Nuestra Señora de París
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Nuestra Señora de París

  1. 430 páginas
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  4. Disponible en iOS y Android
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Nuestra Señora de París

Descripción del libro

Situada en el siglo XV en París, Esmeralda, una gitana que predice el porvenir y atrae fatalmente a los hombres, es acusada injustamente del crimen de su amado y es condenada a morir en la horca. Agradecido por el apoyo y la piedad que recibió de ella, Quasimodo, un hombre sordo y deformado por una joroba en su espalda decide salvarla. Así es como el campanero de la catedral de Notre Dame, con su poderosa fuerza y reconocido por una horrible fealdad que esconde un corazón sensible, le da asilo en la catedral. Sin embargo, la historia no acaba allí, ya que la obsesión y lucha del archidiácono Claude Frollo por Esmeralda, la convierte en una obra pasional que culminará con un trágico final…

Publicada en 1831, Nuestra Señora de París es una obra modelo de los temas literarios del Romanticismo y representa la novela más destacada de Victor Hugo. Ha dado lugar a numerosos libretos de ópera y a varias versiones cinematográficas, entre las que se destacan El Jorobado de Notre Dame (1939) con el actor inglés Charles Laughton, y la excepcional adaptación animada de Disney (1996) cuyo tema musical principal es "Sueña" interpretada por el cantante Luis Miguel.

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Información

Editorial
SAGA Egmont
Año
2020
ISBN del libro electrónico
9788726304589
Categoría
Literature
Categoría
Classics

