(Truenos. Entran las tres Brujas.)
BRUJA PRIMERA.—¿Dónde has estado, hermana?
BRUJA SEGUNDA.—Matando cerdos.
BRUJA TERCERA.—Y tú, hermana, ¿dónde?
BRUJA PRIMERA.—Con castañas en la falda, la mujer de un navegante masticaba y masticaba. «Dame», le digo. «¡Atrás, so bruja!», grita la sucia culona. Su marido se fue a Alepo, capitán del Tigre. Navegaré en un cedazo y, como rata sin rabo, yo gozaré y gozaré.
BRUJA SEGUNDA.—Te doy un viento.
BRUJA PRIMERA.—Lo agradezco.
BRUJA TERCERA.—Yo, uno más.
BRUJA PRIMERA.—Yo ya tengo los demás, y los puertos donde soplan, y los puntos que la rosa de los vientos bien conoce. Cual paja le pondré seco; no podrá entregarse al sueño ni de noche ni de día; su vida será maldita. En pena un mes y otro mes, ha de menguar y caer; y aunque el barco no se pierda, lo batirán las tormentas. Mirad lo que tengo.
BRUJA SEGUNDA.—¡Enséñame, enséñame!
BRUJA PRIMERA.—Es el pulgar de un piloto que naufragó a su retorno. (Tambor dentro.)
BRUJA TERCERA.—¡Tambor, tambor! Macbeth llegó.
TODAS.—Las Hermanas, de la mano, correos de mar y campo, dan así vueltas y vueltas, tres de éste, tres de ése, y tres de este lado, nueve. ¡Chsss…! El hechizo está presto.
(Entran Macbeth y Banquo.)
MACBETH.—Un día tan feo y bello nunca he visto.
BANQUO.—¿Cuánto falta para Forres? —¿Quiénes son estas, tan resecas y de atuendo tan extraño que no semejan habitantes de este mundo, estando en él? —¿Tenéis vida? ¿Sois algo a lo que un hombre pueda hablar? Parecéis entenderme por el modo de poner vuestro dedo calloso sobre los magros labios. Sin duda sois mujeres, mas vuestra barba me impide pensar que lo seáis.
MACBETH.—Hablad si sabéis. ¿Quiénes sois?
BRUJA PRIMERA.—¡Salud a ti, Macbeth, Barón de Glamis!
BRUJA SEGUNDA.—¡Salud a ti, Macbeth, Barón de Cawdor!
BRUJA TERCERA.—¡Salud a ti, Macbeth, que serás rey!
BANQUO.—¿Por qué te sobresaltas, como si temieras lo que suena tan grato? —En nombre de la verdad, ¿sois una fantasía o sois realmente lo que parecéis? A mi noble compañero saludáis por su título y auguráis un nuevo honor y esperanzas de realeza, lo que le tiene absorto. A mí no me habláis. Si podéis penetrar las semillas del tiempo y decir cuál crecerá y cuál no, habladme ahora a mí, que ni os suplico favores ni temo vuestro odio.
BRUJA PRIMERA.—¡Salud!
BRUJA SEGUNDA.—¡Salud!
BRUJA TERCERA.—¡Salud!
BRUJA PRIMERA.—Menos que Macbeth, pero más grande.
BRUJA SEGUNDA.—Menos feliz, y mucho más feliz.
BRUJA TERCERA.—Engendrarás reyes, mas no lo serás; así que, ¡salud, Macbeth y Banquo!
BRUJA PRIMERA.—¡Banquo y Macbeth, salud!
MACBETH.—¡Esperad, imperfectas hablantes, decid más! Por la muerte de Sinel 7 soy Barón de Glamis, mas, ¿cómo de Cawdor? El Barón de Cawdor vive y continúa vigoroso; y ser rey traspasa el umbral de lo creíble, tanto como ser Cawdor. Decid de dónde os ha llegado tan extraña novedad o por qué cortáis nuestro paso en este yermo con proféticos saludos. Hablad, os lo ordeno.
(Desaparecen las Brujas.)
BANQUO.—Como el agua, burbujas tiene la tierra, y ellas lo son. ¿Por dónde se esfumaron?
MACBETH.—Por el aire: su apariencia corporal se ha perdido como un hálito en el viento. ¡Ojalá se hubieran quedado!
BANQUO.—¿Estaban aquí los seres de que hablamos? ¿No habremos comido la raíz de la locura, que hace prisionera a la razón?
MACBETH.—Tus hijos serán reyes.
BANQUO.—Tú serás rey.
MACBETH.—Y también Barón de Cawdor. ¿No fue así?
BANQUO.—Tales fueron el tono y las palabras. —¿Quién va?
(Entran Ross y Angus.)
ROSS.—Macbeth, el rey ha recibido jubiloso la noticia de tu éxito y, al saber de tus peligros combatiendo a los rebeldes, su asombro y...