Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister
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Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister

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Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister

Descripción del libro

Esta obra constituye la máxima expresión de la novela de formación o bildungsroman, en la que instrucción y peripecia se mantienen en posiciones equidistantes. La historia se centra en el intento de Wilhem de escapar de lo que él considera la vida vacía de un hombre burgués. Muestra el camino de un joven en su deambular y en el contacto con hombres sabios resuelve interrogantes y encuentra nuevos sentidos a su vida. El contacto con la naturaleza y el arte dan sustento a su propio quehacer, y descubre que la construcción de una individualidad se logra con la reflexión y el contacto con los otros. De esta manera, Goethe ofrece ofrece un diagnóstico del siglo XVIII al intentar responder una pregunta: ¿Cómo se puede ser llegar a ser feliz?

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Información

Editorial
SAGA Egmont
Año
2021
ISBN del libro electrónico
9788726521184
Categoría
Literatura
Categoría
Clásicos

Tomo Segundo

Libro Cuarto

Capítulo primero

Laertes hallábase pensativamente asomado a la ventana y miraba el campo, con la cabeza apoyada en el brazo. Filina cruzó en silencio la gran sala, arrimose a su amigo y se mofó de su grave aspecto.
-No te rías -repuso éste-; es espantoso ver cómo pasa el tiempo y cómo todo se cambia y tiene fin. Mira, hace aún muy poco tiempo que se alzaba aquí un hermoso campamento. ¡Qué alegre aspecto presentaban las tiendas! ¡Cuánta vida había en él! ¡Con qué cuidado se vigilaba todo el recinto! Y ahora, de repente, ha desaparecido todo. La paja pisoteada y los fogones excavados en la tierra aún mostrarán una huella de aquello durante breve tiempo; después, todo volverá a ser labrado, y la presencia, en esta comarca, de tantos miles de hombres vigorosos sólo será como una quimera en las cabezas de alguna gente vieja.
Filina se puso a cantar y arrastró a su amigo a través de la sala para que bailara.
-Pues ya que no podemos correr tras el tiempo una vez que ha pasado -exclamó-, venerémoslo alegre y dignamente como a un hermoso dios mientras está con nosotros.
Apenas habían hecho algunas figuras de danza, cuando madama Melina pasó por la sala. Filina fue lo bastante maliciosa para invitarla también a bailar y recordarle de este modo la monstruosa forma que le había proporcionado su embarazo.
-¡Si no volviera a ver a ninguna mujer en estado de buena esperanza! -exclamó Filina a sus espaldas.
-Pues ésta espera -dijo Laertes.
-¡Pero se viste tan mal! ¿Has visto cómo, al moverse, menea de un lado a otro la parte delantera de su falda, que se le ha quedado corta? No tiene arte ni habilidad para adornarse un poco y ocultar su estado.
-Déjala -dijo Laertes-; el tiempo vendrá en auxilio suyo.
-Sería más bonito, sin embargo -exclamó Filina-, que se cogieran los niños de los árboles, como fruta madura, sacudiendo las ramas.
Entró el barón y les dijo algunas amables frases en nombre del conde y la condesa, que habían partido muy temprano, y les hizo algunos regalos. Fue en seguida en busca de Guillermo, que estaba en la habitación inmediata ocupándose de Mignon. La niña se había mostrado muy cariñosa y zalamera, preguntando por los padres, hermanos y parientes de Guillermo, recordándole con ello su deber de dar a los suyos algunas noticias de su existencia.