LIBRO SÉPTIMO

I
DEL PELIGRO DE CONFIAR SECRETOS A UNA CABRA

HABÍAN transcurrido varias semanas.
Eran los primeros días del mes de marzo. El sol, al que Dubartas, ese clásico antepasado de la perífrasis, no había aún llamado el gran duque de lat candelas, no estaba por ello menos alegre y esplendoroso. Era uno de esos días de primavera, tan tranquilos y bellos que todo París festeja como si fueran domingos, desparramándose por plazas y paseos. En esos días claros, cálidos y serenos, hay una hora muy propicia para admirar el pórtico de Nuestra Señora. Es justo el momento en que el sol, declinando ya hacia su ocaso mira casi de frente a la catedral. Sus rayos, cada vez más horizontales, se retiran lentamente del empedrado de la plaza, y van ascendiendo a pico a to largo de la fachada haciendo destacar con su luz y sus sombras los mil relieves que la forman, mientras que el gran rosetón central flambea como el ojo encendido de un cíclope destellante de reverberaciones. Era aquella hora.
Frente a frente de la alta catedral, roja de sol poniente, en la balconada de piedra abierta sobre el pórtico de una rica mansión gótica que hacían ángulo con la plaza y con la calle del Parvis, un grupo de bellas muchachas refa y charlaba con gran alegría. Por la longitud del velo que caía desde to más alto de su tocado, adornado con numerosas perlas, hasta sus pies, por la finura de la blusa bordada que cubría sus hombros, dejando ver, según la atrevida moda de entonces, el nacimiento de sus bellos pechos virginales, por la riqueza de sus enaguas, más bonitas aún que sus vestidos (refinamiento maravilloso), por los tules, por los terciopelos con que estaban hechas todas sus ropas y principalmente por la blancura de sus manos, manifiestamente ociosas y desocupadas, no era difícil adivinar que se trataba de bellas y ricas herederas. Era en efecto la señorita Flor de Lis de
Gondelaurier y sus compañeras Diana de Christeuil, Amelotte de Montmichel, Colombe de Gaillefontaine y la pequeña de Champchevrier. Todas ellas hijas de buena familia, reunidas en aquel momento en casa de la viuda de Gondelaurier, con motivo de la llegada a Paris de monseñor de Beaujeu y de su señora esposa para escoger a las damas de honor de la princesa heredera, Margarita, a la que había que recibir en Picardía, de manos de los flamencos. Todos los hidalgos en treinta leguas a la redonda pretendían ese favor para sus hijas y muchos de ellos las habían ya llevado o enviado a París. Éstas habían sido confiadas por sus padres a la guarda discreta y vigilante de madame Aloîse de Gondelaurier, viuda de un antiguo jefe de los ballesteros del rey, retirada con su única hija en su casa de la plaza del Parvis de Nuestra Señora en Paris.
El balcón en donde se hallaban aquellas jóvenes pertenecía a una sala ricamente tapizada con cuero de Flandes de color leonado con ramos dorados. Las vigas que rayaban paralelamente el techo alegraban la vista con mil curiosas esculturas pintadas y doradas. En unos bargueños repujados, brillaban aquí y allí espléndidos esmaltes; una cabeza de jabalí, de porcelana, coronaba un magnífico aparador cuyos dos niveles testimoniaban que la dueña de la casa era mujer o viuda de un caballero distinguido. A1 fondo, al lado de una alta chimenea adornada de arriba a abajo con escudos y blasones se hallaba sentada en un riquísimo sillón de terciopelo rojo la dama de Gondelaurier, cuyos cincuenta años se dejaban notar tanto en sus vestidos como en su rostro. A su lado, permanecía de pie un joven de porte orgulloso, aunque un tanto vano y bravucón; uno de esos guapos mozos que caen bien a todas las mujeres aunque los hombres graves y fisionomistas los desprecien un tanto. Aquel joven lucía un brillante uniforme de capitán de los arqueros del rey, ínuy semejante al traje de júpiter que ya hemos tenido ocasión de admirar en el primer libro de esta historia, para evitarle así al lector la pesadez de una segunda descripción.
Las señoritas estaban sentadas, unas en la sala y otras en el balcón, sobre almohadones de terciopelo de Utrecht con cantonerás doradas unas y otras sobre escabeles de roble tallados con flores y ccn figuras. Cada una tenía en sus rodillas un trozo de un gran tapiz para tejer a mano, que estaban confeccionando en común y
del que un buen trozo se extendía por la estera que cubría el suelo. Charlaban entre ellas con esa voz susurrante y esas medias risas contenidas, propias de una charla de muchachas cuando hay un hombre joven entre ellas. Ese joven, cuya presencia bastaba para poner en juego el amor propio de aquellas muchachas, parecía no preocuparse demasiado por ellas, y mientras ellas intentaban sutilmente atraer su atención, él parecía más bien interesado en sacar brillo con su guante de piel a la hebilla de su cinturón.
De vez en cuando la señora le dirigía la palabra y él le respondía como buenamente podía, pero con una especie de cortesía torpe y un tanto forzada.
Por las sonrisas, por los gestos de complicidad de madame Aloîse, por los guiños que hacía a su hija Flor de Lis, mientras hablaba bajito con el capitán, se desprendía fácilmente que debían ya estar prometidos o que iban muy pronto a contraer matrimonio Flor de Lis y el joven acompañante, mas por la indiferencia y la actitud un canto forzada del oficial, podía deducirse también, al menos por su parte, que no era un compromiso de amor.
