
- 130 páginas
- Spanish
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Crónicas
Descripción del libro
Selección de artículos de opinión de Amado Nervo sobre diferentes temas candentes a principios del siglo XX, como los descubrimientos científicos, el capitalismo y la lucha de clases, la conquista del espacio, la drogadicción, el ateísmo o la emancipación de la mujer.
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Colecciones literariasEugenesia
En el estado de Wisconsin, en las encantadas riberas del lago Michigan, el espíritu de las gentes tiene ese ímpetu de apostolado que ponen las razas protestantes en todas sus empresas y que se parece tanto al fanatismo.
Entusiasmados con el señuelo de una raza perfecta, los wisconsineses decidieron, por medio de sabias leyes, poner todo género de trabas a los matrimonios que no reunieran las condiciones más apetecibles de belleza, salud e inteligencia.
«Dentro de veinte años —se dijeron— tendremos la mejor raza del mundo. De toda la redondez del planeta vendrán a ver a nuestras mujeres, Venus de Milo, en lo físico; “en la discreción”, Lucrecias; en el saber, sor Juanas; y a nuestros hombres: Alcibíades en la hermosura, Hércules en la fuerza y Newtons en la sabiduría».
¿Y sabéis lo que ha sucedido? Pues ha sucedido que, por una parte, con las taxativas y dificultades, los matrimonios disminuyen de un modo alarmante (y claro, la población también), y por otra, que los famosos frutos eugenésicos, los hijos habidos en las perfectas condiciones requeridas, por padres «estatuarios» de nariz griega y músculos de acero, salud perfecta y costumbres puras, han resultado inválidos, defectuosos… o idiotas.
Recuerda uno, ante lo imprevisto de tales resultados, la frase de Víctor Hugo: «L’homme sème les causes et Dieu fait mûrir les effets!».
Los feos, los pobres feos, incasables gracias a la eugenesia, han emigrado de Wisconsin… y no será difícil que en otra parte procreen una raza inteligente y bella.
Y es que en la «receta» hombre hay muchos ingredientes ignorados que la eugenesia no puede tener en cuenta, y que no son solamente belleza, fuerza, salud…, trinidad deseable, pero que, sin otros componentes misteriosos, no produce más que imbéciles, habiéndose producido sin ella, en cambio, algunos de los tipos supremos que son honra de la especie.
* * *
Ya a los espartanos se les había ocurrido lo que a los wisconsinos o wisconsineses, aunque en otra forma: no se entretenían ellos en reglamentar matrimonios; pero cierto consejo de ancianos, muy respetable, dictaminaba sobre las condiciones físicas de todo recién nacido, y si dejaban que desear estas condiciones, el pobre crío era abandonado en las glaciales cumbres del Taigetes…
Con este sistema, Esopo no hubiera vivido, porque era deforme y raquítico; Epicteto, el inmenso, el divino Epicteto, se hubiera helado en la cumbre taigetiana… o no hubiera podido vivir en Wisconsin, porque era, en lo físico, débil y enfermizo, como antiguo esclavo injuriado y maltratado… El mexicano don Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza, el más puro clásico del teatro antiguo, el verdadero padre de la comedia española, el inspirador de Corneille y de Molière, el excelso autor de la Verdad sospechosa y de los Engaños de un engaño, no lo hubiera pasado mejor que Esopo y Epicteto, pues tenía dos jorobas y era pequeño y desmedrado, por lo que Lope, Quevedo, Góngora y Molina le llamaron enano, camello, cohombre, esquillón de ermita, galápago, etc., etc., y le preguntaban con sarcasmo:
«¿De dónde te corcovienes
y adónde te corcovás?».
Pascal, que siempre estuvo enfermo y era asimismo raquítico, tampoco habría vivido, y a Voltaire no le habría dejado la eugenesia publicar sus libros admirables.
Rousseau no habría tenido mejor suerte.
