Introducción a Aristóteles
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Introducción a Aristóteles

  1. 160 páginas
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  4. Disponible en iOS y Android
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Introducción a Aristóteles

Descripción del libro

Aristóteles supone la culminación de la filosofía griega y el punto de partida de la ciencia y la metafísica. Fue el primer pensador que expuso de manera sistemática y exhaustiva sus ideas a través del género que se asocia con él: el tratado filosófico. Revolucionó todas las áreas de conocimiento por las que se interesó, desde el estudio de la naturaleza hasta la retórica, la política o la ética.Esta obra explica los fundamentos del pensamiento de esta figura esencial para Occidente aún en la actualidad: desde todo lo que aprendió de su maestro, Platón, hasta las bases de todas las grandes disciplinas que definió y desarrolló. Además, se detallan numerosos conceptos clave de su filosofía, así como sus ideas sobre campos tan diversos como la ciencia, el arte, el mundo, el hombre y el alma.

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Información

Editorial
RBA Libros
Año
2019
ISBN del libro electrónico
9788491874553

Del diálogo platónicoal tratado aristotélico

El pensamiento griego antiguo descansa indudablemente sobre tres firmes columnas: Sócrates, Platón y Aristóteles. O, como mínimo, esto es lo que ha repetido miles de veces la historiografía académica oficial. Desde hace ya más de cien años, esta se ha referido al heterodoxo grupo de pensadores anteriores a Sócrates con la casi despectiva etiqueta de «presocráticos». Desde Tales de Mileto, Anaximandro y Anaxímenes, hasta Leucipo y Demócrito, pasando por Pitágoras, Parménides, Heráclito y Empédocles, toda la filosofía producida en Grecia antes del advenimiento de Sócrates parece no tener otro sentido aparte de preparar el camino al revolucionario filósofo condenado a beber la cicuta democrática. Los innovadores planteamientos de Sócrates fueron desarrollados magistralmente por Platón, en primer lugar, y después por el discípulo más brillante de este, Aristóteles. A partir de entonces no habría más que decadencia. Decadencia política (Atenas y el resto de ciudades helénicas independientes perdieron su autonomía bajo la dominación macedónica) y decadencia filosófica (las «escuelas helenísticas», otra etiqueta como mínimo reduccionista de la riqueza de planteamientos que nos ofrecen escépticos, estoicos o epicúreos). Ya puestos a inventar etiquetas simplificadoras, la historiografía tradicional divide al conjunto de los pensadores influenciados por Sócrates en «socráticos mayores» (Platón y Aristóteles) y «socráticos menores» (megáricos, cínicos y cirenaicos). A esta segunda etiqueta corresponden todos los filósofos que desarrollan su pensamiento inspirados por Sócrates pero desviándose del «buen camino», es decir, del camino platónico-aristotélico. Todo el pensamiento de megáricos, cínicos y cirenaicos queda, de esta forma, neutralizado, y estos filósofos aparecen caracterizados como pensadores impertinentes, simpáticos, pero totalmente irrelevantes ante la abrumadora arquitectura teórica de un Platón y, aún más si cabe, de un Aristóteles que se convierte automáticamente en «socrático» sin haber tenido ninguna posibilidad de conocer directamente a Sócrates, que había muerto quince años antes de que él naciera.
A lo largo del siglo XX, autores como Gabriele Giannantoni o Michel Onfray han llevado a cabo dignos y loables intentos de socavar este defectuoso y reduccionista esquema historiográfico. A la vista de los manuales de historia de la filosofía y de los programas académicos que continúan circulando en la actualidad, no parece que el intento haya tenido demasiado éxito. Sin embargo, no cabe duda de que es más necesario que nunca perseverar en el empeño, aunque obviamente sin ninguna intención de menospreciar las transcendentales aportaciones de la tríada Sócrates-Platón-Aristóteles, precisamente porque una correcta comprensión del conjunto del pensamiento griego antiguo debe arrojar luz, también, sobre el pensamiento de estos tres grandes filósofos.

