LA AVENTURA DEL TRES CUARTOS DESAPARECIDO
Estábamos bastante acostumbrados a recibir telegramas raros en Baker Street, pero me viene a la memoria uno en especial que nos llegó una mañana gris de febrero hará siete u ocho años y dejó desconcertado a Sherlock Holmes durante un cuarto de hora. Iba dirigido a él y decía así:
— Matasellos de Strand y despachado a las diez y treinta y seis —dijo Holmes, mientras lo leía una y otra vez—. Evidentemente, el señor Overton se encontraba alterado en un grado sumo cuando lo envió, y, por consiguiente, un tanto disperso. Bueno, bueno, estará aquí, diría yo, en menos que hojee el Times, y entonces tendremos todas las respuestas. Incluso el problema más insignificante sería bien recibido en estos días sin nada que hacer.
En efecto, habíamos pasado unos días muy tediosos, y había aprendido a temer esos períodos de inactividad, porque sabía por experiencia que el cerebro de mi compañero era tan anormalmente activo que era peligroso dejarlo sin información con la que trabajar. Durante años, había ido alejándolo paulatinamente de aquella afición a las drogas que una vez amenazara con acabar con su admirable carrera. Ahora sabía que, en circunstancias normales, ya no perdía la cabeza por ese estímulo artificial, pero era muy consciente de que el adicto no estaba muerto, sino aletargado, y sabía que tenía el sueño ligero y se despertaba fácilmente cuando, durante esos períodos de ociosidad, veía la mirada ojerosa en el rostro ascético de Holmes y la melancolía en sus ojos hundidos e inescrutables. Por lo tanto, bendecí al tal señor Overton, quienquiera que fuese, puesto que había llegado a romper con su enigmático mensaje esa peligrosa calma que hacía peligrar más a mi amigo que todas las tormentas de su tempestuosa vida.
Como esperábamos, al telegrama pronto le siguió su remitente, y la tarjeta del señor Cyril Overton, del Trinity College, Cambridge, anunciaba la llegada de un joven enorme, cien kilos de puro músculo y hueso, que ocupaba la entrada con sus anchos hombros y nos miraba a ambos con una cara atractiva y ojeras de ansiedad.
— ¿El señor de Sherlock Holmes?
Mi compañero lo saludó con la cabeza.
— He estado en Scotland Yard, señor Holmes. He visto al inspector Stanley Hopkins. Me ha aconsejado que viniera a verle. Dice que el caso, hasta donde él alcanza a ver, entra más dentro de su terreno que en el de la policía normal.
— Le ruego que se siente y me cuente de qué se trata.
— Es horrible, señor Holmes, ¡simplemente horrible! Me pregunto cómo no se me ha puesto todo el pelo blanco. Godfrey Staunton…, ha oído hablar de él, claro. Él es simple y llanamente el centro en torno al cual gira todo el equipo. Preferiría prescindir de dos de la delantera y tener a Godfrey para mi línea de tres cuartos. Ya sea pasando, placando o driblando, no hay quien lo iguale, y luego, que tiene cabeza y mantiene al equipo en posición. ¿Qué tengo que hacer? Eso es lo que le pregunto, señor Holmes. Está Moorhouse, el primer reserva, pero ha estado entrenando como apertura, y siempre va derecho a la melé en lugar de quedarse fuera en la línea de touch. Es un buen pateador, es verdad, pero, aparte de eso, no tiene criterio, y no esprinta aunque lo maten. Así que Morton o Johnson, los aperturas del Oxford, podrían corretear alegremente a su alrededor. Stevenson es lo bastante rápido, pero no podría lanzar desde la línea de veinticinco, y no vale la pena un tres cuartos que no puede ni patear ni lanzar para que se pasee por ahí solo. No, señor Holmes, estamos perdidos a menos que me ayude a encontrar a Godfrey Staunton.
Mi amigo había estado escuchando divertido y sorprendido su largo discurso, que había prorrumpido con fuerza y seriedad extraordinarias, y en el que cada punto había sido subrayado con una palmada de la mano nervuda en la rodilla del orador. Cuando nuestro visitante se quedó en silencio, Holmes estiró la mano y bajó la letra «s» de su archivo. Por una vez, ahondó sin éxito en esa mina de información diversa.
— Aquí tenemos a Arthur H. Staunton, el joven falsificador en alza —dijo—, y a Henry Staunton, a quien ayudé a ahorcar, pero Godfrey Staunton es un nombre desconocido para mí.
Fue el turno de que nuestro visitante lo mirara con sorpresa.
— Vaya, señor Holmes, creía que estaba bien informado —dijo—. Supongo que, si nunca ha oído nombrar a Godfrey Staunton tampoco sabe quién es Cyril Overton.
Holmes negó con la cabeza y aire divertido.
— ¡Madre mía! —exclamó el atleta—. ¡Que fui el primer reserva en el Inglaterra contra Gales, y he capitaneado el equipo de rugby de la universidad todo el año! ¡Pero eso no es nada! No creo que haya un alma en Inglaterra que no conozca a Godfrey Staunton, un tres cuartos incomparable, en el Cambridge, en el Blackheath, y cinco veces internacional. ¡Dios del cielo! Señor Holmes, pero usted, ¿dónde se mete que no se entera de nada?
Holmes se rió ante el inocente asombro del joven gigante.
— Us...