Y no prosigo la lista de grandes hombres ñoños o deformes por no cansar al lector.
* * *
Recuerdo aún las recientes conclusiones de uno de los últimos congresos eugenésicos de los Estados Unidos, celebrado justamente en las márgenes del Michigan, en Bettlecreck. Estas conclusiones son más bien cómicas.
El doctor Kollog, un propagandista formidable, dijo:
«Para producir un hombre perfecto bastan cuatro generaciones, siempre que los principios eugenésicos sean aplicados. Nosotros llevamos registros en los cuales se anota la genealogía (pedigree) de los caballos, de los perros, gatos y carneros. Si una señora tiene la curiosidad de saber a qué escala social pertenece su perrito, no hay más que consultar esos registros para enterarse de si su animal ha nacido o no aristócrata».
El doctor Waugham, presidente de la Asociación Médica Norteamericana, profetizó que el superhombre de mañana tendrá una fuerza muscular limitada, pero una fuerza nerviosa suprema; y añadió: «Después de todo, el sistema nervioso es el que ha hecho al hombre rey de la creación, porque en punto a fuerza muscular le superan muchos animales».
… Pero es el caso que los más privilegiados sistemas nerviosos suelen ser los de hombres que los congresos eugenésicos repudiarían, de hombres de apariencia débil, a veces enfermizos, a veces deformes. Estos hombres de Wisconsin no habrían podido nacer… Estos hombres sólo han podido vivir merced a la piedad de sus madres y a la condescendencia social. Después han movido el mundo, han empujado hacia rumbos fulgurantes los destinos de las razas.
Sócrates, con su fealdad repelente, ha acertado a sacudir la conciencia de las generaciones y a vivir en ellas, porque no nació en Wisconsin, de donde los feos han tenido que huir…
* * *
He escrito la palabra «piedad» y ella me recuerda las tiradas más o menos elocuentes de tantos filósofos y sociólogos modernos contra esta virtud, que ellos han llamado debilidad, y a la que acusan de innumerables lacras sociales y de la «depauperación fisiológica» de las razas.
«Extirpemos —dice Nietzsche— los desfallecimientos incurables y las morbosidades deprimentes; si el mundo es malo, será peor si nos cortejan los débiles. Sepamos revestirnos de indiferencia para con los dolores del prójimo; ayudemos a que desaparezcan los enfermos, los decadentes que emponzoñan la vida, los míseros individuos que no saben ni pueden fortalecerse ni fortalecernos. La piedad es el mayor obstáculo para el engrandecimiento; la caridad, el primero y más nocivo de los vicios. Blindemos nuestro criterio moral con la voluntad de sufrir y hacer sufrir; tengamos la conciencia de nuestra misión salvadora, de los medios que nos llevarán hacia el radioso porvenir. La compasión es femenina, cristiana, crepuscular, enervante…».
Y al leer lo anterior sonríe uno melancólicamente, pensando que sin esa «piedad», sin esa «compasión» de que abomina el filósofo… Nietzsche, enfermo, Nietzsche, loco… hubiera sido suprimido, si no por la eugenesia, sí por su hermana la euthanasia.
A la piedad fraternal, a la piedad social, a la piedad nacional, tan aborrecida por el gran Federico, le somos deudores de ese gran Federico.
¡Oh ironía absolutamente nietzscheana!
* * *
Pero volviendo a Wisconsin, donde ha fracasado, según decíamos, la eugenesia, no vayáis a creer que los seres enfermos, míseros, idiotas, que burlando todas las precauciones han solido brotar de los matrimonios reglamentados, tengan por causa el olvido de algún detalle en los exámenes médicos previos a que se han sujetado los contrayentes… No, ni por asomos. ¿Sabéis hasta dónde ha llegado este examen médico previo? ¿No? Pues escuchad: La ley eugenésica que los diversos congresos han querido poner en vigor en los Estados Unidos, prescribe a todo candidato al matrimonio, sea cual fuere su sexo, que presente un certificado de buena salud, y ha fijado los honorarios del médico que dé tal certificado en tres dólares. Pero el eugenismo pretende que antes de dar el certificado al candidato, éste debe sufrir cuatro pruebas Wasserman, en un período de cuatro meses. A estas pruebas seguirá el experimento Noguchi. Después se le hará una punción en la espina dorsal y se examinará un poquito de la médula espinal que se le saque.
