemblo por usted y tiemblo por mí.
Gillespie no necesitaba oír al profesor para darse cuenta de la gravedad de su acto. Pero renacía su cólera al acordarse de los pinchazos de aquellos pigmeos, y creía sentir aún el dolor en sus piernas. ¿Por qué no lo habían dejado dormir en paz?…
Sin embargo, los gestos desesperados del profesor sirvieron para hacerle pensar que estaba a merced de aquella humanidad pigmea, despreciable para él, pero sin la cual no podía alimentarse ni atender a otros cuidados que necesitaba su persona.
Flimnap, creyendo ver en su rostro un reflejo de intensa cólera, le recomendó la calma.
—No se exalte, gentleman; al contrario, debe usted mostrarse prudente y conciliador. Creo que esto se arreglará finalmente. Puede usted presentar sus excusas al Padre de los Maestros. Yo explicaré que todo se debe a su desconocimiento de nuestra lengua y nuestras costumbres. Lo que me preocupa más es lo de Ra-Ra; pero si no hay otro remedio, lo abandonaremos y que siga su destino. El amor es egoísta, gentleman. Antes de venir usted a esta tierra yo hubiese hecho los mayores sacrificios por ese joven. Pero ahora no es lo mismo; ahora está usted aquí, y más allá de su persona nada me interesa.
Parecía haber olvidado el catedrático todas las inquietudes que le entristecían momentos antes, al saltar del plato—ascensor. Se había puesto ante un ojo su lente de disminución para contemplar el rostro del Gentleman— Montaña, y esto le hacía sonreír dulcemente.
—Creo llegado el momento—dijo con voz insinuante—de mostrarle mi alma. Mientras usted vivía a cubierto de peligros, yo no me atreví a decirle lo que siento. Me dominaba la timidez de todo el que ha pasado su existencia entre libros, viendo de lejos a las personas. Pero después de la locura de usted, la situación es otra. Tal vez el conflicto con nuestro Padre de los Maestros acabe por arreglarse, pero en este momento la situación es mala. Corre usted grandes riesgos, y por lo mismo considero oportuno manifestarle lo que no me hubiera atrevido a decir en una ocasión mejor. Óigame bien, gentleman, y no se ría de mí…. Yo le quiero un poco y me intereso por su felicidad…. ¿Por qué no hablar más claramente?… Yo le amo, gentleman, y deseo pasar el resto de mi vida junto a usted, dedicándome en absoluto a su servicio.
A pesar de su mal humor por la aventura en la Universidad y por las persecuciones que le podían hacer sufrir estos pigmeos, de los que era esclavo, Gillespie no pudo contener una carcajada. Después sofocó su risa para excusarse cortésmente:
—No crea, profesor, que me río de usted. Le estoy muy agradecido para atreverme a tal insolencia. Mi risa es de sorpresa…. En mi país, rara vez una mujer declara su amor al hombre.
—Pues aquí no es extraordinario—contestó Flimnap—. Acuérdese que todo lo dirigimos las mujeres, y por lo mismo nos corresponde la iniciativa en los asuntos de amor.
—Además—dijo Edwin—, usted olvida el obstáculo insuperable que la Naturaleza ha establecido entre los dos al crearnos con tamaños tan distintos. Me mira usted a través de su lente de reducción y se ilusiona creyéndome de su talla. Contémpleme tal como soy, y se convencerá de que por mucho que yo la amase nunca pasaría usted de ser una esposa de bolsillo.
—¡Oh, gentleman!—interrumpió ella quejumbrosamente—. No sea usted materialista en sus apreciaciones, no se muestre grosero en sus sentimientos juzgando a las personas por su tamaño. ¿Por qué no pueden amarse dos almas a través de sus envolturas completamente diferentes?… Ahora que le conozco, gentleman, me doy cuenta de que toda mi vida he estado esperando su llegada. Siempre mi alma sintió la atracción de las alturas; siempre soñé con algo inmensamente grande. Mi espíritu veía con indiferencia las pequeñeces de nuestra vida corriente. Yo sólo podía amar a un gigante, y el gigante ha venido. ¿No le parece que un poder superior nos ha hecho el uno para el otro? …
El Gentleman—Montaña sólo contestó a esta pregunta con un gesto ambiguo.