Traíale el barón, junto con el saludo de despedida de los señores, la seguridad de que el conde había estado muy contento de él, de su manera de representar, sus trabajos poéticos y sus desvelos por el teatro. Como prueba de estos sentimientos, sacó después un bolsillo, a través de cuyo hermoso tejido centelleaba el halagüeño color de unas monedas nuevas de oro; Guillermo se hizo atrás y se negó a aceptarlas.
-Considere usted este presente -prosiguió el barón- como indemnización por el tiempo gastado por usted, una señal de agradecimiento por su celo, no como recompensa por su talento. Si éste nos proporciona un buen nombre y la estimación de los hombres, es justo que, por medio de nuestra aplicación y nuestros esfuerzos, adquiramos al mismo tiempo los medios necesarios para satisfacer nuestras necesidades, ya que no somos solamente espíritus. Si hubiéramos estado en la ciudad, donde se encuentra todo lo que se quiere, esta pequeña suma habríase transformado en un reloj, un anillo o en otra cualquier cosa; ahora pongo directamente en sus manos la varita mágica; adquiera usted con este dinero la joya que prefiera y le sea más útil, y consérvela usted en recuerdo nuestro. Al mismo tiempo, tenga en gran estimación el bolsillo. Las propias señoras han tejido sus mallas y fue su propósito dar al contenido la forma más agradable, gracias al continente.
-Perdone usted mi vacilación y mis dudas al recibir este presente -repuso Guillermo-. Es como si aniquilara lo poco que he hecho e impide la alegría de un feliz recuerdo. El dinero es una bella cosa para terminar cualquier situación, y yo desearía que no se me licenciara por completo en el recuerdo de esta casa.
-No es ése el caso -repuso el barón-; pero ya que usted mismo siente con tanta delicadeza, no deseará que el conde tenga que considerarse por completo como deudor suyo, siendo como es hombre que pone su mayor orgullo en ser justo y cortés. No dejó de advertir las molestias que usted se impuso y cómo consagró plenamente su tiempo a realizar los propósitos que él abrigaba; hasta llegó a saber que para acelerar ciertos preparativos no fue usted avaro de su propio dinero. ¿Cómo podré comparecer de nuevo en su presencia si no puedo asegurarle que su manifestación de agradecimiento le ha proporcionado a usted un placer?
-Si sólo tuviera que pensar en mí mismo; si sólo debiera seguir mis propios sentimientos -repuso Guillermo-, a pesar de todas esas razones me negaría obstinadamente a aceptar este don, por hermoso y honorífico que sea; pero no le niego que, al ponerme en un compromiso, me saca de otro en que hasta ahora me encontraba con respecto a mi familia y
que me proporcionó muchas secretas inquietudes. No he administrado del mejor modo ni el dinero ni el tiempo de que tengo que rendir cuentas; ahora, gracias a la magnanimidad del señor conde, me es posible dar a los míos noticias consoladoras del buen éxito a que me ha conducido este extraño rodeo. Sacrifico ante un deber más alto la delicadeza, que en tales ocasiones nos amonesta como una escrupulosa conciencia; y para poder presentarme gallardamente ante los ojos de mi padre, permanezco avergonzado ante los de ustedes.
-Es extraño -repuso el barón- las singulares dificultades que nos hacemos para admitir dinero de amigos y protectores de los que recibiríamos, con agradecimiento y alegría, cualquier otro presente. La naturaleza humana tiene otras muchas análogas rarezas y le gusta producir y sustentar cuidadosamente tales escrúpulos.
-¿No ocurre lo mismo con todas las cosas del honor? -preguntó Guillermo.
