La educación sentimental
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La educación sentimental

  1. 200 páginas
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La educación sentimental

Descripción del libro

Cuenta la historia de un ambicioso joven de provincias que se enamora de una mujer casada. En la cubierta del barco que le lleva de París a su ciudad natal, Frédéric Moreau, el joven que sueña con alcanzar fama y fortuna, queda prendado de la belleza de Madamae Arnoux. Por lo tanto, cuando regresa a París, Frédéric comienza a frecuentar al señor Arnoux para estar cerca de su secreto amor. La historia está ambientada en el escenario esplendoroso de París de mediados del siglo XIX, la capital de la burguesía emergente, donde la intensidad del placer se mezcla con el inevitable tedio y el resplandor de uno de los periodos cruciales de la historia europea: la revolución de 1848.

La educación sentimental es sin duda una de las novelas más perdurables de todos los tiempo, considerada la obra maestra de Flaubert y uno de los hitos estilísticos de la literatura universal.

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Información

Editorial
SAGA Egmont
Año
2021
ISBN del libro electrónico
9788726521122
Categoría
Literature
Categoría
Classics

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I

Cuando se vio instalado en su asiento, en el cupé, al fondo de su compartimiento, y la diligencia se puso en marcha, arrastrada por los cinco caballos que salieron pitando a la vez, sintió que una especie de embriaguez le inundaba. Como un arquitecto que hace el plano de un palacio, programó su vida. La llenó de exquisiteces y de esplendores, subía hasta el cielo; allí aparecía una prodigalidad de cosas, y su contemplación era tan profunda que los objetos exteriores habían desaparecido.
Al pie de la cuesta de Sourdun se dio cuenta de dónde estaban. No habían hecho más que cinco kilómetros a lo sumo, Frédéric se indignó. Bajó la ventanilla para ver la carretera. Preguntó varias veces al cochero cuánto tiempo faltaba exactamente para llegar. Entretanto se calmó, y seguía en su rincón con los ojos abiertos.
La linterna colgada en el asiento del postillón alumbraba las grupas de los caballos de varas. Más allá no veía nada más que las crines de los otros caballos que ondulaban como olas blancas; sus resoplidos formaban una neblina a cada lado del tiro; las cadenetas de hierro sonaban, los cristales temblaban en sus bastidores; y el pesado coche rodaba sobre el pavimento a una marcha uniforme. De vez en cuando se distinguía la pared de un granero, o bien una posada completamente sola. A veces, pasando por los pueblos, el horno de un panadero proyectaba fulgores de incendio, y la silueta monstruosa de los caballos corría sobre la casa de enfrente. En los relevos, después de desenganchar, se hacía un gran silencio durante un minuto. Alguien pateaba arriba, en la baca, mientras que en el umbral de una puerta una mujer, de pie, protegía una vela con su mano. Después el cochero saltaba al estribo y la diligencia reanudaba la marcha.
En Mormans se oyeron las campanadas de la una y cuarto.
—Ya es hoy —pensó—, hoy mismo, dentro de poco.
Pero, poco a poco, sus esperanzas y sus recuerdos, Nogent, la calle de Choiseul, Mme. Arnoux, su madre, todo se confundía.
Un sordo ruido de tablas le despertó, atravesaban el puente de Charenton, era París. Entonces, sus dos compañeros, quitándose uno la gorra, el otro el pañuelo, se pusieron el sombrero y empezaron a hablar. El primero, un hombre gordo y colorado, con levita de terciopelo, era un negociante; el segundo iba a la capital a consultar a un médico, y, temiendo haberle molestado durante la noche, Frédéric le pidió espontáneamente disculpas, hasta tal punto la felicidad había enternecido su corazón.
Como el andén de la estación estaba anegado, sin duda, continuaron recto y se encontraron de nuevo en el campo. A lo lejos humeaban altas chimeneas de fábricas. Después giraron en Ivry. Subieron una calle; de pronto percibió la cúpula del Panteón.