Pero el ardoroso profesor siguió hablando:
—Yo no le exijo que me responda inmediatamente. Confieso que esta manifestación de mis sentimientos es un poco violenta y que usted no la esperaba. A no ser por el peligro que le amenaza, me hubiese abstenido de hablarle de esto en mucho tiempo. Pero, en fin, lo que yo debía decir ya está dicho. Reflexione usted, consulte su corazón; esperaré su respuesta. Lo que necesitaba hacerle saber cuánto antes es que no soy para usted un simple traductor y que ansío participar de su suerte, correr sus mismos peligros, si es que la situación se empeora.
Gillespie, conteniendo la risa que otra vez volvía a agitar su pecho, contestó vagamente a la apasionada universitaria. Obedecería sus indicaciones, estudiaría con detenimiento las preferencias de su alma. Pero por el momento, lo más urgente era resolver su situación, que, según ella, parecía angustiosa.
—Voy a dejarle, gentleman—contestó Flimnap—. Nada consigo permaneciendo a su lado para sostener una conversación grata, pero que resulta estéril. Necesito saber noticias. Momaren tiene poderosos amigos y debe haber hecho algo a estas horas contra Ra-Ra. Además, hay que temer a Golbasto. Adivino desde aquí que su cochecito tirado por los tres hombres— caballos debe estar rodando a través de la capital desde el principio de la mañana. ¡A saber lo que habrá tramado el temible poeta!…
Antes de desaparecer por uno de los escotillones, todavía retrocedió
Flimnap hacia el gigante para decirle en voz baja:
—Si vienen a buscar a Ra-Ra, no se empeñe en defenderlo; sería peor para él y para usted. Déjelo abandonado a su suerte. Nosotros sólo debemos pensar en nuestro porvenir. Yo siempre he creído que un amor que no es egoísta no merece el nombre de amor.
Y entornando los párpados con expresión acariciante detrás de los vidrios de sus gafas, el profesor desapareció rampa abajo.
Sólo entonces el Hombre-Montaña bajó los ojos para mirarse a sí mismo, fijándolos en su pecho. Por la abertura entreabierta de su bolsillo superior veía la cabecita de Ra-Ra, encogido en el fondo de este refugio.
—¡Buena la hiciste ayer!—dijo el gigante en voz queda, como si hablase con él mismo—. En realidad tú eres el culpable de todo lo ocurrido, por tu maldita idea de dejarme solo para ir a ver a Popito…. Pero no te abandonaré por eso, como me pide la loca de Flimnap…. ¡Qué diablo será esto del amor, que a todos nos hace cometer enormes tonterías, y hasta da un aspecto grotesco a esa pobre mujer tan inocente y bondadosa!…
Vieron los ojos del gigante apoyada en un lado de la mesa la cachiporra que se había fabricado durante su excursión a la selva de los emperadores. La presencia de esta arma primitiva le hizo sonreír de un modo inquietante para los pigmeos.
—Yo te aseguro, Ra-Ra—continuó—, que los primeros que vengan en tu busca y nos molesten corren peligro de morir aplastados.
Pero aunque esta promesa bárbara fuese muy del gusto de Ra-Ra, éste protestó, sacando la cabeza imprudentemente por el borde del bolsillo.
—Lo creo oportuno—dijo el pigmeo—, pero dentro de algún tiempo. Ahora es inútil. Hay que esperar nuestra Revolución, cada vez más próxima.
