ERRORES ECONÓMICOS
¿Tenían, en efecto, en su programa o en algo equivalente en tácticas de gobernantes, una verdadera y novísima política económica los bolcheviques? Ellos han afirmado siempre que sí. Y lo han dicho y dicen empleando un tono tal de suficiencia que algunos han llegado a creérselo. Pero es el caso que ¡Cuántos tildes merecen la afirmación!
En la propaganda, los bolcheviques no han cesado de repetir que su capacidad económica era maravillosa; y así como hay quien a fuerza de leerlo en reiterados anuncios, llega a creer en la bondad de un especifico curalotodo, también hay quien, sugestionado por la publicidad propagandista, ha creído en la capacidad económica bolchevique.
Bien que ineficaces para el pueblo, el régimen capitalista posee organizaciones económicas de innegable valor para su sostenimiento. Y si por convicción revolucionaria, por espíritu de clase aherrojada, combatimos esas organizaciones y a las minorías que las montaron para privilegiarse en perjuicio de los productores, no es menos cierto que rinden utilidad y por eso han perdurado a pesar de los ataques del pueblo para destruirlas.
¿Qué habrá de hacer, pues, de esas organizaciones la revolución? ¿Destruirlas o bien transferirlas solamente de las manos de la burguesía a las del pueblo? Creemos que no puede sentarse un principio unilateral. Deberán desaparecer unas; transferirse otras; no faltarán las que, en algunos aspectos, deban ser transformadas y otras mantenidas como hoy lo están, suponiendo, claro está, que éstas serán las menos. Tanto las que estén en iniciación como las plenamente desarrolladas, el pueblo las utilizará como mejor lo crea oportuno. La dificultad surge en las que deban transformarse. ¿Cómo se procederá?
¿Cómo procedieron por ejemplo, los bolcheviques al suprimir el comercio?
La necesidad de organismos que ordenen la distribución es indiscutible. El comercio, con sus latrocinios y sus lacras, está explicado por la estructura capitalista. Pero llega un movimiento revolucionario como el ruso y los gobernantes suprimen de repente el comercio. ¿Obraron bien? ¿Obraron mal? ¿Acertaron? ¿Se equivocaron? Digamos que acertaron, que obraron bien. El comercio es el robo autorizado, la sofisticación elevada a principio, la adulteración legalizada, y cuanto se haga por suprimirlo habrá de parecernos poco mientras no se extirpe de raíz. Pero el comercio es útil, tiene una finalidad y la cumple. ¿Qué hacer, pues?
Hacemos un trabajo de crítica objetiva. Si fuera de exposición de ideas, de principios o cosa análoga; si se nos preguntara cómo haríamos la revolución y qué normas seguiríamos en ella, la contestación seria adecuada a la pregunta. Por el momento sólo debemos sacar conclusiones de lo ya hecho.
En consecuencia, creemos que los bolcheviques cometieron un error suprimiendo el comercio en pequeña escala antes de tener organizado el reparto de la producción.
Es innegable la utilidad del comercio para realizar este reparto en los países de tipo capitalista; aunque no pueda decirse otro tanto para la Rusia posrevolucionaria, que quiere organizar su vida económica con nuevos cánones e ideas.
Ahora bien, suprimir el comercio teóricamente es cosa facilísima. Cuando se dispone de la fuerza y de los medios coercitivos que facilita el Poder, suprimir cuesta poco. La dificultades surgen al crear el organismo sustitutivo, si es de ineludible necesidad, como en el caso del comercio.
Los bolcheviques lo suprimen para borrar toda reminiscencia capitalista, aparte de implicar un medio de vida que ninguna sociedad bien organizada puede tolerar. El comerciante es el parásito que más directamente nos hace sentir su dañina intervención.
Mas si sobran los comerciantes, no sobra la función que realizan; y si bien ésta ha de transformarse —en un régimen sedicente socialista en el amplio espíritu de esta palabra no puede hacerse otramente— de ninguna manera puede suprimirse.
