El terror de 1824
eBook - ePub

El terror de 1824

  1. 60 páginas
  2. Spanish
  3. ePUB (apto para móviles)
  4. Disponible en iOS y Android
eBook - ePub

El terror de 1824

Descripción del libro

Los Episodios Nacionales es una serie de novelas de Benito Pérez Galdós. Novelizan la historia de España desde 1805 hasta 1880, incluyendo todos los acontecimientos relevantes del S.XIX en España y separándolos por capítulos, desde la Guerra de la Independencia a la Restauración Borbónica, mezclando personajes reales con ficticios en una monumental obra de la literatura española. El terror de 1824 es el séptimo volumen de la segunda serie.

Cuenta con la confianza de 375,005 estudiantes

Acceso a más de 1 millón de títulos por un precio mensual asequible.

Estudia de forma más eficiente usando nuestras herramientas de estudio.

Información

Editorial
SAGA Egmont
Año
2021
ISBN del libro electrónico
9788726485158
Categoría
Literature

- XXVIII -

Poniendo sobre todas las cosas su anhelante deseo de llegar pronto al fin de la jornada vital, que era el comienzo de su triunfo, Sarmiento —327→ deploraba que la justicia de aquellos tiempos hubiese fijado en cuarenta y ocho horas el plazo de la preparación religiosa. Con diez o doce horas había bastante, según él. Los dos frailes que le asistían aprovecharon la ocasión de su soledad para hablarle recio en el negocio de la salvación, logrando que D. Patricio atendiese a él, y consintiera en oír el trasnochado sermoncillo que preparado traía el padre Salmón. Después de comer, cuando Sola vencida por el cansancio había cedido al sueño y dormitaba sentada, el padre Alelí logró hacerse oír de Sarmiento con mayor interés. Por la noche pareció que el espíritu del buen viejo se recogía y como que se amilanaba algún tanto, mostrándose además en su rostro y cuerpo cierto desmayo o fatiga. El patriota no permanecía ya en pie, sino recostado con abandono en el sillón, fijando la vista en el suelo cual si cayera en meditación taciturna. Silencio profundísimo reinaba en la cárcel; las velas se habían consumido mucho y ardían en el último cabo de ellas, elevando entre la vacilante luz el negro pábilo caduco, y derramando cera amarilla en grandes chorros sobre los candeleros y sobre el altar. El Crucifijo y la Dolorosa parecían entregados a un sopor misterioso. Nunca, como en aquella tristísima hora, había — 328→ parecido la capilla lúgubre y conmovedora. Su ambiente de panteón daba frío, su luz tenue convidaba a morirse y enterrarse. Era la madrugada del último día.
No fue insensible el espíritu de Sarmiento a esta influencia externa, y conociéndolo Alelí, le dijo que ya le quedaban pocas horas; que viese lo que hacía si no deseaba arder perpetuamente en los infiernos. Al oír esto, mirole Sarmiento con desdén y levantándose del sillón, se puso de rodillas.
-Puesto que Su Paternidad quiere que confiese, confesaré -dijo lacónicamente.
-No es preciso que se arrodille usted, hermano mío -indicó el buen fraile levantándole-. En estos casos permitimos al penitente que haga la confesión sentado para evitarle cansancio.
-Yo prefiero estar de rodillas, porque no soy de alfeñique -dijo el reo volviéndose a hincar-. Ahora, si Vuestra Paternidad tiene oídos, oiga... Yo amo a Dios sobre todas las cosas. ¿Cómo no amarle, si es fuente de todo bien, manantial de toda idea, origen de toda vida? Él dio la idea moral al mundo, y el mundo, después de mil luchas, disputas y sangre, aceptó la ley moral que felizmente lo rige. Después le dio la idea política, es decir, la libertad, —329→ para que se gobernase, y todavía el mundo no la ha aceptado en su totalidad. Estamos en la época de la predicación, del martirio...
-Basta -dijo Alelí con enfado-. Está usted profanando el nombre de Dios con absurdas afirmaciones. Poco adelantamos por ese camino, hermano querido. Confiese usted su amor a Dios, sin mezcla de extravagancia alguna. Me basta con eso por ahora, y adelante.
