ESCENA II
Alcoba en el castillo
DESDÉMONA DORMIDA. A SU LADO UNA LUZ (Sale Otelo)
OTELO
Con razón lo hago, con razón ¡alma mía! No os lo quiero contar, castas estrellas. Tampoco quiero derramar la sangre de ella, ni ajar su cutis más blanco que la nieve, y más tierno que mármol sepulcral. Y con todo eso, tengo que matarla, para que no engañe a otros hombres. Apagaré esta luz... y luego aquella. Si apago esta luz y luego me arrepiento, puedo volver a encenderla, pero si te apago a ti, luz clarísima, primor y ejemplar de la naturaleza, ¿dónde hallaré el fuego de Prometeo, para volverte a dar la vida? Si arranco la flor de su tallo, ¿cómo he de restituirla su frescura y lozanía? Necesario es que se marchite. Quiero respirar por la última vez su deleitoso aroma. (La besa.) ¡Oh regalado aliento de su boca, casi bastas para arrancar el hierro de la mano de la justicia! Otro beso y nada más. ¡Quédate así, cuando yo te mate: que muerta y todo te he de amar! Otro beso, el último. Nunca le hubo más delicioso ni más fatal: lloremos. Mi llanto es feroz, y mi ira es como la de Dios, que hiere donde más ama. Ahora se despierta.
DESDÉMONA
(Despertándose.) ¿Eres tú, Otelo?
OTELO
Yo soy, Desdémona.
DESDÉMONA
Esposo mío, ¿quieres descansar?
OTELO
¿Has rezado esta noche, Desdémona?
DESDÉMONA
Sí.
OTELO
Pues pide a Dios perdón, si te acuerdas de algún crimen, que Dios no te haya perdonado todavía.
¡Dios mío! ¿Qué me quieres decir, esposo?
OTELO
Hazlo, y pronto. Yo me alejaré entre tanto. No quiero que mueras sin confesión. No quiero condenar tu alma.
DESDÉMONA
¿Qué? ¿Quieres matarme?
OTELO
Sí, por cierto.
DESDÉMONA
¡Perdón, Dios mío!
OTELO
¡Así sea! Dilo con todas las fuerzas de tu alma.
DESDÉMONA
Tú que así hablas no puedes matarme.
OTELO
¿Qué?
DESDÉMONA
Con todo eso, te tiemblo. Tu mirada me aterra. Y no sé por qué es mi temor, pues de ningún crimen me reconozco culpable. Y sin embargo, tiemblo.
OTELO
Acuérdate de tus pecados.
DESDÉMONA
Será el amor que te profeso.
OTELO
Por ese amor te mato.
DESDÉMONA
¿Matarme porque te amo? ¡Oh indigna muerte! ¿Por qué te muerdes los labios? ¡Ciega pasión te descamina! Agüeros son de mal suceso; pero yo espero que no me amenazan a mí.
OTELO
Sí callaré, ¿pero qué pasa?
OTELO
¿Tú diste a Casio aquel pañuelo, regalo mío y que yo tanto, apreciaba?
DESDÉMONA
¡No, te lo juro por mi vida! Pregúntaselo a él. OTELO
No jures en falso, amada mía, que ya estás en el tálamo de la muerte.
DESDÉMONA
¿Tan pronto?
OTELO
En seguida. Confiesa, pues, tus culpas, una por una, que aunque las niegues con los más firmes juramentos, no has de disminuir en un ápice mi firme convicción. De todas maneras, morirás.
DESDÉMONA
Entonces, Dios tenga compasión de mí.
OTELO
Así sea.
DESDÉMONA
Y tenla tú también, jamás te falté, ni aun de pensamiento. Nunca puse mi corazón en Casio ni le di prenda alguna de amor. Quísele sólo con la amistad que Dios aprueba.
OTELO
¡Dios mío! ¡Y yo que he visto el pañuelo en sus manos! ¡Tú quieres volverme loco, y hacer que trueque en asesinato lo que quiero que sea sacrificio! Yo he visto el pañuelo.
DESDÉMONA
Él lo encontró en el suelo. Yo no se le di. Que él venga y nos declaré la verdad.
OTELO
Ya la ha confesado.
DESDÉMONA
¿Y qué confesó?
Que alcanzó favores tuyos. DESDÉMONA
¿Ilícitos?
OTELO
Sí.
DESDÉMONA
Falso. No lo repetirá delante de mí. OTELO
No, porque Yago le ha cerrado la boca. DESDÉMONA
¡Ah! Tiemblo. ¿Casio ha muerto?
OTELO
¡Ojalá hubiera tenido tantas vidas como cabellos, para que mi venganza las hubiera devorado una por una!
DESDÉMONA
¡Calumnia, calumnia atroz, que nos ha perdido!
OTELO
¡Infame! ¿Y te atreves a llorarle delante de mí?
DESDÉMONA
¡Esposo mío, destiérrame de tu presencia, pero no me mates! Otelo Apártate, vil adúltera.
DESDÉMONA
Déjame vivir siquiera esta noche. Mátame mañana.
OTELO
¿Aún te defiendes?
DESDÉMONA
Siquiera una hora de vida.
La hora inevitable ha llegado.
DESDÉMONA
Dejadme rezar una oración.
OTELO
Ya es tarde.
(La estrangula)
EMILIA
(Dentro.) ¡Abrid, señor, abrid!
OTELO
¿Quién llama? ¿Estará muerta del todo? En medio de todo, la tengo lástima, y no quiero alargar su agonía.
EMILIA (Dentro.) ¡Abrid, señor! Otelo
¿Quién es?
EMILIA
(Dentro.) Señor, dejadme deciros dos palabras.
OTELO
Es Emilia. Voy a abrirla. Ya ha muerto Desdémona. ¿Vendrá Emilia a contarme la muerte de Casio? Aquí era el ruido. Está inmóvil, yerta como la losa de un sepulcro. ¿Abriré? ¿Será una imprudencia? ¡Me parece que se mueve! No es nada. ¿Qué haré? Si entra, preguntará por mi mujer. ¡Mi mujer, mi mujer! ¿Y quién es mi mujer? Yo no la tengo. ¡Hora tristísima! ¡Ojalá hubiese ahora un eclipse de sol y de luna, y se abriera el centro de la tierra!
EMILIA
¡Abrid, señor! Que es muy importante lo que tengo que deciros. OTELO
Ya no me acordaba de ti, Emilia. Entra, pero despacio Voy a cerrar las cortinas del lecho.
(Abre la puerta) (A Emilia)
¿Qué nuevas traes? Dímelas.
EMILIA
Señor, cerca de aquí acaban de matar a uno.
OTELO
En este instante.
EMILIA
Ahora mismo.
OTELO
Influjos son de la luna, que anda ahora muy cerca de la tierra, y hace sentir aquí sus efectos.
EMILIA
Casio ha dado muerte a un mancebo veneciano llamado Rodrigo. OTELO
¿Muerto Rodrigo? Y Casio muerto también.
EMILIA
No. Casio no ha muerto.
OTELO
¡Casio no ha muerto! Entonces ese homicidio, lejos de serme grato, me es aborrecible.
DESDÉMONA
¡Oh muerte cruel!
EMILIA
¿Qué grito ha sonado?
OTELO
¿Grito? ¿Dónde?
EMILIA
Grito de mi señora. Amparadme, por Dios. Decidme algo, señora, amada Desdémona.
OTELO
Muere sin culpa.
EMILIA
¿Y quién la mató?
DESDÉMONA
Nadie. Yo me maté. Que O...