Los bolcheviques suprimen, prohíben el comercio; pero como el pueblo ha de comer, como ha de alimentarse, la función distributiva de productos ha de seguir prestándose. ¿Cómo?
Lo primero que se les ocurrió a los bolcheviques fue confiscar todos los productos, almacenarlos, catalogarlos y concentrarlos en grandes almacenes para recomenzar la distribución. El desbarajuste momentáneo que ocasionan estas medidas es inevitable y ningún reproche sería justo por ello. Concentrados los productos, comienza la distribución, y comienza también a verse lo inútil del procedimiento.
La centralización de productos en grandes almacenes para organizar la distribución, ocasiona trastornos incalculables, pues como la cantidad de productos a repartir es poca y la parte a entregar a cada persona reducidísima, se ha de invertir mucho tiempo esperando turno. Podría evitarse parte de esta pérdida de tiempo si la cantidad de productos a entregar fuese mayor; el racionamiento para varios días, supongamos, en los productos de fácil conservación.
Algunos frutos, legumbres frescas, el pescado y otros productos que no pueden conservarse, que han de ser consumidos en el día, necesitan una distribución constante, diaria y profusa. La concentración de estos productos es un error, pues aun cuando los encargados de la distribución fueran numerosos, la pérdida de tiempo es considerable.
Los elementos indispensables a la vida, a la nutrición y alimento de las gentes de las ciudades y de los pueblos, ha de ser rápida, fácil y profusamente hecha.
Si por cada grupo de cuatro o cinco casas en las calles de las ciudades de tipo capitalista hay un comerciante, no está allí y vive porque a él le haya parecido bien abrir una tienda. Vive y está porque llena una necesidad: la de facilitar rápidamente lo preciso para el consumo diario. El establecer un comercio no responde, pues, a un capricho; es una necesidad social que se satisface. Es más, cuando se abre una tienda que no responde a una necesidad sentida o incompletamente satisfecha hasta entonces para el vecindario de los alrededores, el comerciante quiebra o cesa en su comercio.
Los bolcheviques se equivocaron al no organizar la distribución antes de suprimir el comercio al por menor. Ya establecieron los grandes almacenes colectores y distribuidores de productos al mismo tiempo; pero el fracaso de estos almacenes era descontado para quien se haya preocupado un poco de estas cuestiones.
La centralización en grandes almacenes, más que facilitar, entorpeció la distribución, como lo aprendieron en la experiencia.
La dificultad en el reparto llegó a ser tan evidente que a veces los productos se pudrían antes de llegar a manos de quien los necesitaba.
***
Suprimido el comercio al por mayor y al por menor, y convertido el Estado en el comprador y vendedor único de todos los productos en la Rusia sovietista, no halla mejor procedimiento para regular los precios de venta en el mercado que la tasa. Tasar el precio, tanto de compra como de venta, dejando un margen prudencial de ganancia: he aquí lo que pareció acertado.
Razonar acerca de la inutilidad de ese sistema después de lo ocurrido en todos los países a causa de la guerra, nos parece obvio, ya que en todos se ha reconocido lo fecundo del fracaso.
La tasa no sirve para regular los precios en los mercados, produciendo, en cambio, trastornos incalculables. Hemos visto repetido el caso tan frecuentemente, y siempre con resultados negativos, que no se nos alcanza pueda nadie creer en su utilidad y eficacia.
Impuesta ya la tasa por los bolcheviques, les resultó todo lo contrario de lo que pretendían, pues además de no ser ellos quienes regulaban el precio en la mayoría de los productos, disminuían éstos cada día, y la escasez ocasionó una especulación sin precedentes. Era natural. Mientras el Estado tasaba en treinta rublos un litro de leche, el campesino podía venderlo a doscientos rublos en la especulación. ¿Hay probabilidad alguna de que lo venda al Estado? No; porque como el campesino a su vez había de pagar, casi siempre, por un producto un precio varias veces superior al fijado por el Estado, era natural que buscase vender los productos suyos al mayor precio posible. Luego la tasa no originó más que desastres.
