La revolución y la novela en Rusia
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La revolución y la novela en Rusia

  1. 55 páginas
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La revolución y la novela en Rusia

Descripción del libro

La revolución y la novela en Rusia es una obra de la escritora Emilia Pardo Bazán que analiza la literatura rusa de su época desde un punto de vista tanto político como feminista, mientras que la contrapone de forma crítica a las tendencias literarias españolas.

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Información

Editorial
SAGA Egmont
Año
2021
ISBN del libro electrónico
9788726685213
Categoría
Literatura

II.

La palabra nihilismo.—Orígenes de la revolución.— La mujer y la familia revolucionaria. — Ir al pueblo.—Herzen y Bakunine.—La novela nihilista.— El Terror.—Policía y censura.—Orígenes de las letras rusas. — El romanticismo: los poetas líricos.—El realismo: Nicolás Gogol.
Nunca he percibido como ahora los escollos y dificultades del asunto que trato. Hablar de nihilismo es un gran atrevimiento, y á pesar de todos mis esfuerzos por poner en el fiel la balanza y considerar serenamente el fenómeno social y el literario que con él se enlaza de un modo tan íntimo, no conseguiré tal vez librarme de la nota de apasionada ó injusta. Para la gente timorata, he de pasar plaza de blanda é indulgente con los revolucionarios rusos; y éstos—si alguno llega á leerme,—acaso dirán de mí lo que de Leroy Beaulieu, al cual acusan de beber sus opiniones en esferas oficiales y hablar por boca de reaccionarios.
El primer tropiezo es la palabra nihilismo. En el libro Rusia, de mi amigo Tikomirof, siete ú ocho páginas están dedicadas á condenar severamente el uso de las expresiones nihilismo y nihilistas. No obstante, mal que le pese al ilustradísimo autor, he de servirme de ellas, puesto que según él mismo reconoce, ya se emplean universalmente en Europa, y todo el mundo entiende lo que significan, de la manera aproximada y relativa con que puede entender la mayoría de las gentes ciertos vocablos. No por eso rechazo la denominación que Tikomirof propone, llamando al nihilismo parte militante de la inteligencia; sólo que es mucho más larga y oscura, pues para comprenderla hay que saber qué quiere decir la inteligencia rusa. Los nihilistas se llaman á sí propios con varios nombres: demócratas, socialistas, propagandistas, hombres nuevos; á veces adoptan el título de algún órgano de su prensa clandestina. Esta guerra á los nombres siempre me ha parecido pueril, y arrostro la excomunión que Tikomirof fulmina contra aquéllos que, no contentos con usar la reprobada palabra, dedican un capítulo á la historia de lo que representa, y estudian el nihilismo como doctrina ó tendencia aparte entre las conocidas hasta el día. No puedo convenir en que el nihilismo sea meramente el movimiento intelectual ruso, ni creo que toda Europa se equivoque al juzgar que las explosiones nihilistas revelan un modo de ser característico y propio del gran imperio eslavo. Opino, al contrario, que si mañana se borrase del mapa Rusia, y de los libros su historia, y de todas partes los rastros de su individualidad nacional, conservándose únicamente algunas páginas de su novela y algunos fragmentos de su literatura revolucionaria, un filósofo ó un crítico podría, sin más datos, reconstruir el espíritu de la raza en toda su integridad y plenitud.
Y para empezar, ¿cómo nació la discutida palabreja?Un novelista fué quien bautizó á los sectarios llamados entonces hombres nuevos: Iván Turguenef, por boca de un personaje de su célebre novela Padres é hijos, impuso á la generación joven el nombre de nihilistas. No era de su cosecha el vocablo: ya lo había estampado Royer Collard; ya Víctor Hugo había dicho que la negación de lo infinito lleva al nihilismo en derechura, y José de Maistre hablado del nadismo más ó menos consciente de las generaciones contemporáneas; pero el autor de Tierras vírgenes fué quien sacó á luz é hizo célebre la palabra, que después de mover gran alboroto en su tierra, lleva corrido el universo.
