Siete razones para amar la filosofía
  1. 272 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
eBook - ePub

Descripción del libro

Es un tremendo error pensar que la filosofía es difícil y que tiene que limitarse al entorno académico. Nada más lejos de la finalidad con la que nació, ya que no solo resulta muy útil en la vida cotidiana, sino que incluso puede sentirse pasión por ella. Entre las muchas razones por las que amar la filosofía, Giuseppe Cambiano ha escogido siete. Con ella, aprendemos a hacer preguntas, a utilizar el lenguaje adecuado, a buscar respuestas y justificarlas, a apreciar las opiniones discrepantes, a establecer relaciones entre los diversos campos del conocimiento, a comprender el pensamiento de otras épocas y, por último, a abrirnos a un mundo que va más allá de Occidente.

"La filosofía es capaz de sugerir muchas posibilidades que amplían el horizonte de nuestros pensamientos y los liberan de la tiranía de la costumbre, aleja el dogmatismo arrogante y mantiene nuestra capacidad de sorprendernos". BERTRAND RUSSELL

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Información

Editorial
RBA Libros
Año
2019
ISBN del libro electrónico
9788491875185
Categoría
Filosofía
1
Hacer preguntas
1. No solemos preguntarnos por qué se dicen o se hacen innumerables cosas que se dicen o se hacen. La vida cotidiana se paralizaría si cada vez nos tuviéramos que hacer esa pregunta. No obstante, en la vida, a todas las edades, de la infancia a la vejez, nos planteamos innumerables preguntas, que surgen cuando advertimos que nos falta algo y deseamos conseguirlo. Les hacemos muchas preguntas a los demás para obtener objetos materiales, prestaciones, trabajos o comportamientos, afecto, amistad o amor. Un personaje de una novela de Achille Campanile, In campagna è un’altra cosa (c’è più gusto) (1931), formula las siguientes observaciones sobre el arte de preguntar:
[…] obtenemos ciertas cosas simplemente con pedirlas: la hora, una limosna, etcétera. Otras, en cambio, mejor no pedirlas si queremos hacernos con ellas; hay que robarlas (un beso, etcétera), o lograr que nos las ofrezcan (un cigarrillo), o sencillamente ser obsequiosos (una propina). Otras las conseguimos gracias a la manera de pedirlas: una cita galante, dinero, honores y trabajos. Y a veces pedimos algo con el fin de obtener otra cosa. Por ejemplo, la mano de una señorita.
Por otra parte, el objeto de algunas preguntas es obtener información sobre personas, cosas, lugares y sucesos. Entre ellas, ocupa una posición relevante la pregunta «¿por qué?», que desde los primeros años de vida aparece con mucha frecuencia, junto con la pregunta «¿qué es?» referida a algo que vemos por primera vez. El escritor de libros infantiles Gianni Rodari dijo una vez que «el juego de los porqués es el juego más antiguo del mundo. Antes de aprender a hablar, el hombre debía de tener en la cabeza un gran signo de interrogación». En un libro suyo contó la «historia de un Porqué»:
Había una vez un Porqué, estaba en la pág. 819 de un diccio­nario de la lengua italiana. Se cansó de estar siempre en el mismo sitio y, aprovechando un momento de distracción del bi­bliotecario, salió por patas, mejor dicho, «por pata», saltan­do sobre el palo de la p. Y acto seguido se puso a molestar a la portera.
—¿Por qué no funciona el ascensor? ¿Por qué no llama el administrador de la finca para que lo reparen? ¿Por qué no hay bombilla en el descansillo del segundo piso?
La portera tenía cosas más importantes que hacer que responder a un Porqué curioso. Lo persiguió con la escoba hasta la calle y le ordenó en tono severo que no volviera.
—¿Por qué me echas? —preguntó el Porqué muy indignado—. ¿Porque he dicho la verdad?
Y se fue por ahí con su fea costumbre de hacer preguntas, curioso e insistente como un inspector fiscal.
—¿Por qué la gente tira papeles al suelo en vez de echarlos a la papelera?
—¿Por qué los conductores tienen tan poco respeto por los pobres peatones?
—¿Por qué los peatones son tan imprudentes?
No era un Porqué, era una ametralladora de preguntas que disparaba a todo el mundo […]. En la comisaría se enteraron de que un Porqué así y asá, que medía tanto de altura, había huido de la página 819 del diccionario. Imprimieron su fotografía, la repartieron entre los agentes con la siguiente orden: «Si lo ven, deténganlo y métanlo en la cárcel», y pegaron carteles. El pobre Porqué, mientras se chupaba el dedo debajo de uno de los carteles, se preguntaba: «¿Por qué, por qué me quieren meter en la cárcel? ¿Es que no se pueden hacer preguntas? ¿La ley castiga a los signos de interrogación?». Busca que te buscarás, pero nadie lo encontraba. Lo cierto es que ni todos los guardias del mundo, que son millones y hablan muchas lenguas, podrán detenerlo. Y es que nuestro Porqué se ha escondido muy bien, por aquí y por allá, en todas las cosas. En todas las cosas que ves hay un Porqué.
