XIII
El príncipe entró con una sonrisa de contento. Toda la zozobra que en su corazón de gallina había inyectado Mozglyakov un cuarto de hora antes desapareció cuando se vio ante las damas. Se disolvió al instante como un caramelo. Las damas salieron a su encuentro con un estridente grito de alegría. En general, habían mimado siempre a nuestro vejete y le trataban con insólita familiaridad. Sabía divertirlas como nadie. Felisata Mihailovna llegó hasta afirmar esa misma mañana (en broma, por supuesto), que estaba dispuesta a tenerle sentado en sus rodillas si ello agradaba al anciano, «porque es un viejo de lo más simpático, simpático hasta más no poder». Marya Aleksandrovna tenía fijos en él los ojos, afanosa de leer algo en su rostro y de adivinar cómo saldría ella de su difícil situación. Estaba claro que Mozglyakov le había dicho cosas afrentosas de ella y que el proyecto estaba en peligro. Pero no cabía leer nada en el rostro del príncipe. Estaba lo mismo que antes y que siempre.
-¡Dios mío! ¡He aquí al príncipe! ¡Y nosotras aquí espera que te espera!-exclamaron algunas señoras.
-¡Con impaciencia, príncipe, con impaciencia!-chillaron otras.
-Eso me halaga ex tra or di na riamente-ceceó el príncipe, sentándose junto a la mesa en que hervía el samovar. Al momento le rodearon las señoras. Junto a Marya Aleksandrovna se quedaron sólo Anna Nikolaevna y Natalya Dmitrievna. Afanasi Matveich sonreía respetuosamente. Mozglyakov sonreía también, y miraba con aire de reto a Zina, quien, sin prestarle la menor atención, fue a sentarse junto a su padre cerca de la chimenea.
-Príncipe, ¿es verdad lo que dicen de que se marcha usted?-bisbiseó Felisata Mihailovna.
-Pues sí, mes dames, me marcho. Quiero irme in me dia ta mente al ex tran je ro.
-¿Al extranjero, príncipe, al extranjero?-preguntaron todas en coro-. Pero ¿cómo se le ha ocurrido eso?
-Al ex tran je ro-afirmó el príncipe pavoneándose-. Y sepan que quiero ir allá sobre todo en busca de nuevas ideas.
-¿Cómo que de nuevas ideas? ¿Sobre qué?-preguntaron las señoras mirándose unas a otras.
-Pues sí, de nuevas ideas-repitió el príncipe, con cara de profundísima convicción-. Ahora todo el mundo va en busca de nuevas ideas. Yo también quiero conocer las nue vas i de as.
-¿Y no quiere usted ingresar en una logia masónica, querido tío?-inquirió Mozglyakov, deseando por lo visto farolear ante las damas con su agudeza y desenvoltura.
-Pues sí, amigo mío, no te equivocas-respondió el tío inesperadamente-. En efecto, en tiempos pasados pertenecí a una logia masónica en el extranjero y también tuve una porción de ideas generosas. Entonces me propuse incluso trabajar de firme a favor del progreso con tem po ráneo y estuve a punto, en Francfort, de dar la libertad a mi siervo Sidor, a quien llevé conmigo al extranjero. Pero, con gran sorpresa mía, él mismo se escapó. Era hombre so bre ma nera extraño. Más tarde tropecé con él en París, hecho un currutaco, con patillas, y acompañando a una mademoiselle por el bulevar. Me miró e hizo una inclinación con la cabeza. Y la mademoiselle que iba con él era tan alegre, tan apetítosa, tan viva de ojos...
-Bueno, tío. Después de esto, y si va usted otra vez al extranjero, dará usted libertad a todos sus siervos-exclamó Mozglyakov soltando una carcajada.
-Amigo mío, has a di vi nado punto por punto mis deseos-respondió el príncipe sin alterarse-. Quiero precisamente ponerlos a todos en li ber tad.
-Pero, dispense, príncipe; en ese caso todos se escaparán. ¿Y quién le pagará a usted renta entonces?-interrogó Felísata Mihailovna.
-Por supuesto que se escaparán-replicó preocupada Anna Nikolaevna.
-¡Dios mío! ¿De veras que se escaparán?-preguntó el príncipe atónito.