-Confieso -añadió el penitente-, que con frecuencia he jurado su santo nombre en vano, y además que he usado votos y ternos raros, pues adquirí tiempo ha la pícara costumbre de sacar a todo el Chilindrón y la Chilindraina; pero, con perdón de Vuestra Reverencia, creo que pecados como este no llevan a casa de Pedro Botero. Tampoco he santificado las fiestas como está mandado... desidia, pura desidia y abandono. En el cuarto, ¿qué he de decir sino que jamás he faltado a él ni en pensamiento? Pues en lo de matar, si alguien perdió por mí la vida fue en leal acción de guerra y cuando el honor de mi bandera me lo mandaba así. No obstante, un pecado grave tengo en lo tocante a este mandamiento, y ese lo voy a confesar aquí con la boca y con el corazón, porque ha tiempo pesa sobre mi conciencia, —330→ y aunque estoy muy arrepentido, paréceme que jamás logro echar de mí la mancha y peso que me dejó. Hallándose preso y encadenado un vecino mío, padre de esta joven que me acompaña, pidió un vaso de agua y se lo negué. ¡Qué infame bellaquería! Pero válgame mi contrición sincera y el cariño ardiente que después he puesto en la bendita hija de aquel desgraciado.
-Adelante -murmuró Alelí satisfecho de que hubiese algún pecado evidente que justificase su ministerio.
-Del sexto no diré más sino que después de la muerte de mi Refugio, que acaeció hace veintidós años, he observado castidad absoluta, a pesar de ser solicitado para faltar a aquella preciosa virtud por más de una hembra que no debió de mirarme cual saco de paja. Tampoco he robado jamás a nadie ni el valor de un alfiler, y en el ramo de mentir si alguna vez falté a la verdad fue en negocios baladís y de poca monta.
-Alto, alto -dijo Alelí con interés sumo, viendo llegado el tema que abordar quería-. Usted ha mentido, y ha mentido gravemente por sistema sosteniendo un papel engañoso con la terquedad del hombre más perverso. Es opinión general que usted se finge demente, poseyendo —331→ en realidad un claro juicio; es público y notorio, y así consta en la causa, que todos esos disparates con que ha divertido a Madrid son obra del talento más astuto, para poder vivir en una sociedad que proscribe a los revolucionarios. Vamos a ver, hermano mío, repare usted delante de quién está, mire esa imagen sacratísima, considere que le restan pocas horas de vida, considere que ya no es posible la mentira, y ábrame su corazón y arroje la máscara y dígame si en efecto este hombre exaltado que vemos es un hábil histrión. ¡Ah! hermano mío, aseguran que usted sostiene su papel, esperando que le indulten por tonto... ¡error, error, porque no es ese el camino del indulto! Más fácil le sería conseguirlo con una confesión franca de su pecado... Al menos haciéndolo así, tendrá el perdón de Dios y la gloria eterna.
-¡Yo farsante, yo histrión, yo...! ¡yo! -exclamó Sarmiento clavando ambas manos, como garras, en su pecho.
Miraba al padre Alelí con los ojos encendidos y con expresión de sorpresa, que bien pronto se tornó en amargo desdén.
-Usted no me comprende... -dijo levantándose-. Vaya usted a confesar colegiales, señor padre Alelí. Me confesaré solo.
—332→
Y arrodillándose delante del altar, alzó las manos y sin quitar los ojos del Crucifijo, habló así:
-Señor, Tú que me conoces no necesitas oír de mi boca lo que siente mi corazón, que pronto dará su último latido dejándome libre. Sabes que te adoro, que te reverencio, y que ejecuto puntualmente la misión que me señalaste en el mundo. Sabes que la idea de la libertad enviada por Ti para que la difundiéramos, fue mi norte y mi guía. Sabes que por ella vivo y por ella muero. Sabes que si cometí faltas, me he arrepentido de ellas con grandísima congoja. Sabes que perdono de todo corazón a mis enemigos, y que me dispongo a rogar por ellos, cuando mi espíritu pueda hablar sin boca y ver sin necesidad de ojos. Mi confesión está hecha públicamente. Óigala todo el que tiene oídos.
Y después volviéndose al fraile que enfrente y absorto le miraba, díjole:
