Vivimos una época en la que los Estados reivindican la memoria histórica. Ideas como el liberalismo y el socialismo han sido contrarrestadas por la recuperación del pasadocomo fundamento en las decisiones geopolíticas. La historia, revalorizada y mitificada, sirve hoy para apuntalar las identidades nacionales ante la globalización, pero su esencia pasional también entraña peligros. La venganza de la historia es un concepto necesario para comprender las relaciones internacionales que determinarán nuestro futuro.

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La venganza de la historia
Cómo el pasado está cambiando el mundo
- 160 páginas
- Spanish
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Descripción del libro
Información
Categoría
Politics & International RelationsCategoría
Politics1
CUANDO LA HISTORIA COMIENZA DE NUEVO, EL PASADO RESURGE
FUKUYAMA 0, HUNTINGTON 1
Si la idea del «fin de la Historia» era ya cuestionable durante el verano de 1989, hoy resulta desfasada en el mejor de los casos. Ya no tenemos en cuenta las objeciones que se le hicieron, pero sigue estando de moda burlarse del autor, Francis Fukuyama, a veces incluso sin haberle leído. Son muchos los retornos de la Historia que se han anunciado al respecto para desmentirle.1 Desde 1991, con la desaparición de la Unión Soviética y el estallido bélico en los Balcanes, «la Historia se ha vuelto a poner en marcha», dijo Pierre Hassner en 1999.2 En efecto así ha sido: en 2001 con los atentados de Nueva York y Washington; en 2011 con las primaveras árabes, seguidas algunos años después de la invasión de Crimea, la irrupción de Dáesh en el escenario iraquí, de la crisis europea y del Brexit. «Vivimos el fin del fin de la Historia», afirmó Alain Finkielkraut en el otoño de 2015,3 y tras la elección de Donald Trump se vio a los comentaristas americanos proclamar «el fin del fin de la Historia» o «la venganza de la Historia», mientras que un periodista de opinión francés remachó: «Hemos entrado de nuevo en la Historia».4
¿Merece Fukuyama semejante escarnio? Nunca pretendió que el fracaso del comunismo (recordemos que el artículo fue escrito en el verano de 1989, poco antes de la caída del Muro de Berlín) supusiera un punto final a la Historia en el sentido de la confrontación de las ideas políticas, de la dialéctica hegeliana o marxista.5 Inspirándose en la propuesta del filósofo Alexandre Kojève, Fukuyama afirmaba que el debate sobre la forma óptima de gobierno podía darse ya por concluido: para él, la democracia liberal y la economía de mercado eran las únicas opciones viables para las sociedades modernas.*
Diez años después, a pesar de la competencia de los modelos ruso, chino e islamista especialmente, el autor mantenía su análisis: la democracia liberal terminará por imponerse: es una cuestión de tiempo.** Y veinte años después seguía insistiendo en hasta qué punto Rusia y China eran incapaces de proponer una alternativa ideológica viable, y el islamismo radical era incapaz, si no de conquistar el poder, al menos de mantenerlo.6
NOTA NOTA Quizá sea cierto. Estados Unidos es un país en el que la gente confía. Como reza una de las expresiones favoritas de los presidentes americanos, nadie puede ser tildado de estar en «el lado malo de la Historia». Pero, en todo caso, nos encontramos todavía lejos de ese punto.
Tomados en conjunto, el despertar ruso, la irrupción de Dáesh y el voto del Brexit han sido una señal de alarma en Europa. «He tomado conciencia del carácter trágico de la Historia», decía François Hollande en mayo de 2016.7 «Hoy la Historia llama a nuestra puerta», añadía un mes después, cuando conoció los resultados del referéndum británico.8
Habría llegado el momento, de hecho, de tomar conciencia de ello. Porque hace ya varios años que el cuestionamiento del progreso de nuestras sociedades, el desarrollo de la globalización económica y la difusión del mestizaje cultural producen importantes efectos políticos en el mundo occidental. Sin duda, tanto el fenómeno Trump en Estados Unidos como el voto soberanista en Europa, tienen un origen común. Son los síntomas de una revuelta conservadora, una «revuelta del pasado».* El eslogan electoral de Donald Trump fue «Make America Great Again». Lo cual es fácilmente transferible a Make Rusia Great Again! o Make China Great Again! En todas partes se intenta invertir el curso de la Historia. En Oriente Medio, son los movimientos islamistas los que han emprendido desde hace tiempo la contrarrevolución sociocultural. Ahora mismo esta se halla en pleno auge en Rusia, en Europa y en Estados Unidos. Y llega hasta la India, donde el Bharatiya Janata Party pretende imponer las tradiciones hinduistas al conjunto de la nación.
