
- 60 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Nazarín
Descripción del libro
Nazarín es una novela del autor Benito Pérez Galdós. Narra la historia del padre Nazario, que abandona la vida de sacerdote en Madrid y se echa al campo. En sus viajes vivirá numerosas aventuras y desventuras, encuentros y desencuentros, en una historia con trasfondo religioso a caballo entre el Quijote y Jesús de Nazaret.
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Información
Categoría
LiteratureCategoría
Literature GeneralTercera parte
- I -
Avivó el paso, ya fuera de la Puerta, ansioso de alejarse lo más pronto posible de la populosa villa, y de llegar adonde no viera su apretado caserío, ni oyese el tumulto de su inquieto vecindario, que ya en aquella temprana hora empezaba a bullir, como enjambre de abejas saliendo de la colmena. Hermosa era la mañana. La imaginación del fugitivo centuplicaba los encantos de cielo y tierra, y en ellos veía, como en un espejo, la imagen de su dicha, por la libertad que al fin gozaba, sin más dueño que su Dios. No sin trabajo había hecho efectiva aquella rebelión, pues rebelión era, y en ningún caso hubiérala realizado, él tan sumiso y obediente, si no sintiera que en su conciencia la voz de su Maestro y Señor con imperioso acento se lo ordenaba. De esto no podía tener duda. Pero su rebelión, admitiendo que tan feo nombre en realidad mereciese, era puramente —106→ formal; consistía tan sólo en evadir la reprimenda del superior, y en esquivar los dimes y diretes y vejámenes de una justicia que ni es justicia ni cosa que lo valga... ¿Qué tenía él que ver con un juez que prestaba atención a delaciones infames de gentezuela sin conciencia? A Dios, que veía en su interior, le constaba que ni del provisor, ni del juez huía por miedo, pues jamás conoció la cobardía su alma valerosa, ni los sufrimientos y dolores, de cualquier clase que fueran, torcían su recta voluntad, como hombre que de antiguo saboreaba el misterioso placer de ser víctima de la injusticia y maldad de los hombres.
No huía de las penalidades, sino que iba en busca de ellas; no huía del malestar y la pobreza, sino que tras de la miseria y de los trabajos más rudos caminaba. Huía sí de un mundo y de una vida que no cuadraban a su espíritu, embriagado, si así puede decirse, con la ilusión de la vida ascética y penitente. Y para confirmarse en la venialidad y casi inocencia de su rebeldía, pensaba que en el orden dogmático sus ideas no se apartaban ni el grueso de un cabello de la eterna doctrina, ni de las enseñanzas de la Iglesia, que tenía bien estudiadas y sabidas al dedillo. No era, pues, hereje, ni de la más leve heterodoxia —107→ podían acusarle, aunque a él las acusaciones le tenían sin cuidados, y todo el Santo Oficio del mundo lo llevaba en su propia conciencia. Satisfecho de esta, no vacilaba en su resolución, y entraba con paso decidido en el yermo; que tal le parecieron aquellos solitarios campos.
Al pasar el puente, unos mendigos que allí ejercían su libérrima industria le miraron sorprendidos y recelosos, como diciendo: «¿qué pájaro es este que viene por nuestros dominios sin que le hayamos dado la patente? Habrá que ver...». Saludoles Nazarín con un afable movimiento de cabeza, y sin entrar en conversación con ellos siguió su camino, deseoso de alejarse antes de que picara el sol. Andando, andando, no cesaba de analizar en su mente la nueva existencia que emprendía, y su dialéctica la cogía y la soltaba por diferentes lados, apreciándola en todas las fases y perspectivas imaginables, ya favorables, ya adversas, para llegar, como en un juicio contradictorio, a la verdad bien depurada. Concluía por absolverse de toda culpa de insubordinación, y sólo quedaba en pie un argumento de sus imaginarios acusadores, al cual no daba satisfactoria respuesta. «¿Por qué no solicita usted entrar en la Orden Tercera?». Y conociendo la fuerza de esta observación, —108→ se decía: «Dios sabe que si encontrara yo en este caminito una casa de la Orden Tercera, pediría que me admitiesen en ella, y entraría con júbilo, aunque me impusieran el noviciado más penoso. Porque la libertad que yo apetezco, lo mismo la tendría vagando solo por laderas y barrancos, que sujeto a la disciplina severa de un santo instituto. Quedamos en que escojo esta vida, porque es la más propia para mí, y la que me señala el Señor en mi conciencia, con la claridad imperativa que no puedo desconocer».
