Las obras de Hernán Valdés se distinguen, ante todo, por sus temáticas discrepantes de valores establecidos, así como por la indagación en la conciencia y la memoria de los personajes ante sus experiencias. En ocasiones, el uso del humor y lo absurdo sustituye a las visiones sociológicas e históricas.A partir del fin se sitúa en los tiempos previos y posteriores al golpe de Estado de 1973, y en el día mismo en que este ocurre. Pero más que del golpe, la novela se ocupa de cómo este quiebre político se refleja en las conciencias de los personajes, una pareja cuya relación va desmoronándose a la par que el intento de crear una nueva sociedad.Si bien hay numerosas escenas semidocumentales acerca de situaciones y consecuencias del golpe de Estado, ellas sirven más bien como desencadenantes de las reacciones de los personajes. Porque la intención de la escritura es esa: utilizar los hechos para observar los efectos perturbadores en las conciencias, las memorias, los sentimientos de una pareja de amantes. Los choques exteriores repercuten así en las conductas de ambos, las exaltan, las modifican, las agudizan. Y revelan en los protagonistas la posibilidad de enfrentarse a sus demonios, de asumir sus convicciones morales e intelectuales, de reconocer la verdad o falsedad de sus sentimientos. De ponerlos al desnudo el uno frente al otro."De existir alguna 'justicia literaria', el libro deberá ser reconocido como la gran novela sobre el golpe militar".MARÍA TERESA CÁRDENAS."La novela nos revela dramáticamente un país donde los mitos han suplantado a la realidad y a la historia, mitos insertos en el propio lenguaje, y en la formación de una imagen autocomplaciente que obstruye todo enjuiciamiento de la actualidad".JAIME VALDIVIESO."A partir del fin es un texto valioso, tanto desde el punto de vista literario, o bien visto bajo una perspectiva ética. Valdés ha concebido una crónica deprimente, pero saludable, en su retrato de unos seres sin salida ni escapatoria".CAMILO MARKS.

- 332 páginas
- Spanish
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eBook - ePub
A partir del fin
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Política mundialII
EL GOCE DEL ORDEN INMANENTE
Estoy respirando el aire cálido y celestial de un clima inmutablemente primaveral; dentro de esta temperatura, que es a la vez mi cuerpo, mi sangre serpentea de goce; mis placas verdes, romboidales, vibran al paso del aire con un zumbido musical y resplandecen, devolviendo esta luz suave, filtrada por tiernas y protectoras vegetaciones; bajo las placas, que mantengo entreabiertas, mis vísceras laten deleitosamente. La sensación de que soy bellísima, la única de su género, la última y la más hermosa. Además, estoy encinta, pero esto no tiene otro significado que no sea el perfeccionamiento totalizante de mi goce corporal. El mundo es nada más que este espacio inmediato donde mi cuerpo se complace, nada más que este clima, este aire verdoso y claro que me alimenta; no se me ocurre hacerme preguntas ni sobre el tiempo que me ha precedido ni sobre el futuro; posiblemente todo el espacio está ocupado por esta belleza mía, y en él todo coincide conmigo en este amor y deleite –mi gigantesco cuerpo verde vibrando en la floresta–, en este poderoso sentimiento de que soy la última, de que soy bella y de que estoy protegiendo el fruto de mi vientre, que es inmutable y no tiene más destino que este goce de sentirlo perennemente en mí.
