El problema del puente de Thor
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El problema del puente de Thor

  1. 17 páginas
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  4. Disponible en iOS y Android
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El problema del puente de Thor

Descripción del libro

Neil Gibson, un político adinerado busca insaciablemente respuestas a la muerte de su esposa. María pinto, su esposa Brasileña una a sido brutalmente asesinada y sin tener idea de quien es su asesino, su cuerpo inerte a sido encontrado en un puente dentro de su misma propiedad.

El desespero y la ansiedad por la búsqueda de la verdad, hará que Neil acuda a los mejores investigadores de la Inglaterra del Siglo XIX, Sherlock Holmes y su compañero Watson.

En esta misteriosa novela, Sherlock Holmes tendrá que diferenciar entre la injusticia, la pasión y los celos para descifrar la verdad. Atrévete a escuchar las maneras más inimaginables de descifrar misterios policiales, a la que esta pareja de detectives ingleses nos tiene acostumbrados.

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Información

Editorial
SAGA Egmont
Año
2020
ISBN del libro electrónico
9788726462852
Categoría
Literatura
Categoría
Clásicos
En algún sitio de los sótanos del banco Cox & Co., en Charing Cross, hay un estuche metálico de documentos, maltratado y desgastado por los viajes, con mi nombre pintado en la tapa: John H. Watson, M.D., anteriormente del Ejército de la India. Está atestado de papeles, casi todos los cuales son informes sobre casos que ilustran los curiosos problemas que en diversos momentos tuvo que examinar el señor Sherlock Holmes. Algunos, y no menos interesantes, fueron completos fracasos, y como tales no admiten que se les relate, ya que no se llega a ninguna explicación definitiva. Un problema sin solución puede interesar al estudioso, pero es difícil que no moleste al lector corriente. Entre estos casos no concluidos está el del señor James Phillimore, quien, volviendo atrás hacia su casa para buscar su paraguas, desapareció de este mundo sin dejar rastro. No menos notable es el del barco Alicia, que zarpó una mañana de primavera y se metió en un pequeño banco de niebla del que jamás volvió a salir, sin que se supiera más de él ni de su tripulación. Otro caso digno de nota es el Isador Persano, el conocido periodista y duelista, a quien se encontró en estado de locura, mirando fijamente una caja de cerillas que tenía delante y que contenía un curioso gusano, al parecer desconocido para la ciencia. Aparte de esos casos no sondeados, hay algunos que implican los secretos de familias particulares, hasta un punto que significaría la consternación en muchos ambientes elevados si se creyera posible que hallaran su camino hasta la letra impresa. No necesito decir que tal quebrantamiento de confianza es impensable, y que esos informes se apartarán y se destruirán ahora que mi amigo tiene tiempo para dedicar sus energías a otro asunto. Queda un considerable remanente de casos de mayor o menor interés, que yo podría haber publicado antes si no hubiera temido dar al público un hartazgo que repercutiera en la reputación de un hombre a quien admiro por encima de todos. En algunos estuve metido yo mismo y puedo hablar como testigo de vista, mientras que en otros, o no estuve presente o tuve un papel tan pequeño que sólo podrían contarse como por parte de una tercera persona. El siguiente relato está sacado de mi propia experiencia.
Era una desapacible mañana de octubre, y observé, al vestirme, cómo las últimas hojas que quedaban iban siendo arrebatadas del solitario plátano que agracia el terreno de detrás de nuestra casa. Bajé a desayunar preparado para encontrar a mi compañero deprimido, pues, como todos los grandes artistas, fácilmente se dejaba impresionar por su ambiente. Por el contrario, vi que casi había terminado su desayuno y que su humor era especialmente luminoso y alegre, con ese buen ánimo algo siniestro que caracterizaba sus momentos más ligeros.
-¿Tiene algún caso, Holmes? -Hice notar.
-La facultad de deducción es ciertamente contagiosa, Watson -respondió-. Le ha hecho capaz de sondear mi secreto. Sí, tengo un caso. Tras un mes de trivialidades y estancamiento, las ruedas se ponen en marcha otra vez.
-¿Podría compartirlo?
-Hay poco que compartir, pero podemos discutirlo cuando haya consumido un par de huevos duros con que nos ha favorecido nuestra cocinera. Su estado quizá no deje de tener relación con el ejemplar del Family Herald que observé ayer en la mesa del vestíbulo. Incluso un asunto tan trivial como el cocer un huevo requiere una atención que sea consciente del paso del tiempo, incompatible con la novela de amor de esa excelente publicación.
Un cuarto de hora después, la mesa estaba despejada y nosotros cara a cara. El había sacado una carta del bolsillo.
-¿Ha oído hablar de Neil Gibson, el Rey del Oro? -dijo.
-¿Quiere decir el senador americano?
-Bueno, una vez fue senador por algún estado del Oeste, pero se le conoce más como el mayor magnate de minas de oro del mundo.
-Sí, sé de él. Seguro que lleva viviendo algún tiempo en Inglaterra. Su nombre es muy conocido.
-Sí, compró unas grandes propiedades en Hampshire hace cinco años. ¿Ha oído hablar del trágico fin de su mujer?
-Claro. Ahora lo recuerdo. Por eso es conocido el nombre. Pero la verdad es que no sé nada de los detalles.
Holmes dirigió la mano hacia unos papeles que había en una silla.
-Yo no tenía idea de que el caso vendría a parar a mí, ni de que ya tendría preparados mis recortes de prensa -dijo-. La verdad es que el problema, aunque enormemente sensacional, no parecía presentar dificultades. La interesante personalidad de la acusada no oscurece la claridad de las pruebas. Esa fue la opinión emitida por el jurado forense y también en la instrucción. Ahora se ha remitido a la Audiencia de Winchester. Me temo que es un asunto ingrato. Puedo descubrir hechos, Watson, pero no puedo cambiarlos. A no ser que se presenten algunos completamente nuevos e inesperados, no veo qué puede esperar mi cliente.
-¿Su cliente?
-Ah, me olvidaba de que no se lo he dicho. Me estoy metiendo en su enredosa costumbre, Watson, de contar las cosas por el final. Más vale que empiece por leer esto.
La carta que me había entregado, escrita con letra enérgica y dominante, decía así:
«Hotel Claridge, 3 de octubre
»Querido señor Sherlock Holmes:
»No puedo ver ir a la muerte a la mejor mujer que ha creado Dios sin hacer todo lo posible por salvarla. No puedo explicar las cosas, ni siquiera puedo intentarlo, pero sé sin duda alguna que la señorita Dunbar es inocente. Usted conoce los hechos, ¿y quién no? Ha sido el comadreo de todo el país. ¡Y ni una voz se ha levantado a su favor! Es la maldita injusticia de todo esto lo que me vuelve loco. Esa mujer tiene un corazón que no le dejaría matar una mosca. Bueno, iré mañana a las once a ver si us...

Índice

  1. El problema del puente de Thor
  2. Copyright
  3. Chapter
  4. Om El problema del puente de Thor