Breve historia de la vida cotidiana de Egipto
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Breve historia de la vida cotidiana de Egipto

Clara Ramos Bullón

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Breve historia de la vida cotidiana de Egipto

Clara Ramos Bullón

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Descubra la rica cultura milenaria del antiguo Egipto y la vida cotidiana de sus gentes: la vida en el campo, las clases sociales y los oficios, la alimentación, el matrimonio y la familia, la moda, la estética y el culto al cuerpo, las grandes ciudades y construcciones, el cosmos religioso egipcio y la vida de ultratumba.La frase harto conocida del historiador griego Herodoto "Egipto es un don del Nilo" resume muy bien la importancia del mismo para la civilización del antiguo Egipto. Pero si profundizamos en esta frase, el Nilo por sí solo no es un don, sino que fueron los campesinos convertidos en agrimensores por la naturaleza del río y las inundaciones que fertilizaban las tierras, los que permitieron su opulencia en beneficio de toda la sociedad. La civilización egipcia siempre ha suscitado un interés del que pocas culturas han gozado. El fastuoso boato de la corte faraónica y la importancia de la religión dominaban la esfera oficial para traspasar el ámbito de lo trascendental. Sin embargo, el antiguo Egipto no fue únicamente esto, pues el día a días se imponía, donde los diferentes estamentos sociales se ocupaban de sus quehaceres diarios. Es el universo de lo cotidiano del antiguo Egipto el objetivo de este libro, en el que se explicarán cuestiones poco conocidas o sorprendentes para el lector como la variada alimentación; la importancia de la moda; la estructura familiar y social; la trascendencia de la religión; etc. Gracias a esta visión un poco más intimista se intentará desterrar la falsa idea de que era un pueblo inmovilista, ya que además está más presente de lo imaginamos en nuestro mundo, pues utilizamos herramientas inventadas por personas de esta cultura milenaria.

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Información

Año
2019
ISBN
9788499679273

1

La salida de la estrella Sothis

La fiesta de la salida de Sirio era una de las festividades más importantes del antiguo Egipto, ya que conmemoraba el comienzo del año nuevo que coincidía con la llegada de las inundaciones. La festividad no se celebraba en un día concreto: las deficiencias del calendario civil egipcio impedía la fijación del mismo. El Sirio o Sothis, que para los egipcios era conocido como Sepedet, se halla en la constelación del hemisferio celeste sur Canis Maior, la estrella más rutilante de todo el cielo nocturno que se puede avistar desde la tierra. Además, aquellos habían deificado este astro y lo identificaban con la diosa Sopdet, que estaba representada como una mujer, cuyos atributos iconográficos eran tan característicos como una estrella de cinco puntas sobre la cabeza o adornos con dos cuernos o dos plumas. Asimismo, esta divinidad puede estar representada como un perro, símbolo de la constelación del Canis Maior. Así pues, el comienzo del año traía para los habitantes de esta civilización un nuevo período de trabajo y el desarrollo de los oficios.
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La diosa Sopdet representada en la Tumba KV17 del faraón Seti I (~1290- 1279 a. C.) en el Valle de los Reyes, Tebas. La estrella de cinco puntas sobre la cabeza es el atributo iconográfico característico de esta divinidad.
El objetivo de este capítulo no es el de enumerar y explicar la totalidad de los variadísimos oficios que existían en Egipto, pues rebasaría el interés de esta publicación. No obstante, su prolijo número estaba intrínsecamente relacionado con el alto grado de civilización de esta cultura y con la necesidad vital y social de sus habitantes.
En la gran variedad de trabajos había una distinción entre aquellas profesiones que requerían de la fuerza física —en las que se pueden incluir algunas de las artesanías—, mucho más denostadas, y los oficios que exigían una formación intelectual, cuyo paradigma más relevante fue el escriba, muy apreciado socialmente. Esta valoración entre oficios, paragonándolos, está muy bien explicada en uno de los textos más importantes sobre este asunto: las Máximas de Duat-Khety o más conocidas como las Sátiras de los Oficios, datadas entre finales del Primer Período Intermedio (~2125-1975 a. C.) y el Reino Medio (~1975-1640 a. C.). El texto concentra sus alabanzas en el escriba: «Quisiera conseguir que tú ames los libros más que a tu madre; pondré su belleza ante tus ojos. Ser escriba es la mayor de todas las profesiones, no hay nada comparable en el país». En este documento, se pone de manifiesto que cuanto más destacaba un individuo en el escalafón social, menos trabajo físico realizaba en sus tareas diarias.