Epoca de dura represión fué el reinado de Nicolás I. Cuando ascendía al trono estalló la conspiración de los decembristas, y esta súbita revelación del espíritu revolucionario dió nuevo temple al alma, ya de suyo férrea é inflexible, del Zar. Dispuesto á ahogar al enemigo ó dejar la vida en la demanda, Nicolás, aunque amante de las letras y lector asiduo de Homero, no hubiera vacilado en efectuar la ablación del cerebro á Rusia: en poco estuvo que no suprimiese todas las universidades y colegios, retrocediendo voluntariamente á la barbarie de los siglos asiáticos; pero redujo y mutiló la enseñanza, suprimió la cátedra de derecho político europeo, y después de las jornadas francesas de 1848, pensó seriamente en ceñir la frontera de sus estados con un cordón de tropas que rechazase el liberalismo como se rechaza el cólera ó la peste. Persona que ha visto de cerca al Zar de hierro, me lo describió alto, derecho, rígido, siempre incrustado en su uniforme, esclavo de sus deberes de soberano, personificación viviente de la autocracia, no sin razón llamado el Quijote del absolutismo. Al final de una vida consagrada al culto fanático de sus convicciones, el inflexible emperador, que se creía guiado por el dedo divino, sólo halló la derrota y la ruina de la patria. Entonces ésta se despertó despavorida, y un grito de reprobación, un coro de maldiciones se elevó contra el soberano y el orden de cosas por él establecido. La sátira alzó su voz estridente é indignada, y escupió al rostro del Zar terribles anatemas.—¡Oh, Emperador!—le dijo,— Rusia te ha confiado el supremo poder; fuiste como un Dios en la tierra: ¿qué has hecho? Cegado por la ignorancia y la pasión, ambicionaste el dominio y olvidaste á Rusia; te pasaste la vida en revistar tropas, en variar uniformes, en firmar proyectos de ley. Creaste la vil ralea de los censores de la prensa, á fin de dormir en paz, de ignorar las necesidades del pueblo y desoir sus gemidos, y á la verdad, á la santa verdad, la enterraste, rodando ancha losa ante la puerta del sepulcro, y poniendo numerosa guardia, para pensar, allá en tu soberbio corazón, que no resucitaría nunca. Mas ya luce la aurora del tercer día, y la verdad se levanta de entre los muertos.—Así vió el gran autócrata caer los muros que labraran sus duras manos, amasándolos con sangre y lágrimas de dos millones de seres humanos deportados á Siberia. Acaso los principios inflexibles, resorte de acero de su alma, se romperían entonces: lo cierto es que era muy tarde para desmentir su existencia toda, y según las versiones más autorizadas, buscó pronta y segura muerte, arrostrando sin abrigo la aspereza del clima.—Yo no podía retroceder,—cuentan que exclamó al morir aquel hombre íntegro y sin soldaduras, á quien todos sus rigores no me harán llamar tirano.
Fué, sin embargo, bajo su cetro, bajo su compresión sistemática, cuando, por confesión del gran publicista revolucionario Herzen, se desarrolló como nunca el pensamiento ruso y se verificó lo que el mismo publicista llama trágica emancipación de la conciencia; cuando desabrocharon el botón y florecieron plenamente las letras nacionales. Al suceder en el trono Alejandro II, al aflojarse las ligaduras del despotismo y levantarse el bloqueo con que Nicolás intentara vanamente aislar á su imperio, el terreno estaba preparado para la batalla intelectual y política.
En todo es Rusia extremosa y arrebatada: ningún cambio social se verifica allí con la lenta gradación que facilita las transiciones, ahorrando choques y conflictos. Si en el resto de Europa la moderna actividad científica se debió á causas múltiples y sinérgicas, Renacimiento, imprenta, descubrimiento de América, en Rusia lo impuso la voluntad del autócrata, forzando y sorprendiendo la del país. Y si esta tierra soñolienta sacude algún día su letargo y nota la efervescencia política actual, será con la misma fogosa rapidez, con la misma exageración y lirismo, con igual lógica rectilínea, sin parar hasta estrellarse en el absurdo.
Antes de explicar cómo salió de la inteligencia el nihilismo, repetiré qué se entiende en Rusia por inteligencia. Es una clase donde tienen cabida todas las personas, cualquiera que sea su profesión y estado, que se interesan por la vida intelectual y contribuyen á ella. Se dirá, y con razón, que en todas partes existe esta clase, y que no sería difícil reclutar en España una numerosa inteligencia de poetas, escritores, periodistas, artistas, políticos y sabios, gente toda que trata en ideas; mas la diferencia está en que la inteligencia española carece de unidad, se divide en campos opuestos, y buena parte de ella huye de la lid social y política para mantenerse en la serena esfera del arte, mientras en Rusia la inteligencia representa una causa común, un espíritu homogéneo, profundamente subversivo y revolucionario. Escribir la historia de las modernas letras en Rusia, y de la novela en particular, equivale á escribir la de la revolución.