Mientras tanto, Flimnap corría las calles de la capital, enterándose de una serie de noticias muy inquietantes para él. Un profesor le anunció que Momaren, por ciertos detalles que le habían comunicado algunos subordinados, estaba ya convencido de que era Ra-Ra el que acompañaba al gigante. El Padre de los Maestros, aceptando las sugestiones de su vanidad, creía que este varonista, enemigo del orden, había sugerido al Hombre-Montaña la idea de interrumpir su tertulia en el momento preciso que el gran Golbasto recitaba sus versos, para quitarle así un gran triunfo literario. A primeras horas de la mañana había tenido una conversación violenta con Popito, la cual negó haber visto a Ra-Ra en la parte alta del palacio universitario. Luego el influyente personaje abandonó su cama, y estaba ahora en la presidencia del Consejo Ejecutivo, recomendando sin duda la persecución del revolucionario masculista.
Poco después Flimnap se encontró con un grupo de noticieros de los grandes diarios, que le iban buscando desde horas antes. Querían conocer su opinión sobre lo ocurrido en la tertulia del Padre de los Maestros, pero él se expresó de un modo ambiguo. De buena gana hubiese contestado rudamente a estos curiosos insaciables que le perseguían a todas horas; pero la gratitud le obligaba a ser cortés. Todos los diarios hablaban con elogios de su discurso en el templo de los rayos negros, lamentándose de haber desconocido durante tantos años a un orador tan eminente.
Los periodistas le dieron una noticia que resultó la peor de todas. Gurdilo había anunciado su deseo de pronunciar un discurso en el Senado a propósito del Hombre-Montaña apenas se abriese la sesión. Tal vez el temible orador estaba ya hablando a estas horas.
Flimnap corrió al palacio del gobierno, entrando en el ala ocupada por el Senado. Su amor por Gillespie le sugería las más atrevidas resoluciones. El tímido profesor, que pocos días antes era incapaz de la más pequeña iniciativa, se asombraba ahora de su audacia. Pensó hablar á Gurdilo, si es que aún no había empezado su interpelación al gobierno. No se conocían, pero él desde unos días antes era un personaje célebre, del que se ocupaban mucho los periódicos, y bien podía permitirse la libertad de hacer una visita a un compañero suyo de gloria. Dentro del Senado, al preguntar por el famoso orador, se convenció de que había llegado tarde. Gurdilo estaba ya en el salón de sesiones, y no admitía visitas que le distrajesen cuando preparaba mentalmente sus terribles discursos.
El catedrático subió a una de las tribunas destinadas al público, viendo abajo, entre las matronas que formaban el Senado, al temible Gurdilo, hacia el que convergían todas las miradas.
Nunca sufrió el pobre Flimnap una tortura igual a la de escuchar a este personaje confundido entre el público y sin poder contestarle. Después de su triunfo en el templo de los rayos negros, se consideraba tan tribuno como el célebre sanador; pero aquí no era más que un simple oyente que podía ser encarcelado si osaba alterar con sus interrupciones la calma de la majestuosa asamblea.
La oradora senatorial, con la faz más amarilla que nunca, la mirada torva, la nariz encorvada y una voz silbante, atacó a Gillespie durante mucho tiempo, procurando que sus golpes al coloso cayesen de rebote sobre los altos señores del Consejo Ejecutivo.
Hizo la historia de todos los Hombres-Montañas que habían llegado al país en el curso de los siglos. El primero, según el testimonio de viejos cronistas, acabó siendo un traidor al Imperio de Liliput que le había dado hospitalidad, pues se fue con los de Blefuscú, que eran entonces enemigos. Además, al regresar a su monstruosa patria, publicó, según vagas noticias traídas por Eulame, un libro en el que ponía en ridículo a todos los liliputienses.
Los colosos que habían llegado después eran gentes bárbaras y viciosas, sin educación universitaria y de una capacidad estomacal que acababa causando grandes escaseces y hambres en la nación. Cometían tales desafueros, que finalmente había que suprimirlos.