La llanura, revuelta, parecía un campo de ruinas. El recinto de las fortificaciones le hacía un saliente horizontal; y sobre los arcenes de tierra que bordeaban la carretera había pequeños árboles sin ramas protegidos por listones erizados de clavos. Establecimientos de productos químicos alternaban con almacenes de tratantes de maderas. Altas puertas, como las que hay en las granjas, dejaban ver, por sus batientes entreabiertos, el interior de innobles patios llenos de inmundicias, con charcos de agua sucia en el medio. Largas tabernas color sangre de buey ostentaban en el primer piso, entre las ventanas, dos tacos de billar en forma de aspa en una corona de flores pintadas; aquí y allí, una casucha de yeso a medio hacer estaba abandonada. Después la doble fila de casas ya no se interrumpía; y sobre la desnudez de sus fachadas, se destacaba, de tarde en tarde, un gigantesco cigarro de latón, para indicar un estanco. Placas de comadronas representaban a una matrona, de cofia, meciendo un rorro en una colcha guateada, con adornos de encaje. Las esquinas de las paredes estaban cubiertas de carteles casi todos rotos que se agitaban al viento como harapos. Pasaban obreros en guardapolvos, carromatos de cerveceros, furgones de lavanderas y carretas de carniceros; caía una lluvia fina, hacía frío, el cielo estaba pálido, pero dos ojos, que para él eran dos soles, resplandecían entre la bruma.
Estuvieron mucho tiempo parados en el fielato, pues hueveros, carreteros y un rebaño de corderos producían un atasco. El centinela, con la capucha hacia adelante, se paseaba ante su garita para calentarse. El consumero subió a la imperial y se oyeron los sones de una banda de cornetas. Bajaron el bulevar a trote ligero, sacudiendo los balancines y ondulando las correas del tiro. La tralla del largo látigo restallaba en el aire húmedo. El cochero lanzaba un grito sonoro: «¡Fuego, fuego!, ¡arre!», y los barrenderos se apartaban, los peatones daban un salto atrás, el barro salpicaba contra las ventanillas, se cruzaban con volquetes, cabriolés, ómnibus. Por fin, apareció la verja del Jardín Botánico.
El Sena, amarillento, llegaba casi al tablero de los puentes. Una fresca brisa se desprendía de él. Frédéric la aspiró con todas sus fuerzas saboreando ese buen aire de París, que parece contener efluvios amorosos y emanaciones intelectuales; sintió enternecerse al ver el primer simón. Y le gustaba hasta el umbral de los vendedores de botellas de vino envueltas en paja, hasta los limpiabotas con sus cajas, hasta los dependientes de ultramarinos que daban vueltas al tostador de café. Pasaban mujeres con paso menudo y ligero tapadas con sus paraguas, él se inclinaba para verles la cara; por casualidad podía ocurrir que Mme. Arnoux fuese una de ellas.
Desfilaban las tiendas, aumentaba la gente, el ruido se hacía más fuerte. Después del muelle San Bernardo, el muelle de la Tournelle y el muelle Montebello, tomaron el muelle Napoleón; quiso ver las ventanas, estaban lejos. Luego volvió a atravesar el Sena por el Pont-Neuf, bajaron hasta el Louvre, y, por las calles Saint-Honoré, Croix-des-Petits-Champs y del Boulois, llegaron a la calle Coq-Héron, y entraron en el patio del hotel.
Para prolongar su placer, Frédéric se vistió con toda la parsimonia, e incluso se trasladó a pie al bulevar Montmartre; sonreía a la idea de volver a ver enseguida, sobre la placa de mármol, el nombre querido, levantó los ojos. Y a no había ni vitrinas, ni cuadros, ¡ni nada!
Corrió a la calle de Choiseul. Los señores Arnoux no vivían allí, y una vecina guardaba la portería; Frédéric la esperó; por fin, apareció el portero, ya no era el mismo. No sabía las señas de los Arnoux.
Frédéric entró en un café, y, mientras desayunaba, consultó el Almanaque del Comerciante. Había trescientos Arnoux, ¡pero ningún Jacques Arnoux! ¿Dónde vivían? Pellerin tenía que saberlo.
Se trasladó hasta la cabecera del faubourg Poissonnière, a su taller.
Como la puerta no tenía campanilla ni martillo, dio grandes puñetazos, llamó, gritó. No tuvo más respuesta que el vacío.
Pensó después en Hussonnet. Pero ¿dónde descubrir a tal hombre? Una vez, él los había acompañado hasta la casa de su amante, calle de Fleurus. Cuando llegó a la calle de Fleurus, Frédéric se dio cuenta de que no sabía el nombre de la señorita.
Recurrió a la Prefectura de Policía. Subió y bajó escaleras, anduvo de despacho en despacho. El de información estaba cerrando. Le dijeron que volviese al día siguiente.
Después entró en todas las tiendas de cuadros que pudo descubrir, para saber si conocían a Arnoux. El señor Arnoux no se dedicaba ya al comercio.
Por fin, desanimado, agotado, enfermo, regresó a su hotel y se acostó. En el momento en que se metía entre las sábanas una idea le hizo saltar de gozo:
—¡Regimbart!, ¡qué imbécil soy por no haber pensado en él!
Al día siguiente, a las siete, llegó a la calle Notre-Dame-des-Victoires, delante de la tienda de un aguardentero donde Regimbart acostumbraba a tomar el vino blanco. Aún no estaba abierto; dio una vuelta por las proximidades, y, al cabo de media hora, se presentó de nuevo. Regimbart acababa de salir, Frédéric se lanzó a la calle. Creyó incluso percibir a lo lejos su sombrero; un coche fúnebre y coches de acompañamiento se interpusieron. Pasado el atasco, la visión había desaparecido.