MINEROS Y CANTEROS

En el primer grupo, se reúnen los oficios que necesitaban de la fuerza bruta para realizarlos como son la minería y la cantería. El trabajo de los mineros era una labor dura y extenuante, en la que se utilizaban herramientas de madera, dolerita (granito negro) y cobre. Por esta razón, era un trabajo en el que el grueso de sus operarios lo integraban prisioneros y criminales, aunque también lo constituían hombres libres. Además, todos ellos estaban fuertemente vigilados por los encargados de la mina.
La extracción de metal por antonomasia en Egipto fue la del oro, conocida en detalle gracias al historiador griego Diodoro Sículo (siglo I a. C.), que en su obra Biblioteca Histórica recoge el relato, no conservado, sobre las minas de Egipto, del también historiador griego Agatárquides de Cnido, que fue contemporáneo del rey Ptolomeo VI Filometor (‘el que ama a su madre’). El método de extracción del oro consistía en calentar la roca con la intención de quebrarla para después, con la ayuda de una cuña de metal, golpear el filón aurífero. De esta manera, se desprendía el cuarzo que contenía el oro que después era lavado y triturado sobre una plancha de piedra por unas bolas del mismo material, hasta que se separaba el polvo del metal noble. Finalmente, estas partículas doradas eran tratadas químicamente para conseguir oro de gran pureza. Asimismo, se tiene constancia de que el oro utilizado para el diseño de joyería egipcia, era mezclado con otros metales como el cobre y la plata. Esta provenía del Próximo Oriente y a partir del siglo VII a. C. de la península ibérica gracias a comerciantes fenicios. Sin embargo, este método de extracción implicaba que se desarrollara en minas subterráneas durante el Reino Nuevo (~1539-1075 a. C.). No obstante, tanto en el Reino Antiguo (~2650-2125 a. C.) como en el Medio, los mineros obtenían el oro de minas a cielo abierto, como las laderas de montañas o los cauces de ríos secos.
El oro se conseguía tanto dentro como fuera de las fronteras egipcias. Las minas auríferas más importantes de Egipto se situaban tanto al sur de la ciudad de Coptos (conocida por los antiguos egipcios como Gebtu), como al norte de Tebas en Wadi Hammamat, de la que conocemos su topografía gracias al Papiro de las minas realizado en tiempos del faraón Ramsés IV (~1156-1150 a. C.). Otro yacimiento de oro explotado más al sur, se ubicaba en las cercanías de la ciudad de Kom Ombo, en la que se decidió levantar, en época ptolemaica, un templo dedicado a los dioses Sobek (divinidad con cabeza de cocodrilo asociada al Nilo) y Haroeris (una variante del dios Horus como Horus el Viejo u Horus el Grande). No obstante, fue Nubia —territorio que se extendía desde los límites meridionales del actual Egipto hasta la zona septentrional de Sudán—, la región más cercana al reino egipcio con más reservas auríferas, de ahí que su topónimo pueda traducirse como ‘oro’. En el Reino Antiguo, se conocían depósitos de este metal noble en la Baja Nubia, cuyo territorio fue progresivamente anexionado a Egipto desde el Reino Medio. Asimismo, en el Reino Nuevo gracias a las expediciones egipcias en busca de oro, se descubrió que la Alta Nubia, es decir el Reino de Kush, también poseía grandes depósitos de este metal.
En cuanto a la explotación del cobre, las minas más productivas para obtenerlo se localizaban en el Valle de Timna, situado en el desierto del Negev, que fue sobreexplotado en las dinastías XIX (~1292-1190 a. C.) y XX (~1190-1075 a. C.). Otros importantes yacimientos de cobre se ubicaban en Tura, Asuán y Wadi Hammamat, donde también se adquiriría la turquesa. De igual manera, la malaquita, tan apreciada por esta cultura —pues la utilizaban tanto para la joyería como para la cosmética— se extraía de las minas de Maadi, al sur del actual Cairo.
El día a día en una cantera era un trabajo agotador que se ejercía tanto por hombres libres como por prisioneros de guerra y condenados que pagaban de esta manera sus sanciones. No obstante, todo cantero trabajaba al servicio del faraón. Hay que destacar, que la gran mayoría de las canteras que se explotaban en Egipto estaban situadas próximas al río, razón por la cual la mayoría de las grandes obras arquitectónicas se situaron cerca del mismo. El Nilo, además, era la principal vía de transporte de piedra, así como de otros productos demandados por sus habitantes.
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Papiro de las minas representa la zona minera de Wadi Hammamat (norte de Tebas), datado en tiempos del faraón Ramsés IV (~1156-1150 a. C.). Museo Egipcio de Turín.
La gran demanda de piedra caliza, arenisca y granito, así como de basalto, dolerita y grey, o grauvaca, fomentaba las expediciones tanto fuera como dentro de Egipto. Siempre eran ordenadas por los faraones, como la que envió Ramsés IV y que ha quedado anotada y conservada en el Papiro de las minas. La caliza fue la más utilizada por su naturaleza blanda porque facilitaba la extracción y el esculpido de la misma. Se localizaba en dos canteras, la de Tura, cerca de Menfis, y la de Iunit, en la actual Esna, ciudad al sur de Tebas. La arenisca se adquiría sobre todo en la cantera de Silsila, cerca de Asuán y en la de Gebel al-Ahmar (‘montaña roja’) próxima al Cairo, donde además de obtener esta roca sedimentaria, también se extraía la cuarcita. De igual manera, las piedras duras como el granito gris, negro y rosa, se extraían de la cantera de Asuán, así como el basalto que se adquiría al norte de Egipto en la de Gebel al-Qatranim en El Fayum, muy utilizada en el Reino Antiguo. La grauvaca se conseguía en la cantera situada al este de Karnak y Luxor. Asimismo, otras piedras demandadas por la élite egipcia, como el alabastro y la diorita, se extraían de la cantera de Hat-nub, cerca de Amarna.
El método de extracción de las canteras dependía de la calidad de la piedra. En la cantera de Tura se sabe que los trabajadores sacaban bloques de piedra por medio de túneles. Este sistema de extracción consistía en que el picapedrero abría un hueco en la pared de la roca, lo bastante grande para que cupiera un hombre y con un cincel de cobre —que a partir de finales del Reino Antiguo se fabricaban de bronce, mucho más resistente— y una maza de madera que delimitaba el bloque. Los cinceles eran proporcionados por el faraón y cuando estaban desgastados se recogían para ser refundidos. Así pues, el sillar quedaba suelto por tres de sus lados menos por la base en la que se horadaban varios agujeros, por los que se introducían unas cuñas de madera humedecidas, de tal manera que la madera al hincharse desprendía el bloque de la roca. Este último paso era el más delicado, porque el bloque de piedra podía resquebrajarse por un lugar indebido y quedaba inservible para la finalidad a la que había sido creado. Tras esta operación, el bloque ya suelto, se extraía con unas palancas.
Un segundo método de extracción de la piedra era a cielo abierto, pero solo si la calidad de la misma era óptima. Asimismo, si había bloques de piedra desprendidos de forma natural con las dimensiones adecuadas para fabricar cualquier objeto que se requiriera, se recogían también. Para transportar los sillares hasta el suelo, los egipcios se ayudaban de andamios o rampas de tierra, y se utilizaba uno u otro método según el peso de la piedra. Al sillar pétreo separado de la roca se le practicaba un primer desbaste en la propia cantera, ya que si se rompía por esta primera labra, el coste era menor que si este percance ocurría en la propia obra para la que estaba destinado, ahorrándose así el transporte fluvial o terrestre del material.
Por otro lado, el control y suministro de los bloques de piedra de una cantera era administrado férreamente por un escriba, que también llevaba el registro de los trabajadores. Cada uno de los sillares que salía de una cantera hacia una obra de gran envergadura, podía llevar inscritos la fecha, el grupo encargado de trasportarlo y su destino. Asimismo, el transporte de las piedras extraídas se hacía por medio de barcos y trineos, en los que se cargaban los bloques ayudándose de palancas. Los navíos utilizados en Egipto para el transporte por el Nilo poseían una morfología idéntica, solo diferían en sus dimensiones en función de la carga: carecían de quilla, tenían dos filas de remos y rara vez poseían una vela, generalmente cuadrada sujeta al mástil. Estos navíos aprovechaban la corriente para impulsarse. Si los marineros se enfrentaban a un fuerte viento en contra o a un movimiento de las aguas muy virulento, se ayudaban de los sirgadores que desde tierra arrastraban la embarcación por medio de unas cuerdas que estaban atadas en la proa y en los costados.

