Un anciano rey del siglo XIX despierta en el cuerpo del joven Lope de Figueroa, tres siglos antes, ¿o se trata de un extraño sueño del platero? Durante la jornada se encuentra con Mencía, la bella joven que ama, sus amigos, Gaetano y el Greco, incluso con el rey, Felipe II. Llega la hora de dormir y siente la incertidumbre de despertar en otro cuerpo y otro tiempo.

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Un sueño: novela
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Clásicos- IV -
Una conversación
En esto Lope y Mencía oyeron pasos en la escalera, seguidos de algunos francos golpes a la puerta.
-Debe ser Gaetano -dijo Mencía.
Y fue a abrir.
Un joven como de la edad de Lope, alto, rubio, hermoso, entró riendo al taller.
-¡Lope mío! -exclamó con inflexión italiana, pero con articulación correctísima-. ¿Cómo estáis?
Y le besó en ambas mejillas. Luego, con un movimiento de cortesía lleno de distinción, que contrastaba acaso con la humildad de su traje, besó la larga, la afilada y pálida mano de Mencía.
Era Gaetano mozo muy regocijado y de mucho despejo; trabajaba con Domenikos Theotokopulos, con quien habla venido de Italia en 1576, cuando el Greco fue contratado en Roma para que decorase la iglesia de Santo Domingo el antiguo, y tenía aún en sus ojos todo el deslumbramiento de una adolecencia entusiasta, vivida en una tierra llena de las opulencias del Arte, frecuentando los grandes talleres, donde había conocido a los Veronés, a los Tintoretto, donde había visto pasar como un dios a Miguel Ángel, donde había tenido la honra de hablar con Tiziano Vecelli, amigo y maestro de Theotokopulos.
¡Tiziano! El inmenso artista había muerto en Venecia ese mismo 1576, de la peste, y a la edad de noventa y nueve años, y a Gaetano le había sido dado contemplarle, aún con el pincel en la maestra mano trémula, y honrado por artistas, por sabios y príncipes, al igual de un emperador.
Bastábale cerrarlos ojos para ver la nobilísima figura, el rostro oval, impregnado de cierta vaga tristeza, la nariz de perfecta curva, la sedosa barba blanca del maestro incomparable.
-Bellas historias de Italia sabéis, Gaetano -dijo Mencía-. Y es donoso para contarlas -añadió volviéndose a Lope-; muchos donaires sabe mezclar con ellas. ¿Venís aún a hablarnos del Tiziano, o de ese nuestro Greco de tan extravagante condición, y que tras enojarse con el cabildo de la catedral, no es bastante cortesano para contentar siempre al Rey nuestro señor?
-No es muy blando de carácter mi maestro; altivo se muestra siempre en demasía, y le he oído afirmar en muchas ocasiones que no hay precio para pagar sus cuadros, y que a él los ducados que gana, que son tantos, nadie se los escatima, porque todos los grandes saben lo que vale. Pero altivo era también su maestro Tiziano, al cual los propios reyes, como Francisco I, pedían con cierta humildad que les hiciese su retrato, y que fue honrado por el emperador Carlos V, señor del mundo, como lo ha sido por su hijo el rey Don Felipe. ¡Id al Alcázar de Madrid, id al Escorial y veréis en qué aprecio se tienen sus lienzos! La mayor parte de ellos fue mandada hacer por el Emperador y por el Rey con verdadero encarecimiento. Y a fe que razón han tenido en ufanarse de sus cuadros. Pues, ¿quién hubiera pintado como él a la hermosa emperatriz doña Isabel de Portugal? ¿Quién hubiera hecho con más riqueza y hermosura de color, con más brío, el retrato ecuestre del Emperador cuando su victoria en Mühlberg? ¿Quién le habría superado en la verdad de los retratos del Emperador y del Rey, en que el primero acaricia un mastín y el segundo muestra todos los caracteres de su temperamento; y quién hubiera ejecutado con más admirable suavidad el lienzo de Venus y Adonis, hecho especialmente para el rey Don Felipe, y cuya contemplación suele poner una sonrisa en esa faz que casi nunca se ilumina? Gaetano se enardecía más y más, advirtiendo el agrado con que Lope y Mencía le escuchaban.
