Tratado de agricultura. Medicina veterinaria. Poema de los injertos.
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Tratado de agricultura. Medicina veterinaria. Poema de los injertos.

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Tratado de agricultura. Medicina veterinaria. Poema de los injertos.

Descripción del libro

Esta obra resulta de enorme interés para conocer las prácticas agrícolas de los romanos y su organización comercial y económica. El libro XIV de la obra, que varios autores consideran independiente, versa sobre medicina veterinaria, y el XV es un poema sobre los injertos.El tratado De re rustica (siglo IV d.C.), en catorce libros en prosa y un apéndice en versos elegíacos, es una monografía especializada sobre economía agraria, y culmina la tradición de la literatura agrónoma latina, representada en esta colección por la obra de Columela. Fiel a este género y al proverbial pragmatismo romano, Paladio expone con claridad ajena a todo ornato cómo deben planificarse y realizarse las tareas del campo: elección de los emplazamientos, construcción de granjas, crianza de aves de corral y del ganado, uso de aperos, cultivos (sobre todo del olivo y la vid), producción de vinos y quesos... El criterio cronológico adoptado por Paladio convierte el Tratado en un calendario agrícola que inaugura la serie de los almanaques; pero su almanaque se basa exclusivamente en el calendario civil y político, sin supersticiones astrológicas, lo cual constituye una notable innovación metodológica. El libro XIV de la obra, que varios autores consideran independiente, versa sobre medicina veterinaria, y el XV es un poema en dísticos elegíacos sobre los injertos.La obra, expuesta en un lenguaje claro y conciso y dirigida inicialmente a un público de nuevos propietarios, resulta de enorme interés para conocer tanto las prácticas agrícolas de los romanos como, en un plano más general, su organización comercial y económica. El carácter práctico del tratado motivó su prolongada pervivencia: relegó al olvido las obras de sus predecesores y llegó a ser el único manual agrícola al uso desde la temprana Edad Media. Durante los siglos XII-XIV alcanzó su máxima difusión y fue traducido a varias lenguas romance (inglés, italiano...).El Tratado de agricultura resulta de enorme interés para conocer tanto las prácticas agrícolas de los romanos como, en un plano más general, su organización comercial y económica.

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Información

Editorial
Gredos
Año
2016
ISBN del libro electrónico
9788424931742
TRATADO DE AGRICULTURA

LIBRO I

ÍNDICE

I. Las normas de la agricultura.
II. Los cuatro elementos de que consta la agricultura.
III. La aptitud del clima.
IV. La buena calidad del agua.
V. La calidad de los terrenos.
VI. El trabajo y máximas imprescindibles para el campo.
VII. La elección y situación del campo.
VIII. La edificación.
IX. Las estancias de invierno y verano, y sus pavimentos.
X. La cal y la arena.
XI. Los muros de ladrillo.
XII. Las ventanas y su altura.
XIII. Los techos de caña.
XIV. El estucado.
XV. Los revestimientos.
XVI. El carácter malsano del valle.
XVII. Los aljibes para el agua fría y su embetunado.
XVIII. La bodega del vino.
XIX. El hórreo.
XX. La almazara del aceite.
XXI. Los establos de los caballos y bueyes.
XXII. La cuadra.
XXIII. Los corrales.
XXIV. El palomar.
XXV. Las tórtolas.
XXVI. Los tordos.
XXVII. Las gallinas.
XXVIII. Los pavos.
XXIX. Los faisanes.
XXX. Las ocas.
XXXI. Los estanques.
XXXII. El almacenamiento de heno, paja y madera.
XXXIII. El estercolero.
XXXIV. La situación de la huerta y el pomar: sus cercas y siembra.
XXXV. Remedios para la huerta o el campo.
XXXVI. La era.
XXXVII. Las colmenas de abejas.
XXXVIII. La compra de abejas.
XXXIX. Los baños.
XL. Las masillas para el agua caliente y fría.
XLI. El molino del agua.
XLII. Los aperos de labranza.