Todo su aspecto manifestaba una expresión de desagrado y aburrimiento que nuestros lugartenientes de guarnición traducen hoy admirablemente con la expresión: K¡Qué lata! ¡Hoy me ha tocado a mí!»
La buena señora, muy entusiasmada con su hija, como corresponde a una buena madre, no se daba cuenta del escaso entusiasmo del official y no se cansaba de señalarle muy bajito, las mil perfecciones con las que Flor de Lis tejía su tapiz o devanaba su ovillo.
-Fijaos -le decía tirándole de la manga para poder hablarle al oído-. Pero, ¡fijaos cómo se agacha!
-¡Ya to veo, ya! -decía el joven y volvía inmediatamente a su silencio distraído y glacial.
Poco después la joven se agachaba de nuevo y madame Aloîse le insistía:
-¿Habéis visto alguna vez cara tan atractiva y tan alegre como la de vuestra prometida? ¿Puede haberlas más blancas y más rubias? ¿No son sus manos las más perfectas? ¿Y su cuello, no es encantador? ¡Si hasta podría decirse que es como el de un cisne! ¡Cuánto os envidio a veces! ¡Y qué suerte tenéis de ser hombre, pícaro libertino! ¿A que mi hija es adorable? ¿Verdad que estáis perdidamente enamorado? -¡Claro, claro! -respondía el oficial pensando en otras cosas.
-Pero, decidle algo -le indicó de pronto madame Aloise, empujándole hacia ella-. Os mostráis demasiado tímido.
Podemos asegurar a los lectores que la timidez no era virtud ni defecto del capitán; no obstante intentó hacer to que le pedía.
-Bella prima -dijo aproximándose a Flor de Lis-, ¿cuál es el tema de este bello tapiz en el que trabajáis?
-Querido primo -respondió Flor de Lis con un cierto aire despectivo-: ya os to he dicho más de tres veces: es la gruta de Neptuno.
Era evidente que Flor de Lis veía mucho más claro que su madre la actitud fría y displicente del capitán, hasta el punto que él sintió la necesidad de iniciar una conversación.
-¿Y para quién es toda esa neptunería? -le preguntó.
-Para la abadía de Saint-Antoine-des-Champs --le respondió Flor de Lis sin levantar la vista. El capitán cogió una esquina del tapiz.
-¿Quién es bella prima, este gendarme gordinflón que sopla con todas sus fuerzas en una trompeta?
-Es Tritón -respondió la joven.
Se deducía de sus respuestas un tono de enfado y el joven comprendió que convenía decirle algo al oído, cualquier tontería, una galantería o cualquier cosa; así que se inclinó pero no fue capaz de encontrar en su imaginación nada más tierno o más íntimo que esto:
--¿Por qué vuestra madre lleva siempre un sobreveste con escudo de armas, como nuestras abuelas en tiempos de Carlos VII? Decidle, hermosa prima que ya no se llevan esas cosas y que su gozne y su laurel bordados en su vestido en forma de blasón le dan un aspecto de chimenea acampanada que anda. Además, os juro que no está bien que uno se siente encima de sus escudos de armas.
Flor de Lis elevó hacia él sus bellos ojos para reprocharle así su actitud.
-¿Eso es todo to que tenéis que decirme? -le dijo en voz baja.
Pero la buena señora Aloise, encantada de verles así tan juntos y susurrándose cosas al oído, decía mientras jugueteaba con los cierres de su libro de las horas:
-¡Qué emocionante escena de amor!
El capitán, cada vez más molesto, recurrió nuevamente a la tapicería:
-¡Es en realidad un trabajo encantador! -exclamó.
A1 oír esto Colombe de Gaillefontaine, otra bella rubia de piel blanca con hermosos adornos de damasco azul en su cuello, se decidió a dirigir unas palabras a Flor de Lis con la esperanza de ser respondida por el capitán: -Querida Gondelaurier, ¿habéis visto las tapicerías del hotel de la Roche-Guyon?
-¿Es el hotel en cuyo patio está el jardín de la lencera del Louvre? -intervino sonriente Diane de Christeuil, mostrando sus hermosos dientes, razón por la que sonreía por cualquier circunstancia.
-¿Y donde se encuentra el torreón de la antigua muralla de París -añadió Amelotte de Montmichel, una bellísima morena, rizosa y lozana, que tenía la costumbre de suspirar, tanto como la otra de reír, sin saber muy bien por qué. -Querida Colomba -intervino madame Aloise-, ¿os referís a la residencia que pertenecía al señor de Bacqueville, durante el reinado dé Carlos VI? Ya to creo que guarda hermosas tapicerías.
-¡Carlos VI! ¡El rey Carlos VI, nada menos! -murmuró el joven capitán atusándose el bigote-. ¡Cuántos viejos recuerdos tiene esta buena señora!
Madame de Gondelaurier proseguía: -¡Soberbias tapicerías, ya to creo! Un trabajo tan elaborado que no se encuentra otro igual.
En aquel momento Bérangére de Champchevrier, una espigada niña de siete años, que estaba mirando la plaza por entre los trifolios de la balconada, exclamó:
-¡Eh! Mirad, bella madrina Flor de Lis, qué hermosa bailarina está danzando en la plaza y cómo toca la pandereta.
Y, en efecto, se oía el alegre sonido de una pandereta.
-Será alguna gitana de Bohemia -dijo Flor de Lis, volviéndose displicente a mirar.