-Se escaparán, sí, señor, se escaparán todos y le dejarán solo-afirmó Natalya Dmitrievna.
-¡Dios mío! Entonces no les pongo en li ber tad. Pero, claro, no lo decía en serio.
-Mejor es así tío-corroboró Mozglyakov.
Hasta entonces Marya Aleksandrovna había estado escuchando y observando en silencio. Le parecía que el príncipe se había olvidado por completo de ella y que esto no era natural.
-Permita, príncipe-comenzó diciendo en voz alta y con dignidad-que le presente a mi marido, Afanasi Matveich. Ha venido expresamente de nuestra casa de campo tan pronto como se ha enterado de que se hospedaba usted aquí.
Afanasá Matveich sonrió y tomó un aire de mucha dignidad. Le parecía ser objeto de una alabanza.
-¡Ah, mucho gusto, Afanasi Matveich!-dijo el príncipe-. ¡Un momento, por favor, que me parece recor dar algo! A fa na sí Mat veich. Pues sí, usted es el que está en la casa de campo. Charmant, charmant, mucho gusto. ¡Amigo mío!-exclamó el príncipe volviéndose a Mozglyakov-. ¡Pero si es el mismo de las coplas de esta mañana! ¿Te acuerdas? A ver cómo era aquello: «El marido en la aldea y la mujer.... pues sí, no sé en qué pueblo, y la mujer se marchó también...»
-Sí, así es, príncipe: el marido en la aldea y la mujer... donde sea. Ese es el vodevil que representó aquí una compañía teatral el año pasado-interpuso Felisata Mihailovna.
-Pues sí, donde sea. Se me olvida todo. Charmant, charmant! ¿Con que es usted esa misma persona? Tengo mu chí si mo gusto en conocerle-agregó el príncipe sin levantarse del sillón y alargando la mano a Afanasi Matveich-. Bueno, ¿y cómo va de salud?
-¡Humm...!
-Va bien, principe, va bien-se apresuró a responder Marya Aleksandrovna.
-Pues sí, se ve que va bien. ¿Y sigue usted en el campo? Bueno, mucho gusto. ¡Pero qué me ji llas tan coloradas que tiene y cómo se ríe...!
Afanasi Matveich sonreía, se inclinaba y hasta hacía reverencias. Pero oyendo las últimas palabras del príncipe no pudo contenerse y, sin motivo aparente, rompió a reír del modo más estúpido. Todos soltaron la carcajada. Las señoras daban chillidos de contento. Zina se ruborizó y miró con los ojos llameantes a Marya Aleksandrovna, quien por su parte reventaba de furia. Había llegado el momento de cambiar de conversación.
-¿Cómo ha descansado, príncipe?-preguntó con voz melosa, al par que daba a entender a Afanasi Matveich con una mirada amenazadora que se retirara inmediatamente a su sitio.
-He dormido muy bien-respondió el príncipe-. ¿sabe? he tenido un sueño en can ta dor, en can ta dor.
¡-Un sueño! Me despepito por oír hablar de sueños-exclamó Felisata Mihailovna.
-¡Yo también!-agregó Natalya Dmitrievna.
-Un sueño en can ta dor-repitió el príncipe con una dulce sonrisa-. Sin embargo, ese sueño es un profundo secreto.
-¿Cómo, príncipe? ¡No nos lo va a contar? Entonces será un sueño maravilloso-apuntó Anna Nikolaevna.
-Un pro fun do secreto-subrayó el príncipe, aguzando con deleite la curiosidad de las damas.
-Entonces será algo verdaderamente excepcional-gritaron éstas.
-Apuesto a que en sueños el príncipe se hincó de rodillas ante alguna mujer hermosa y le declaró su amor-prorrumpió Felisata Mihailoyna-. ¡Vamos, príncipe, confiese que es verdad! ¡Confiéselo, querido príncipe!
-¡Confiese, príncipe, confiese!-se oyó por todos lados.
El príncipe escuchaba, triunfante y extático, estas exclamaciones. El apremio de las damas halagaba tanto su amor propio que casi se chupaba los dedos.
-Si bien he dicho que mi sueño es un secreto profundo-dijo por fin-, debo confesar, señora, que, con gran asombro mío, usted casi lo ha adi vi na do.