Afortunadamente, recordó que el Ciudadano almorzaba todos los días a las once en un pequeño restaurante de la plaza Gaillon. Era sólo cuestión de paciencia; y después de un interminable vagabundear de la Bolsa a la Magdalena, y de la Magdalena al Gimnasio, Frédéric a las once en punto entró en el restaurante de la plaza Gaillon seguro de encontrar allí a su Regimbart.
—No le conozco —dijo el fogonero en un tono arrogante.
Frédéric insistía; el otro repuso:
—Ya no le conozco, señor —arqueando las cejas majestuosamente y haciendo unos movimientos de cabeza que revelaban un misterio.
Pero, la última vez que se habían visto, el Ciudadano había hablado del cafetín Alexandre. Frédéric tragó un bollo y, saltando a un cabriolé, preguntó al cochero si no había en alguna parte, en lo alto de Santa Genoveva, un cafetín llamado Alexandre. El cochero le llevó a la calle de Francs Bourgeois-Saint-Michel a un establecimiento de aquel nombre, y a su pregunta: «¿el señor Regimbart, por favor?» el cafetero le contestó, con una sonrisa supergraciosa:
—Todavía no lo hemos visto, señor —mientras echaba a su esposa, sentada en el mostrador, una mirada de inteligencia.
E inmediatamente, mirando el reloj:
—Pero lo tendremos, espero, dentro de unos diez minutos, un cuarto de hora a lo sumo. ¡Celestina, pronto!, ¡los periódicos!
—¿Qué desea tomar el señor?
Aunque no tenía ganas de nada, Frédéric tomó una copa de ron, después una copa de kirsch, luego una de curaçao, después diferentes grogs tanto fríos como calientes. Leyó todo el Siècle del día y lo releyó; examinó hasta los granos del papel, la caricatura del Charivari; al final se sabía de memoria los anuncios. De vez en cuando resonaban pisadas en la acera, ¡era él! y la silueta de alguien se perfilaba sobre las baldosas; pero aquello seguía su camino.
Para distraerse, Frédéric cambiaba de sitio; se fue a poner al fondo, después a la derecha, luego a la izquierda; y seguía en medio de la banqueta, con los brazos extendidos. Pero un gato, pisando delicadamente el terciopelo del respaldo, le daba sustos saltando de pronto para lamer las manchas de jarabe de la bandeja; y el niño de la casa, un insoportable crío de cuatro años, jugaba con una carraca en los escalones del mostrador. Su mamá, una pobre mujer de dentadura estropeada, sonreía con aire estúpido. ¿Qué estaría haciendo Regimbart? Frédéric lo esperaba sumido en una desesperación sin límites.
La lluvia sonaba como granizo sobre la capota del cabriolé. Por la rendija de la cortina de muselina veía en la calle el pobre caballo, más inmóvil que un caballo de madera. El arroyo, que se había hecho enorme, corría entre dos radios de las ruedas, y el cochero, tapándose con la manta, dormitaba; pero, temiendo que su cliente le esquivara, de vez en cuando entreabría la puerta, chorreando como un río; y si las miradas pudieran gastar las cosas, Frédéric habría derretido el reloj a fuerza de no quitarle el ojo de encima. Seguía funcionando, sin embargo. El Señor Alexandre se paseaba a lo largo y a lo ancho, repitiendo: «Va a venir, ¡vamos! ¡va a venir!» y, para distraerle, le pronunciaba discursos, hablaba de política. Llegaba incluso su amabilidad a proponerle una partida de dominó.
Por fin, a las cuatro y media, Frédéric, que llevaba allí desde el mediodía, se levantó de un salto declarando que no esperaba más.
—No entiendo nada yo mismo —respondió el cafetero con aire cándido—, es la primera vez que falta el señor Ledoux.
—¿Cómo el señor Ledoux?
—Pues sí, señor.
—He dicho señor Regimbart —replicó Frédéric desesperado.
—¡Ah, mil disculpas!, ésta usted equivocado. ¿Verdad, señora Alexandre, que el señor ha dicho señor Ledoux?
Y dirigiéndose al camarero:
—¿Usted mismo lo ha oído como yo?
Para vengarse de su amo, sin duda, el camarero se contentó con sonreír.
Frédéric hizo que le llevaran por los bulevares, indignado por el tiempo perdido, furioso contra el Ciudadano, implorando su presencia como la de un dios, y muy resuelto a sacarlo del fondo de las bodegas más lejanas. Su coche le ponía nervioso, lo despidió; sus ideas se le confundían en la cabeza; después todos los nombres de cafés que había oído pronunciar a aquel imbécill brotaron a un tiempo de su memoria, como las mil piezas de un fuego de artificio: café Gaspard, café Grimbert, café Halbout, cafetín Bordelais, Havanais, Havrais, Boeuf-à-la-mode, Cervecería Alemana, Mère Morel, y se trasladó uno detrás de otro, a todos ellos. Pero en uno Regimbart acababa de salir; en otro, quizás iría; en un tercero, no lo habían visto desde hacía seis meses; en otro, había encargado ayer una pierna de cordero para el sábado. Por fin, en casa de Vautier, vendedor de ...

Índice

  1. La educación sentimental
  2. Copyright
  3. PRIMERA PARTE
  4. SEGUNDA PARTE
  5. TERCERA PARTE
  6. Sobre La educación sentimental

Preguntas frecuentes

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