LA ESCRITURA DE ARISTÓTELES

Dejando al margen debates historiográficos, es innegable, sin embargo, que el árbol de la filosofía occidental ha querido enraizarse en el humus fecundo que nos legaron Sócrates, Platón y Aristóteles. Y lo es también que observar a estos tres autores como un continuo ofrece perspectivas interesantes y esclarecedoras. De este modo, una primera aproximación a la figura de Aristóteles podría partir de una comparación con Sócrates y Platón en un aspecto aparentemente superficial pero finalmente decisivo: su forma de escribir. Como es sabido, Sócrates ha pasado a la historia de la filosofía como uno de los tres grandes ágrafos, juntamente con Jesús y Buda, que no necesitaron escribir ni una sola línea para subvertir de manera radical el pensamiento de su época. Platón, en cambio, escribió de forma profusa y, además, es el primer autor antiguo de quien hemos conservado la totalidad de la obra. Toda la producción de Platón, sin embargo, parece resistirse a alejarse de la voz, de la oralidad. Platón escribe fundamentalmente diálogos (República, Fedón, etc.) y discursos (Apología de Sócrates), o combinaciones de ambos (Fedro, Banquete, etc.). Escribe, pues, y domina el artefacto de la escritura como el mejor de los escritores, pero parece hacerlo como si no tuviera alternativa, como si prefiriera, en realidad, sujetarse a la vivacidad del diálogo interpersonal y, puestos a escribir, intentara hacerlo de la forma «menos escrita» posible. En comparación con el ágrafo Sócrates y el Platón sujeto a la oralidad, Aristóteles conquistará una nueva forma de hacer filosofía, inventará la escritura filosófica tal y como podría decirse que ha perdurado mayoritariamente hasta nuestros días.

ESCUELAS FILOSÓFICAS EN LA ATENAS DE ARISTÓTELES
La Atenas de principios del siglo IV a.C. seguía manteniendo una gran actividad filosófica. A la corriente de matriz sofística se oponía la escuela socrática, materializada en las enseñanzas de la Academia de Platón. A la sombra de Sócrates, y de forma paralela a Platón, crecerían los filósofos que la historiografía ha llamado «socráticos menores». Partiendo igualmente de las enseñanzas de Sócrates, cada uno de ellos desarrollaría una propuesta singular y distinta. Desde el ensalzamiento del placer libre, propuesto por el cirenaico Aristipo (435 a.C.-350 a.C.), hasta el rechazo de cualquier forma de organización política y social de los cínicos Antístenes (445 a.C.-365 a.C.) y Diógenes de Sínope (412 a.C.-323 a.C.) o los sutiles análisis lógicos desarrollados por el megárico Euclides (h. 400 a.C.). Estos «herejes» del socratismo, cuyo pensamiento era imposible de conciliar con la filosofía de Platón, quedarán relegados y definitivamente ocultos a la sombra del portentoso pensamiento de este último.

