Instituciones divinas. Libros IV-VII
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Instituciones divinas. Libros IV-VII

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Instituciones divinas. Libros IV-VII

Descripción del libro

Toda la obra conservada de Lactancio corresponde a la segunda fase de su vida, tras su conversión al cristianismo, en la que aspira a sustituir la sabiduría pagana por la nueva fe, partiendo de supuestos racionales. Su gran originalidad reside en conservar el legado romano junto a la afirmación de la nueva fe.Lucio Cecilio (o Celio) Firmiano Lactancio (245-325 d.C.), que ha sido llamado "el Cicerón cristiano", compuso las Institutiones divinae (denominadas a su vez por san Jerónimo "un río de elocuencia ciceroniana") para mostrar que la doctrina cristiana era un sistema lógico que se podía defender con la razón además de con la fe. Las dirigió a lectores paganos cultos y, más que a las Escrituras, recurre para ilustrar sus tesis a argumentos de escritores paganos. En efecto, Lactancio es (como Tertuliano, Ambrosio, Jerónimo, Paulino de Nola, Prudencio y san Agustín) un escritor cristiano de los primeros siglos, de formación clásica en retórica y cultura, en el que se cumple la paradoja de utilizar estos recursos literarios y conceptuales para extender la nueva doctrina frente, precisamente, a la literatura y la religión paganas.De los siete libros de las Instituciones divinas, los tres primeros son una crítica del politeísmo y de la filosofía romana; después, Lactancio procede a argumentar que sólo la fe cristiana es capaz de aunar filosofía y religión. A partir de esta concepción fundamental, Lactancio analiza la idea cristiana de justicia y moralidad y el culto, y trata cuestiones esenciales como el bien supremo y la inmortalidad del alma, para concluir instando a abrazar la nueva religión. Más argumentativo que polemista, Lactancio se dirige a la razón del lector, al que no pretende abrumar con principios de autoridad incontrovertibles.