Teniendo como tenían en su poder la fabricación de la moneda, no debieron establecer tasas en el precio de los productos, sino pagarlos al mismo de la especulación, o excederlo. ¿Que este procedimiento arruinaría en un país de tipo capitalista al Estado que lo practicase? Cierto. Pero a los bolcheviques no debía importarles nada tal consideración, ya que su política tendía a prescindir de la moneda.
Los bolcheviques, hombres de concepciones distintas a todos los demás, según dicen, marxistas impenitentes, que a quien no hable con respecto de la dictadura del proletariado o no la ensalce, lo tratan de pequeño burgués, no supieron sino imitar a los países de tipo capitalista, que cuando quieren hacer bajar el precio de un producto que escasea en el mercado, lo tasan, logrando siempre efectos: el encarecimiento. Y si alguna vez el producto tasado bajó de precio, ha sido pagando el Estado la diferencia con el dinero del Tesoro Nacional.
Las tasas para obtener reducciones en el precio de los productos que se encarecen súbitamente son un procedimiento anticuado, pero al que recurren los gobiernos en cada ocasión. Y esto que pudiera parecer garantía de éxito, es lo que mejor demuestra su fracaso, pues viene a decirnos que es únicamente un procedimiento para salir del paso. Apenas se acalla la protesta popular, lo derogan, porque el abaratamiento, si se consigue, es siempre, como ya hemos dicho, cargando la diferencia al peculio del país.
Además, ocurre que las relaciones comerciales o de intercambio de productos se burocratizan y nuevas complicaciones agobian al erario público y a los mismos consumidores. No se concibe cómo puede subsistir el procedimiento de la tasa sino es por esta tendencia tan grata a todos los gobiernos, de plagiarse unos a otros.
Y no sólo complica las relaciones de intercambio, sino que sustrae a la libre concurrencia del mercado los productos y, al amparo de la ficticia escasez, provoca la especulación y el encarecimiento. Es ésta cosa tan sabida, que asombró verla amparada por los bolcheviques, partidarios, según ellos, de las más audaces experiencias.
Pretendía el Consejo de Comisarios de Pueblo establecer un principio uniforme para todos los artículos, a fin de que los salarios y el racionamiento no fuesen algo aleatorio. Siendo el Estado el único adquirente de los productos, pensaron poder regular fácilmente los precios que debían alcanzar e «inventaron» la tasa.
Quisieron también, no sólo regular los precios, sino herir de muerte al comercio en todas sus manifestaciones, obligándole, en la clandestinidad donde se desenvolvía, a percibir beneficios tan reducidos que lo hiciesen imposible.
Como era de esperar, el resultado apetecido no llegó. El comercio clandestino siguió desarrollándose, y él era quien regulaba los precios, y no el Estado, que se veía en la necesidad de alterar cada día los de tasa, siguiendo las fluctuaciones del mercado clandestino.
Al propio tiempo, pretendían los bolcheviques alterar el valor de la moneda como elemento de cambio, desvalorizarla, sin fijarse que, con ello, introducían una perturbación en la tasa y en el cambio, sin otro resultado positivo.
Desde el momento que se tendía a despreciar la moneda, debieron renunciar a la tasa. Fácilmente, hubiesen logrado que el mujik, en vez de negarse a vender al Estado, lo prefiriese a todo otro comprador, pagando los mismos o superiores precios que en el mercado libre. Éste habría sido acierto verdadero, importante, pues, a la par, se granjeaban las simpatías del campesino y convertíase en el único comprador de sus productos.
Puesto que no tenían la preocupación del valor de la moneda del país en el mercado mundial ni el temor de una quiebra en los valores del Estado o de las empresas particulares, no debió preocuparles el precio que los productos alcanzaren, y que debieron i...