Este carácter disolvente, ya encubierto, ya manifestado sin rebozo, con una franqueza que maravilla en país de tan suspicaz censura, explica el fenómeno de que los Zares, protectores del arte en otro tiempo, se ensañen, desde mediados del siglo, con autores, libros y prensa. Hubo un emperador, el más excelso, que por no perder el fruto de sus reformas, hizo espirar á latigazos á su propio hijo. El arte ruso, hijo de los Zares en cierto modo, no recibió mejor tratamiento cuando quiso emanciparse.
Larga y dolorosa es la lista de las persecuciones dirigidas contra el pensamiento, la página impresa y la estrofa en Rusia, y más triste aún la de los vejámenes impuestos á hombres ilustres. Pero importa distinguir, para no acusar sin motivo. Herzen, internado y con los bienes confiscados; el famoso mártir Chernicheuski ( 5 ), con sus veintitantos años de presidio ó encierro en un fortín de Siberia, no me sublevan, porque sufren la suerte común del agitador político, y harto sabido es que donde las dan las toman; en cambio, me hiere y lastima que á artistas como Dostoyeuski ó Turguenef se les inflija la pena más leve. Si en cierto sentido toda la literatura rusa está embebida de zumo revolucionario, entre los autores que se proponen fin político y los que sólo respiran por la herida cuando llega el caso, encuentro la misma diferencia que entre el escritor franco y libre, y el licencioso y lascivo. Y esto no es comparar á los autores nihilistas con los pornográficos, ni encierran mis palabras intención denigrante. Sólo digo que cuando la literatura ataca deliberadamente á la sociedad constituída, el instinto de conservación obliga á ésta á defenderse persiguiendo.
¿De dónde vinieron á Rusia los primeros elementos revolucionarios? Remontándonos al origen, del Occidente: de Francia, con la filosofía negativa, materialista y sensualista bebida en la Enciclopedia é importada por Catalina II; de Alemania, más tarde, con el kantismo y el hegelianismo de la izquierda, de que la juventud rusa se empapó frecuentando las universidades alemanas, y que difundió en su tierra con la impetuosidad propagandista que caracteriza al eslavo. En la razón pura y el idealismo transcendental se inspiraron los primeros apóstoles del nihilismo, Herzen y Bakunine ( 6 ). Mas las ideas traídas de Europa se aliaron en Rusia á un elemento indígena ó acaso de procedencia oriental: el fatalismo quietista, que conduce al más negro y desesperado pesimismo. Porque el nihilismo, antes que movimiento democrático y revolucionario, es concepción filosófica de toda la vida. En Europa, desde principios del siglo, se sucedieron motines y revoluciones, se derrocaron dinastías y se mudaron formas de gobierno, pero fueron trastornos políticos más bien que angustias de la conciencia y enfermedades del alma.
Nada de político tuvo el nihilismo en sus comienzos. Durante la década de 1860 á 70, apoderóse de la mocedad rusa una especie de fiebre negadora, una feroz antipatía contra todo lo existente, autoridades, instituciones, ideas usuales y dogmas rancios: en la novela de Turguenef, Padres é hijos, nos encontraremos con un tal Bazarof, muy díscolo, mal criado é inaguantable, que personifica el tipo. Hacia 1871, habiendo cruzado la frontera ecos de la Commune parisiense y emisarios de la Internacional europea, empezaron á moverse y agitarse los nihilistas, á asociarse clandestinamente y hacer propaganda: siete años después organizaron el terror, el asesinato y la voladura. Así recorrieron las tres fases sucesivas de pensamiento, palabra y obra, andando el camino, menos largo de lo que se cree, que va del dicho al hecho y de la utopia al crimen.
Y con todo, no llegó á ser el nihilismo lo que acá entendemos por partido político. No hay en él credo aceptado ni programa oficial. En su desesperada amplitud caben todas las negaciones y todas las formas agudas de la revolución. Anarquistas, federales, cantonalistas, pactistas, terroristas, unánimes para barrer lo presente, se agrupan bajo la enseña de la nada.