Sintiéndose un poco fatigado, a la mitad del camino de Carabanchel Bajo se sentó a comer un mendrugo de pan, del bueno y abundante que en el morral le puso la Peluda, y en esto se le acercó un perro flaco, humilde y melancólico, que participó del festín, y que por sólo aquellas migajas se hizo amigo suyo, y le acompañó todo el tiempo que estuvo allí reposando el frugal almuerzo. Puesto de nuevo en marcha, seguido del can, antes de llegar al pueblo sintió sed, y en el primer ventorrillo pidió agua. Mientras bebía, tres hombres que de la casa salieron hablando jovialmente, le observaron con importuna curiosidad. Sin duda había en su persona algo que denunciaba el mendigo supuesto o improvisado, y esto le produjo alguna inquietud. Al decir «Dios —109→ se lo pague» a la mujer que le había dado el agua, acercósele uno de los tres hombres, y le dijo:
«Señor Nazarín, le he conocido por el metal de voz. Vaya que está bien disfrazado... ¿Se puede saber..., con respeto, a dónde va vestidito de pobre?
-Amigo, voy en busca de lo que me falta.
-Que sea con salud... ¿Y usted a mí no me conoce? Yo soy aquel...
-Sí, aquel... Pero no caigo...
-Que le habló no hace muchos días más abajo... y le brindó... con respeto, un sombrero de teja.
-¡Ah! sí... teja que yo rehusé.
-Pues aquí estamos para servirle. ¿Quiere su reverencia ver a la Ándara?
-No señor... Dile de mi parte que sea buena, o que haga todo lo posible por serlo.
-Mírela... ¿Ve usted aquellas tres mujeres que están allí, al otro lado de la carretera propiamente, cogiendo cardillo y verdolaga? Pues la de la enagua colorada es Ándara.
-Por muchos años. Ea, quédate con Dios... ¡Ah! un momento: ¿tendrías la bondad de indicarme algún atajo por donde yo pudiera pasar de este camino al de más allá, al que parte del puente de Segovia, y va a tierra de Trujillo?...
—110→
-Pues por aquí, siguiendo por estas tapias, va usted derechito... Tira por junto al Campamento, y adelante, adelante..., la vereda no le engaña... hasta que llega propiamente a las casas de Brugadas. Allí cruza la carretera de Extremadura.
-Muchas gracias, y adiós.
Echó a andar, seguido del perro, que por lo visto se ajustaba con él para toda la jornada, y no había recorrido cien metros cuando sintió tras de sí voces de mujer que con apremio le llamaban:
«¡Sr. Nazarín, D. Nazario!...». Parose y vio que hacia él corría desalada una falda roja, un cuerpo endeble, del cual salían dos brazos que se agitaban como aspas de molino.
«¿Apostamos a que esta que corre es la dichosa Ándara?-, se dijo, deteniéndose».
En efecto, ella era, y trabajillo le costara al caminante reconocerla, si no supiese que andaba por aquellos campos. Al pronto, se habría podido creer que un espantajo de los que se arman con palitroques y ropas viejas para guardar de los gorriones un sembrado, había tomado vida milagrosamente y corría y hablaba, pues la semejanza de la moza con uno de estos aparatos campestres era completa. El tiempo, que las cosas más sólidas destruye, había ido descostrando y arrancando —111→ de su rostro la capa calcárea de colorete, dejando al descubierto la piel erisipelatosa, arrugada en unas partes, en otras tumefacta. Uno de los ojos había llegado a ser mayor que el otro, y entrambos feos, aunque no tanto como la boca, de labios hemorroidales, mostrando gran parte de las rojas encías, y una dentadura desigual, descabalada, y con muchas piezas carcomidas. No tenía el cuerpo ninguna redondez, ni trazas de cosa magra, todo ángulos, atadijo de osamenta... ¡y qué manos negras, qué pies mal calzados de sucias alpargatas! Pero lo que más asombro causó a Nazarín fue que la mujercilla, al llegarse a él, parecía vergonzosa, con cierta cortedad infantil, que era lo más extraordinario y nuevo de su transformación. Si el descubrimiento de la vergüenza en aquella cara sorprendió al clérigo andante, no le causó menos asombro el notar que la Ándara no mostraba ninguna extrañeza de verle en facha de mendigo. La transformación de él no la sorprendía, como si ya la hubiese previsto, o por natural la tuviera.