-Ahora, padre Alelí, espero que no tendrá Vuestra Paternidad reverendísima inconveniente alguno en darme el pan Eucarístico. Bien se ve que puedo recibir a Dios dentro de mí. Estoy puro de toda mancha: soy como los ángeles.
Entonces viose una cosa extraña, que por —333→ lo extraña parecía horrible en aquel sitio y 8 ocasión. El padre Alelí no pudo evitar una sonrisa. Diríase que esta brilló en la fúnebre capilla como un reflejo mundano dentro de la región de los difuntos. Pero contuvo al punto su hilaridad, y gravemente dijeron a dúo ambos frailes:
-No podemos dar a usted la Eucaristía, desgraciado hermano.
Mientras Sola acudió a consolar a Sarmiento que parecía muy contrariado por aquella negativa, Alelí llevó aparte a Salmón y le dijo:
-Es más tonto que hecho de encargo. Yo repito que ajusticiar a este hombre es un asesinato, y Chaperón, los jueces que le sentenciaron y nosotros que le asistimos, estamos más locos que él. Yo no puedo ver este horrible espectáculo. ¿Pero no es evidente que ese hombre es necio de capirote? Estamos coadyuvando a una obra inicua. ¡Y esperábamos que confesase su comedia!
-Como siempre le tuve por mentecato redomado, no me he llevado chasco. No sé para qué nos traen aquí.
-Ni yo. Voy a hablar con Chaperón.
-Yo no me tomaría el trabajo de hablar con nadie.
-Pues yo sí.
—334→
-Pues yo no.
Poco después de esto el reo vio los objetos y las personas con una claridad que le conturbó sobremanera sin saber por qué. Era que había avanzado el día y la capilla recibía un poco de luz, ante la cual palidecía ligeramente la de las soñolientas velas, casi consumidas. Aquel débil resplandor del astro rey hizo daño a la retina y al espíritu del viejo, sin que su entendimiento pudiera explicarse la razón de ello.
-Es de día -dijo con cierto asombro, y al punto se quedó taciturno.
Los hermanos de la Caridad aparecían más compungidos que en el día anterior, y rezaban devotamente arrodillados ante el altar. Salmón rogó al condenado que se sentase, y poniéndose a su lado hízole exhortaciones encaminadas a apartar su alma del tremendo abismo a cuyo borde se encontraba.
-Pocas horas me restan -murmuró el patriota, dando un gran suspiro-. Mi alma será más fuerte cuanto más cerca esté el instante lisonjero de su liberación. ¿Cuántas horas faltan?
-No cuente usted las horas... ¿Qué valen dos ni tres horas comparadas con la eternidad?
Sarmiento no respondió nada. Observaba los ladrillos del piso y fijaba su vista con minuciosidad aritmética en todos aquellos que tenían —335→ el ángulo gastado. Diríase que los contaba.
-¿En dónde está mi hija? -dijo de súbito moviendo la cabeza con ansiedad-. Sola, niña de mi corazón, no te separes de mí.
Sola se arrojó llorando en sus brazos. Notó que tenía las manos frías y temblorosas.
-Dentro de poco dejaré de verte -exclamó el viejo haciendo esfuerzos verdaderamente heroicos para dominar su emoción-. Que sea tan flaca y miserable esta humana Naturaleza, que ni aun teniendo por segura la entrada en la morada celestial, pueda mirar con absoluto desprecio los afectos del mundo... Aquí me tienes más valiente que un león (sus labios temblaban al decirlo y su voz era como el ronco trinar de una ave moribunda), y sin embargo, esto de separarme de ti, esto de dejarte sola...
Se pasó la mano por la frente, y durante un rato tapose los ojos.
-No sé por qué está triste el día -murmuró con disgusto-. ¡Qué ruido hay en la cárcel!... ¿qué voces son esas? Parece un canto desacorde o un graznido de pájaros llorones. ¿Qué es eso?
Soledad no contestó nada, y apoyó su frente sobre el pecho del anciano. A la capilla llegaba una repugnante música llorona de gritos humanos que parecía formada de todos los rencores, de todos los sarcasmos, de todas las lágrimas —336→ y de todos los suspiros encerrados en la cárcel.
