En 1984, Hugo Paredero entrevistó a 150 niños de entre 5 y 12 años, de distintos lugares del país y de todas las clases sociales. El tema de las conversaciones fue la dictadura militar que gobernó la Argentina entre 1976 y 1983. El material obtenido resultó mucho más impactante de lo que se esperaba. Los chicos hablaron con libertad, sin velos en la mente ni pelos en la lengua, de todo lo que vivieron, pensaron y sintieron bajo ese régimen, y también del futuro.Pasaron más de veinte años. El libro nunca se publicó. Hasta que un día, uno de aquellos niños entrevistados, ya un adulto de 28 años, editor, creyó reconocer en la radio la voz y el nombre de aquel periodista que, cuando él era chico, fue a su casa a hacerle preguntas para un libro sobre los "señores de gorra". El joven se pregunta si será el mismo hombre, y si aquel libro se habrá publicado. Averigua, y comprueba que lo primero sí, lo segundo no. Entonces ambos se reencuentran y, finalmente, el libro demorado ve la luz. Con su explosivo contenido sin tocar, tal como fue dicho y atesorado en su momento. Atención con este cofre que se abrió: contiene la historia oficial que faltaba.

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Social SciencesCategoría
Social Science BiographiesEl libro que vas a leer...
... nació la noche del 10 de diciembre de 1983, en el restaurante Hermann de Santa Fe y Armenia, Palermo, Buenos Aires, República Argentina. Las ventanas abiertas y las cortinas descorridas permitían observar los festejos callejeros por el retorno de la democracia. Dos varones de unos 6, 7 años, hijos de las dos parejas de la mesa de al lado, comían su postre sentados en el piso y miraban muy serios el espectáculo. Me llamó la atención el reparo en sus miradas. De pronto hablaron, y anoté:
¿Por qué toda la gente se puso contenta de golpe?
Porque vino la democracia…
¿Y si les gustaba tanto entonces por qué no la trajeron antes?
Porque parece que tuvieron que negociarla muuucho tiempo con los señores de gorra.
¡Ah sí, ya sé, los malos!
Y siguieron observando en silencio, precavidos.
Salí del restaurante sabiendo para qué había ido a comer con un cuaderno y una lapicera. Aquel diálogo me inspiró el libro que debía escribirse: la historia de la dictadura (¿cívico militar?), contada exclusivamente por chicos. Serían los inconsultables de siempre los que escribirían esta otra historia oficial. Yo solo debía escucharlos. Estaba prohibido prohibir en aquella primavera fugaz donde cada argentino jugaba al niño desatado como podía. Igual lo decidí: la entrada a la redacción del libro sería prohibida para mayores de doce.
Concebí un temario único, que visaron dos psicopedagogos. Durante todo 1984 me dediqué a buscar, grabar (¡y desgrabar, gracias Hernán Gugliotella!) niños de distintos barrios de Capital Federal, zonas sur, norte y oeste del gran Buenos Aires, San Juan, Córdoba, San Salvador de Jujuy,
San Miguel de Tucumán, Rosario y Monte Caseros, Corrientes. Empecé entrevistando a hijos de amigos, de vecinos, de parientes... seguí con hijos de parientes de vecinos, de amigos de compañeros de trabajo... después desconocidos. Mi agradecimiento inmenso a todos los que colaboraron con amor y paciencia en la tarea de encontrarlos. Las entrevistas fueron individuales y a solas. En todos los casos conté con la voluntad de participar de cada uno, y la autorización de sus padres o tutores, también para que figuraran con nombre y apellido, edad, lugar de residencia y ocupación del jefe de familia. Entrevisté a chicos de hogares de distintos niveles socioeconómicos, pensaba que los protagonistas del libro merecían compartir cartel de santos inocentes. Además era la ocasión indicada para poner en práctica la amplitud democrática que se teorizaba por la época.
A comienzos de 1985 hice un alto, quería saber cuántos sumarían los chicos entrevistados, desgrabados y mecanografiados (todavía no tenía computadora). Conté 150: 90 varones y 60 mujeres. Miré hacia atrás y recordé mi encuentro con todos, uno por uno. Miré hacia delante y sentí que podía seguir grabando chicos por tiempo indeterminado, pero estimé que el libro merecía conocerse cuanto antes. Dejé las entrevistas y me sumergí en el placer de leer, subrayar, releer... Reconfirmé que el material obtenido superaba mis mejores expectativas. Voces libres, sin velos en la mente ni pelos en la lengua, para las que imaginación y realidad todavía podían ser sinónimos y convivir en un mismo territorio, sin líneas divisorias y sin faltar a la verdad. Allí había de todo: próceres valientes, analistas reflexivos, militantes fervorosos, pensadores delirados, poetas de alto vuelo... y 150 ciudadanos ejemplares. Como los encontré de muchas y de pocas palabras, algunos chicos aparecerán con más texto, o en más capítulos, otros menos. Lo que sucede naturalmente en cualquier elenco multitudinario convocado para contar una historia. Por supuesto, no me convertí en adaptador ni adulterador de sus palabras o expresiones. Me ocupé de preservarles a todos, desde los más lacónicos hasta los más verborrágicos, el ritmo de su partitura.
