
- 22 páginas
- Spanish
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- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
La banda de lunares
Descripción del libro
La tranquilidad de Helen Stoner desapareció desde que su difunta madre le presentó a su nuevo padrastro. Grimesby Roylott, un sádico doctor inglés contrajo matrimonio con su ahora difunta madre. Helen vive sola con él y desde el brutal asesinato de su hermana gemela hace dos años atrás, ella teme por su vida.
Un valioso testamento y ruidos provenientes de un padrastro muy violento, darán razones suficientes para que Helen contacte a Sherlock Holmes y el Dr. Watson.
Atrévete a escuchar lo que para Arthur Conan Doyle significará el mejor caso de Sherlock Holmes.
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ClásicosLA AVENTURA DE LA BANDA DE LUNARES
Al repasar mis notas sobre los setenta y tantos casos en los que, durante los últimos ocho años, he estudiado los métodos de mi amigo Sherlock Holmes, he encontrado muchos trágicos, algunos cómicos, bastantes simplemente extraños, pero ninguno vulgar, porque, trabajando como él lo hacía, más por amor a su arte que por afán de enriquecerse, se negaba a intervenir en ninguna investigación que no tendiera a lo insólito e incluso a lo fantástico. Sin embargo, entre toda esta variedad de casos, no recuerdo ninguno que presentara características más extraordinarias que el relacionado con los Roylott de Stoke Moran, conocida familia de Surrey. Los hechos en cuestión tuvieron lugar en los primeros tiempos de la asociación con Holmes, cuando compartíamos unas habitaciones de solteros en Baker Street. Posiblemente lo hubiera dado a conocer antes, pero hubo en su momento una promesa de guardar silencio, de la que no me he visto libre hasta el mes pasado, al morir prematuramente la dama a quien se hizo la promesa. Tal vez convenga sacar ahora los acontecimientos a la luz, pues tengo razones para creer que circulan rumores acerca de la muerte del doctor Grimesby Roylott que tienden a hacer el asunto aún más terrible de lo que fue en realidad.
A principios de abril de 1883, desperté una mañana y me encontré a Sherlock Holmes, completamente vestido, de pie junto a mi cama. Suele levantarse tarde y, como el reloj de la repisa de la chimenea solo marcaba las siete y cuarto, le miré parpadeando con sorpresa, y tal vez con algo de enojo, porque soy persona muy regular en mis hábitos.
—Lamento despertarle, Watson —me dijo—, pero esta mañana nos ha tocado madrugar a todos. Han despertado a la señora Hudson, ella se ha desquitado conmigo, y yo me desquito con usted.
—¿Qué ocurre? ¿Hay un incendio?
—No, hay un cliente. Parece ser que ha llegado una señorita en estado de gran excitación y que insiste en verme. Está esperando en la sala. Ahora bien, cuando jóvenes damiselas recorren la urbe a estas horas de la mañana y arrancan de la cama a personas dormidas, presumo que tienen algo muy apremiante que comunicar. Si resulta ser un caso interesante, estoy seguro de que a usted le gustará seguirlo desde un buen comienzo. Me ha parecido que debía llamarle y ofrecerle esta oportunidad.
—No me lo perdería por nada del mundo.
No existía para mí mayor placer que seguir a Holmes en sus investigaciones profesionales y admirar las rápidas deducciones —tan veloces como si fueran intuiciones, pero siempre fundadas en una base lógica— con las que desentrañaba los problemas que se le planteaban. Me vestí a toda prisa, y a los pocos minutos estaba listo para acompañar a mi amigo a la sala. Una dama vestida de negro y con el rostro cubierto por un espeso velo estaba sentada junto a la ventana y se levantó al entrar nosotros.
—Buenos días, señora —dijo Holmes jovialmente—. Me llamo Sherlock Holmes. Este es mi íntimo amigo y colaborador, el doctor Watson, ante el cual puede hablar con tanta libertad como ante mí mismo. Ajá, me alegra comprobar que la señora Hudson ha tenido la feliz idea de encender la chimenea. Por favor, acérquese al fuego y haré que le traigan una taza de café bien caliente, porque veo que está usted temblando.
—No es el frío lo que me hace temblar —dijo la mujer en voz baja, mientras cambiaba de asiento como se le proponía.
—¿Qué es, pues?
—Es el miedo, señor Holmes. El terror.
Al hablar, había alzado su velo y pudimos ver que se encontraba efectivamente en un lamentable estado de agitación, con la cara gris y desencajada, y los ojos inquietos y asustados, como los de un animal acorralado. Sus facciones y su figura correspondían a una mujer de treinta años, pero su cabello presentaba prematuras mechas grises, y su expresión denotaba fatiga y ansiedad. Sherlock Holmes la recorrió de arriba abajo con una de esas rápidas miradas que parecían abarcarlo todo.
—No debe tener miedo —dijo en tono consolador, inclinándose hacia delante y dándole unas palmaditas en el brazo—. Pronto lo resolveremos todo. Veo que ha venido usted en tren esta mañana.
—¿Sabe, pues, quién soy?
—No, pero veo la mitad de un billete de vuelta en la apertura de su guante izquierdo. Ha salido usted muy temprano, y ha tenido que hacer un largo trayecto en una dog-cart por caminos accidentados, antes de llegar a la estación. La dama sufrió un violento sobresalto y miró estupefacta a mi compañero.
—No hay ningún misterio en esto —le aseguró Holmes, sonriendo—. La manga izquierda de su chaqueta lleva manchas de lodo, y nada menos que en siete puntos. Las marcas están totalmente frescas. Únicamente un carruaje como el que digo lanza el lodo hacia atrás de esa manera, y únicamente si vas sentado a la izquierda del cochero.
—Sean cuales sean sus razonamientos, ha acertado usted de lleno —dijo ella—. He salido de casa antes de las seis, he llegado a Leatherhead a las seis y veinte y he cogido el primer tren a Waterloo. Señor, ya no puedo soportar más tiempo esta tensión. De seguir así, me volveré loca. Y no tengo a nadie a quien recurrir. Solo hay una persona que se preocupa por mí, y la pobre apenas puede ayudarme. He oído hablar de usted, señor Holmes; he oído hablar de usted a la señora Farintosh, a quien ayudó cuando se encontraba en un gran apuro. Señor, ¿no cree que podría ayudarme a mí también, o al menos arrojar una chispa de luz en las densas tinieblas que me envuelven? En estos momentos me resulta imposible retribuirle por sus servicios, pero me caso dentro de un mes o de seis semanas, podré disponer entonces de mi renta y usted comprobará que no soy desagradecida. Holmes se dirigió a su escritorio, lo abrió, sacó un pequeño fichero y empezó a consultarlo.
—Farintosh —dijo—. Ah, sí, ya recuerdo el caso: giraba en torno a una tiara de ópalos. Creo que fue antes de ...
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