Maquis
eBook - ePub

Maquis

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  1. 176 páginas
  2. Spanish
  3. ePUB (apto para móviles)
  4. Disponible en iOS y Android
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Maquis

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Información

Editorial
Montesinos
Año
2007
ISBN del libro electrónico
9788496831421

M O N T E S I N O S

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Séptima edición: mayo de 2011
© Alfons Cervera
Edición propiedad de Ediciones de Intervención Cultural, S.L.
Diseño cubierta: Elisa N. Cabot ISBN: 978-84-96831-39-1
Dépósito legal: B-19395-2011
Imprime: Trajecte
Impreso en España
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Esto es una novela.
Otra cosa, quizá, la memoria que inspira los hechos narrados en sus páginas.
a Juan Marsé
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Cantó el gallo gris, cantó el gallo rojo, pero el día nunca llegaba
OSCAR WILDE
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PRÓLOGO
Qué tiempo tan de otros el que ayer se aferraba a nuestros cuerpos JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD
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Yo sé mucho del miedo. Soy un maestro del miedo. Ha pasado el tiempo por las calles de Los Yesares y nos fue dejando pedazos de vida y de muerte como la riada del cincuenta y siete abandonó entre el barro de las huertas esqueletos de árboles y girones oscuros de perros muertos. Yo nací cuando la guerra y a los cinco años, mientras jugaba al lado de la acequia del Rajolar, se llevaron los guardias a mi padre, le molieron a palos y a los pocos días se fue para siempre al Cerro de los Curas, con la cuadrilla de maquis que mandaba Ojos Azules. Ahora estamos en mil novecientos ochenta y dos y después de tanto tiempo es como si aún fuéramos los mismos de entonces, como si fuera imposible olvidar que tenemos la espalda doblada a golpe de palos o a golpe de silencio. Y en esa posibilidad que niega todo olvido hay un inseguro acerca miento a la memoria, a esa memoria que se inicia en la cur va del ce -
menterio donde el pueblo empieza y acaba en las revueltas del río por la Peña María, cerca de la piedra que antes era como la cabeza de Napoleón Bonaparte y aho ra ha perdido todos los perfiles por culpa del viento y las lluvias del otoño. Aquel día vi llorar a mi padre y sin saberlo supe 13
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del miedo y también supe que el miedo vivía en aque lla casa con un cartel rojo y amarillo en la puerta donde ponía “Todo por la Patria”. A los cinco años aprendí que la patria no podía ser nada bueno y también lloré por la noche, acurrucado en el colchón de lana, oyendo de lejos la rabia de mis padres. Dicen que mi padre le cortó la cabeza al guardia civil que le pegó una paliza por trabajar en domingo y que por eso se echó al monte, para que no lo fusilaran. En aquellos años fusilaban a la gen -
te por menos de nada y es muy difícil olvidar que la muerte nunca es inocente y mucho menos cuando te pe -
gan un tiro porque has perdido una guerra y no levantas el brazo a la altura que quieren que lo le vantes quie -
nes la ganaron. Por la tarde, a eso de las ocho, arriaban la bandera en el ayuntamiento y si no te de te nías donde estuvieras en ese momento y levan tabas el brazo bien levantado, te pegaban los guardias hasta que se can sa -
ban. Una vez le pegaron con una correa a mi amigo Sal -
vador porque se había rascado la nariz mientras su bían la bandera: le vio un sobrino del alcalde, le fue con el chi
vatazo a su tío y al día siguiente llamaron a mi amigo al cuartel y a pesar de que no tendría más de siete u ocho años le zurraron de lo lindo con la hebilla del co -
rreaje
—Ángel, a mí me gustaría tener un padre maquis co -
mo el tuyo
me dijo mientras se ponía barro frío en las moraduras y también me dijo que cuando fuera mayor se iría al Cerro de los Curas con la cuadrilla de Ojos Azules. Pero Sal -
vador no se iría nunca al monte ni a ninguna parte por -
que se murió a los doce años de una pulmonía. Yo también le dije a mi madre que me quería ir con Ojos Azules 14
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para hacer la guerra al lado de mi padre, y mi madre, que se llamaba Guadalupe, siempre me contestaba que con un loco en la familia ya teníamos bastante.
Un día mataron al maestro y decían que lo habían matado mi padre y otro maquis del pueblo que se llama -