«Señor -le dijo la criminal-, no quería que usted pasara sin hablar conmigo..., sin hablar yo con él. Sepa que estoy allí desde el día del fuego, y que nadie me ha visto, ni tengo miedo a la justicia.
—112→
-Bueno, Dios sea contigo. ¿Qué quieres de mí ahora?
-Nada más que decirle que la Canóniga es mi prima, y por eso me vine a esconder ahí, donde me han tratado como a una princesa. Les ayudo en todo, y no quiero volver a ese apestoso Madrid, que es la perdición de la gente honrada. Con que...
-Buenos días... Adiós.
-Espérese un poquito. ¿Qué prisa lleva? Y dígame: ¿se han metido con usted los caifases del Juzgado? ¡Valientes ladrones! Me da el corazón que algo le han hecho, y que la Camella, que es muy pendanga, habrá llevado la mar de cuentos a las Salesas.
-Nada me importan a mí ya Camellas, ni caifases, ni nada. Déjalo... Y que lo pases bien.
-Aguarde...
-No puedo detenerme, tengo prisa. Lo único que te digo, Ándara corrompida, es que no olvides las advertencias que te hice en mi casa; que te enmiendes...
-¡Más enmendada que estoy...! Yo le juro que aunque volviera a ser guapa, o tan siquiera pasable, que no me caerá esa breva, no me cogía otra vez el demonio. Ahora, como me tiene miedo, de puro asquerosa que estoy, no se llega a mí el indino. Lo cual que si no se enfada, le diré una cosa.
—113→
-¿Qué?
-Que yo quiero irme con usted... a donde quiera que vaya.
-No puede ser, hija mía. Pasarías muchos trabajos, sufrirías hambre, sed...
-No me importa. Déjeme que le acompañe.
-Tú no eres buena. Tu enmienda es engañosa; es un reflejo no más del despecho que te causa tu falta de atractivos personales; pero en tu corazón sigues dañada, y en una u otra forma llevas el mal dentro de ti.
-¿A que no?
-Yo te conozco... Tú pegaste fuego a la casa en que te di asilo.
-Es verdad, y no me pesa. ¿No querían descubrirme, y perderle a usted por el olor? Pues el aire malo con fuego se limpia.
-Eso te digo yo a ti, que te limpies con fuego.
-¿Qué fuego?
-El amor de Dios.
-Pues diéndome con usted... se me pegarán esas llamas.
-No me fío... Eres mala, mala. Quédate sola. La soledad es una gran maestra para el alma.
Yo la voy buscando. Piensa en Dios, y ofrécele tu corazón, acuérdate de tus pecados, y pásales revista para abominar de ellos, y tomarlos en horror.
—114→
-Pues déjeme ir...
-Que no. Si eres buena algún día, me encontrarás.
-¿Dónde?
-Te digo que me encontrarás. Adiós.
Y sin esperar a más razones se alejó a buen paso. Quedose Ándara sentada en un ribazo, cogiendo piedrecitas del suelo, y arrojándolas a corta distancia, sin apartar sus ojos de la vereda por donde el clérigo se alejaba. Este miró para atrás dos o tres veces, y la última, muy de lejos ya, la veía tan sólo como un punto rojo en medio del verde campo.
- II -
Tuvo el fugitivo en aquel primer día de su peregrinación encuentros que no merecen verdaderamente ser relatados, y tan sólo se indican por ser los primeros, o sea el estreno de sus cristianas aventuras. A poco de separarse de Ándara, oyó cañonazos, que a cada instante sonaban más cerca, con estruendo formidable que rasgaba los aires y ponía espanto en el corazón. Hacia la parte de donde venía todo aquel ruido vio pelotones de tropa que iban y venían, cual si estuvieran librando una batalla. Comprendió que se hallaba cerca del campo de maniobras donde nuestro —115→ ejército se adiestra en la práctica de los combates. El perro le miró gravemente, como diciéndole: «No se asuste, señor amo mío, que esto es todo de mentirijillas, y así se están todo el año los de tropa, tirando tiros y corriendo unos en pos de otros. Por lo demás, si nos acercamos a la hora en que meriendan, crea que algo nos ha de tocar, que esta es gente muy liberal y amiga de los pobres».