Y cuando se había aceptado como medida prudente el matar a estos intrusos, que se presentaban de tarde en tarde, con la regularidad de una epidemia, llegaba el último Hombre-Montaña, y el Consejo Ejecutivo, faltando a la tradición, le concedía la vida.
Aquí Gurdilo empezó a hablar irónicamente de la enorme influencia que unos cuantos profesores y fabricantes de versos ejercían sobre el gobierno actual.
—Ha bastado—dijo el orador—que un pobre pedante que enseña en nuestra Universidad la inútil lengua de los Hombres-Montañas, la cual de nada puede servirnos; ha bastado, repito, que descubriese en un bolsillo del tal gigante un libro del tamaño de cualquiera de nosotros, con unos versos disparatados, propios de su enorme animalidad, para que todos los falsos intelectuales que dominan nuestra organización universitaria, y son retribuidos exageradamente por el gobierno, viesen una ocasión de afirmar su influencia protegiendo a este colosal intruso como un compañero de letras. Y los altos señores del gobierno, que antes de ocupar sus cargos no conocían otra lectura que la del diario todas las mañanas, han aprovechado la ocasión para darse una falsa importancia de intelectuales, obedeciendo las indicaciones de sus protegidos que monopolizan la Universidad.
“No quiero hablar al ilustre Senado de los gastos que ha originado el Hombre-Montaña desde que vive entre nosotros. Esto será objeto de un discurso que pronunciaré otro día, cuando tenga complet...

Índice

  1. El paraíso de las mujeres
  2. Copyright
  3. I FRENTE A LA TIERRA DE VAN DIEMEN
  4. II NOCHE DE MISTERIOS Y DESPERTAR ASOMBROSO
  5. III DE CÓMO EDWIN GILLESPIE FUÉ LLEVADO A LA CAPITAL DE LA REPÚBLICA
  6. IV LAS RIQUEZAS DEL HOMBRE-MONTAÑA
  7. V LA LECCIÓN DE HISTORIA DEL PROFESOR FLIMNAP
  8. VI DONDE EL PROFESOR FLIMNAP TERMINA SU LECCIÓN
  9. VII EL MÁS GRANDE DE LOS ASOMBROS DE GILLESPIE
  10. VIII EN EL QUE EL PADRE DE LOS MAESTROS VISITA AL HOMBREMONTAÑA
  11. IX DONDE EL GIGANTE VA DE CAZA Y POPITO EXPONE SUS IDEAS SOBRE EL GOBIERNO DE LAS MUJERES
  12. X EN EL QUE SE VE CÓMO EL HOMBRE MONTAÑA CONOCIÓ AL FIN LA CIUDAD—PARAÍSO DE LAS MUJERES, Y LA DEPLORABLE AVENTURA CON QUE TERMINÓ ESTA VISITA
  13. XI QUE TRATA DEL DISCURSO PRONUNCIADO POR EL SENADOR GURDILO Y DE CÓMO EL HOMBRE-MONTAÑA CAMBIÓ DE TRAJE
  14. XII DE CÓMO EDWIN GILLESPIE PERDIÓ SU BIENESTAR Y LE FALTÓ MUY POCO PARA PERDER LA VIDA
  15. XIII DONDE SE VE CÓMO UNOS PIGMEOS BIGOTUDOS INTENTARON ASESINAR AL GIGANTE
  16. XIV LO QUE HIZO EL GENTLEMAN—MONTAÑA PARA QUE POPITO NO LLORASE MÁS
  17. XV QUE TRATA DE MUCHOS SUCESOS INTERESANTES, COMO PODRÁ APRECIARLO EL CURIOSO LECTOR
  18. XVI DONDE EL HOMBRE-MONTAÑA DEJA DE SER GIGANTE Y DA POR TERMINADO SU VIAJE
  19. Sobre El paraíso de las mujeres