I

Las normas de la agricultura
La primera precaución es tener en cuenta a la persona que vas a enseñar, y el que instruye a un agricultor no debe emular a los oradores con filigranas retóricas, como hicieron muchos, que por hablar con erudición a los agricultores consiguieron que su enseñanza no pudiera comprenderse ni siquiera por los más eruditos. Pero recortemos extensión del prólogo para no imitar a los que criticamos 1 .
Vamos a hablar, con la ayuda divina, de toda la agricultura, [2] de los pastos, de las edificaciones rurales, siguiendo a los maestros en arquitectura, de los alumbramientos de agua y, en general, de cuanto conviene hacer o cultivar al agricultor por razón de su agrado y su provecho, distinguiendo, no obstante, cada cultivo en su época correspondiente. Por supuesto que en los frutales resolví atenerme a lo siguiente: a tratar dentro del mes en que deben plantarse, cada especie con todas sus instrucciones.

II

Los cuatro elementos de que consta la agricultura
Así, pues, en primer lugar, la razón de una buena elección y cultivo del campo estriba en cuatro factores: aire, agua, tierra y labor.
Tres de ellos dependen de la naturaleza, el otro de lo que se pueda y se quiera. Propio de la naturaleza es, y a ello hay que mirar en primer lugar, que en los lugares que destines al cultivo el aire sea saludable y apacible, el agua salubre y abundante, bien sea porque nazca allí, o sea traída, o se recoja de la lluvia; la tierra fértil y cómoda por su emplazamiento.

III

La aptitud del aire
Testimonian, pues, la salubridad del aire los lugares apartados de valles profundos, despejados de nieblas por las noches así como la estimación de los siguientes síntomas de sus habitantes: si tienen un color sano, la cabeza bien erguida, la mirada clara, el oído fino y la garganta da paso a una voz cristalina. De esta forma se comprueba la pureza del aire, pues lo contrario denota un tipo de clima insano.

IV

La buena calidad del agua
La salubridad del agua se reconoce así: ante todo, que no proceda de estanques o charcas, que no tenga su nacimiento en las minas, que sea trasparente y no esté alterada por sabor u olor alguno, que no deposite lodo, que alivie el frío por tibia y aplaque el calor del verano por fresca. Pero como la naturaleza, substrayendo todas estas cosas a la vista, gusta de encubrirse guardando el mal oculto, la reconoceremos también por la salud de sus habitantes: si está limpia la garganta de los que la [2] beben, si la cabeza está sana y no hay ninguna afección, o es poco frecuente, en pulmones y estómago —pues muchas veces lo que está infectado en la parte superior del cuerpo propaga las enfermedades a la parte inferior, de modo que cuando la cabeza está afectada, el mal desciende a los pulmones y estómago, y entonces hay que echar la culpa más bien al aire—, después, si el vientre, las tripas, los pulmones o los riñones no están aquejados por dolor o inflamación alguna y si no hay enfermedades vesicales; cuando estos síntomas los veas detectados en la mayor parte de los habitantes, no receles del aire ni de las fuentes.

