La cara de Dios
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La cara de Dios

  1. 400 páginas
  2. Spanish
  3. ePUB (apto para móviles)
  4. Disponible en iOS y Android
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Descripción del libro

Novela inédita del prolífico Ramón María del Valle-Inclán, La cara de Dios es una novela basada en la zarzuela del mismo nombre del dramaturgo Carlos Arniches. En ella se trata una historia de amor a cuatro bandas, entre Soledad y Ramón, una pareja casada y con un hijo; Víctor, el antiguo novio de Soledad y Eleuterio, amigo de Ramón pero enamorado de Soledad, y el único que conoce la existencia de ese novio anterior. Las intrigas amorosas, secretos y confesiones entre los cuatro personajes acabarán en un impactante final con muerte incluida.

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Información

Editorial
SAGA Egmont
Año
2021
ISBN del libro electrónico
9788726495966
Categoría
Literatura

Libro primero

I. En la obra

Hacia el final de la calle de Serrano, una de las más aristocráticas de Madrid, había no ha mucho una soberbia casa en construcción.
Era la casa propiedad del Duque de Ordax y hacía esquina a otra calle más modesta.
Una valla de madera sin pintar cerraba la obra.
En el momento de dar comienzo nuestra historia, la casa cuyos muros se levantaban ya en toda su altura, aparecía a los ojos del transeúnte, cubierta casi por completo de andamiajes y maderamen, grúas y garruchas bien provistas de cuerdas, por las que subían y bajaban sin descanso en las horas de trabajo los materiales de la obra.
Eran las dos de la tarde. Los obreros dormían la siesta a la sombra de la valla.
Pero no dormían todos. Aprovechando el sueño de sus compañeros, Eleuterio y Eustaquio, hablaban en voz baja, sentados en un rincón de la taberna vecina.
Eustaquio apuró un vaso de vino; y como si prosiguiese una conversación anterior, preguntó: —De modo que viste a la Soledá anoche.
—¡Ya lo creo! Y aquello fue el acabose.
—¿Y ella?…
—Sigue en las mismas.
—En que no.
—Emperrada en que no. Pero eso será un pueblo y lo que quiera este cura, ¿sabes?
—¿Sabes lo que te digo?…
—Di.
—Que debes dejarla. No te metas en esos líos. La Sole está muy amartelada con su marido, y Ramón es un hombre que en cuanto huela un tanto así… ¡el destroce! —y Eustaquio marcó con su pulgar sobre el índice el nacimiento de la uña.
—Te agradezco el consejo y el interés que te tomas. Me aprecias. Pero no sabes lo que hay entre los dos y no pués aconsejarme ná. Además, el dejarla hoy por hoy es ponerme sobre lo imposible…
—Es lo mejor.
—¿No te digo que no puede ser? Mira. Yo no me franqueo sobre este asunto con nadie. Cuando tú sepas la misa entera entonces tendrás más fundamento para decirme: Eleuterio debes seguir con esa socia, o no sigas con ella porque te va a traer la negra. ¿Estamos?…
—Sí. Pero una mujer casada…
—¡Una mujer casada!… Vamos, que estás en ayunas.
—¿Pero no es?…
—Como casada, sí lo está. Pero ha engañado a ese pobre hombre, porque es un tonto. Escucha.
Cogió una copa y vaciándola de un trago continuó con voz recogida mirando misteriosamente en torno.
—Soledá antes de casarse con Ramón, estuvo colada con Víctor.
—¿El pintor?
—El mismo.
—¡Demonio!
—¿Qué quieres? Todos los días nos acostamos sabiendo algo nuevo. Ellos se veían en mi casa y entonces yo vivía con la Encarna.
—Y Ramón ¿no sabe nada de eso?
—Todavía no. Por eso se casó con ella. Víctor se marchó a Buenos Aires escapado y me dio un retrato que le había dedicado la Soledá, con palabras que hablan solas. Ese retrato lo tengo yo porque entonces empecé a mirarla con algún cariño, y como la Encarna ya iba haciendo de las suyas, pues figúrate…
—Pero…
—Aguarda, hombre. Este retrato yo lo he de entregar a Ramón o a ella. Ya se lo dije bien claro.
—¡Rediez! Sabes tú que no eres nadie.
—Ha de elegir.
—Eso es peor que dar una puñalá.
—¿Qué quieres? ¿Soy yo por ventura dueño de mi alma? ¿No tiene esa mujer la culpa de lo aperreada que arrastro la vida? Mira. Lo he jurado muchas veces; o es mía o de ninguno.
Eustaquio miraba de hito en hito y lleno de asombro a Eleuterio.
Eleuterio tenía en su rostro ese brillo irradiante de los posesos y de los enérgicos.
Guardaron silencio un rato.
De pronto Eleuterio se levantó y dando una palmada en el hombro de su camarada dijo:
—Vete. Ahora viene Soledá.
—Oye…
—Vete. Sé lo que tengo que hacer.
Eustaquio obedeció.
Eleuterio salió después de la taberna y fue al encuentro de la mujer.
Soledad venía con la cesta al brazo trayendo la comida de su marido.
Cuando vio a su perseguidor retrocedió asustada:
—¡Tú!
—El mismo.
Ella se dirigió a la obra y gritó desesperadamente:
—¡Ramón!
—No te molestes —dijo Eleuterio cogiéndola por un brazo.