La comparación entre Sócrates, Platón y Aristóteles en lo referente a las formas de (no) escribir es indicativa de un cambio de época y de costumbres culturales en relación con la escritura. Por extraño que pueda parecernos a nosotros, hijos de la modernidad ilustrada, el conocimiento, en Grecia, confirió a la escritura un papel poco más que secundario y accesorio. La memorización y la oralidad eran los principales vehículos para la transmisión de lo que hoy en día se conoce como «cultura», y que tan bien ha caracterizado Werner Jaeger (18881961) en su libro Paideia: los ideales de la cultura griega. La lectura no estaba en aquellos momentos al alcance de la mayoría y, por lo tanto, el acto de leer equivalía en realidad a escuchar. Incluso para quien sabía leer, leer quería decir escucharse, es decir, leer en voz alta para uno mismo. Es muy reveladora, en este sentido, la conocida anécdota que Agustín de Hipona relata en sus Confesiones: de visita en casa del obispo de Milán, Ambrosio, lo sorprendió leyendo sin mover los labios. Agustín, que era un hombre culto y admirablemente formado en la mejor tradición retórica latina, no había visto jamás —¡a finales del siglo IV de nuestra era!— a nadie que leyese de esta forma. En Occidente, la historia de la escritura ha sido hasta tiempos muy recientes una historia sonora.
Estas consideraciones acerca de la escritura en la Antigüedad son especialmente pertinentes en una primera aproximación a la obra de Aristóteles. Aunque el Estagirita haya legado a la posteridad una obra extensa, sobre los temas más variados y formalmente despojada del estilo literario que caracterizó la producción de Platón, no podemos dejar de concebirla como una obra muy ligada todavía a la oralidad. Por lo tanto, sería un grave error de perspectiva adoptar ante un libro de Aristóteles la misma actitud lectora que se adopta ante un libro de, por ejemplo, Descartes o Kant. Las obras de Aristóteles, tal y como han llegado hasta nuestros días, jamás fueron sometidas a lo que se podría calificar como un proceso de revisión editorial. Es decir, no se trata de textos acabados y pensados para ser divulgados entre el gran público, sino que se trata más bien de apuntes extensos de las lecciones de Aristóteles y, por lo tanto, presuponen una lectura en voz alta y un intercambio en vivo con sus oyentes. La producción de escritos en el seno de las escuelas filosóficas antiguas, como podían ser la Academia platónica o el Liceo aristotélico, suele dividirse en escritos exotéricos y escritos esotéricos. Los primeros son dirigidos a un público amplio, no iniciado. A este género pertenecen todos los diálogos de Platón. Los segundos, por el contrario, iban dirigidos al selecto grupúsculo de discípulos a los que se presuponía un conocimiento previo de las cuestiones tratadas y temas afines. Un escrito pensado para ser leído delante de un público de estas características debía omitir por fuerza cuestiones que probablemente resulten relevantes para los lectores del siglo XXI. Igualmente, debía permitirse discurrir de forma a veces errática, incoherente o simplemente incompleta, porque tal es la naturaleza de una exposición ligada a la oralidad. Todos los escritos de Aristóteles que se han conservado pertenecen a este segundo género, al esotérico. Aunque el Estagirita escribió también literatura exotérica, a imitación de su maestro Platón y también en forma de diálogo, estas obras se han perdido casi en su totalidad.
A la dificultad del género esotérico debemos sumar el hecho de que el corpus aristotélico, tal como lo conocemos, no fue establecido hasta mediados del siglo I a.C., cuando el peripatético Andrónico de Rodas compiló los tratados del maestro, los ordenó e incluso les dio, según su propio criterio, los títulos con los que han llegado hasta nuestros días. En resumen, esto que llamamos «el corpus aristotélico», agrupado y ordenado trescientos años después de haber sido escrito, nació más como lo que hoy podría considerarse «material de soporte a la docencia» que como una obra acabada y apta para ser impresa y divulgada. Y, por si todo esto fuera poco, la recepción actual de Aristóteles cuenta con la dificultad añadida de haber sido un autor prácticamente monopolizado por la teología escolástica medieval, especialmente a través de la figura de Tomás de Aquino, que logró el «milagro» intelectual de armonizar cristianismo y aristotelismo como si esta fuera una operación de lo más natural. Como resultado, Aristóteles se convirtió en el único gran nombre de la Antigüedad clásica que, con la llegada del Renacimiento y la Edad Moderna, no solo no fue recuperado y revalorizado, sino también sistemáticamente criticado, y con especial dureza, por los defensores del nuevo paradigma científico experimental, desde Nicolás Copérnico hasta Galileo Galilei y Francis Bacon. La concepción aristotélica del universo geocéntrico así como su lógica fundamentalmente deductiva se convirtieron en el blanco de los ataques de aquellos que, con enormes dificultades, pretendían defender un modelo heliocéntrico y un sistema de investigación científica basado en la inducción de leyes generales a partir de la observación empírica de regularidades.
Todos estos obstáculos, que convierten las obras de Aristóteles en textos singulares, no comparables con la mayoría de los textos que acostumbramos a llamar «filosóficos», no deben sin embargo desalentarnos en nuestro intento de leer e intentar comprender el legado que nos dejó este gran pensador. Debemos hacerlo, eso sí, renunciando a encontrar respuestas cerradas y definitivas y, mucho menos, nada parecido a un «sistema filosófico». La filosofía de Aristóteles es un sinfín de interrogantes abiertos, de planteamientos sugerentes, que deben ser completados por nosotros, lectores, como si estuviéramos escuchando al maestro, en aquel lejano Liceo ateniense, hace ya 2.400 años, y pudiésemos intervenir, preguntar, inquirir o criticar en cualquier momento de su discurso. ¿No es esto, finalmente, por definición, la filosofía?