V

La calidad de las tierras
En las tierras hay que buscar la fertilidad 2 ; que no sea una gleba blanca y desnuda, ni sablón delgado sin mezcla de mantillo, ni greda pura, ni arenas finas, ni grava seca, ni tenga la delgadez pedregosa del polvo dorado, ni tierra salada o amarga, ni encharcada, ni toba arenosa y seca, ni un valle excesivamente umbrío y cerrado 3 , sino que sea una tierra suelta y más bien negra capaz de recubrirse con un tapiz de césped, o de un color intermedio, de forma que, aunque sea poco densa, se aglutine, sin embargo, con la adición de un suelo [2] graso. Lo que dé que no sea ni rugoso, ni reseco, ni falto de savia natural. Que produzca, ya que es una buena señal de dar cereales, yezgo, junco, caña, césped, trébol que no sea endeble, zarzas grandes y ciruelas silvestres.
En cambio, no hay que empeñarse en buscar el color 4 , [3] sino la crasitud y la dulzura. Comprobarás la grasa de este modo: disuelves en agua dulce un poquito de tierra y le das vueltas; si es pegajosa y liga, prueba que contiene grasa 5 . O, también, se hace un agujero y se vuelve a llenar; si sobra tierra, es grasa, si falta, es seca, si queda al ras, intermedia 6 . De otra parte, su dulzura se reconoce si de la parte del campo que menos te gusta, pruebas por el sabor un terrón disuelto en agua dulce en un recipiente de barro.
La tierra que vale también para el viñedo se nota por [4] las siguientes características: si es de un color y un cuerpo más bien claro y suelto, si los arbustos que produce son lisos, brillantes, altos y fértiles, como perales silvestres, ciruelos, zarzas, etc., y no son torcidos, ni estériles, ni mustios por extremadamente endebles.
En cuanto a la superficie del terreno, que no sea llana [5] de modo que se encharque, ni empinada de modo que se erosione, ni hundida de modo que se acumule en el fondo de una hondonada, ni escarpada de modo que note extremadamente el mal tiempo y los calores, sino un término medio siempre provechoso y equilibrado de todo ello, bien sea un campo abierto que deslice el agua de las lluvias por un declive imperceptible, o una colina levemente inclinada por sus faldas, o un valle con cierta dimensión y amplitud de espacio, o un monte protegido por la interposición de otra cima y libre por algún medio de vientos perjudiciales, o bien alto y escarpado, pero, en todo caso, cubierto de árboles y hierbas.
[6] Pero aunque hay muchísimos tipos de tierra como, por ejemplo, grasa y magra, compacta y suelta, seca y húmeda, y la mayor parte de ellas tienen defectos, sin embargo muchas veces son las adecuadas para las diferentes semillas. Debe elegirse principalmente, como más arriba dije, un terreno graso y suelto que requiere un trabajo mínimo y da un fruto máximo. De menos mérito es el espeso que, aunque con muchísimo trabajo, sin embargo, responde a lo planeado. Pero el tipo peor de todos es el que resulta seco y a la vez compacto, delgado y frío. Del tal campo hay que huir como de un apestado.

VI

El trabajo y máximas imprescindibles para el campo
Y cuando estas cuestiones que dependen de la naturaleza y no pueden mejorarse por el trabajo del hombre, las hayas examinado con cuidado, te toca cumplir a ti la parte que queda al trabajo. Tu dedicación a ello será incluso mayor, de modo que guardarás primordialmente estas máximas de toda labor agrícola, que yo te someto 7 :
La presencia del dueño es provecho del campo 8 .
El color de la tierra no será tu afán primordial ya que es una garantía poco segura de su productividad.
Planta los mejores ejemplares de todos los vástagos y [2] semillas, pero habiéndolos experimentado en tus tierras, pues en un tipo de semilla nuevo, antes de comprobarlo, no hay que volcar toda la esperanza.
En los lugares húmedos las semillas se estropean antes que en los secos; y, por eso, viene bien seleccionarlas a menudo.
Hay que tener necesariamente forjadores, carpinteros y artesanos de tinajas y cubas, para que no distraiga a los campesinos del trabajo cotidiano la necesidad de depender de la ciudad.
En los lugares fríos oriéntense los viñedos al Mediodía, en los calurosos al Norte, en los templados al Este o, si fuera inevitable, al Oeste.
[3] La planificación de las faenas no puede establecerse con una regla fija, dada la disparidad tan grande de las tierras y, por eso, la familiaridad del suelo y del lugar te mostrará fácilmente qué tiempo precisa cada producto tanto en las plantas como en cualquier tipo de sembrados.
Lo que está en flor es claro que no hay que tocarlo.
No pueden seleccionarse bien las semillas si no se ha seleccionado previamente al que haga esta labor.
En las fae...

Índice

  1. Portada
  2. Página de derechos de autor
  3. Introducción
  4. Tratado De Agricultura
  5. Medicina Veterinaria
  6. Poema De Los Injertos
  7. Índice General