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Información

Editorial
Gredos
Año
2016
ISBN del libro electrónico
9788424931766
LIBRO IV
SOBRE LA SABIDURÍA Y RELIGIÓN VERDADERAS
Los siglos anteriores a Cristo están dominados por la oscuridad y la ignorancia
A mí, en mis frecuentes pensamientos [1 ] y reflexiones internas, me suele dar la impresión de que la antigua situación del género humano era extraña y, en la misma medida, indigna, porque a causa de la estolidez de una sola época que aceptó distintas religiones y que creyó en la existencia de muchos dioses se llegó de pronto a tal extremo de inconsciencia que, alejada de los ojos la verdad, no se aceptaba la religión del Dios verdadero ni el sentido de la dignidad humana, ya que los hombres no buscaban el bien supremo en el cielo, sino en la tierra. Por esta razón queda sin duda [2] menguada la felicidad de los tiempos pasados. Y es que, tras olvidarse del Dios padre y creador de todas las cosas, empezaron a venerar las creaciones insensibles de sus propias manos 1 . Los propios hechos evidencian los resultados que produjo y los males que acarreó esta depravación. Efectivamente, los hombres, apartados del sumo bien, el [3] cual, por ser el sumo, es el bien feliz y eterno —y se apartaron de él porque no podía ser visto, ni tocado ni oído—, y apartados de las virtudes congruentes con este bien —virtudes que son igualmente inmortales—, cayeron en el culto de esos dioses corruptos y frágiles y se entregaron a las aficiones con las que solamente se adorna, alimenta y deleita el cuerpo, buscando para sí mismos, juntamente con sus dioses y sus bienes corporales, una muerte eterna: y es que todo lo corpóreo está sometido a la muerte. [4] Como consecuencia, estas religiones fueron acompañadas, como era de rigor, de la injusticia y de la impiedad. Dejaron, en efecto, de elevar sus ojos al cielo, mientras que sus mentes, dirigidas hacia abajo, aceptaban no sólo las [5] religiones, sino también los bienes terrenos. Siguieron la ruina del género humano, el fraude, y todo tipo de maldades, ya que, despreciando los bienes eternos e incorruptos, que son los únicos que deben ser deseados por el hombre, prefirieron los bienes temporales y perecederos; y la confianza en el mal tuvo más fuerza entre los hombres, los cuales, al tener más a mano la depravación, prefirieron [6] a ésta antes que a la virtud. De esta forma, la niebla y las tinieblas se apoderaron de la vida del hombre, que se había movido en siglos anteriores en medio de una clarísima luz 2 ; y sucedió lo que era normal con una depravación de este tipo: al desaparecer la sabiduría, los hombres empezaron a reivindicar para sí mismos el título de sabios. [7] La verdad es que, en aquel momento, nadie merecía el nombre de sabio, aunque todos lo eran: ¡Ojalá que ese nombre, tan común entonces, hubiera tenido su auténtico significado, aunque sólo hubiera quedado reducido a unos pocos! [8] Y es que quizás esos pocos, con su talento, su autoridad y sus constantes consejos, hubiesen podido librar al pueblo de sus vicios y errores. Pero la verdad es que esta sabiduría hasta tal punto se había totalmente destruido que, por la propia arrogancia del nombre, queda claro que ninguno de aquellos que se llamaban sabios lo era realmente.
Y, sin embargo, antes de que se inventara eso que se [9] llama filosofía, se nos transmite que hubo siete sabios 3 , los cuales fueron los primeros que, por haberse atrevido a investigar y a discutir sobre la naturaleza, merecieron ser tenidos por sabios y ser llamados así.
¡Oh míseros y desgraciados siglos aquellos en los cuales [10] sólo hubo siete personas a lo largo de toda la tierra que merecieran ser llamados hombres!; porque nadie con razón puede ser llamado hombre sino el que es sabio. Pero es que, si todos los demás, a excepción de estos siete, [11] fueron estólidos, tampoco ellos fueron sabios, porque nadie en realidad puede ser considerado sabio por el hecho de que así lo piensen los estólidos. Hasta tal punto estaba [12] lejos de ellos la sabiduría, que ni siquiera después, al aumentar los conocimientos, y al dedicarse constantemente muchos y grandes talentos a este tema, pudo ser conseguida y alcanzada la verdad; en efecto, tras la gloria conseguida por estos siete sabios, toda Grecia se lanzó con increíble ardor y afán a la búsqueda de la verdad; y, tras aborrecer [13] el propio nombre de sabios, se llamaron a sí mismos, no sabios, sino estudiosos de la sabiduría 4 . Con ello acusaron de falsos y estólidos a los que temerariamente se habían dado a sí mismos el nombre de sabios, y a ellos mismos de ignorantes, cosa que no negaban. Efectivamente, [14] siempre que la propia naturaleza oponía resistencia a su comprensión, de forma que no podían dar ninguna explicación, solían declarar que no sabían nada, que no veían nada. Por ello, resultan ser mucho más sabios los que vieron que ellos eran ignorantes en algún aspecto que los que creyeron estar en posesión de la sabiduría.
La auténtica sabiduría está en la religión de los judíos
[2 ] Por todo ello, si no fueron sabios aquellos que así fueron llamados, ni tampoco los que después vinieron, los cuales no dudaron en confesar su ignorancia, ¿qué queda sino buscar en otro sitio la sabiduría [2], ya que no fue encontrada donde se buscó? Y ¿cuál otra debemos pensar que fue la causa de que no fuera encontrada a pesar de ser buscada con extraordinario afán y esfuerzo por tantos talentos y durante tanto tiempo, sino el hecho de que los filósofos la buscaron fuera del lugar [3] donde estaba? Dado que éstos, tras andar e investigar en todos sitios, no consiguieron ninguna sabiduría, y dado que ésta tiene necesariamente que estar en algún sitio, está claro que ha de ser buscada sobre todo allí donde aparece el rótulo de la ignorancia: y es que Dios escondió el tesoro de la sabiduría y de la verdad bajo el manto de la ignorancia, para que el secreto de su obra divina no estuviese a [4] la vista de todos. Por ello me suelo extrañar de que Pitágoras y Platón, que en su afán por investigar la verdad llegaron hasta los egipcios, los magos y los persas, para conocer los ritos y los cultos de éstos —sospechaban, en efecto, que la sabiduría se basaba en la religión—, no se acercaran a los judíos, que eran los únicos en cuyo poder estaba la verdad y a los cuales hubieran podido tener fácil [5] acceso 5 . Pero pienso que fue la divina providencia la que los apartó de ellos, para que no pudieran conocer la verdad, ya que todavía no estaba permitido a los hombres extraños conocer la religión y la justicia del Dios verdadero. Y es que Dios había decidido enviar desde el cielo un gran jefe, cuando se acercara el final de los tiempos, para que éste, tras quitársela al pueblo pérfido e ingrato, revelara la verdad a los gentiles.