Hecho esto, se le perforará el cráneo para tomar una mínima cantidad de materia cerebral, que se examinará al microscopio.
Tras de estas diversas operaciones, en las que han sido observados todos los reflejos dorsales, examinados todos los huesos del esqueleto, estudiados los ojos y la garganta (exámenes que requieren por lo menos medio año), el candidato eugenésico recibe su certificado. Se casa… y nueve meses después viene al mundo un perfecto imbécil.
¡Oh sabiduría humana, tan cómica a veces cuando no resulta trágica, como en la horda científica que está azotando al planeta!
* * *
Pero no nos burlemos de ella, no; yo creo en la ciencia, yo adoro la ciencia, yo estoy seguro de que la futura religión del mundo será una religión científica, y que a Dios mismo le hallarán algún día por medio de la ciencia los que no le hayan encontrado muchísimo antes por medio del amor. Así, pues, estos tanteos, estos ensayos, estas zurderías de la ciencia que busca, me conmueven y me enternecen. Pero ¿por qué para destruir un fanatismo hemos de emplear a menudo otro fanatismo, y por qué en nuestro afán experimental hemos de desdeñar siempre los resortes ocultos de la naturaleza humana?
La eugenesia lúcida, de la cual soy partidario, está muy bien, pero ha olvidado una sola cosa: el instinto de la especie. Lo primero que ha de procurar cuando se trata de casar a alguien, es algo que nunca se les ocurre a los médicos eugenésicos, a saber: ¡que este alguien esté enamorado! La naturaleza, que siempre ha sido eugenésica, más de lo que se cree, o de lo que creen en Wisconsin, porque le va en ello la existencia, hace que se enamoren los seres que son aptos para procrear una raza que «a ella le conviene».
Recordemos los sagaces y tan conocidos pensamientos de Schopenhauer a este respecto:
«Los matrimonios de amor se hacen en interés de la especie y no del individuo. Es cierto que los amantes se imaginan encontrar su propia ventura, pero el fin real se les esconde por completo, porque radica en la procreación de un individuo que no es posible sino por medio de ellos.
»El resultado final del amor es nada menos que la combinación de la generación futura. Las personas que entrarán en escena cuando nosotros salgamos se encuentran así determinadas en su existencia y en sus cualidades por esta frívola pasión del amor. La alta importancia de esa cuestión, que se refiere a la existencia del género humano, se presenta como la expresión más elevada de la voluntad individual, que se transforma en voluntad de la especie.
»El deseo de amor que los poetas de todas las épocas describen bajo todas las formas, sin agotar jamás el asunto, ese deseo que vincula en la posesión de una mujer determinada la certidumbre de una felicidad inexpresable, y la idea de dolores infinitos en la falta de esta posición; ese deseo y ese tormento sin límites, no pueden tener por causa las necesidades de un individuo efímero. Son, al contrario, la aspiración del genio de la especie, que no ve allí sino un incomparable medio de acción. Sólo la especie tiene una vida infinita y sólo ella puede crear deseos, satisfacciones y dolores infinitos».
Y en otra parte, el viejo y gran filósofo nos habla de la «neutralización» de «debilidades», que por cierto los eugenistas jamás han tenido en cuenta, por la miopía de su intelecto. «Tratamos —dice Schopenhauer— de neutralizar nuestras debilidades y nuestras imperfecciones por medio de las cualidades de otras personas.
»Así, cuanto menos fuerza muscular tiene un hombre, más amará a las mujeres fuertes, y viceversa. Pero como la mujer es siempre la más débil, prefiere a los hombres robustos.