-¿Que lo he adivinado?-prorrumpió entusiasmada Felisata Mihailovna-. Pues bien, príncipe, ahora tendrá usted que revelarnos quién es esa bella mujer.
-¡Tiene que revelarlo!
-¿Es de aquí?
-¡Dígalo, querido príncipe!
-¡Príncipe, cariño, dígalo! ¡Por su vida, dígalo!-exclamaron de todos lados.
-¡Mes dames, mes dames!... Si in sis ten ustedes tanto en saberlo, sólo puedo revelarles que es la muchacha más en can ta dora y, cabe decir, más pura de cuantas conozco- masculló el príncipe enteramente derretido.
-¡La más en can ta dora! y... ¡es de aquí! ¿Quién será?-preguntaban las señoras cambiando miradas y guiños.
-Por supuesto la que es considerada como la más hermosa de aquí-dijo Natalya Dmitrievna frotándose las enormes manos rojas y clavando sus ojos felinos en Zina. Todas las demás miraron también a Zina.
-En tal caso, príncipe, si tiene usted sueños como ése, ¿por qué no se casa en la realidad?-preguntó Felisata Mihailovna lanzando en torno suyo una mirada significativa.
-¡Y qué estupendamente le casaríamos a usted!-subrayó otra dama.
-¡Cásese, querido príncipe, cásese!- chilló una tercera.
-¡Cásese, cásese!-exclamaron por toda la sala-. ¿Por qué no casarse?
-Pues sí... ¿por qué no casarse?-asintió el príncipe, aturdido por todos esos gritos.
-¡Tío!- exclamó Mozglyakov.
-Pues sí, amigo mío, ya te en tien do. Mes dames, precisamente quería decirles a ustedes que ya no estoy en condiciones de casarme y que, después de haber pasado una velada encan tadora en casa de nuestra bella anfitriona, visitaré mañana al padre Misailo en su monasterio y luego saldré directamente para el extranjero con el fin de seguir más de cerca el progreso europeo.
Zina empalideció y miró a su madre con indecible angustia. Pero Marya Aleksandrovna había tomado ya una decisión. Hasta ese momento había estado a la expectativa, tanteando el terreno, si bien comprendía que el proyecto estaba desbaratado y que sus enemigos le habían tomado la delantera. Por fin se dio cuenta de todo y decidió aplastar la hidra de cien cabezas de un solo golpe. Majestuosamente se levantó de su asiento y se acercó a la mesa con paso firme, midiendo a los pigmeos que eran sus enemigos con una mirada orgullosa. En ella brillaba el fuego de la inspiración. Había decidido sorprender y desconcertar a todas estas chismorreras ponzonosas, aplastar al canalla de Mozglyakov como si fuera una cucaracha, y con un golpe atrevido y decisivo recuperar toda la influencia que había perdido sobre el idiota del príncipe. Ni que decir tiene que para ello era menester insólita audacia; pero en audacia nadie podía ganarle a Marya Aleksandrovna.
-Mes dames-empezó digna y solemnemente (a Marya Aleksandrovna, en general, le gustaba muchísimo la solemnidad)-mes dames, llevo largo rato escuchando su conversación y sus bromas festivas y agudas y creo que ha llegado la hora de que yo también diga mis cuatro palabras. Saben ustedes que nos hemos reunido aquí por pura casualidad (lo que me complace mucho, muchísimo)... Nunca habría sido yo la primera en tomar la decisión de revelar un importante secreto familiar y de divulgarlo antes de lo que exige el más elemental sentimiento de decoro. En particular, pido perdón a nuestro querido huésped; pero me ha parecido que él mismo, con veladas alusiones, me sugiere que no sólo no le desagradará la revelación formal y solemne de nuestro secreto familiar, sino que él mismo lo desea... ¿Verdad, príncipe, que no me engaño?
-Pues sí, no se engaña... yo, yo también estoy contento, muy contento...-dijo el príncipe sin entender en realidad de qué se trataba.
Para mayor efecto, Marya Aleksandrovna hizo alto para tomar aliento y abarcó con la mirada a los circunstantes. Todos éstos la escuchaban ansiosos e intranquilos. Mozglyakov sintió un escalofrío. Zina enrojeció y se levantó del sillón. Afanasi Matveich, en espera de algo insólito, se sonó la nariz por si acaso.