De este tema me propongo hablar en este libro, tras demostrar que la sabiduría va tan unida a la religión que no puede ser separada la una de la otra.
La religión y la sabiduría están necesariamente unidas
En el culto a los dioses, como ya demostré [3 ] en el libro primero, no hay sabiduría; y no sólo porque ese culto convierte al hombre, animal divino, en esclavo de lo terreno y frágil, sino también porque en él no se enseña nada que sirva para cultivar las buenas costumbres y regular la vida; además, ese culto no lleva consigo búsqueda alguna de la verdad, sino sólo un conjunto de ceremonias que exigen, no una ayuda de la mente, sino una participación del cuerpo. Y, por tanto, [2] eso no debe ser considerado como verdadera religión, ya que, al no tener preceptos que lleven a la justicia y a la virtud, ni enseña ni hace mejores a los hombres. Por otro lado, la filosofía, al no identificarse con la religión, es decir, con la suma piedad, no es la auténtica sabiduría. Y es que si la voluntad de Dios, que gobierna este mundo [3] y sustenta al género humano con increíble beneficencia y lo asiste con amabilidad casi paternal, es la de que se le devuelvan gracias y se le den honores, no puede ser piadoso un hombre que se muestre desagradecido ante los beneficios celestiales, lo cual no es ciertamente propio de un [4] hombre sabio. Así pues, si, como ya dije, la filosofía y la religión de los dioses están separadas y muy distantes —y es que una cosa son los filósofos, por medio de los cuales no se llega a los dioses, y otra los sacerdotes de la religión, a través de los cuales no se aprende a ser sabios—, está claro que ni aquélla es la verdadera filosofía ni ésta la auténtica [5] religión. Por ello, ni la sabiduría pudo comprender la verdad, ni la religión de los dioses pudo dar la razón de ser de sí misma, sencillamente porque no la tenía.
[6] Pero, cuando la sabiduría se une con inseparable lazo con la religión, las dos son necesariamente verdaderas, ya que en el culto hay que ser sabios, es decir, hay que saber qué y cómo debemos adorar, y en la sabiduría hay que practicar un culto, es decir, cumplir de hecho y con la acción [7] lo que sabemos. Y ¿dónde se une la sabiduría con la religión? Sin duda que allí donde es adorado el único Dios, donde toda vida y toda acción es referida a un solo principio y a un solo fin, y, finalmente, donde los doctores de la sabiduría son los mismos que los sacerdotes de Dios. [8] Sin embargo, que nadie se extrañe de que con frecuencia haya sucedido y pueda suceder que algún filósofo haya recibido el sacerdocio de los dioses: cuando esto sucede, no se une la filosofía con la religión: la filosofía deja de serlo cuando se mezcla con la religión, y la religión deja [9] de ser religión cuando es tratada por la filosofía; y es que una religión como ésa es muda, y no sólo porque es una religión de mudos, sino porque sus ritos están en las manos y en los dedos, no en el corazón y en la lengua, como lo está la nuestra, que es la verdadera.
[10] Por todo ello, pues, la religión coincide con la sabiduría y la sabiduría con la religión, y, como consecuencia, no pueden separarse, ya que ser sabio no es otra cosa que adorar con justo y piadoso culto al Dios verdadero.
Que el culto a muchos dioses no es acorde con la [11] naturaleza puede deducirse y explicarse con el siguiente argumento: todo Dios que es adorado por el hombre debe ser invocado como un padre entre ritos y preces solemnes, no sólo porque lo exija el honor, sino porque lo exige también la razón, ya que es más antiguo que el hombre y regala, como padre que es, la vida, la salud y el alimento; es así que Júpiter, Saturno, Jano, Líber y todos los demás [12] son llamados padres por sus fieles —de lo cual se ríe Lucilio en el Consejo de los dioses: «que no haya ninguno de nosotros que no sea llamado Júpiter padre, Neptuno padre, Líber padre, Saturno padre, Marte, Jano, Quirino padres» 6 — y que la naturaleza no consiente que un [13] solo hombre tenga muchos padres —sólo es engendrado en efecto por uno—; luego adorar a muchos dioses va [14] contra la naturaleza y contra la piedad. En consecuencia, debemos adorar a un solo Dios, el cual puede verdaderamente ser llamado padre; y este mismo debe ser también señor, ya que de la misma forma que tiene poder para ser indulgente, lo tiene también para castigar. Debe, pues, [15] ser llamado padre, porque nos regala muchos y grandes dones, y señor, porque tiene máximo poder para corregirnos y castigarnos. Incluso la lógica basada en el sentido común nos demuestra que el que es señor es también padre; y es que ¿quién puede educar a los hijos si no tiene sobre ellos el poder de un señor? Y no sin razón se le [16] llama «padre de familia», aunque tenga sólo hijos: efectivamente, el término «padre» abarca también a los escla vos, por cuanto sigue el término «familia» 7 , y el término «familia» abarca también a los hijos porque antecede el término «padre»; de ahí queda claro que la misma persona es al mismo tiempo padre de los esclavos y señor de los [17] hijos. Es más, un hijo es manumitido 8 de la misma forma que lo es un esclavo, y un esclavo liberado recibe el nombre del padre, como si fuera un hijo. Y es llamado «padre de familia» para que quede claro que está dotado de la doble potestad, ya que como padre debe ser indulgente y como señor debe castigar; por ello hay que concluir que el esclavo se identifica con el hijo y el señor con el padre.
[18] Pues bien, de la misma forma que por necesidad natural no puede haber nada más que un padre, así también no puede haber nada más que un señor. Pues ¿qué haría un esclavo si muchos señores le mandaran cosas diferentes? [19] Consiguientemente, las religiones que tienen muchos dioses no están acordes ni con la razón ni con la naturaleza, ya que no puede haber ni muchos padres, ni muchos señores, y los dioses deben ser llamados necesariamente padres y [20] señores. No puede, pues, estar en posesión de la verdad la religión en la que el mismo hombre está sometido a muchos padres y señores, y en la que el alma, dispersada entre muchas obligaciones, vaga por aquí y por allá; ni puede tener firmeza ninguna la religión cuando carece de una [21] sede segura y estable. Los cultos a los dioses no...

Índice

  1. Anteportada
  2. Portada
  3. Página de derechos de autor
  4. LIBRO IV
  5. LIBRO V
  6. LIBRO VI
  7. LIBRO VII
  8. ÍNDICE