Un ratito estuvo Nazarín contemplando aquel lindo juego, y viendo cómo se deshacían en el aire los humos de los fogonazos, y a poco de seguir su camino, encontró un pastor que conducía unas cincuenta cabras. Era viejo, al parecer muy ladino, y miró al aventurero con desconfianza. No por esto dejó el peregrino de saludarle cortésmente, y de preguntarle si estaba lejos de la senda que buscaba.
« Paíce que seis nuevo en el oficio -le dijo el pastor-, y que nunca anduviéis por acá. ¿De qué parte viene el hombre? ¿De la tierra de Arganda? Pues pongo en su conocimiento que los ceviles tienen orden de coger a toda la mendicidad, y de llevarla a los recogimientos que hay en Madrid. Verdad que luego la sueltan otra vez, porque no hay allá mantención para tanto vago... Quede con Dios, hermano. Yo no tengo qué darle.
—116→
-Tengo pan -dijo Nazarín, metiendo la mano en su morral-, y si usted quiere...
-¿A ver, buen hombre? -replicó el otro examinando el medio pan que se le mostraba-. Pues este es de Madrid, del de picos, y de lo bueno.
-Partamos este pedazo, pues aún tengo otro, que me puso la Peluda al salir.
-Estimando, buen amigo. Venga mi parte. Con que siguiendo palante, siempre palante, llegará en veinte minutos al camino de Móstoles. Y dígame, ¿vino bueno trae?
-No señor, ni malo ni bueno.
-Milagro... Abur, paisano.
Encontró luego dos mujeres y un chico que venían cargados de acelgas, lechugas, y hojas de berza, de las que se arrancan al pie de la planta para echar a los cerdos. Ensayó allí Nazarín su flamante oficio de pordiosero, y fueron las campesinas tan generosas, que apenas oídas las primeras palabras, diéronle dos lechugas respingadas y media docena de patatas nuevas, que una de ellas sacó de un saco. Guardó el peregrino la limosna en su morral, pensando que si por la noche encontraba algún rescoldo en que le permitieran asar las patatas, asegurada tenía ya, con las lechugas de añadidura, una cena riquísima. En la carretera de Trujillo vio un carromato —117→ atascado, y tres hombres que forcejeaban por sacar del bache la rueda. Sin que se lo mandaran les ayudó, poniendo en ello toda su energía muscular, que no era mucha, y cuando quedó terminada felizmente la operación, tiráronle al suelo una perra chica. Era el primer dinero que recogía su mano de mendicante. Todo iba bien hasta entonces, y la humanidad que por aquellos andurriales encontraba, pareciole de naturaleza muy distinta de la que dejara en Madrid. Pensando en ello, concluía por reconocer que los sucesos del primer día no eran ley, y que forzosamente habrían de sobrevenir extrañas emergencias, y producirse más adelante las penalidades, dolores, tribulaciones y horribles padecimientos que su ardiente fantasía buscaba.
Avanzó por el polvoroso camino hasta el anochecer, en que vio casas que no sabía si eran de Móstoles, ni le importaba saberlo. Bastábale con ver viviendas humanas, y a ellas se encaminó para solicitar que le permitieran dormir, aunque fuese en una leñera, corraliza o tejavana. La primera casa era grande, como de labor, con un ventorrillo muy pobre, o aguaducho, arrimado a la medianería. Ante el portalón, media docena de cerdos se revolcaban en el fango. Más allá vio el caminante un herradero de mulas, un carromato —118→ con las limoneras hacia arriba, gallinas que iban entrando una tras otra, una mujer lavando loza en una charca, una sarmentera y un árbol medio seco. Acercose humildemente a un vejete barrigudo, de cara vinosa y regu...
Índice
- Nazarín
- Copyright
- Primera parte
- Segunda parte
- Tercera parte
- Cuarta parte
- Quinta parte
- Sobre Nazarín