—Déjame —replicó ella deshaciéndose de él.
—Pero oye, oye… Tú te has olvidao ya para qué he venido. ¿Has perdió la memoria? —Te he dicho que me dejes.
—Espérate.
Y cogiéndola fuertemente de nuevo:
—Mira. No seamos niños. Esto tiene que tener su fin. ¿Lo has pensao bien?
—Eleuterio —dijo ella con cierto aire de segura decisión—, haz lo que quieras, arráncame la honra, la tranquilidad, el sosiego, que me quede sin pan y sin cariño, que me tiren a la calle y que me escupan, todo, menos ser tuya.
—¿Es lo último?
Eleuterio estaba pálido y temblaba de ira. Vibraba su figura como la de un alcoholizado.
—Lo último —replicó ella—. Lo de siempre. Yo soy honrada aunque haya sido antes cualquier cosa.
—Piénsalo bien. Mira que lo pierdes todo.
—Como quieras. Eres un miserable. Tú te escondes detrás de la puerta como un ladrón para darme una puñalada, para robar a Ramón.
Eleuterio balbuceaba algunas palabras. Su mirada adquiría fulgores de ira y de rabia.
—Piénsalo. Piénsalo bien.
—Calla. No me digas eso porque mujer y todo soy capaz de abofetearte aunque me destroces después. ¡Ladrón!
—Bien. Entonces hoy mismo procuraré complacerte.
El tono con que Eleuterio pronunció estas palabras, fingiendo una calma que estaba muy lejos de disfrutar, acabó de sacar de quicio a la mujer.
Esta se acercó a él y le dijo echándole las manos a la cara:
—Anda, ahora, en seguida. Cuando venga le das el retrato, se lo dices todo. Yo te ayudaré. Yo descargaré mi conciencia, podré llorar delante de todo el mundo, delante de él. Anda.
—¡Soledad!… Mira…
—Vete.
Iba ella a dejarlo cuando apareció Ramón en la puerta de la obra.
Venía despacio y venía sonriendo.
Soledad volviose rápidamente a Eleuterio y con aire de triunfo le dijo:
—Anda. Ahora. Allí le tienes… Díselo.
Eleuterio la miró con rabia, metió la mano en el pecho como acariciando alguna cosa y después murmuró con ira.
—¡Quia! Es pronto.
Ramón se acercaba.
Eleuterio se alejó.
El marido y la mujer quedaron solos.
* * *
Ramón, aquel modelo de obreros honrados y trabajadores, miraba a su mujer como embelesado:
—Tarde has venido.
Y Soledad repuso, procurando mostrarse contenta:
—Tienes que dispensarme, Ramón.
Pero la sonrisa de la pobre mujer no engañó al obrero, que, como todos los hombres enamorados, era receloso.
Miró fijamente a su mujer, como si quisiese leerle los pensamientos:
De pronto, cambiando de gesto exclamó:
—Oye… tú… Soledad. ¡Rediez!
Soledad palideció.
—¿Qué?
—¿Qué tienes?
—¿Yo? ¡Nada!
Soledad volvía la cabeza para disimular su emoción.
Ramón pronunció con ansiedad:
—Soledad no desapartes la cara. ¿Qué tienes? Tú has llorado.
—¡Yo! No, hombre. Son figuraciones tuyas. Siempre estás con ese tema.
—Hoy no son figuraciones, Soledad. Tú has llorado. Di, ¿está el chico enfermo?
Y en la voz del obrero, se advertía un triste y caluroso afán.
Soledad protestó:
—No digas locuras, Ramón. ¿Qué ha de estar el chico enfermo?
—¿Y por qué no le has traído?
—Porque se lo llevó la tía Jesusa al puesto, y dijo que como a mediodía tenía que venir a ver al tío Doroteo, que lo traería aquí, para que yo me lo llevase… Ya no tardarán.
Ramón insistió con cariño:
—¿Entonces qué es lo que tienes? Dímelo.
—¿Pero qué voy a tener?… ¡Qué niño eres!
Soledad procuraba sonreír, pero el llanto se le venía a los ojos.
Ramón la interrumpió:
—Escucha Sole. Hace tres o cuatro días que a ti te pasa algo que te callas. Yo no sé qué, pero algo. Ni hablas ni te ríes ni estás contenta… ¿Qué es eso Soledad? ¡Dímelo! ¿Qué te pasa que yo no pueda saberlo?
Soledad se veía forzada a responder con negativas. Bajaba la frente, y torcía entre los dedos temblorosos una punta de su delantal azul:
—Si no es nada, hombre.
—Luego es algo.
—No… Es que tengo así como… pena…, tristeza…
Su marido la miró con asombro:
—¿Tú? ¿De qué?
Antes de responder, Soledad se puso colorada hasta el blanco de los ojos:
—De nada… ¡Qué sé yo!…
Y añadió procurando echarlo a broma:
—De que no me quieras lo que hace falta.
Su marido la amenazó con gesto placentero:
—¡Ay, ay, ay!… ¡Nena, tú estás loca! Este cariñito que tengo aquí, y que es para ti sola, en seis vidas no lo gastaríamos. Conque ya ves si me sobra cariño para todo lo que te haga falta.
Antes de que Soledad hubiera tenido tiempo a contestar, asomó la tía Jesusa. Venía renqueando, con el chico de sus sobrinos en brazos; muerta de fatiga, pero así y todo hablando a gritos.
—¡Hija, te digo que a este chico hay que traerle amarrado!… ¡Lo que me ha hecho de rabiar!
Los padres del muchacho se rieron, como si la tía Jesusa hubiese referido la ma...

Índice

  1. La cara de Dios
  2. Copyright
  3. Carta de Carlos Arniches
  4. Libro primero
  5. Libro segundo

Preguntas frecuentes

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