Las preciosas ridículas
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Las preciosas ridículas

  1. 41 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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Las preciosas ridículas

Descripción del libro

Situada en Francia del siglo XVII, las preciosas Magdelon y Cathos son dos jóvenes provincianas que han llegado a París en busca del amor. Gorgibus, padre de Magdelon y tío de Cathos, decide que deben casarse con un par de jóvenes eminentes, a los cuales las muchachas consideran poco refinados y tras burlarse de ellos, los rechazan.

Más tarde, Magdelon y Cathos conocerán a dos nuevos pretendientes, Mascarille y Jodelet, de los que se enamorarán perdidamente sin sospechar que serán engañadas y puestas en ridículo…

Las preciosas ridículas fue la pieza teatral con la que Molière, el gran dramaturgo francés, alcanzó la fama. Es una obra recomendada para todos los amantes de la comedia clásica. En un solo acto, esta mordaz obra pone en evidencia la superficialidad de la sociedad y logrará, con su humor e ingenio, sacarle más de una carcajada.

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Información

Editorial
SAGA Egmont
Año
2020
ISBN del libro electrónico
9788726338317
Categoría
Literature
Categoría
Classics

Acto único

Escena I

LA GRANGE y DU CROISY.
DU CROISY.- ¿Señor La Grange?
LA GRANGE.- ¿Qué?
DU CROISY.- Miradme un poco, sin reíros.
LA GRANGE.- ¿Y bien?
DU CROISY.- ¿Qué decís de nuestra visita? ¿Estáis muy satisfecho de ella?
LA GRANGE.- A vuestro juicio, ¿tenemos motivo para estarlo los dos? DU CROISY.- No del todo, en verdad.
LA GRANGE.- En cuanto a mí, os confieso que me tiene completamente escandalizado. ¿Se ha visto nunca a dos bachilleras provincianas hacerse más desdeñosas que estas y a dos hombres tratados con más desprecio que nosotros? Apenas si han podido decidirse a ordenar que nos dieran unas sillas. No he visto jamás hablarse tanto al oído como hacen ellas, bostezar tanto, restregarse tanto los ojos y preguntar tantas veces: «¿Qué hora es?» No han contestado más que sí o no a todo cuanto hemos podido decirles. ¿Y no confesaréis, en fin, que aun cuando hubiéramos sido las últimas personas del mundo, no podía tratársenos peor de lo que lo han hecho?.
DU CROISY.- Paréceme que tomáis la cosa muy a pecho.
LA GRANGE.- La tomo, sin duda, y de tal suerte, que quiero vengarme de esta impertinencia. Sé lo que ha motivado ese desprecio. El estilo precioso no solo ha infestado París, sino que también se ha extendido por las provincias, y nuestras ridículas doncellas han absorbido su buena dosis. En una palabra: sus personas son una mezcolanza de preciosas y de coquetas. Ya veo lo que hay que ser para que le reciban a uno bien; y si me hacéis caso, les prepararemos una jugarreta que les hará ver su necedad y podrá enseñarles a conocer un poco mejor el mundo.
DU CROISY.- ¿Y cómo, pues?
LA GRANGE.- Tengo cierto criado, llamado Mascarilla, que pasa, en opinión de muchas gentes, por una especie de cultilocuente, pues no hay nada más asequible hoy en día que la cultilocuencia. Es un maniático a quien se le ha metido en la cabeza alardear de hombre distinguido. Se precia, por lo regular, de galante y de poeta, y desdeña a los otros criados, hasta llamarlos bestias.
DU CROISY.- ¿Y qué pretendéis que haga?
LA GRANGE.- ¿Qué pretendo que haga? Es preciso... Mas salgamos antes de aquí.

Escena II

GORGIBUS, DU CROISY y LA GRANGE.
GORGIBUS.- Qué, ¿habéis visto a mi sobrina y a mi hija? ¿Marcha bien el negocio? ¿Cuál es el resultado de esta visita?
LA GRANGE.- Eso es cosa que podréis saber mejor por ellas que por nosotros. Todo cuanto podemos deciros es que os expresamos nuestro agradecimiento por el favor que nos habéis dispensado y seguimos siendo vuestros muy humildes servidores.
DU CROISY.- Vuestros muy humildes servidores.
GORGIBUS.- (Solo.) ¡Oiga! Parece que salen disgustados de aquí. ¿De dónde podrá provenir su descontento? Hay que enterarse de lo que es, ¡Hola!

Escena III

GORGIBUS y MAROTTE.
MAROTTE.- ¿Qué deseáis, señor?
GORGIBUS.- ¿Dónde están vuestras amas?
MAROTTE.- En su aposento.
GORGIBUS.- ¿Qué hacen?
MAROTTE.- Pomada para los labios.
GORGIBUS.- Ya es demasiado unto; decidles que bajen.

Escena IV

GORGIBUS, solo
GORGIBUS.- Esa bribonas paréceme que tienen ganas de arruinarme con su pomada. No veo por todas partes más que claras de huevo, leche virginal y mil otros chismes que no conozco. Han consumido, desde que estamos aquí, la grasa de una docena de cerdos, cuando menos, y vivirían cuatro criados, a diario, con las pezuñas de carnero que emplean.

Escena V

MADELÓN, CATHOS y GORGIBUS.
GORGIBUS.- ¿Es muy necesario, realmente, hacer tanto gasto para engrasaros el hocico? Decidme, por favor: ¿Qué habéis hecho a esos caballeros que los he visto salir con tanta frialdad? ¿No os había recomendado que los recibierais como personas a quienes quería yo daros por maridos?
MADELÓN.- ¿Y qué estima, padre mío, queréis que hagamos de la conducta irregular de esas gentes?
GORGIBUS.- ¿Qué tenéis que decir de ellas?
MADELÓN.- ¡Linda galantería la suya! ¡Cómo! ¿Empezar lo primero por el casamiento?
GORGIBUS.- ¿Y por dónde quieres entonces que empiecen? ¿Por el concubinato? ¿No es una conducta de la que tenéis motivo para estar satisfechas, y tanto vosotras dos como yo? ¿Hay nada más de agradecer que eso? Y ese lazo sagrado al que aspiran, ¿no es prueba de la honradez de sus intenciones?
MADELÓN.- ¡Ah, padre mío, lo que decís es propio del último burgués! Me avergüenza oíros hablar de ese modo y debierais haceros enseñar el aire elegante de las cosas.
GORGIBUS.- No neces...

Índice

  1. cubrir
  2. Las preciosas ridículas
  3. Copyright
  4. PERSONAS
  5. Acto único
  6. Om Las preciosas ridículas