Después, a la búsqueda de editores, todos mayores de doce. “Muy buena idea, extraordinario material”, coincidían los que lo leían, varios a lo largo de dos, tres, cuatro, cinco años... Pero ninguno quería editarlo. Al principio, el pero tenía que ver con que “las heridas del país están muy frescas todavía, conviene esperar un poco”. Luego el pero se mudó de frase: “las heridas están cicatrizando, no conviene abrirlas”. Después ya ni hubo peros... Y el tiempo siguió pasando, si es así como dicen...
Hasta que llegamos casi a fines de 2006, veintitres años después de aquella noche del restaurante de Santa Fe y Armenia. El libro nunca se editó. Pero (y este sí que es otra clase de pero) hace unos meses despertó en su escondite de armario. Probó que en realidad nunca estuvo dormido, sino que se había mantenido oculto pero alerta, aguardando el llamado de esa editorial que apareciera por arte de magia, como correspondía a su esencia... Y la editorial apareció. La prueba de que lo hizo mágicamente está en esta escena real: los hermanos Octavio y Leopoldo Kulesz, filósofo y matemático respectivamente, editores ambos, trabajan mientras escuchan radio Nacional on line. De pronto creen reconocer en la voz de ese conductor la de aquel periodista que hace mucho, cuando ellos eran chicos, fue a su casa a hacer preguntas sobre la dictadura para un libro que estaba preparando; preguntas que sólo respondió el de 7 años, el otro también quería pero se lo impidieron porque se pasaba por un año: tenía 13. Los hermanos editores se preguntan si será el mismo hombre y si aquel libro sobre la dictadura se habrá editado. Averiguan, y comprueban que lo primero sí, lo segundo no. Entonces nos reencontramos y nos asociamos para cumplir el viejo sueño.
Ahora, para continuar deberás volver a 1984. Ciento cincuenta chicos te esperan, quieren contarte. El número entre paréntesis luego de cada nombre indica la edad al momento de la entrevista. Al final los encontrarás a todos por orden alfabético, con sus datos de entonces y los actuales de los que pudimos reencontrar. Confiamos incorporar en futuras ediciones a aquellos que nos llamen o escriban, a medida de que vayan enterándose de la circulación pública de sus antiguas declaraciones.
Finalmente, el demoradísimo proyecto ve la luz. El destino quiso convertirlo en un libro que ya será único, y lo consiguió. Su explosivo contenido se da a conocer tal como fue dicho y atesorado en su momento. Atención a este cofre que se abre, con un cuento que empieza así...

I.
Había una vez...
Había una vez...
...un país llamado República Argentina. El 24 de marzo de 1976 unos señores de gorra se pusieron a gobernarlo...
Sergio Gustavo Deutsch (11): Estaba gobernando una presidenta medio civil, pero vinieron los militares, hicieron un golpe, y a partir de ahí hasta el 10 de diciembre del 83 estuvieron totalmente dedicados a la gobernación y matanza de gente.
Roberto Emilio Zalazar (10): No andaba muy bien el país, y gobernaron medio mal los militares, mataban gente, niños, viejos, de todo mataban. Cometieron varios errores, también.
Juan Manuel Torrez (10): Ellos vinieron porque querían el gobierno que tenía Perón, y como Perón era muy bueno y ya había muerto, la esposa, Isabel, se puso a gobernar y vino el golpe de Estado porque ella no supo gobernar muy bien. Los señores con gorra mataban porque unas personas llamadas de la JP ayudaban a la gente en todo, eran muy buenas en todo sentido. Y por eso les pasó lo que les pasó. Por esa razón los secuestraron, los mataron, pusieron bombas en las unidades básicas y en la CGT, aunque la CGT hizo todo tipo de marchas para defender lo que tenían alcanzado del gobierno anterior.
Cristian Ernesto Salvático (11): ¡Es que los de gorra no dejaban entrar a ningún presidente civil! Cada vez que entraba uno, ellos acostumbraban un golpe de estado.
Luciana Cesare (10): Torturaron gente porque sí, mataron, secuestraron. Estuvieron mal porque se tiene que saber quién puede gobernar en un pueblo por definición del pueblo mismo. No, por ejemplo, “yo quiero ...
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- 04-Indice
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