ba Nicasio. Y para vengarse, los guardias y el alcalde me llevaron al cuartel y me quemaron las uñas con un so -
plete de los de soldar metales. Hacía poco que se había muerto Salvador y si aún hubiera estado vivo nos hu -
biéramos ido los dos al monte para no tener más miedo en toda la vida que nos quedaba por vivir en Los Yesares.
Entonces no sabíamos que Salvador se iba a morir al poco tiempo porque no éramos adivinos.
A mi madre y a la mujer de Nicasio, que se llamaba Rosario, las pelaron al cero más de una vez porque no iban a misa y decían que ir a la iglesia no hacía falta para llevar una vida decente. Un día se acabó la guerra de los montes y la memoria se quedó rodando por las calles del pueblo, con el miedo y con el silencio. Y por las tardes, con la luz naranja que llegaba de los montes donde estuvieron los huidos, también llegaban las caras de mi padre, de Nicasio y de los otros como si fueran héroes y unos no hubieran muerto y otros no hubieran llegado a Francia después de escapar a la última encerrona trai cio -
nera de los guardias.
El miedo no tiene principio ni final. Siempre vivimos donde él vive y cuando nacimos, al menos quienes nacimos en aquella época oscura, él ya estaba allí, agazapado al lado del colchón a rayas pintadas con colores de payaso, siempre al acecho para que no consiguiéramos escapar de sus domi
nios, diciéndonos que era inútil la huida porque el miedo, cuando escapamos hacia alguna parte, 15
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no se queda atrás sino que viaja con nosotros y ya estará esperándonos, muriéndose de risa, cuando lleguemos a nuestro destino.
Yo sé mucho del miedo. Soy un maestro del miedo. Y
cuando quiero recordar lo que pasó entonces y lo que pasó después voy dando saltos y confundiendo las voces y los nombres, como dicen que sucede siempre que quieres contar lo que recuerdas. A lo mejor, algunas veces, lo que recordamos es mentira. Pero no siempre, sólo algunas veces.
No hay maestros de la memoria. A lo mejor es eso. Sólo del miedo que impide recordar con exactitud la manera en que sucedieron los acontecimientos. Entre los nombres está el de Sebastián y entre las voces, la suya.
Sebastián era mi padre. Pero hay otros nombres que cuentan en esta historia. Y otras voces.
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DE LOS NOMBRES Y LAS VOCES
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Me llamo Justino Sánchez Aparicio y acabo de matar a un guardia civil. Está aquí, con los ojos abiertos y es co -
mo si estuviera vivo en vez de muerto. Le metí el cuchi -
llo en la columna vertebral y del agujero empezó a salir un hilo de sangre que tenía el color del monte y olía a romero mojado y a cagada de liebre. Antes de clavarle el cuchillo estuvimos hablando al amparo del alerón roto de la masada, mientras llovía sin parar y el guardia sacó un cuarterón de tabaco y me ofreció papel y fuego y liamos unos cigarros blancos con redondeles grises en las puntas. El guardia se llamaba An tonio, como se llaman An -
tonio casi todos los guardias que están trajinando por los montes de Los Yesares para acabar con los hombres del maquis.
—Fúmate uno, Justino, que un día es un día y estos ca -
brones no nos van a amargar la vida con sus bombas y sus cabronadas
—Es que yo fumo poco, señor Antonio, y cuando tengo el tembleque se me quitan las pocas ganas que ya tengo, y esta lluvia que no para de joder, que ya llevamos tres días sin parar y no hay manera 19
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—Venga hombre, líate uno y no te amargues.
Nos fumamos un cigarro y el agua caía como un río por las tejas y se formaban gotas blancas en los extremos pin-chosos de las aliagas. Desde la casa veíamos la cima de la Muela y los cinglos del alto de los Llanos. Y también veíamos el silencio, aunque el silencio es difícil de ver en los montes y en cualquier otra parte. Una vez me lo dijo Miteria, la cuñada de Ángel el de las cabras, que si nos callamos es como si el río y los montes y los prados no existieran
—Pero cuando nos quedamos como tontos mirando esos sitios en silencio, entonces es como si mirándolos a ellos estuviéramos mirando el silencio, Justino, que el silencio parece que no existe pero existe.