El padre Alelí, que había salido al amanecer, volvió muy cabizbajo, y sin hablar una sola palabra al reo ni a los demás preparose para decir la misa. En tanto, uno de los hermanos departía con Sarmiento de cosas religiosas, sabedor de que estas habían de llevar gran alivio y fuerzas al espíritu del reo.
-Hoy -le dijo-, celebramos en Santa Cruz los Mayordomos de esta Real Archicofradía misa solemne de rogativa para implorar los divinos auxilios en la última hora del pobre condenado a muerte. Ya sabe usted que Nuestro Santísimo Padre Pío VII ha concedido indulgencia plenaria a todos nosotros y a los fieles que asistan a esa misa y hagan oración por la concordia de los Príncipes cristianos, extirpación de las herejías y exaltación de la Fe católica.
-De modo -dijo Sarmiento con amarga ironía-, que en esa misa se hace oración por todo menos por mí.
-No, hermano mío, no -dijo el cofrade con la melosidad del beato-, que también habrá lo que llamamos ejercicio de agonía, donde se hace la recomendación del alma del reo; luego siguen las jaculatorias de agonía y se cantará el ne —337→ recorderis. Los más bellos himnos de la Iglesia y las piadosas oraciones de los fieles acompañan a usted en su tránsito doloroso... ¿qué digo doloroso? gloriosísimo. Piense usted en la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, y se sentirá lleno de valor. ¡Oh, feliz mil veces el que abandona esta vida miserable libre de todo pecado!
El hermano inclinó la cabeza a un lado, bajando los ojos y cruzando las manos en mística actitud. Después rezó en silencio.
El padre Alelí dijo la misa, que oyó Sarmiento como el día anterior, de rodillas y con profunda atención. Al concluir sentose con muestras de gran cansancio; mas ponía mucho empeño en disimularlo.
-¿No quiere usted tomar nada? -le dijo uno de los hermanos-. Hemos preparado un almuerzo ligero. ¿Se siente usted mal, hermano querido? Vamos, un huevo frito y un poco de jamón... Si para eso no se necesita gana -añadió viendo que el patriota hacía signos negativos con la cabeza y con la mano-. Sí, lo traeremos, y también un vaso de vino.
-No quiero nada.
-¿Ni café?
-Tomaré el café por complacer a ustedes -repuso Sarmiento sonriendo con tristeza.
—338→
Alelí se sentó junto a él y tomándole la mano se la apretó cariñosamente diciéndole:
-Hermano mío, en nombre de Dios y de María Santísima, a cuya presencia llegará usted pronto, si sabe morir como cristiano en estado de contrición perfecta, le ruego que no me oculte sus pensamientos, si por ventura son distintos de lo que ha manifestado aquí y fuera de aquí.
-Si yo ocultara mis pensamientos, si yo no fuera la misma verdad -replicó D. Patricio con la entereza más noble-, no sería digno de este nobilísimo fin que me espera... ¡Ah! señores, la taimada naturaleza nos tiende mil lazos por medio de la sensibilidad y del instinto de conservación; pero no, no será mi grande espíritu quien caiga en ellos. Vamos, vamos de una vez.
Y se levantó.
-Calma, calma, hermano mío; aún no es tiempo -le dijo Alelí tirándole del brazo-. Siéntese usted. Por cierto que no es nada conveniente para su alma esa afectación de valor y ese empeño de sostener el papel de héroe. Una resignación humilde y sin aparato, una conformidad decorosa sin disimular el dolor y un poco de entereza que demuestre la convicción de ganar el cielo, son más propias de esta —339→ hora que la fanfarronería teatral. Usted está nervioso, desazonado, inquieto, sin sosiego, tiémblanle las carnes y se cubre su piel de frío sudor.
-El que era Hijo de Dios sudó sangre -afirmó Sarmiento con brío-; yo que soy hombre, ¿no he de sudar siquiera agua?... Vamos pronto. Repito que tengo vivos deseos de concluir.
Entonces sintiose más fuerte el coro de lamentos, y al mismo tiempo ronco son de tambores destemplados.
-He aquí las tropas de Pilatos -observó Sarmiento.
-Hermano, hermano querido -le dijo Alelí abrazándole-. Una palabra, una palabra sola de verdadera piedad, de verdadera religiosidad, de amor y temor de Dios. Una palabra y basta; pero que sea sincera, salida del fondo del corazón. Si la dice usted, ...