ARISTÓTELES EN LA ACADEMIA DE PLATÓN

Los datos biográficos conocidos de Aristóteles son muy escasos, al igual que sucede con la mayoría de autores griegos antiguos. La tradición nos ha transmitido un sinfín de pequeñas historias y detalles apócrifos de su vida, que llegan a explicar incluso su método para echarse una breve siesta sosteniendo una pelota de bronce en la mano, de forma que el ruido de la bola al caer lo despertara justo en el momento en que empezaba a dormirse profundamente. Pero no se puede dar crédito histórico a ese tipo de anécdotas y hay que limitarse a concedérselo a las referencias documentadas de forma verosímil y que la historia de la filosofía ha acabado por considerar ciertas.
Aristóteles, hijo de Nicómaco, médico y amigo del rey Amintas III de Macedonia, nació en Estagira, una pequeña ciudad situada en el nordeste de Grecia, en la península Calcídica. Fundada en el 655 a.C. por colonos procedentes de Jonia (en la costa mediterránea de la actual Turquía), se vio sometida a guerras e invasiones de todo tipo. El rey persa Jerjes la ocupó en el 480 a.C., justo un siglo antes del nacimiento de Aristóteles y en el 348 a.C., cuando Aristóteles contaba ya treinta y seis años, fue sometida y destruida por Filipo II de Macedonia, quien la reconstruiría diez años más tarde justamente en agradecimiento al filósofo, que según la tradición fue maestro e instructor de su hijo, el futuro Alejandro Magno. El hecho de que Aristóteles desarrollara buena parte de su actividad filosófica en Atenas sin ser ateniense de nacimiento sino oriundo de una polis periférica sometida sucesivamente por imperios del norte y del este, adquiere una notable importancia, ya que le impidió poseer su propia escuela en Atenas (a los metecos, o extranjeros, les estaba prohibido tener locales en propiedad) y lo obligó a acabar su vida lejos de Atenas por temor a sufrir las represalias de los sectores más anti-macedonios, que lo veían como un aliado del enemigo. De algún modo, tanto la vida como el pensamiento de Aristóteles se apoyaron siempre en un frágil equilibrio entre el centro y la periferia: entre Atenas y Macedonia, entre Platón y el desarrollo de su propio sistema de pensamiento.
Este busto de mármol de Aristóteles, una copia romana de un original griego atribuido al artista Lisipo, uno de los grandes escultores del siglo IV a.C., es la representación más antigua conocida del filósofo, cuya figura, por otra parte, fue profusamente reproducida durante la Edad Media debido a la gran influencia y vigencia de sus escritos en el pensamiento de esta época.
Al igual que sucede hoy en día con los jóvenes enviados al extranjero a estudiar en universidades de prestigio, a los diecisiete años Aristóteles fue enviado a Atenas para formarse en la Academia platónica al lado del maestro. Hay que señala...

Índice

  1. Introducción
  2. Del diálogo platónico al tratado aristotélico
  3. Una nueva ética basada en la virtud como término medio
  4. La felicidad, premio de la vida virtuosa
  5. De la ética a la política
  6. Más allá de la ética: la Física y la Metafísica
  7. Aristóteles, el primer lógico y teórico del lenguaje
  8. Glosario
  9. Bibliografía