Farsa infantil de la cabeza de dragón
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Farsa infantil de la cabeza de dragón

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Farsa infantil de la cabeza de dragón

Descripción del libro

Farsa infantil de la cabeza del dragón es una obra teatral de Ramón María del Valle-Inclán destinada al público infantil. Pertenece a la trilogía Tablado de marionetas para educación de príncipes. Narra la historia del príncipe Valdemar, quien parte en busca de una infanta atrapada por un dragón. Con la ayuda de un duende y de su valor, conseguirá vender al monstruo, y se llevará su lengua para atestiguar su proeza.

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Información

Editorial
SAGA Egmont
Año
2020
ISBN del libro electrónico
9788726485882
Categoría
Literatura

ESCENA SEGUNDA

[137]
(UNA VENTA CLASICA EN LA ENCRUCIJADA DE DOS MALOS CAMINOS. ARDE EN EL VASTO LAR LA LUMBRADA DE URCES Y TOJOS. EN LA CHIMENEA AHUMA EL TASAJO, EN EL POTE CUECE EL PERNIL, LA MARITORNES PELA UNA GALLINA QUE CACAREA, EL MASTIN ROE UN HUESO, Y EL VENTERO, CON SU NAVAJA DE A TERCIA, PICA LA MAGRA LONGANIZA. SE ALBERGAN EN LA VENTA UN PRÍNCIPE Y UN BUFÓN. EL AZAR LOS HA JUNTADO ALLI, Y ELLOS HAN HECHO CONOCIMIENTO.)
EL VENTERO.- Date prisa, Maritornes. Sirve a estos hidalgos. ¿Qué desean sus mercedes?
EL BUFÓN.- ¡Beber y comer!
[138]
EL VENTERO.- ¿Está repleta la bolsa?
EL BUFÓN.- Está vacía la andorga. ¿Cuándo has visto tú que estuviese repleta la bolsa de un pobre bufón que sólo espera poder embarcarse para las Indias?
EL VENTERO.- ¿No estabas al servicio de la hija del Rey Micomicón?
EL BUFÓN.- ¡Pobre señora mía!
EL VENTERO.- ¿Se ha casado?
EL BUFÓN.- Hace tres días que toda la Corte viste por ella de luto.
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- ¿Cómo puede ser estando viva? Yo la he visto pasear en los jardines de su palacio, y quedé maravillado de tanta hermosura.
[139]
EL BUFÓN.- Bien se advierte que sois nuevo en este reino, y no tenéis noticia de la presencia del Dragón. Hace tres días que ruge ante los muros de la ciudad pidiendo que le sea entregada la Señora Infantina. Salieron a combatirle los mejores caballeros, y a todos ha vencido y dado muerte.
EL VENTERO.- El Dragón es animal invencible, y salir a pelear con él, la mayor locura.
EL BUFÓN.- Por eso, yo, antes de verme en tal aprieto, dejo el servicio de la Señora Infantina y me embarco para dar conferencias en las Indias.
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- Pues a ti no te estaría mal salir con tus cascabeles a pelear con el Dragón. ¿No eres loco? ¿No has vivido de decir locuras en la Corte?
EL BUFÓN.- De decirlas, pero no de hacerlas, amigo mío. Hacerlas es negocio de los cuerdos. Los bufones somos como los poetas.
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- A fe que no alcanzo la semejanza.
[140]
EL BUFÓN.- Un poeta acaba un soneto lleno de amorosas quejas, la mayor locura sutil y lacrimosa, y tiene a la mujer en la cama con la pierna quebrada de un palo. Aparenta una demencia en sus versos, y sabe ser en la vida más cuerdo que un escribano. ¿Ves ahora la semejanza? Pues aun hay otra. Cuando la música de los versos y la música de los cascabeles no basta aquí para llenar la bolsa, bufones y poetas nos embarcamos para dar conferencias en las Indias.
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- ¿Tú piensas presentarte con tal sayo en esas tierras lejanas? Procura llegar en Carnaval, que, si no, habrán de seguirte tirándote piedras.
EL BUFÓN.- Sería una manera de anunciarme. Pero este vestido solamente pienso llevarlo en tanto no ahorre para otro. ¡Salí del palacio sin cobrar mi soldada de todo un año!
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- ¿Tanto enojo causaste con tu despedida a la Infantina? Lo comprendo, porque fué ingratitud muy grande dejarla cuando más necesitaba que la divirtieses con tus burlas y donaires.
[141]
EL BUFÓN.- ¿Imaginas que hay burlas capaces de divertir a quien espera la muerte entre los dientes de un terrible Dragón? Los bufones somos buenos para la gente holgazana y sin penas. Yo lo aprendí pronto, y sólo después de los banquetes dije donaires en el palacio del Rey Micomicón. Si corriste mundo, habrás visto cómo en España, donde nadie come, es la cosa más difícil el ser gracioso. Sólo en el Congreso hacen allí gracia las payasadas. Sin duda, porque los padres de la Patria comen en todas partes, hasta en España. Por lo demás, si no cobré mis salarios fué por estar vacías las arcas reales.
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- ¿Tan mal anda el noble Rey Micomicón?
EL BUFÓN.- ¡Gasta mucho esa gente!
(ASOMA en la puerta de la venta un ciego de los que la gente vieja aun llama evangelistas, como en los tiempos de José Bonaparte: Antiparras negras, capa remendada, y bajo el brazo, gacetas y romances. De una cadenilla, un perro sin rabo, que siempre tira olfateando la tierra.)