En estos frenesíes colectivos que impulsan á todo un pueblo á rasgarse el pecho con sus propias uñas, hay siempre, como en el alma del último romano, un fondo de tristeza y cólera, que nace de justas y nobles aspiraciones ahogadas por circunstancias fatales. Ya hemos visto lo que hicieron de Rusia la naturaleza y la historia: una nación civilizada por medios violentos, reprimida en su desarrollo natural y armónico, aislada de Europa apenas el poder se dió cuenta del peligro que la comunicación encerraba. Así se exasperó en la juventud el instinto que la impulsa hacia lo desconocido y nuevo, las quimeras abstractas y los ensueños vagos; así se formó en los seminarios, colegios y universidades, en las filas de la nobleza y en el seno de la literatura, esa hueste donde descollaron mujeres hambrientas de ideal y mancebos estudiantes faltos de dinero y posición, colocados en condiciones de vida bohemia, muy á propósito para ponerles en guerra con la sociedad y el mundo entero. Contábame un amigo ruso que, habiendo visto á un labriego muy abatido y cabizbajo, le preguntó qué tenía, y el mujik respondió:— Señor, nosotros somos un pueblo enfermo.—La respuesta define á la raza toda, y de las innumerables explicaciones del nihilismo, la de juzgarle caso patológico de una nación entera es quizás la más exacta.
Conviene, sin embargo, irse con tiento al llamar enfermedad ó locura un fenómeno intelectual que tiene sus razones históricas; y sobre todo, no confundir la exaltación mental del pensador más ó menos extraviado con el divagar del demente. Nos inclinamos á tratar de loco á quien no piensa como nosotros, y aun á quien deja la senda trillada del sentido vulgar para irse por alturas vertiginosas, pero al fin alturas. No hay reformador ni grande hombre que no pasase plaza de loco, sin exceptuar á San Francisco de Asís, que hacía profesión de insensato. Y por mi parte, he de confesar francamente que me son simpáticas las locuras de carácter especulativo, sueños que sueña la humanidad de cuando en cuando para convencerse de que no le basta el bienestar material, de que aspira dolorosamente á algo que jamás alcanzará en la tierra (así creemos los espiritualistas).
Ante todo, ¿es el nihilismo pura negación? No: la negación pura no se concibe, y todo el que niega, afirma al mismo tiempo. El nihilismo, ó para expresarme como ellos, la inteligencia rusa, encierra gérmenes de renovación social; y antes de referir su historia política, indicaré algo de sus doctrinas extrañas y curiosas.
Tengo por una de las más importantes, la que se refiere á la condición de la mujer y constitución de la familia: por lo mismo que atañe á cosas tan íntimas, tan sagradas, el modificarlas profundamente supone en una doctrina extraordinario dinamismo. Era el estado de la mujer en Rusia más amargo y humillante que en el resto de Europa: cubría el velo oriental su rostro, hasta que una emperatriz se atrevió á alzarlo, no sin grave escándalo de la corte; el palo y el encierro la hicieron bestia de labor entre los campesinos; odalisca, entre los nobles; en las clases sociales más elevadas, el marido ruso tenía colgado á la cabecera de la cama el látigo, emblema de su autoridad. La ley no reducía á la mujer á minoría perpetua, como entre nosotros, y le consentía administrar libremente su fortuna; pero hacían ilusoria esta franquicia las insensibles y fortísimas ligaduras de la costumbre. Todo lo han cambiado las ideas nuevas, y hoy es la mujer rusa la más igual en condición al hombre, la más libre, la más inteligente, la más respetada de Europa.
Los mismos labriegos, hechos á regalar á la hembra ración de paliza diaria, comienzan á tratarla con mayor suavidad y miramiento, porque tienen de bueno las ideas de justicia, las ideas rigurosa aunque tardíamente deducidas del Evangelio, que se comunican pronto y no se desarraigan nunca: son conquistas definitivas. De pocos años á esta parte, la relación conyugal en Rusia se basa en nociones de igualdad, fraternidad y deferencia mutua. Dios sabe que no me remuerde la conciencia de haber predicado jamás emancipaciones ni reclamado derechos; no quita para que me parezca muy bien todo lo que sea equidad. Quejábase el gran poeta romántico Lermontof de la inferioridad moral de la mujer en su patria; al hombre—decía el Byron ruso,—no debe bastarle la sumisión del esclavo ó la abnegación del perro: necesita el amor de un sér humano que pague entendimiento por entendimiento, alma por alma. Tan noble aspiración, derivada de la profunda alegoría platónica de las dos mitades del sér que se buscan para completarse, quiso realizar la inteligencia rusa, y otorgó á la mujer participación en la vida intelectual y política: ella pagó su escote brindando al nihilismo apasionada devoción, fe absoluta y enérgica iniciativa. Cuando los primeros cristianos rehabilitaron á la mujer pagana, ocurrió algo semejante, y una tierna gratitud hacia el dulce Nazareno llevó á vírgenes y matronas á competir en heroísmo con los varones en el anfiteatro.