-¡Oh sí! -repuso el barón-, y con otros prejuicios. No queremos arrancarlos de nosotros para no desarraigar quizá al mismo tiempo algunas nobles plantas. Pero siempre me alegra que haya personas que puedan y deban sentirse más allá de ellos, y recuerdo con placer la historia de aquel ingenioso poeta que escribió una obra para un teatro de corte que mereció todos los aplausos del monarca. «Tengo que recompensarle debidamente -dijo el magnánimo príncipe-; averígüese si le gustaría cualquier alhaja o si no se avergonzaría de recibir dinero». De manera humorística respondiole el poeta al cortesano que había recibido aquel encargo: «Agradezco vivamente esa regia delicadeza, y ya que el emperador acepta todos los días dinero de nosotros, no veo por qué he de avergonzarme de aceptar dinero de él».
Apenas el barón hubo dejado la estancia, cuando Guillermo contó ansiosamente el total de la suma que había venido a él de modo tan insospechado y tan inmerecido en su opinión. Cuando las bellas monedas centelleantes rodaron fuera de la adornada bolsa, pareció como si por primera vez, y como en presentimiento, comprendiera el valor y la nobleza del oro, cosa que sólo comenzamos a sentir en más tardíos años de la vida. Hizo sus cuentas, y encontrose con que, sobre todo como Melina le había prometido pagarle en seguida sus anticipos, tenía tanto y aun más dinero en caja que aquel día en el que Filina había mandado a pedirle el primer ramillete. Con secreta alegría consideraba sus talentos, y con un leve orgullo la dicha que lo había dirigido y acompañado. Cogió entonces confiadamente la pluma para escribir una carta que al instante debía sacar a su familia de toda inquietud y presentarle en el mejor aspecto su conducta hasta entonces. Evitó hacer un verdadero relato y sólo dejó adivinar lo que le había ocurrido en unas expresiones misteriosas y solemnes. La buena situación de su caja, el provecho que debía a sus talentos, el favor de los grandes, el afecto de las damas, las amistades en un amplio círculo social, el desenvolvimiento de sus aptitudes espirituales y corporales, las esperanzas para lo por venir, formaban tal quimérico y fantástico cuadro, que la propia Fata Morgana no hubiera podido realizarlo de modo más extraño.
Prosiguió en esta feliz exaltación después de cerrada la carta, y se entretuvo en un largo monólogo en el que recapitulaba el contenido de su escrito y se pintaba un porvenir de trabajos y fama. Habíale inflamado el ejemplo de tantos nobles militares; la poesía de
Shakespeare habíale abierto un mundo nuevo, y había aspirado un inefable ardor en los labios de la hermosa condesa. Todo ello no podía ni debía quedar sin efecto.
Llegó el caballerizo y preguntó si estaban listos los equipajes. Por desgracia, fuera de Melina, nadie había pensado todavía en ello. Había que partir apresuradamente. El conde había prometido que llevarían a toda la compañía a algunas jornadas de allí; los caballos estaban entonces dispuestos y sus dueños no podían prescindir de ellos durante largo tiempo. Guillermo preguntó por su cofre; madama Melina había dispuesto de él; pidió su dinero; el señor Melina lo había colocado con el mayor cuidado en lo más profundo del baúl. Filina dijo que todavía tenía sitio en el suyo; cogió los trajes de Guillermo y mandole a Mignon que llevara lo restante. Guillermo, no sin fastidio, tuvo que pasar por ello.
Mientras se hacían los equipajes y se disponía todo, dijo Melina:
-Es desagradable para mí que viajemos como saltimbanquis y charlatanes de feria; desearía que Mignon se pusiera ropa de mujer y que con toda rapidez se hiciera cortar las barbas el arpista.
Mignon estrechose fuertemente contra Guillermo y dijo con la mayor vivacidad: -Soy un chico; no quiero ser niña.
El viejo guardó silencio, y, con esta ocasión, Filina hizo algunas divertidas observaciones sobre el carácter del conde, su protector.