-¡Vamos, vamos! -exclamaban sus compañeras y corrieron todas hacia el balcón, mientras Flor de Lis, dolida por la frialdad de su prometido, las seguía lentamente, y éste, tranquilo porque el incidence había acabado con aquella conversación forzada, se retiraba hasta el fondo de la estancia con la impresión de un soldado que ha sido relevado de su servicio. Sin embargo, debería ser un agradable y encantador servicio el ocuparse de la bella Flor de Lis, al menos así to había sido al principio. Pero el capitán había ido desilusionándose poco a poco y la perspectiva de su próximo matrimonio le dejaba cada vez más frío. Además era un hombre de humor inconstante y, digámoslo, también de gusto un tanto vulgar. Aunque de muy noble cuna, la vida militar le había hecho contraer hábitos de soldadesca y así le gustaba frecuentar las tabernas y su ambience; sólo se encontraba a gusto diciendo palabrotas, entre galanteos militares y haciendo conquistas entre mujeres fáciles. Sin embargo su familia le había ofrecido una sólida educación y buenas maneras pero, desde muy joven, había comenzado a recorrer todo el país, de guarnición en guarnición, llevando vida de cuartel y cada día aquel barniz de gentilhombre se iba borrando un poquito con el roce de su talabarte de oficial. Aunque la seguía visitando de vez en cuando por un resto de dignidad, se sentía doblemente molesto en casa de Flor de Lis; primeramente porque, a fuerza de dispersar su amor en todo tipo de lugares y ocasiones, le quedaba ya muy poco para ofrecerle a ella, y además porque rodeado de damas tan bellas, tan estiradas, tan emperifolladas y tan decentes, tenía el recelo constante de que su boca, acostumbrada por demás a palabrotas y blasfemias, pudiera en cualquier momento perder su freno y dejar escapar alguna expresión tabernaria. ¡Puede uno imaginarse el efecto producido! Además todo esto se mezclaba en él con grandes pretensiones de elegancia de buena presencia y de distinción. Así que cada cual se las arregle como buenamente pueda para entender esto. Yo sólo soy historiador y me limito a exponer los hechos.
De modo que, pensando o sin pensar, llevaba ya un ratito en silencio, apoyado en la chambrana esculpida de la chimenea, cuando Flor de Lis se volvió de pronto hacia él y le dirigió la palabra. Después de todo, si la pobre muchacha estaba enfadada, no era por ella sino por culpa de su corazón.
-Querido primo, ¿no nos habéis hablado de una joven zíngara a la que salvasteis hace dos meses, de manos de una docena de ladrones, mientras hacíais la ronda nocturna?
-Creo que sí, bella prima.
-¿Y no será acaso esta misma que está ahora bailando en la plaza? Acercaos, primo Febo, a ver si la reconocéis.
Él percibió un secreto deseo de reconciliación en aquella amable invitación que le hacía para acercarse a ella y por el hecho de haberle llamado por su nombre. El capitán Febo de Châteaupers (pues es él a quien tiene el lector ante su vista desde el comienzo del capítulo) se aproximó lentamente al balcón.
-Fijaos -le dijo Flor de Lis, tomando tiernamente el brazo de Febo-, mirad esa jovencita que baila en medio de la gente, ¿es la zíngara que conocéis?
Febo la miró un instante y dijo:
-Sí; la reconozco por su cabra.
-¡Ah, es verdad! Tiene una cabritilla -exclamo Amelotte con admiración.
-¿Es verdad que sus cuernos son de oro? -preguntó Bérangére.
Madame Aloise contestó sin moverse de su sillón:
-¿No es una de esas gitanas que llegaron el año pasado por la Porte Gibard?
-Mi señora madre -corrigió amablemente Flor de Lis-, esa puerta se llama ahora Porte d'Enfert.
La señorita Gondelaurier conocía hasta qué punto aquella manera anticuada de hablar de su madre chocaba al capitán y en efecto éste había ya empezado a rezongar, diciendo entre dientes:
-¡La Porte Gibard! ¡La Porte Gibard! ¡Ni que tuviera que pasar por ella Carlos VI! -¡Madrina! -exclamó Bérangère moviendo sin cesar los ojos y fijándolos en las torres de Nuestra Señora-. ¿Quién es ese hombre de negro que se ve a11á arriba?
Todas las jóvenes levantaron la mirada hacia las torres y vieron en efecto a un hombre con los codos apoyados en la balaustrada superior de la torre septentrional que daba a la plaza de
Gréve. Era un clérigo. Se distinguían claramente sus ropajes y su rostro apoyado en ambas manos y se mantenía tan quieto que parecía una estatua.
Su mirada estaba fija en la plaza. Era algo así como la mirada del milano que acaba de descubrir un nido de pájaros al que no quita la vista.
-Es el señor archidiácono de Josas -dijo Flor de Lis.
-Tenéis una vista magnífica si sois capaz de reconocerle desde aquí -precisó la Gaillefontaine.
-¡Con qué atención mira a la bailarina! -añadió Diane de Christeuil.
-Pues que tenga cuidado esa egipcia -dijo Flor de Lis- ya que al archidiácono no le gusta Egipto.
-Pues es una pena que la mire de esa manera porque la verdad es que baila maravillosamente -añadió Amelotte de Montmichel.
-Primo Febo -dijo de pronto Flor de Lis-, ya que conocéis a esa gitanilla, ¿por qué no le pedís que suba? Nos distr...

Índice

  1. cubrir
  2. Nuestra Señora de París
  3. Copyright
  4. Advertencia de Luarna Ediciones
  5. LIBRO PRIMERO
  6. LIBRO SEGUNDO
  7. LIBRO TERCERO
  8. LIBRO CUARTO
  9. LIBRO QUINTO
  10. LIBRO SEXTO
  11. LIBRO SÉPTIMO