Índice

  1. El terror de 1824
  2. Copyright
  3. - I -
  4. - II -
  5. - III -
  6. - IV -
  7. - V -
  8. - VI -
  9. - VII -
  10. - VIII -
  11. - IX -
  12. - X -
  13. - XI -
  14. - XII -
  15. - XIII -
  16. - XIV -
  17. - XV -
  18. - XVI -
  19. - XVII -
  20. - XVIII -
  21. - XIX -
  22. - XX -
  23. - XXI -
  24. - XXII -
  25. - XXIII -
  26. - XXIV -
  27. - XXV -
  28. - XXVI -
  29. - XXVII -
  30. - XXVIII -
  31. - XXIX -
  32. Sobre El terror de 1824

Preguntas frecuentes

Sí, puedes cancelar tu suscripción en cualquier momento desde la pestaña Suscripción en los ajustes de tu cuenta en el sitio web de Perlego. La suscripción seguirá activa hasta que finalice el periodo de facturación actual. Descubre cómo cancelar tu suscripción
No, los libros no se pueden descargar como archivos externos, como los PDF, para usarlos fuera de Perlego. Sin embargo, puedes descargarlos en la aplicación de Perlego para leerlos sin conexión en el móvil o en una tableta. Descubre cómo descargar libros para leer sin conexión
Perlego ofrece dos planes: Essential y Complete
  • El plan Essential es ideal para los estudiantes y los profesionales a los que les gusta explorar una amplia gama de temas. Accede a la biblioteca Essential, con más de 800 000 títulos de confianza y superventas sobre negocios, crecimiento personal y humanidades. Incluye un tiempo de lectura ilimitado y la voz estándar de «Lectura en voz alta».
  • Complete: perfecto para los estudiantes avanzados y los investigadores que necesitan un acceso completo sin ningún tipo de restricciones. Accede a más de 1,4 millones de libros sobre cientos de temas, incluidos títulos académicos y especializados. El plan Complete también incluye funciones avanzadas como la lectura en voz alta prémium y el asistente de investigación.
Ambos planes están disponibles con un ciclo de facturación mensual, semestral o anual.
Somos un servicio de suscripción de libros de texto en línea que te permite acceder a toda una biblioteca en línea por menos de lo que cuesta un libro al mes. Con más de un millón de libros sobre más de 990 categorías, ¡tenemos todo lo que necesitas! Descubre nuestra misión
Busca el símbolo de lectura en voz alta en tu próximo libro para ver si puedes escucharlo. La herramienta de lectura en voz alta lee el texto en voz alta por ti, resaltando el texto a medida que se lee. Puedes pausarla, acelerarla y ralentizarla. Obtén más información sobre la lectura en voz alta
¡Sí! Puedes usar la aplicación de Perlego en dispositivos iOS y Android para leer cuando y donde quieras, incluso sin conexión. Es ideal para cuando vas de un lado a otro o quieres acceder al contenido sobre la marcha.
Ten en cuenta que no será compatible con los dispositivos que se ejecuten en iOS 13 y Android 7 o en versiones anteriores. Obtén más información sobre cómo usar la aplicación
Sí, puedes acceder a El terror de 1824 de Benito Pérez Galdós en formato PDF o ePUB, así como a otros libros populares de Literature y Literature General. Tenemos más de un millón de libros disponibles en nuestro catálogo para que explores.