-Si se corta las barbas el arpista -dijo- tiene que coserlas cuidadosamente en una cinta, y conservarlas, a fin de que pueda ponérselas de nuevo tan pronto como encuentre al señor conde en cualquier parte que sea, pues sólo la barba fue lo que le proporcionó el favor de este señor.
Como insistieran para obtener la explicación de estas singulares palabras, dejó oír lo siguiente:
-Cree el conde que contribuye mucho a la ilusión el que el comediante continúe representando su papel y sostenga su carácter en la vida corriente; por eso era tan favorable al pedante y encontraba que era muy hábil en el arpista el llevar barba postiza no sólo de noche, en el teatro, sino ostentarla permanentemente durante el día, y gozaba mucho con el aspecto de naturalidad de tal mascarada.
Mientras los otros se mofaban de este error y de las singulares opiniones del conde, el arpista llevó aparte a Guillermo, despidiose de él y le rogó, con lágrimas en los ojos, que le dejara partir al instante. Guillermo lo tranquilizó y le aseguró que lo protegería contra todo el mundo; que nadie le tocaría a un cabello, ni mucho menos se lo cortaría, sin su propia voluntad.
El viejo estaba muy conmovido y un extraño fuego brillaba en sus ojos.
-No es ese motivo lo que me impulsa a marcharme -exclamó-; hace ya mucho tiempo que me hago secretos reproches por permanecer a su lado. Yo no debía detenerme en parte alguna, porque la desgracia me persigue y daña a los que se unen conmigo. Témalo usted todo si no me deja marchar, pero no me pregunte nada; no me pertenezco a mí mismo y no puedo quedarme.
-¿A quién perteneces? ¿Quién puede ejercer tal poder sobre ti?
-Señor, déjeme usted con mi escalofriante secreto y déme libertad. La venganza que me persigue no es la del juez terrestre; soy presa de un despiadado destino; no puedo quedarme, no me es permitido.
-Es seguro que no te dejaré partir en la situación en que te veo.
-Es hacerle traición, bienhechor mío, si vacilo en lo que debo hacer. Yo estoy en seguridad a su lado, pero usted está en peligro. No sabe usted a quién tiene junto a sí. Soy culpable, pero aún más desgraciado que culpable. Mi presencia espanta a la dicha y toda buena acción resulta ineficaz si yo intervengo en ella. Debería estar siempre fugitivo y errante para que no me alcanzara mi mal espíritu, que sólo me persigue lentamente y sólo manifiesta su presencia cuando quiera apoyar en algo mi cabeza y gozar de un descanso. En ninguna forma puedo mostrar mejor mi gratitud que apartándome de su lado.
-Hombre singular, no podrás quitarme la confianza que tengo en ti ni la esperanza de verte feliz. No quiero penetrar en los misterios de tu supersticiosa creencia; pero si vives presintiendo extrañas combinaciones y presagios, direte sólo para tu consuelo y fortalecimiento: asóciate con mi dicha, y ya veremos cuál espíritu tiene más fuerza, si el tuyo negro o el mío blanco.
Guillermo aprovechó esta ocasión para decirle otras muchas cosas consoladoras, pues desde hacía algún tiempo había creído ver ya en aquel extraño acompañante una persona que, por azar o destino, había echado sobre sí una gran culpa, y arrastraba siempre consigo su recuerdo. Pocos días antes había escuchado Guillermo sus canciones y prestado atención a las siguientes palabras:
La luz de la mañana tiñe de llamas para él el puro horizonte y sobre su culpable cabeza se derrumba la hermosa imagen de todo el universo.
El viejo podía decir lo que quisiera; Guillermo siempre tenía argumentos más fuertes; sabía presentarlo todo en sentido favorable, sabía hablar de un modo tan animoso, consolador y cordial, que el propio anciano parecía volver a revivir y renunciar a sus cavilaciones.