Pese a todo, puede haber gente que no se hace ni piensa hacerse preguntas. Una solución extrema que encarna muy bien el personaje de una novela del escritor ruso Iván Goncharov, Oblómov (1859), el cual adopta una actitud apática ante todas las cosas y los hechos, y no lo hace por razones teóricas, sino porque se da cuenta de que todo es inútil. En el colegio, Oblómov «no hacía ninguna pregunta ni pedía ninguna explicación. Lo satisfacía lo que veía escrito en el cuaderno y jamás manifestaba curiosidades importunas, ni siquiera cuando no entendía lo que oía o estudiaba». Así que después «se acomodó en el sencillo y amplio ataúd del resto de su existencia», y triunfó interiormente, «porque se había librado de las borrascosas y molestas exigencias y tormentas de la vida», sin grandes alegrías ni grandes dolores, sin falsas esperanzas ni fantasías de felicidad: «Había renunciado a ello. Su alma solo hallaba paz en un rincón olvidado, lejos de todo movimiento, de toda lucha, de la vida». En cierto modo, renunciar a las preguntas es renunciar a la vida. Podemos tratar de eludir las preguntas durante mucho tiempo, pero siempre queda abierta la posibilidad de que se den situaciones que nos obliguen a plantearlas. Así, el protagonista de la novela del escritor estadounidense Philip Roth Pastoral americana (1997), al descubrir que su hija es terrorista y está implicada en un atentado con víctimas, constata que «existe algo peor que hacerse preguntas demasiado pronto en la vida, y es hacérselas demasiado tarde». En realidad, «jamás en la vida había tenido la oportunidad de preguntarse “¿por qué las cosas son como son?”. ¿Por qué habría tenido que hacerlo, si para él siempre habían sido perfectas? ¿Por qué las cosas son como son? Una pregunta sin respuesta, y hasta ese momento había sido tan afortunado que ignoraba la existencia de tal pregunta». Entonces empieza a plantearse una secuencia interminable de preguntas, alrededor de las cuales gira buena parte de la novela, sobre la relación con su hija en el pasado, para ver dónde se equivocó y qué le ocurrió a ella, para tratar de entender las razones de lo sucedido.
En las situaciones extremas es cuando somos más conscientes de la importancia de las preguntas. Esto es lo que cuenta el escritor italiano Primo Levi, prisionero en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial:
[…] empujado por la sed, vi por la ventana un carámbano a mi alcance. Abrí la ventana y arranqué el carámbano, pero al instante se acercó un tipo alto y gordo que daba vueltas por allí fuera y me lo quitó brutalmente.
Warum? —le pregunté en mi pobre alemán.
Hier ist kein Warum (aquí no hay un porqué) —me contestó, y me metió dentro de un empujón.
Donde no hay libertad, no hay espacio para las preguntas. En los campos de concentración, hacerse preguntas no era más que un «tormento inútil». Según dice Levi, allí, la cultura:
[…] podía embellecer unas horas, establecer un vínculo fugaz con un compañero, mantener viva y sana la mente, pero no era útil para orientarse, ni para entender… La razón, el arte y la poesía no ayudan a descifrar un lugar del que han sido eliminados. En la vida cotidiana que llevábamos allí abajo, llena de tedio salpicado de horror, lo más sano era olvidarlos, tan sano como aprender a olvidar nuestra casa y a nuestra familia.
En los campos de concentración, tratar de comprender era malgastar una energía que resultaba más útil invertir en la lucha diaria contra el hambre y el cansancio. «El hombre sencillo, acostumbrado a no hacerse preguntas, era ajeno al tormento inútil de preguntarse por qué». En realidad, poder plantearse una serie de porqués es un privilegio del que no solemos ser conscientes. Y no nos conviene desperdiciar el privilegio que supone la libertad de hacernos preguntas.
La fábula de Rodari resulta instructiva para comprender muchos aspectos de lo que es la filosofía. Por ejemplo, subraya que todo puede ser objeto de pregunta, y eso vale también para las cosas difíciles que ignoramos por completo, como las adivinanzas. La esfinge le pregunta a Edipo: «¿Qué ser camina primero a cuatro patas, después a dos y luego a tres?». La respuesta correcta es: el hombre. Edipo acierta porque tiene en cuenta los medios de locomoción que usa el hombre a distintas edades: las manos y los pies de niño, los pies de adulto y los pies y un bastón de viejo. El cuento Zadig (1748) de Voltaire retoma el conocido tema de una princesa que contraerá matrimonio con el hombre que supere una serie de pruebas; una de ellas es una adivinanza: «¿Cuál es la más larga y la más corta de todas las cosas del mundo, la más veloz y la más lenta, la más divisible y la más extensa, la que más desperdiciamos y la que más lloramos haber perdido, sin poder hacer nada, la que devora lo pequeño y da vida a lo grande?». Zadig, el protagonista del cuento, responde: el tiempo. Y así resuelve el acertijo, pues no hay nada más largo que el