-Sabed -agregó- que un príncipe tan artista y tan opulento como Alfonso de Este, no hallaba en su corte manera digna de agasajar al Tiziano, y sabed asimismo que el gran pontífice León X le amó y admiró al par de Buonarotti y de Rafael... ¡Y pensar que su primer maestro, Bellini, le predijo que no sería jamás sino un embadurnador cualquiera!... ¡Si él y Giorgione, que lo envidiaban, le hubiesen visto después, venerado por el mundo, glorificado por todos los grandes de la tierra!... ¡La gloria! -exclamó Gaetano a manera de síntesis-, ¡qué bella es la gloria! ¿Cuándo la alcanzaremos nosotros, Lope?... Porque yo creo en ella y la aguardo... Y vos, Mencía, ¿creéis en la gloria?
-¿Cómo no he de creer en la gloria si llevo el paraíso en el corazón? -respondió Mencía mirando tiernamente a Lope.
-Bien decís, Mencía: el amor, un amor como el vuestro, es la gloria más real y más pura. Acaso la prefiriera a la de mi maestro el Greco... en cuyo triunfo creo ciegamente.
-Decid, Gaetano -insinuó Lope lleno de curiosidad-, ¿podríais vos proporcionarme una oportunidad de conocer al Greco?
-Nada más fácil, amigo mío, pues que le veo a diario. Esta siesta, a las dos, he de hablarle, y ciertamente podríais acompañarme. Él os acogerá con extremada simplicidad.
-¿Adivináis -agregó el italiano después de una pausa- adonde irá Domenikos después, a las tres de la tarde precisamente y por cierto en mi compañía?
-No acierto...
-¡Pues a ver al Rey!
-¿Al Rey?
-Sí, señor, al Rey. Su Majestad no piensa más que en el ornato de El Escorial. ¿Sabéis que ha hecho a mi maestro numerosos encargos, entre ellos el cuadro del martirio de San Mauricio y sus compañeros, que Su Majestad desea vivamente, y que ha de colocar en el Monasterio con todos los honores... cuando el Greco quiera concluirlo, que no sé cuándo será? Su Majestad le ha enviado a recordar des le Madrid, en diversas ocasiones, este cuadro; ahora que está en Toledo le ha hecho llamar para hablarle de ello y quizás de otros trabajos.
-Decid, Gaetano, pues que vos iréis con el maestro al Alcázar, qué, ¿no me sería dado a mí también ver al Rey? No le conozco...
- ¡No le conocéis! ¡PerBaco! Y le habéis visto tantas veces...
Lope experimentó de nuevo la penosa confusión, el angustioso extravío que a veces le invadían el alma durante aquella visión de otros tiempos...; pero reportándose luego, respondió:
-Le he visto siempre de lejos, le he distinguido apenas. En Madrid, cuando he encontrado su coche, las cortinillas estaban echadas.
-Sin embargo -intervino Mencía-, me contaste, Lope, que siendo niño, allá por el año de 1560, asististe en Toledo a la jura del príncipe don Carlos, que con muchísima pompa celebróse en la catedral.
-Claro -respondió Lope cada vez más confuso-; pero hace tantos años...
-¿Es cierto -siguió diciendo para disimular su turbación- lo que cuentan del rey?
-¡Tanto cuentan! -interrumpió Gaetano-. Referid vos, Lope, lo que sabéis.
-Cuentan -empezó éste- que a pesar de lo que se dice en contra, corteja mucho a las mujeres, y que frecuentemente se solaza en su compañía; cuentan que en Madrid, por las noches, recorre enmascarado las calles de la villa, no con ánimo pecaminoso, como lo hacía don Carlos, su hijo, quien paseaba disfrazado por los peores lugares, sino más bien para investigar...
Índice
- Un sueño: novela
- Copyright
- Al lector
- - I -
- - II -
- - III -
- - IV -
- - V -
- - VI -
- - VII -
- - VIII -
- - IX -
- Sobre Un sueño: novela
Preguntas frecuentes
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