»Los hombres pequeños tienen un gusto pronunciado por las mujeres grandes, y recíprocamente. Las mujeres grandes no aman a los hombres grandes, porque es uno de los instintos de la naturaleza evitar las razas de gigantes, a los cuales las madres no podrían asegurar la duración.
»Cuando una mujer grande escoge un marido grande para quedar bien en el mundo, los descendientes son débiles y raquíticos.
»La naturaleza nos impulsa a buscar un correctivo a nuestras desviaciones, a nuestros defectos, hasta en las más pequeñas partes del cuerpo. Las personas que tienen la nariz corta y ancha miran con admiración a las que la tienen aquilina, de perfil apericado. Los hombres endebles y largos prefieren a las mujercitas regordetas y “llenas”».
Y ésta es la verdadera eugenesia, la ley de los contrarios, con la que se corrigen en el mundo, naturalmente, todos los entuertos y las desviaciones.
Los eugenésicos casarían a la Venus de Milo con el Apolo de Belvedere; ¿y sabéis lo que nacería de esta unión? Un monstruo.
En cuanto a lo que se llama «normalidad», ¿no vemos acaso salir de una pareja normal un ser degenerado?
¿Y qué es la «normalidad», en suma? Lo que se ajusta al cartabón general de la especie, lo que no rebasa la medida ni es inferior a ella. Pero cuando la naturaleza ensaya nuevos tipos, en su perpetua movilidad, en su devenir constante, en su sed de mejoramiento, estos tipos ¿no han de ser por fuerza «anormales»?
Los hombres de excepción, los genios sobre todo, siempre han sido anormales con relación a su época. De aquí la tendencia de cierto cientificismo obtuso a considerarlos degenerados, cuando son en realidad progenerados. De aquí la imbécil perturbación desdeñosa de ciertos semisabios que, incapaces de juzgar la maravilla que tienen delante y de comprenderla, la atribuyen a enfermedad…
¿No se ha dicho acaso últimamente que el genio era sólo una forma del «artritismo»?
¡Bendito artritismo! ¡Y quién pudiera tenerlo a voluntad!… Pero no haya miedo; es un estado «morboso» bastante raro…
* * *
Cuando la ciencia conozca, si no todos, cuando menos muchos resortes hoy para ella escondidos de la naturaleza humana, la eugenesia será un gran procedimiento de progreso. La ley, lúcida, sabia, no permitirá los matrimonios sino entre seres «que se completen» y sabrá descubrir esos seres; porque acaso lo de la «media naranja» no es cosa tan vulgar como parece; acaso es cierto lo que dice el antiquísimo y misterioso «Zohar», en el que se contienen muchas de las verdades reveladas primitivamente a los hombres, cuando éstos no estaban aún intoxicados y desorientados por las filosofículas:
«Antes de venir a este mundo, cada alma y cada espíritu se compone de un hombre y de una mujer reunidos en un solo ser. Cuando descienden hacia la tierra, estas dos mitades se separan y van a animar cuerpos diferentes. Cuando llega el tiempo del matrimonio, el “santo” (¡bendito sea!) que conoc...
Índice
- Crónicas
- Copyright
- Los sabios y el misterio de la vida
- El optimismo
- Sobre el misterio
- Un admirable sincronismo
- La temeraria aventura
- El miedo al dolor
- Mucho ruido…
- La muerte del ateísmo
- La euthanasia
- Eugenesia
- El termómetro
- Una brújula
- La muerte de la galantería
- Brevedad
- En defensa del diablo
- El hombre nuevo
- Dos años…
- Los muertos
- La literatura española y la portuguesa. El concepto francés de cada una de ellas
- Los iliteratos en el ejército y en la juventud francesa
- La libertad del arte literario
- La mujer y la literatura española contemporánea
- Sobre Crónicas
Preguntas frecuentes
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