NOTA El otro gran metadiscurso de la década de 1990, «el choque de civilizaciones», se impone aquí como un pertinente cuadro de análisis. ¿Choque de civilizaciones? También en esto estamos de acuerdo en mofarnos e incluso en indignarnos. Ante el riesgo de «arrear a un caballo muerto» como dicen en Gran Bretaña, un filósofo francés se aventuró a predecir, en 2015, que finalmente «este no tendrá lugar»9. Me quedo sin palabras ante tanta audacia. Otros incluso se empecinan en demostrar que vivimos en la época de la «fusión» de las civilizaciones.10 Y sin embargo, es precisamente en esos términos en los que algunos de los actores clave de la escena contemporánea ven el mundo de hoy. El yihadismo combatiente libra una guerra de civilización contra Occidente, como también lo hace parte de la élite de la República Islámica de Irán. La clase dirigente rusa actual no tiene ningún problema en asumir esta visión, —a veces de manera explícita— a la vez frente al islam radical y, por suerte, de forma menos violenta, contra el Occidente decadente. En la actual Casa Blanca, esa visión es muy popular. Hay que reconocer que gran parte de los conflictos actuales tienen lugar en las líneas de contacto que el politólogo americano trazó en 1993: en los Balcanes, en el Cáucaso, en África, en Asia. Se le ha reprochado especialmente a Samuel P. Huntington el haber escrito, en la línea de Bernard Lewis, que «las fronteras del islam son sangrientas».* La fórmula era brusca pero describía una cierta realidad.** El cuadro de lectura propuesto por Huntington es al mismo tiempo discutible (los conflictos que tienen lugar en las líneas de fractura cultural no son necesariamente guerras «de» civilización), insuficiente (la mayoría de las zonas en crisis o en conflicto militar no se ajustan al discurso del politólogo) e incoherente (¿por qué una sola «civilización» musulmana, y en cambio tres «civilizaciones» cristianas: la de Occidente, la de Rusia y la de América Latina?). Con todo, sería injusto no reconocerle que en su libro sí contempló el choque «en el interior de las civilizaciones», por ejemplo entre los mundos sunita y chiita.
NOTA NOTA Las problemáticas planteadas por Fukuyama y Huntington coinciden con los discursos apocalípticos que en la actualidad se escuchan desde Rusia, Estados Unidos y el mundo musulmán. ¿Podemos encontrar más bello fin de la Historia que la tan anunciada batalla final entre el Bien y el Mal? Para quienes se los creen, estos discursos aportan a los acontecimientos históricos un sentido más claro. Pero su confrontación también puede hacer del choque de civilizaciones el paradigma que se cumple. El relato apocalíptico de los yihadistas se acerca al de los evangélicos y, sobre todo, al de los «sionistas cristianos», cuya importancia en Estados Unidos es bien conocida, y cuya influencia dentro del campo republicano dista mucho de ser marginal. Desde la década de 1980 y especialmente desde 2001, los dos discursos se retroalimentan entre sí.* Y con ellos, tenemos el choque de civilizaciones y el fin de la Historia por el mismo precio. ¿La invasión de Irak?, la revancha de la nueva Babilonia (Nueva York) contra la vieja Babilonia (Bagdad), y la invocación de Gog y Magog por ambos lados (por George Bush y por los yihadistas), con himnos y hadices como telón de fondo. Esta es también la visión de Steve Bannon, el asesor de Donald Trump, que ve en la era actual un nuevo ciclo de enfrentamiento secular entre el islam y el mundo judeocristiano, y que dice inspirarse en El desembarco, el libro de título original apocalíptico de Jean Raspail (Le Camp des Saints, 1973).