[142]
EL CIEGO.- ¿Adonde estás, Bertoldo?
EL BUFÓN.- Acá, compadre Zacarías.
EL CIEGO.- ¿Estás solo?
EL BUFÓN.- Solo con un amigo que me hace la merced de pagarme la cena. Acércate.
EL CIEGO.- Llama al perro para que me guíe.
EL BUFÓN.- ¿Cómo se llama tu perro?
EL CIEGO.- De varias maneras. La mejor es llamarle enseñándole una tajada.
(EL BUFON toma de su plato un hueso casi mondo y lo levanta en el aire como un trofeo. El can comienza por mover el muñón del rabo, y se lanza a tirar de la cadena, la boca abierta en grande y famélico bostezo.)
[143]
EL BUFÓN.- Toma, Salomón.
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- Maritornes, añade un cubierto para este nuevo amigo.
EL CIEGO.- ¡Gracias, generoso caballero!
EL BUFÓN.- ¡Compadre Zacarías, tu perro ha sido hombre alguna vez?
EL CIEGO.- Nunca me lo ha dicho.
EL BUFÓN.- Pues al ver la tajada hizo tales demostraciones... ¡O será que todos los hombres primero han sido perros!
(LA MARITORNES pone en la mesa el cordero, que humea y colma la fuente de loza azul, tamaña como un viejo carcamán y esportillada.)
LA MARITORNES.- Aquí está el cordero.
[144]
EL CIEGO.- ¡Buen olor despide!
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- ¿No pensabas hallar tan buena mesa?
EL CIEGO.- Cierto que no.
EL BUFÓN.- Este es el ciego que vende las gacetas públicas en el palacio del Rey Micomicón.
EL CIEGO.- Que las vendía, compadre Bertoldo. Era oficio tan ruin, que apenas daba para malcomer, y lo he dejado. Los reyes no pagan nunca a quien les sirve. Encomiendan a los cortesanos esas miserias, y los cortesanos las encomiendan a los lacayos, y los lacayos, cuando llegas a cobrar, salen con un palo levantado.
EL BUFÓN.- De ese mismo paño tengo yo un sayo, compadre Zacarías. ¿Y cómo es hallarte en esta venta?
EL CIEGO.- He venido a esperar el navío que sale para las Indias.
[145]
EL BUFÓN.- ¿Se quebró la soga del perro y buscas una longaniza para atarlo? Haces bien. Yo también espero el navío para las Indias.
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- Se despuebla el reino de Micomicón. Por todos los caminos hallé gente que acudía a esperar ese navío. Sólo quedarán aquí los viejos y los inútiles
EL BUFÓN.- ¡Los viejos! ¡Los inútiles! ¿Qué locuras estás diciendo? En otro tiempo algunos hubo, pero ahora se ha dado una ley para que los automóviles los aplasten en las carreteras. ¿De qué sirve un viejo de cien años? ¿De qué sirve una vieja gorda? ¿Y los tullidos que se arrastran como tortugas? Ha sido una ley muy sabia, que mereció el aplauso de toda la Corte. Así se hacen fuertes las razas. Tú es posible que no lo halles bien, porque eres un sentimental. Lo he conocido desde el primer momento, en cuanto me convidaste a cenar. ¡Eres un sentimental!
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- Te convidé porque quiero pedirte nuevas de la Infantina.
[146]
EL BUFÓN.- ¡Ja!... ¡Ja!... Un sentimental. ¿Qué dices tú, compadre Zacarías?
EL CIEGO.- ¡Un sentimental!
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- A ti te convidé, porque jamás contemplaste a la Princesa, y su hermosura no puede moverte. El bien que tú digas de ella no nacerá del encanto de tus ojos. ¡Ojalá todos los que hablan de una mujer cegasen antes de verla, que así sería más cuerdo el juicio y habría menos engañados! Yo la vi un momento pasar entre los laureles del parque real, y sólo con verla nació en mí el deseo de vencer al Dragón.
EL CIEGO.- Dicen que sólo con una espada de diamante podría dársele muerte.
EL BUFÓN.- Y ello es declararle inmortal, porque no existen espadas tales.
(ENTRA un famoso rufián que come de ser matante, y cena de lo que afana [147] la coima guiñando el ojo a los galanes, cuando se tercia. La coima viene con él.)
EL BRAVO.- ¿Es aquí donde se cena de balde? Siéntate, Geroma.
GEROMA.- Dile a esos que me dejen sitio, Espandián.
EL BRAVO.- ¡Hola, bergantes! Haced un puesto a mi dama.
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- Una silla para la Señora Geroma.
(REMEDANDO los modos de la Corte, el bufón ofrece una silla a la Señora Geroma. Espandián alarga su terrible brazo, y la toma para sí, afirmándola en el suelo con un golpe que casi la esportilla, y mirando en torno retador. Cuando va a sentarse, el Príncipe Verdemar le derriba la silla. Da una costalada el matante y se levanta poniendo mano al espadón.)
EL BRAVO.- ¿Son éstas chanzas o veras?
[148]
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- Veras y muy veras, Señor Espandián.
EL BRAVO.- Está bien, porque de chanzas tan pesadas no gusta el hijo de mi madre.
EL PRÍNCIPE VERDEMAR...

Índice

  1. Farsa infantil de la cabeza de dragón
  2. Copyright
  3. PERSONAJES
  4. ESCENA PRIMERA
  5. ESCENA SEGUNDA
  6. ESCENA TERCERA
  7. ESCENA CUARTA
  8. ESCENA QUINTA
  9. ESCENA ÚLTIMA
  10. Om Farsa infantil de la cabeza de dragón

Preguntas frecuentes

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