LA PROPIA BATALLA EN LA MAÑANA DEL GOLPE
Emerger brutalmente desde allá a la blancura del día, calzar esta conciencia heladísima que ya está esperándonos con la explicación adecuada: es el trueno del aire desgarrado por los aviones, a unas decenas de metros sobre el techo, lo que nos despierta. Marginado del sueño, pero aún tratando de no abandonarlo, aún queriendo volver a él si fuera posible, saco un brazo de alguna parte de la cama, un brazo que conoce los objetos por sí solo y que conecta la radio. Recuerdo que Eva está conmigo otra vez, siento que se ha sentado bruscamente en el lecho y cuando entreabro los ojos reconozco su torso donde los viejos colores del sol han empalidecido tras los meses de invierno, encuentro sus ojos que me buscan y más que preguntar afirman y cuyo verde mi rencor ha descolorido y sí, digo que sí con la mirada mía, venciendo espontáneamente el desamor, los turbios resquemores que se han venido acumulando, qué pueden importar ya estas cosas, estableciendo tan fácilmente, como si ese trueno fuera la consigna para situarnos en otro plano, una fraterna y sombría complicidad: vamos a asistir juntos a esta representación mil veces esperada, conjurada, exorcizada. “Habla el Presidente de la República desde el palacio de La Moneda”, así, después de todo juntos, como si al fin se hubieran abierto las cortinas del escenario y nosotros pudiéramos interrumpir nuestras querellas, nuestras discusiones ociosas, nuestros juegos y enredos marginales, para volver nuestra atención hacia la voz del Prologante y a la vez Héroe que va a exponernos los elementos del drama y que al mismo tiempo va a consumarlo frente a nosotros. Pero ya antes de despertar del todo, una duda: ¿es que verdaderamente va a haber drama esta vez? ¿No estaremos comprometiendo nuestra atención y no iremos a arriesgar nuestras emociones en una nueva farsa, con dudosos vencidos y héroes de pacotilla y un final de fiesta feliz, verboso-musical al final del día para recompensarnos a las masas de la energía psíquica –dirán después del fervor revolucionario– puesta en juego? “Informaciones confirmadas señalan que un sector de la marinería habría aislado Valparaíso” –Eva salta de la cama, abre precipitadamente las ventanas plegables que dan a la terraza– “y que la ciudad estaría ocupada” –cielo alto lechoso, que ha vuelto de inmediato a fijarse en una perfecta inocencia tras el desgarro de las máquinas bélicas “lo cual significa un levantamiento en contra del gobierno, del gobierno legítimamente constituido, del gobierno que está amparado por la ley y la voluntad del ciudadano”.
Despertar, despertar, al menos hoy, ser consciente de algo más que estos ruidos y discursos, adivinar sus significaciones extrainmediatas. Develar su última verdad semántica. Siempre me ha costado pasar del sueño a la vigilia, no entiendo cómo hacen los demás, cómo se dividen indoloramente en conductas diurnas y nocturnas. Un trabajo de transición que me toma horas, que necesita ritos y mimos para no extraviarme en la buena dirección de mí mismo. Si el fin es recapturar la propia sensibilidad, las ideas, las opiniones de la víspera; remplazar los caóticos, regresivos sueños por aquella personalidad relativamente coherente que uno había llegado a rehacer al final del día anterior, se hacen necesarios estos ritos: gestos repetitivos, invocaciones, ensayos de reconocimiento, pequeños actos y juegos reiterativos y dulces que vayan inspirando confianza en el propio cuerpo, domesticándolo, reconstruyéndolo cotidianamente. Hoy no habrá tiempo, la transición es brutal: “legítimamente constituido”, “amparado por la ley”, “la voluntad del ciudadano”, despertar antes de ser hipnotizado por las palabras, asistir al esperado y temido espectáculo con los ojos bien abiertos, comprender quiénes realmente son y qué quieren los héroes y los malvados. No habrá tiempo y probablemente no habrá ni verdadero desprendimiento del sueño ni verdadera vigilia. Eva grita que ve los soldados en el techo