Sólo que en nuestros tiempos las tentativas sistemáticas de emancipación femenina tienen el sino de despeñarse en ridiculeces, gracias á pormenores sin importancia para la gente reflexiva, pero al cabo grotescos. Persona fidedigna me ha contado, para darme idea del extremo á que llega la igualdad conyugal en ciertos matrimonios rusos de posición modesta, que, por convenio mutuo, la mujer guisa un día y el marido otro, cosa que me hizo reir de muy buena gana. A principios del reinado de Alejandro II, los pujos de independencia femenina se tradujeron en cortarse el pelo, fumar, usar gafas azules y trajes extravagantes; en descuidar el aseo y en volverse unos marimachos sucios y desapacibles. El lado serio del movimiento fué estudiar, arrojarse á las carreras que se les abrían, portarse muy valerosamente en los hospitales ante el tifus y la peste, lucirse en la clínica y desempeñar la medicina en las aldeas con abnegación, formalidad y acierto.
Merece notarse, en las tendencias revolucionarias rusas, que dejan á un lado los derechos políticos y se van más á fondo, reclamando los naturales. En países sujetos al régimen parlamentario, la mitad del género humano es jurídica y civilmente sierva de la otra mitad, mientras en la nación clásica del absolutismo, la igualdad se ha impuesto en todas las clases, y en especial la clase reformadora por excelencia: la nobleza.
Lo que voy á añadir es un tanto escabroso, pero tan original y típico, que no debe omitirse. Merced á estas modificaciones en la condición social femenina, y también á las circunstancias políticas, cuentan que es frecuente en Rusia, sobre todo en la clase conocida por inteligencia, cierto género de uniones libres, sin más sanción que la voluntad de los contrayentes, y con caracteres singularísimos. Parece que muchas de estas uniones se pueden comparar á los desposorios de Santa Cecilia y San Valeriano, ó á las bodas de aquellos héroes de los cuentos de magia, que colocaban una espada en medio: á esto llaman en Rusia casamientos ficticios. Sucede á lo mejor que una doncella, andariega y determinada, afanosa de vivir—en el sentido social de la frase,—deja el techo paterno y se instala bajo el de un hombre. Conseguido el objeto de alcanzar la personalidad y libertad propias de las casadas, el protector y la protegida se mantienen en los límites de una fraternal amistad, aunque se agraden y convengan mutuamente. En la novela de Turguenef, Tierras vírgenes, hay una señorita que se escapa de casa de sus tíos en compañía del preceptor, joven poeta nihilista, del cual se juzga perdidamente enamorada; pero luego resulta que lo que la tal señorita ama y apetece es la libertad y la facilidad de practicar sus principios político-sociales; y como los dos prófugos han vivido castísimamente, la heroína puede al final unirse, sin escrúpulos de conciencia, á otro joven, nihilista también, pero más práctico é inteligente que el primero, y que ha logrado en realidad interesar su corazón.
Semejante restricción voluntaria, ¿es fruto de una hiperestesia de la fantasía, propia de las épocas de persecución, en que los defensores de una idea pueden á cada instante subir al patíbulo? ¿Es mero orgullo de mujer que reclama para su sexo libertades y franquicias, desdeñándose de aprovecharlas? ¿Es manifestación del sentido idealista que entrañan siempre las grandes protestas revolucionarias? ¿Es consecuencia de la teoría que Schopenhauer predicó sin practicarla? ¿Es un maltusianismo pesimista que no quiere dar al despotismo más vasallos? ¿Es, sin tanta prosa, la natural frigidez del escita? Lo indudable, según afirmación de graves autores, es que hay v...

Índice

  1. La revolución y la novela en Rusia
  2. Copyright
  3. I.
  4. II.
  5. III.
  6. LIBROS CONSULTADOS.
  7. Sobre La revolución y la novela en Rusia
  8. Notes