LIBRO PRIMERO.
I.
Cuando yo vi la luz, dejó de verla para siempre mi madre.
Yo le costé la vida; y mi padre, que la amaba con delirio, jamas pudo olvidarla ni perdonarme su muerte.
Yo fuí, sin embargo, la primera víctima de aquella catástrofe.
¿Qué hay en el mundo que pueda reemplazar á una madre?
Mi padre, el conde de los Valles, no podia darme más que lo que justamente me quitó: su amor y sus cuidados.
No es esto decir que me aborreciese; era bueno, humano, compasivo; pero aquel amor, el primero de su vida, habia dejado honda huella en su corazon.
No sé si por dicha ó por desgracia, fuí confiada, ó mejor dicho, fuí casi arrebatada de la casa paterna por la madre de mi madre, señora que merece un retrato detenido, hecho y visto con atencion.
Hija de un rico capitalista de la isla de Cuba, se habia casado con un banquero de la Habana, quedando muy jóven viuda, y sin más hija que mi madre, á la que adoraba con el más ciego frenesí.
Mi padre fué á la Habana con un alto cargo militar, pues á pesar de su título habia querido seguir la milicia: allí vió á mi madre, que entónces acababa de salir de la niñez: era tan hermosa que se enamoró perdidamente de ella, y la pidió por esposa, siéndole concedida al instante.
El jóven matrimonio se vino á la Península y á Madrid, y mi abuela, que no quiso separarse de su hija, los siguió.
Diez meses despues del matrimonio nací yo y murió mi madre.
La variacion del clima, y lo delicado de su temperamento, unido á lo penoso de su embarazo y á lo laborioso de su parto, le abrieron el sepulcro al cumplir diez y siete años.
Entónces pasó una cosa extraña y terrible en aquellos dos corazones que tanto la habian amado.
Mi abuela concibió por mi padre un ódio mortal.
Mi padre concibió por mí una aversion profunda.
Decia mi abuela, que si su hija no se hubiese casado, no hubiera muerto.
Decia mi padre que si yo no hubiera venido al mundo, mi pobre madre viviria.
Otra diferencia habia aún entre los sentimientos de entrambos.
Mi padre amaba á mi abuela porque era la madre de la esposa que tanto habia amado.
Mi abuela me adoraba á mí; llegando su delirio hasta creer ver en mí á su hija, á su querida Margarita, que se habia vuelto pequeña, bonita, encantadora, como ella la recordaba cuando tenía mi edad.
Se me puso el nombre de Valeria, por la razon que voy á decir.
Llamábase así una jóven compañera de pension de mi madre y su única amiga, á la que ésta amaba tiernamente.
Despues de casada mi madre, casó tambien su amiga y se fué con su esposo á los Estados-Unidos.
— Margarita, dijo á mi madre, llevo un gran dolor al separarme de tí, y es el de no tener en la pila bautismal al hijo que esperas.
—Yo te prometo, repuso mi madre abrazándola, que llevará tu nombre si es una niña.
Cumplióse esta promesa y me llamé Valeria.
Así que mi pobre madre pasó á una vida mejor, mi abuela se separó de mi padre, cuya vista le hacía daño, y se fué á vivir sola, más bien que á una casa, á un espléndido palacio lleno de criados y amueblado con la más extraordinaria suntuosidad.
Mi abuela no era una anciana: á la muerte de mi madre sólo tenía treinta y dos años, y era ademas una bella y simpática mujer.
Sabido es lo muy pronto que se desarrollan las americanas, y que se casan á la edad en que en la Península estamos todavía en los colegios.
Verdad es que en aquel caluroso clima envejecen más pronto; pero como mi abuela vino bajo el templado ambiente de España, conservó largo tiempo su belleza, su frescura y sus gracias.
Tenía yo siete años cuando ella era, segun yo la recuerdo, un modelo de hermosura y de elegancia, ó más bien de magnificencia.
Se llamaba Elena, y Elena la llamaban sus aristocráticas amigas y la turba de adoradores que la rodeaba y la colmaba de homenajes.
Segun he oido contar, los primeros dias despues de la pérdida de mi madre los pasó en una absoluta soledad, dando gritos y vertiendo amargo llanto; pero despues, la soledad le pesaba de tal modo, y se puso tan desmejorada y tan triste, que hubo de recibir á sus más íntimas relaciones para no caer en la locura ó en alguna deplorable monomanía.
El primer sér viviente á quien quiso ver fué á mí.
Me llevó mi nodriza, y mi padre nos acompañó yendo todos en un coche cerrado á su casa.
Mi nodriza y tambien mi abuela me han contado despues los pormenores de aquella entrevista.
Mi abuela era extremada en todos sus afectos: era ademas exagerada en la manifestacion de ellos: así es que su palacio se hallaba colgado de negro y alfombrado del mismo sombrío color desde el patio hasta la última de las habitaciones.
Los lacayos estaban igualmente enlutados, y el portero de estrados, que nos introdujo, vestia completamente de negro.
La habitacion de mi abuela...