Varias obras de Baldomero Lillo II
eBook - ePub

Varias obras de Baldomero Lillo II

  1. 90 páginas
  2. Spanish
  3. ePUB (apto para móviles)
  4. Disponible en iOS y Android
eBook - ePub

Varias obras de Baldomero Lillo II

Descripción del libro

Primer volumen de obras completas del cuentista chileno Baldomero Lillo, relatos cortos de profundo corte naturalista y arraigados en un realismo social que disecciona la realidad chilena de su época. Contiene los siguientes relatos: La mano pegada, La mariscadora, La trampa, Las nieves eternas y Los inválidos.

Preguntas frecuentes

Sí, puedes cancelar tu suscripción en cualquier momento desde la pestaña Suscripción en los ajustes de tu cuenta en el sitio web de Perlego. La suscripción seguirá activa hasta que finalice el periodo de facturación actual. Descubre cómo cancelar tu suscripción.
No, los libros no se pueden descargar como archivos externos, como los PDF, para usarlos fuera de Perlego. Sin embargo, puedes descargarlos en la aplicación de Perlego para leerlos sin conexión en el móvil o en una tableta. Obtén más información aquí.
Perlego ofrece dos planes: Essential y Complete
  • El plan Essential es ideal para los estudiantes y los profesionales a los que les gusta explorar una amplia gama de temas. Accede a la biblioteca Essential, con más de 800 000 títulos de confianza y superventas sobre negocios, crecimiento personal y humanidades. Incluye un tiempo de lectura ilimitado y la voz estándar de «Lectura en voz alta».
  • Complete: perfecto para los estudiantes avanzados y los investigadores que necesitan un acceso completo sin ningún tipo de restricciones. Accede a más de 1,4 millones de libros sobre cientos de temas, incluidos títulos académicos y especializados. El plan Complete también incluye funciones avanzadas como la lectura en voz alta prémium y el asistente de investigación.
Ambos planes están disponibles con un ciclo de facturación mensual, semestral o anual.
Somos un servicio de suscripción de libros de texto en línea que te permite acceder a toda una biblioteca en línea por menos de lo que cuesta un libro al mes. Con más de un millón de libros sobre más de 1000 categorías, ¡tenemos todo lo que necesitas! Obtén más información aquí.
Busca el símbolo de lectura en voz alta en tu próximo libro para ver si puedes escucharlo. La herramienta de lectura en voz alta lee el texto en voz alta por ti, resaltando el texto a medida que se lee. Puedes pausarla, acelerarla y ralentizarla. Obtén más información aquí.
¡Sí! Puedes usar la aplicación de Perlego en dispositivos iOS o Android para leer cuando y donde quieras, incluso sin conexión. Es ideal para cuando vas de un lado a otro o quieres acceder al contenido sobre la marcha.
Ten en cuenta que no será compatible con los dispositivos que se ejecuten en iOS 13 y Android 7 o en versiones anteriores. Obtén más información sobre cómo usar la aplicación.
Sí, puedes acceder a Varias obras de Baldomero Lillo II de Baldomero Lillo en formato PDF o ePUB, así como a otros libros populares de Literatura y Literatura general. Tenemos más de un millón de libros disponibles en nuestro catálogo para que explores.

Información

Editorial
SAGA Egmont
Año
2021
ISBN del libro electrónico
9788728027028
Categoría
Literatura