CANTEROS DE TUMBAS

Por otro lado, existía otro grupo de picapedreros que trabajaron in situ en las grandes obras arquitectónicas, como por ejemplo los 5000 canteros que vivían en torno a las pirámides de Guiza, conocida como Ciudad Perdida de las Pirámides, que fue descubierta por Mark Lehner en 1988. La urbe está situada al sur de las colosales tumbas, cuya ubicación se eligió por la cercanía a las canteras de piedra localizadas en la zona meridional. Este asentamiento ha sido fechado en época de los faraones Kefrén (~2472-2448 a. C.) y Micerinos (~2447-2442 a.C.), aunque es posible que esté sobre otro anterior de época de Keops (~2509-2483 a. C.). Su datación se precisó gracias al hallazgo de unos fragmentos de sellos fabricados en barro, que fueron desechados en lo que se ha interpretado como un basurero: en ellos se grabó la información de una institución denominada wabet (lugar de purificación) relacionada con la producción de artículos funerarios.
En cuanto a la organización de los trabajadores de las pirámides, estos estaban agrupados en cinco za (‘tribu’), cada una de ellas estaba compuesta por 200 hombres organizados en aper, es decir, agrupación de 1000 hombres. Estas cuadrillas de operarios fueron bautizadas con nombres que hacían alusión al faraón al que estaba adscrita la obra que construían, como por ejemplo «los borrachines de Micerinos» o «los compañeros de Micerinos», nombres que quedaron inscritos en los sillares de las pirámides. Estos apelativos jocosos demuestran que los trabajadores eran libres y muy cualificados, pues además constatan el orgullo que sentían por su trabajo, por lo que de ninguna manera podían ser esclavos. Sin embargo, su labor diaria era extrema como lo revelan los cadáveres que se exhumaron de uno de los cementerios de la ciudad: daños en la co...

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