Ahora el guardia civil está muerto y veo su silencio en los correajes viejos de su uniforme de espía. El otro, el que lleva cuando va vestido de guardia, se lo dejó hace tres meses en el cuartelillo, con la pistola de reglamento y el tricornio. Él y dos números más se fueron al monte a mezclarse con los hombres del maquis, a ser como ellos, a buscar los sitios donde se reunían y donde ponían bombas para cortar los cables de la electricidad.
Yo estoy con los unos y con los otros. Ahora estoy con los otros porque acabo de matar a Antonio el guardia, que se ha quedado como si estuviera dormido, boca abajo, y luego le he dado la vuelta para que no se ensu-ciara la cara con el barro. Es cuando he visto que ponía cara de estar vivo porque tenía los ojos abiertos, como si tuviera miedo, como si alguien pudiera sentir el miedo después de muerto.
En el cigarro de Antonio hay un hilo de humo que se mezcla con el miedo de sus ojos.
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Una noche Nicasio Valero García soñó que veía un cerdo volando por las nubes y que luego el cerdo se con -
ver
tía en un caballo y que después el cerdo-caballo aparecía entre los árboles de un bosque montado por un ji nete vestido como se vestían en la época de Cristobal Co lón o de don Quijote de la Mancha. Cuando soñaba eso pensó que estaba muerto porque nunca había soñado nada tan extraño. Luego miró por la ventana y vio tres guardias civiles, dos maquis y la cara triste y dulce de Ro sario.
Eso también lo estaba soñando y al despertar vio que estaba solo y que del sueño sólo quedaban el retrato de Rosario en la cómoda antigua y el bosque de sabinas en la ladera de los Llanos.
Sólo quedaba eso del sueño.
A Rosario la mataron los civiles una tarde que no paró de llover en Los Yesares. Había subido al Cerro de los Curas para traernos comida a los de Ojos Azules. Ya de regreso, la pararon en el término de Cochichillas, le preguntaron si era la mujer de Nicasio Valero García, el de la Negra, y cuando dijo que sí y que qué pasaba 21
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si era la mujer de Nicasio le pegaron un tiro en la tripa.
A mi amigo Nicasio también le llaman el de la Negra porque una vez salvó a una cabra negra de morirse en un incendio. Entonces éramos unos críos y a Nicasio le pusieron en la escuela una medalla de hojalata. El maes -
tro se le quedó mirando y le dijo que la vida de las personas es lo que esas personas son de pequeñas, que si una vida se tuerce cuando nace andará torcida siempre
—Y tú llevas buen camino, Nicasio, eres valiente y esta medalla es la medalla del valor, que no te abandone nunca.
La madre de Nicasio lloró mucho y su padre le pegó un puñetazo en el hombro porque los padres dan puñetazos en el hombro de sus hijos valientes en vez de llorar.
Llorar lloran las madres, pensé cuando el maestro le daba la mano a Nicasio. Los hombres no se besan ni se abra -
zan. Eso es para las mujeres. Lo aprendí la tarde de la condecoración de Nicasio y hace un mes vi cómo Justino y Nicasio se abrazaban en la casa de los Llanos. No se habían visto desde hacía tiempo y eso me hizo pensar que la muerte de los demás nos rompe las costumbres y también nos acerca la juventud y los recuerdos.
—Sólo somos lo que dejamos, Sebas. Ten bien presente eso, sólo lo que dejamos, después de muertos ya no po -
demos hacer nada para enmendar lo que fuimos o lo que no fuimos, ni para bien ni para mal, punto, caput, na da, una mierda, imposible, Sebas, no olvides eso.
Yo le dije a Nicasio lo que me había dicho don Recalde el día en que se fue del pueblo y él se sacó la medalla de debajo del jersey y la levantó en el aire para que le diera el sol y brillara como una estrella por encima de la cabeza de Napo león Bonaparte. Esa cabeza era una piedra enor -
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me que había cerca de la Fuente Grande y tenía la forma del gorro de Napoleón que salía en la enciclopedia. En la Fuente Grande se mató hace muchos años Ricardo el de Sote. Andaba un poco borracho, resbaló en el pan de rana y se bebió toda el agua hasta reventar. Cuando le encontraron estaba tumbado panza arriba y ponía cara de estar vivo, como Justino me contó que ponía cara de estar vivo Antonio, el guardia civil que le pegó un tiro a Rosario cuando volvía de subirnos comida a los de Ojos Azules.
El día en que don Recalde se fue del pueblo, Nicasio y yo escondimos la medalla de hojalata en una cueva que hay cerca de la Peña María y desde entonces no se me ha ido de la cabeza que sólo seremos lo que los demás re -
cuerden de nosotros. No se me ha ido eso de la cabeza y en la guerra unos días somos de...

Índice

  1. Start