de la Universidad Católica, ahí al frente de la terraza. Probablemente guardando las antenas del canal derechista. ¿Guardando u ocupando? Los vuelos rasantes siguen rasgando el cielo, en sordina, en otros puntos distantes de la ciudad. “En estas circunstancias”, continúa el Hablante –voz de vieja, eficiente máquina política, que conoce sus multiplicantes engranajes– “llamo sobre todo a los trabajadores” y de pronto, en un segundo, los aviones vuelven otra vez sobre nuestras cabezas y Eva salta hacia el interior, como si hubiera estado a punto de ser decapitada, y se vuelve insultando furiosamente hacia el cielo. “Como primera etapa, tenemos que ver la respuesta, que espero sea positiva, de los soldados de la patria, que han jurado defender el régimen establecido”. Como diciendo en qué mundo hemos despertado, Eva trata de fijar su mirada en un punto inteligible, ya en mí, ya en la Voz, que cree necesario invocar en nuestra defensa los mismos preceptos sagrados que el enemigo parece haber invocado con más oportunidad y éxito, y como desamparada ha tomado mi mano, gesto tan inusual en los últimos tiempos, y yo incluso se la aprieto, dando a esa presión un signo amistoso, de condolencia casi, que ella no podrá confundir con una caricia. “En estas circunstancias, tengo la certeza de que los soldados sabrán cumplir con su obligación. De todas maneras, el pueblo y los trabajadores…”. “Enculé”, grita Eva a la Voz y escupe encolerizada, porque no acepta el hecho discriminatorio de que los insultos consistan casi exclusivamente en la mención de los órganos sexuales femeninos.
Ojos abiertos pero qué extrañeza. Que los sueños terminen de volver a sus cavernas, a sus correspondientes bobinas, que esta, la realidad histórica y mensurable pueda instalarse en su lugar, de una vez por todas, en mi cabeza. Entonces, debe ser hoy. Ese desgaste emocional de los sucesos demasiado esperados. Pero aun más: esta desconfianza fundamental: ¿por qué no nos han anunciado la fecha y la hora exacta de la representación? ¿Por qué, si los preparativos estaban en marcha, a la vista de todos, hace tanto, tanto tiempo?
Junto con la circunstancia de la enunciación retórica del drama, esta omisión, esta desatención, va condicionando en mí un ánimo de disgusto, de suspicacia. Otra vez condenado al rol del espectador, y peor: del espectador desprevenido. ¿Seremos nosotros los únicos? Mis dedos ruedan la perilla buscando otras emisoras, otras alternativas, más felices, del sueño interrumpido: músicas marciales, voces aparentemente neutras, paternales, que piden por ejemplo no asomarse a la calle, mantenerse en casa, en calma. A esta hora el coro enemigo pretende ser todavía inocente; todavía no estima oportuno volcar contra nosotros sus oscuras pasiones, escupirnos con la sangre envenenada que ennegrece sus venas. Eva va, desnuda, de una ...
Índice
- Portada
- Créditos
- Índice
- I. La briosa refundación del escenario, perturbada por fuerzas adversas
- II. El goce del orden inmanente
- III. Reunión de intelectuales
- IV. Reflexión sobre la inconfortable proximidad del pasado
- V. La gata
- VI. El frenético asalto al Instituto
- VII. Encuentro con Dagoberto Flores, un diplomático de carrera
- VIII. Muchacha violada
- IX. Escapes
- X. Evocaciones de Kurt por Eva durmiéndose
- XI. El hombre que camina por la ciudad soy yo
- XII. La partida de Eva
- XIII. La visita de Alain
- XIV. Sueño en que Hache cuenta a Eva el sueño del jardín
- XV. Reparaciones matinales del mundo y discusión sobre el país
- XVI. Desmoronamiento de la plataforma matinal
- XVII. Interpelación al Presidente
- XVIII. Viaje a La Ligua
- XIX. La visita a Kurt
- XX. Nuevo viaje a La Ligua
- XXI. Cita con el desconocido
- XXII. El volantín nocturno
- XXIII. Nueva visita a Kurt
- XXIV. El huésped de Eva contempla el manuscrito mutilado
- XXV. Del borde de un cero al borde del otro, el sentido se revela como una simple operación volitiva
- Epílogo
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