Capítulo II

Melina tenía esperanzas de establecerse con su compañía en una ciudad pequeña, pero rica. Estaban ya en el lugar adonde los habían llevado los caballos del conde, y buscaban otros coches y otros caballos con los que esperaban seguir más adelante. Melina se había encargado de la cuestión de los transportes, y, según costumbre, se mostraba siempre muy avaro. En cambio, Guillermo tenía en el bolsillo los hermosos ducados de la condesa y se creía en pleno derecho a gastarlos alegremente, olvidando con mucha facilidad que ya los había asentado muy ufanamente en el balance de cuentas enviado a los suyos.
Su amigo Shakespeare, a quien con la mayor alegría reconocía también como padrino, y que le hacía llevar con mayor gusto el nombre de Guillermo, le había hecho conocer un príncipe que, durante algún tiempo, se mantiene en una sociedad inferior, y hasta mala, y, a pesar de su noble naturaleza, se divierte con la tosquedad, las torpezas y la tontería de aquellos groseros mancebos. Era muy grata para él aquella figura ideal con la que podía comparar su situación presente, y de este modo se le hacía mucho más fácil el engaño de sí mismo, al descubrir en sí una inclinación casi irresistible hacia aquella existencia.
Comenzó por pensar en su traje. Encontró que una chaquetilla, sobre la cual, en caso de necesidad, puede colocarse una capa corta, es vestido muy acomodado para un viajero. Un largo pantalón calcetado y un par de borceguíes pareciéronle el verdadero hábito de caminante. Después adquirió una hermosa bufanda de seda, en la que se envolvió al principio bajo pretexto de mantener caliente el cuerpo; mas, con ello, libró a su cuello de la servidumbre de una corbata, e hizo que le pusieran en las camisas algunas tiras de muselina que resultaran algo anchas para que tuvieran plena apariencia de un antiguo cuello. El hermoso pañuelo de seda, que figuraba entre los recuerdos de Mariana que se habían salvado, anudábase sueltamente bajo el cuello de muselina. Un sombrero redondo, con una cinta de abigarrados colores y una gran pluma, completaba el disfraz.
Las damas aseguraron que aquel traje le sentaba perfectamente. Filina mostrose totalmente encantada, y le pidió los hermosos cabellos que se había hecho cortar despiadadamente para acercarse más a su ideal de naturalidad. La muchacha no había perdido terreno en su relación con Guillermo, y nuestro amigo, que, mediante su liberalidad, había adquirido derecho a proceder con los otros a la manera del príncipe Harry, pronto cayó en el capricho de promover y fomentar sus locas jugarretas. Hacían esgrima, bailaban, inventaban toda suerte de juegos, y en la alegría de su corazón, disfrutaban ampliamente del tolerable vino que allí se encontraba, y Filina, en el desorden de este género de vida, tendíale lazos al desdeñoso héroe, por quien debía velar algún buen genio.
Uno de los entretenimientos favoritos con que muy en especial se divertía la compañía consistía en hacer una comedia improvisada en la que imitaran y se mofaran de sus anteriores protectores y favorecedores. Algunos de entre ellos habían observado muy bien las notas características del aspecto exterior de diversos personajes importantes y su
imitación era recibida con gran aplauso por el resto de la compañía, y cuando Filina, sacándolas del archivo secreto de sus experiencias, exhibía algunas singulares declaraciones de amor que le habían sido dirigidas apenas sabían poner fin a sus malignas carcajadas.
Guillermo los reprendía por su desagradecimiento; sólo que se le respondía que habían ganado bien lo que allí se les había dado y que, en general, no había sido excelente la conducta observada con gente tan meritoria como ellos se alababan de ser. Después se quejaban de la poca atención que se les había dispensado, de lo menospreciados que se habían visto. Las mofas, pullas e imitaciones seguían adelante y cada vez se mostraban más amargos e injustos.
-Desearía -díjoles acerca de tal cuestión Guillermo- que ni la envidia ni el egoísmo se transparentaran en vuestras manifestaciones, y que considerarais en su verdadero punto de vista a aquellas personas y su situación. Es cosa muy extraña verse ya colocado por el nacimiento en puesto preeminente de la sociedad humana. Aquel a quien las riquezas heredadas le han proporcionado plena facilidad de existencia; aquel que, si me es lícito expresarme así, se encuentra ricamente rodeado desde su niñez de todas las cosas accesorias de la humanidad, acostúmbrase, en general, a considerar estos bienes como lo primero y más grande, y no percibe con toda claridad el valor de un hombre bellamente dotado por la naturaleza. La conducta de la gente distinguida hacia la de inferior categoría, y también la de los grandes entre sí, está determinada por méritos exteriores; permiten a cada uno que haga resaltar sus títulos, su preeminencia, su traje y sus coches y caballos, pero no sus merecimientos.
La compañía otorgó ilimitados aplausos a estas palabras. Parecioles espantoso que el hombre de mérito tuviera que quedarse siempre en segundo término y que en el gran mundo no se hallaran huellas de relaciones naturales y cordiales. En especial acerca de este último punto no hicieron cientos, sino miles de reflexiones.
-No los censuréis por ello -exclamó Guillermo-; más bien compadecedlos. Pues rara vez experimentan en alto grado esa dicha que consideramos como la más alta y que mana de los íntimos caudales de la naturaleza. Sólo a nosotros los pobres, a los que poco o nada poseemos, nos es otorgado gozar en gran escala de la dicha de la amistad. Nosotros no podemos elevar a quienes amamos por medio de nuestras mercedes, ni auxiliarlo con favores ni hacerlo dichoso con regalos. Nada poseemos sino nuestra persona. Tenemos que dar ese bien único, y si ha de tener algún valor, asegurarle a nuestro amigo su eterna posesión. ¡Qué goce, qué dicha para quien da y para quien recibe! ¡En qué dichosa situación nos col...

Índice

  1. Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister
  2. Copyright
  3. Tomo primero
  4. Tomo Segundo
  5. Tomo tercero y último
  6. Sobre Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister

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