tiempo, medida de la eternidad, ni nada más corto, porque siempre es escaso para nuestros proyectos; nada es más lento para quien espera ni más rápido para quien disfruta; el tiempo se extiende hasta el infinito en lo grande y se divide hasta el infinito en lo pequeño; todas las personas lo desperdician y todas lloran su pérdida; no hacemos nada sin él, nos hace olvidar lo que es indigno del recuerdo para la posteridad y hace inmortales las grandes cosas. La ópera Turandot de Giacomo Puccini, que quedó inacabada por la muerte del compositor en 1924, se basa en un relato de Carlo Gozzi, en el que la princesa también plantea tres enigmas a sus pretendientes; y, si no los resuelven, serán ajusticiados. Lo cierto es que, en las adivinanzas, enigmas y acertijos, quien hace la pregunta conoce de antemano la respuesta; la solución ya existe, solo hay que encontrarla y esa es la tarea que tiene asignada quien debe resolverlos. En cambio, las preguntas de los filósofos no tienen respuestas predeterminadas; ellos son quienes tratan de encontrarlas y no siempre hacen desaparecer por completo los interrogantes que las originaron.
Las preguntas para saber algo pueden estar en cualquier lugar y tomar distintas formas: «¿por qué?, «¿qué es?», «quisiera saber si»… Surgen cuando constatamos que no sabemos algo que deseamos saber. Las suscitan la curiosidad o el asombro que sentimos ante algo desconocido o difícil. Como dijo Dante en el Convivio: «El asombro es un aturdimiento del alma al ver, oír o percibir de algún modo cosas grandes y maravillosas, que por lo grandes causan reverencia en quien las percibe y por lo admirables le producen deseos de conocerlas». En general, lo que siempre tenemos ante nuestros ojos no suscita preguntas; por ejemplo, no solemos cuestionarnos por qué poseemos nuestro cuerpo, sino que lo asumimos como algo obvio y solo somos conscientes de su importancia cuando sufrimos alguna lesión o minusvalía. Con todo, aquello que nos resulta familiar u obvio a veces genera un asombro repentino e introduce un cambio en nuestras vidas. En su relato El tren ha silbado (1914), el escritor italiano Luigi Pirandello muestra que la percepción inesperada de un hecho banal y cotidiano puede llevar a un hombre a cuestionarse el mundo en que vive. Una mañana, un administrativo sumiso y complaciente se rebela contra su jefe cuando este le reprocha que se haya retrasado y no haya hecho nada en todo el día. Cuando el jefe le pregunta qué significa esa rebelión, el protagonista responde que el tren ha silbado y lo toman por loco. Lo cierto es que, al oír el silbato del tren, se le abre un universo de lugares posibles a los que puede viajar con la imaginación, desde Siberia a las selvas del Congo. Así, un hecho de lo más habitual lo despierta de su vida diaria en una familia compuesta por su esposa, su suegra y la hermana de esta, tres mujeres ciegas que quieren que las sirva y las mantenga solo con su sueldo; una vida entre continuas trifulcas, que durante años le había hecho olvidar que «el mundo existía». Oír el silbato del tren es «como asomarse con anhelo, desde una tumba abierta, al espacio lleno de aire del mundo», donde millones de hombres viven de un modo distinto al suyo.
En el Canto nocturno de un pastor errante de Asia (1831), el poeta italiano Giacomo Leopardi pone en boca del pastor esta pregunta: «¿Qué haces tú, luna, en el cielo? Dime, ¿qué haces, / silenciosa luna?». El hombre compara su vida con la de la luna: «Seguro que tú comprendes / el porqué de las cosas y ves el fruto / de la mañana y de la noche, / del paso sigiloso e infinito del tiempo», lo cual plantea otras preguntas: «¿Qué hace el aire infinito, y esa profunda / e infinita serenidad? ¿Qué significa esta / soledad inmensa? ¿Y yo qué soy?». En otro relato muy interesante, Ciaula descubre la luna (1907), Pirandello habla de un pobre minero que teme la oscuridad de la noche y, en una ocasión, después de trabajar todo el día, se ve obligado a trabajar también de noche. Para transportar la carga, debe salir de la mina de azufre y, cuando sube los últimos escalones, ve intensificarse «una deliciosa claridad de plata», como si volviera a salir el sol que había visto ponerse antes de bajar a la mina: «Grande, plácida, como en un fresco y luminoso océano de silencio, vio la luna frente a él. Sí, sabía lo que era, como sabemos tantas cosas a las que no damos importancia […]. Solo ahora, al salir en plena noche del vientre de la tierra, el hombre la descubrió» y «se echó a llorar sin saberlo, sin desearlo, porque sentía un gran consuelo y una gran ternura al haber descubierto allí […] a la luna que lo ign...

Índice

  1. Introducción
  2. 1. Hacer preguntas
  3. 2. Utilizar las palabras
  4. 3. Buscar respuestas
  5. 4. Valorar las disensiones
  6. 5. Abrir fronteras
  7. 6. Entender a los demás: otros tiempos
  8. 7. Entender a los demás: otros mundos
  9. Índice de nombres