NOTA LA REANUDACIÓN DE LA HISTORIA
Si tuviéramos que escoger una fecha clave para la reanudación de la Historia, no sería el año 1989, sino más bien 1979. Y a partir de ahí, desde el resurgir de las religiones hasta las primaveras árabes, todas las décadas decisivas han sido encrucijadas históricas que llevaban consigo su lote de sorpresas y de rupturas.
El año 1979 marca la entrada en ebullición del triángulo Irán-Pakistán-Afganistán. En febrero, a la salida del sah Mohammad Reza Pahleví de Teherán le siguió el regreso del ayatolá Jomeini, al tiempo que en Islamabad las ordenanzas hudud (los «límites» establecidos por Dios) validaban la deliberada islamización de Pakistán. En julio se llevó a cabo la creación de la «trampa afgana» destinada a empantanar a la Unión Soviética mediante el apoyo a los rebeldes afganos. En septiembre se celebró un gran funeral en Lahore en honor a Abul Ala Maududi, considerado el padre fundador del islamismo moderno. A final de año la Historia se acelera. El 4 de noviembre tiene lugar la toma de rehenes en la embajada de Estados Unidos en Teherán, un suceso que abre el segundo acto de la revolución iraní y su radicalización antioccidental. El día 20 se produce una nueva toma de rehenes, la de la Gran Mezquita de La Meca, llevada a cabo por un individuo que se autoproclamaba el Mahdi («Mesías»). Al día siguiente se ataca la embajada de Estados Unidos en Pakistán. Más tarde, el 24 de diciembre, la URSS invade Afganistán. Lo que se anunciaba simbólicamente, incluso si los muyahidines son considerados resistentes antes que militantes, era el enfrentamiento entre dos fuerzas transnacionales, el comunismo y el islamismo, que terminaría con el triunfo de la segunda.
Y mientras que Deng Xiaoping, que había regresado al poder el año anterior se lanzaba a la modernización de la República Popular, la irrupción del ejército chino en Vietnam en 1979 y la de las fuerzas militares iraquíes en Irán el año siguiente darán lugar a la reintroducción de la palabra «geopolítica» en el vocabulario de los comentaristas: ya no es posible explicar las relaciones de poder únicamente con el raso discurso del conflicto Este-Oeste.
El inicio de la década decisiva de 1980 fue testigo también, tras la histórica victoria del Likud en Israel en 1977, de la transformación del proyecto sionista, que pasó de ser una aventura socialista laica a una epopeya político-religiosa reaccionaria, caracterizada fundamentalmente por una afirmación cada vez más clara de las justificaciones históricas sobre la presencia israelí en Cisjordania. Ciertamente, no fue el Likud el que inventó la «colonización», pero sí alentó el carácter mesiánico, que estaba encarnado, no tanto por los haredim (ultraortodoxos) —que por lo general no viven más allá de la Línea Verde establecida 1949 y únicamente por razones económicas—, sino más bien por los «sionistas religiosos» que instalaron sus casas móviles en la cima de las colinas de Samaria y Judea. Al mismo tiempo, Egipto modifica la ecuación estratégica de la región al reconocer la existencia de Israel, lo que galvanizará el campo islamista. Esos mismos años también marcan un tiempo de renovación y de compromiso político del cristianismo: la elección de Jimmy Carter, presidente evangélico en Estados Unidos (1976), la llegada a la cabeza de la Iglesia del papa Juan Pablo II (1978), la creación del movimiento de la Mayoría Moral en 1979 que dará la victoria a Ronald Reagan.* Es el tiempo de la «revancha de Dios», que todavía define a nuestra época.11
La segunda secuencia ...
Índice
- INTRODUCCIÓN
- 1. CUANDO LA HISTORIA COMIENZA DE NUEVO , EL PASADO RESURGE
- 2. LAS RAÍCES DE LA VENGANZA
- 3. LA HISTORIA TIENE CONSECUENCIAS
- 4. UNA GIRA MUNDIAL DE LOS FANTASMAS DEL PASADO
- 5. DEL BUEN USO DEL PASADO
- EPÍLOGO
- NOTAS
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