La Mano Pegada

Baldomero Lillo

La Mano Pegada

Por la carretera polvorienta, agobiado por la fatiga y el fulgurante resplandor del sol, marcha don Paico, el viejo vagabundo de la mano pegada. Su huesosa diestra oprime un grueso bastón en que apoya su cuerpo anguloso, descarnado, de cuyos hombros estrechos arranca el largo cuello que se dobla fláccidamente bajo la pesadumbre de la cabeza redonda y pelada como una bola de billar.
Un sombrero de paño terroso, grasiento, de alas colgantes, sumido hasta las orejas, vela a medias el rostro de expresión indefinible, mezcla de astucia y simplicidad, animado por dos ojos lacrimosos que parpadean sin cesar. Una larga manta descolorida y llena de remiendos cae en pesados pliegues hasta cerca de las rodillas, y sus pies descalzos que se arrastran al andar dejan tras de sí un ancho surco en la espesa capa de polvo que cubre el camino.
Junto a él, montado en un caballo alazán de magnífica estampa, va don Simón Antonio, y más atrás, jinetes en ágiles cabalgaduras, siguen al patrón a respetuosa distancia el mayordomo y un vaquero de la hacienda.
La atmósfera es sofocante. El aire está inmóvil y un hálito abrasador parece desprenderse de aquellas tierras chatas y áridas, cortadas en todas direcciones por los tapiales, los setos vivos y los alambrados de los potreros.
Don Simón Antonio con su gran sombrero de pita sujeto por el barbiquejo de seda y su manta de hilo con rayas azules, parece sentir también la influencia enervadora de aquel ambiente. Su ancha y rubicunda faz está húmeda, sudorosa; y sus grises ojillos, de ordinario tan vivaces y chispeantes en la penumbra de sus pobladas cejas hirsutas, miran ahora con vaguedad, adormilados, soñolientos.
Inclinado sobre la montura, sostiene con la mano izquierda las riendas y oprime con la diestra la huasca con mango de bambú y empuñadura de plata, compañera inseparable de su persona y que, como arma de ataque y de defensa o instrumento de suplicio, está siempre pronta a restallar en su puño vigoroso.
De pronto don Simón Antonio sale de su somnolencia, refrena la cabalgadura y, empinándose en los estribos, aplica un latigazo en las piernas del viejo, quien, sorprendido, bambolea y vacila y mira asustado a su alrededor.
El mayordomo y el vaquero al ver las piruetas forzadas del vagabundo sonríen y cuchichean, mientras el amo, enarbolando de nuevo la fusta, grita con su gruesa voz de bajo:
—¡Vamos, aprisa, viejo ladrón!
Don Paico se esfuerza en acelerar el paso. De sus pies sube una nube de polvo que lo ahoga, arrancando de su pecho un ruido bronco, descompasado, de fuelle roto. Su gran nariz corva, filuda, caída verticalmente sobre la boca desdentada, de labios delgados, da un aspecto socarrón y astuto al semblante marchito, sombreado por una escasa barba gris, enmarañada y sucia.
Aquel preso, víctima de las iras de don Simón Antonio, es un viejo mendigo que recorre en los calurosos días del verano los campos y villorios implorando la caridad pública. Su popularidad es inmensa entre los labriegos, quienes no se hartan jamás de oírle relatar la historia de la mano pegada, de aquella mano, la siniestra, que el vagabundo lleva adherida a la carne debajo de la tetilla derecha y que, según es fama, no puede desprenderse de allí, porque a la menor tentativa en ese sentido salta la sangre como si se le rasgara la piel de una cuchillada.
Por eso, cuando en medio de la paz de los campos, bajo el sol que incendia las lomas y agota la hierba en los prados amarillentos, se ve aparecer de improviso en un recodo del camino la encorvada silueta del viejo, los chicos abandonan sus juegos y corren a su encuentro, gritando:
—¡Don Paico, ahí viene don Paico, el de la mano pegada!
Y de todas partes hombres y mujeres acuden presurosos al encuentro del recién llegado. Todos, abuelos y nietos, viejas y jóvenes, esméranse a porfía en agasajar al anciano, ofreciéndole pan, frutas y harina de trigo tostado. Y luego, cuando el caminante ha aplazado el hambre y la sed, nunca falta quien diga con tono de súplica:
—Ahora, don Paico, cuéntenos aquello.
El viejo entorna los ojos y quédase un instante pensativo como para reunir sus recuerdos y, en seguida, buscando la postura más cómoda en el rústico banco, empieza con su voz cascada y monótona, en medio del ávido silencio del auditorio, la invariable narración que cada cual, a fuerza de oírla repetir, se sabe ya de memoria.
—Sí, me acuerdo como si fuera hoy. Era un día así como éste. El sol echaba chispas allá arriba y parecía que iba a pegar fuego a los secos pastales y a los rastrojos. Yo y otros de mi edad nos habíamos quitado las chaquetas y jugábamos a la rayuela, debajo de la ramada. Entonces apenas me apuntaba el bozo y era un mocetón bien plantado, derecho como un huso, un gallito para las buenas mozas.
Aquí el narrador se interrumpía para hacer chasquear la lengua y pasar revista a las caras mofletudas de las muchachas que soltaban el trapo al reír. El viejo dejaba con cómica gravedad que se extinguiera aquella algazara y luego proseguía:
—Mi madre, la pobre vieja, tenía el genio vivo y la mano demasiado pronta para sobarnos las costillas con el palo o el rebenque si no andábamos listos para obedecerla. Aquel día ya dos veces me había gritado desde la puerta de la cocina:
—¡Pascual, tráeme unas astillitas secas para encender el horno!
Yo, cegado por el demonio del juego, le contestaba siguiendo con la vista el vuelo de los tejos de cobre:
—Ya voy, madre, ya voy.
Pero el diablo me tenía agarrado y no iba, no iba…
De repente, cuando con el tejo en la mano y el cuerpo agarrado ponía mis cinco sentidos para plantar un doble en la raya, sentí en los lomos un golpe y un escozor como si me hubieran arrimado un fierro ardiendo. Di un bufido y, ciego de rabia, como la bestia que tira una vez, solté un revés con la zurda con todas mis fuerzas.
Oí un grito, una nube obscureció la vista y vislumbré a mi madre que, sin soltar el rebenque, se enderezaba en el suelo con la cara llena de sangre, al mismo tiempo que me gritaba con una voz que me heló hasta los tuétanos:
—¡Maldito, hijo maldito!
Sentí que el mundo se me venía encima y caí redondo. Cuando volví tenía la mano izquierda, la mano sacrílega, pegada debajo de la tetilla derecha.
El relato terminaba siempre en un silencio profundo. Los circunstantes, con la vista fija en el narrador, escuchaban sus palabras con una unción religiosa y, cuando había concluido, quedábanse suspensos por aquel prodigio, cuya evidencia tenían ahí delante de los ojos.
Las mujeres se persignaban y gemían:
—¡Bendito sea Dios! ¡Pobrecito!
Pasada la primera impresión, desatábanse las lenguas y algunas voces tímidas proferían:
—A ver, don Paico, déjenos ver eso.
Y el corro se arremolinaba, hacíase compacto. Los más bajos empinábanse en las puntas de los pies y los rapaces chillaban asiéndose a los vestidos de sus madres:
—¡A mí, yo también, upa, upa!
Entonces el viejo echaba sobre los pliegues de la manta y entreabriendo la sucia camisa, mostraba a las ávidas miradas el pecho hundido, flaco, con la piel pegada a los huesos. Y ahí, justamente debajo de la tetilla, veíase la mano, una mano pálida con dedos largos y uñas descomunales, adherida por la palma a esa parte del ...

Índice

  1. Varias obras de Baldomero Lillo II
  2. Copyright
  3. La Mariscadora
  4. Las Nieves Eternas
  5. Los Inválidos
  6. La Mano Pegada
  7. Sobre Varias obras de Baldomero Lillo II