-Sí, mes dames, con gran placer por mi parte estoy pronta a confiarles mi secreto familiar. Hoy, de sobremesa, el príncipe, subyugado por la belleza y... las buenas prendas de mi hija, le ha hecho el honor de pedir su mano. ¡Príncipe!-concluyó con voz velada por la agitación y las lágrimas-¡querido príncipe, usted no debe, usted no puede enojarse conmigo por esta indiscreción! Sólo el extraordinario gozo que siento como madre ha podido arrancar prematuramente de mi corazón este preciado secreto, y... ¿qué madre podría culparme en tales circunstancias?
No encuentro palabras para describir el efecto que produjo la inesperada declaración de Marya Aleksandrovna. Todos quedaron como petrificados de asombro. Las pérfidas visitantes que pensaban atemorizar a Marya Aleksandrovna dando a entender que ya conocían su secreto y que pensaban destruirla con la revelación prematura de él, que pensaban torturarla mientras tanto con meras indirectas, quedaron estupefactas ante tan atrevido candor. Esa intrépida sinceridad era ya en sí una señal de fuerza. «¿Quiere decirse, pues, que de veras el príncipe, por propia voluntad, se casa con Zina? ¿Así, pues, no le han cautivado, no le han emborrachado, no le han engañado? ¿Así, pues, no le obligan a casarse secreta y furtivamente? ¿Así, pues, Marya Aleksandrovna no se arredra ante nadie? ¿Así, pues, no cabe impedir esta boda si el príncipe no se casa a la fuerza?» Oyóse un murmullo momentáneo que se trocó al punto en gritos estridentes de alegría. La primera en lanzarse a abrazar a Marya Aleksandrovna fue Natalya Dmitrievna; tras ella Anna Nikolaevna, a la que siguió Felisata Mihailovna. Todas saltaron confusas de sus sitios. Muchas estaban pálidas de despecho. Comenzaron a felicitar a Zina, que estaba aturdida, y hasta asediaron a Afanasi Matveich. Marya Aleksandrovna extendió los brazos con gesto teatral y casi a la fuerza abarcó en ellos a su hija. Sólo el príncipe contemplaba esta escena con asombro extraño, aunque seguía sonriendo. La escena, sin embargo, le agradaba un tanto. Cuando vio a la madre abrazar a la hija sacó un pañuelo y se limpió una lágrima que apareció en el ojo bueno. Por supuesto que también se abalanzaron sobre él para felicitarle.
-¡Enhorabuena, príncipe, enhorabuena!- exclamaron en torno suyo.
-¿Con que se casa usted?
-¿Con que de veras se casa?
-Querido príncipe, ¿con que se nos casa usted?
-Pues sí, pues sí-respondió el príncipe, sumamente satisfecho de las enhorabuenas y de las manifestaciones de entusiasmo-. Y confieso a ustedes que lo que más me agrada es la bondad que me muestran y que nunca olvidaré, nunca. Charmant, charmant. Hasta me han hecho ustedes llo rar...
-¡Deme un beso, príncipe!-dijo Felisata Mihailovna en voz más alta que las demás.
-Y les confieso-prosiguió el príncipe, interrumpido por todos lados-que lo que más me maravilla es que Marya Iva nov na, nuestra respetada anfitriona, haya adivinado mi sueño con tan rara pers pi ca cia. Es como si ella hubiera soñado lo mismo que yo. ¡Rara perspicacia!
-¿Otra vez con lo del sueño, príncipe?
-¡Cuéntelo, príncipe, cuéntelo!-gritaron todas agrupándose a su alrededor.
-Sí, príncipe, no hay nada que ocultar. Ya es hora de revelar ese secretosubrayó Marya Aleksandrovna con determinación y severidad-. Comprendo la fina alegoría, la encantadora delicadeza con que ha querido usted aludir a su deseo de anunciar que va a casarse. Sí, mes dames, es verdad: hoy el príncipe se ha puesto de rodillas ante mi hija y, bien despierto y no en sueños, ha pedido formalmente su mano.
-Exactamente igual que si estuviera despierto y hasta en esas mismísimas cir cuns tan cias-afirmó el prínci...