Calla y respira
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Calla y respira

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  1. 232 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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Calla y respira

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Descripción del libro

Ecuador, 1985. El presidente Febres Cordero ha instaurado una política de represión inédita contra todos los opositores políticos. En Colombia, país vecino, la violencia del Estado siembra el terror desde décadas atrás. Algunos colombianos y colombianas se agrupan en Quito para hacer conocer la violencia y la injusticia que desangra su país. Entre ellos, Hernando, un joven estudiante de periodismo amante de la salsa, el ron y de reírse de todo. Detenido, desaparecido y torturado, después de doce días llega a la cárcel de Quito. Durante tres meses se relaciona con el vivir cotidiano de todo tipo de detenido, incluyendo travestis y hasta un secuestrado. La miseria humana, la amistad, el amor, el sexo, un plan de fuga... están presentes en este texto autobiográfico que tiene las características de una novela. A pesar de la dureza de las situaciones que vivió, Hernando las narra con humor y un optimismo sorprendente. De Calla y respira, publicada ya en su traducción francesa, se ha dicho: Jean Ziegler: "¡Una historia dura e intensa, pero de lectura fantástica!"Ramón Chao: "Uno sufre con el personaje, pero al final uno quisiera ser como él"Hernando Calvo Ospina es refugiado político en Francia. Periodista y autor de varias obras, todas traducidas a diferentes idiomas, escribe particularmente para Le Monde Diplomatique. Ha participado en documentales para las cadenas de televisión BBC y ARTE. En abril de 2009, el vuelo que lo llevaba de París a México tuvo que ser desviado porque debía sobrevolar Estados Unidos, y las autoridades de este país lo consideraban como un peligro para su seguridad nacional. A pesar de que Hernando Calvo solo continúa utilizando una sola arma: escribir.Su último libro publicado en España es El equipo de choque de la CIA (El Viejo Topo, 2010).

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Información

Editorial
El Viejo Topo
Año
2013
ISBN del libro electrónico
9788415216711
Categoría
Literatura

E L V I E J O TO P O

— N A R R AT I VA —
© Hernando Calvo Ospina, 2013
Edición propiedad de El Viejo Topo / Ediciones de Intervención Cultural Diseño: Miguel R. Cabot
ISBN: 978-84-15216-71-1
Déposito Legal: B: 9766-2013
Imprime: Trajecte
Impreso en España
AGRADECIMIENTOS
Muy especialmente le dedico estos recuerdos a “Ana”: era una inmensa deu da. Ella vivió y sintió cada minuto de lo que aquí se narra.
A Paula Andrea, nuestra hija.
A mis padres, Elvia y Nabor; a mis hermanos Amparo y Rodolfo: siempre es tuvieron a mi lado.
A quienes nos apoyaron en aquellos años, y se pueden nombrar: Rocío Peralbo, Inés de Burgos, Elsy Monge, Eduardo Umaña Mendoza (†), Julio García Romero (†), Julio Escobar, Jimmy Abdala Oli-veros, Lucelly Gómez, Lola Suaza.
A todas y todos los integrantes del Centro de Estudios Colombianos (CESCO), en el Ecuador, por esa sensacional y comprome-tida familia que fuimos. A Alberto, que nos lo asesinaron. También a Adwar, que las pagó sin deberlas, y a Tom, el gringo bueno.
A la Comisión Ecuménica de Derechos Humanos, en Ecuador; Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo, en Colombia; Am-nesty International; Cristia nos Contra la Tortura, en Francia; y a la Organización Mundial Contra la Tor tu ra: sus acciones ayudaron a salvar nuestras vidas y la de muchísimas otras personas.
A Karine, quien siempre creyó que estos recuerdos tenían que estar plasmados en papel, ¡y se batió por ello!
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A nuestros hijos Yohan y Anaïs.
A Ivano Iogna, quien no dudó en buscar el apoyo que necesitaba para lanzarme definitivamente en la redacción. Y este llegó desde el Comité de Liaison des Associations d’Étrangers de Luxemburgo, CLAE, en cabeza de Jean Philippe Ruiz. También a la Asociación Mémoire des Luttes, en Francia, MEDELU, que apuntaló el proyecto. A quienes escucharon el llamado del CLAE y MEDELU: Gracias, sencillamente, gracias.
Annemie Verbruggen, Niurys Porras, Odile y Pedro, Hélène Vaucelle, Simone y Pierre Bosveuil-Pertosa, Dominique y Martial Leduc, Corinne Pastori, Patricia Rivas, Guillaume Belaúnde, Celine Meneses, Herminio Camacho, Maurice Lemoine, Ignacio Ramo-net, Jean Ziegler, Fabiola Agudelo, Francisco Galindo.
A los 8.000 (ocho mil) prisioneros políticos y de guerra colombianos; a los Cinco héroes cubanos presos en Estados Unidos por luchar contra el terrorismo: unos y otros ignorados por la “opinión pública internacional”.
Y por qué no, a la Agencia Central de Inteligencia, CIA, a los servicios de represión colombianos y de otros países, porque sus intentos de chantaje y amenazas me siguieron convenciendo de que la ruta que llevo es la correcta.
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PRIMERA PARTE
I
Los dos cañones se metieron justo donde terminan mis costillas en la espalda. Al oído me advirtieron que si oponía resistencia me mataban ahí mismo. Sin mostrar identificación, me aseguraron que eran de Inteligencia Militar. En segundos miré a cada uno y en sus ojos vi la excitación de quien ha capturado una anhelada presa. Pegados a mí, trataban de que no se notara que me forzaban a seguirlos, manteniendo las armas cubiertas por sus abrigos.
Ante el desconcierto inicial me dejé llevar unos pocos metros, hasta que reaccioné, justo cuando iba llegando a la puerta de la oficina de correos, de donde acababa de salir. Empecé a gritar sin in -
ten tar huir. A todo pulmón dije mi nombre y que me iban a se cuestrar. Ellos no lo esperaban. Como primera respuesta, mientras miraban a todas partes, me pegaron puntapiés en los tobillos, repitiendo que me matarían.
Las tres mujeres que atendían allí presenciaban todo por los grandes ventanales como estatuas aterrorizadas. Me conocían bien, porque hacía tres años que era uno de sus fieles clientes. Tan sólo una anciana se atrevió a acercarse para decirles que se identificaran o llamaba a la policía. Ellos no se dieron por enterados y la viejita se marchó como regañada.
Parecían no saber a dónde llevarme, y empezaron a ponerse fu-11
riosos porque no llegaba el vehículo que esperaban. Sin más, me agarraron por los brazos, pusieron los revólveres en mi cabeza, lle-vándome casi a rastras hasta la calle. Yo no dejaba de gritar. Ese sector de la Avenida Colón estaba repleto de gente que miraba y apuraba el paso.
Blandiendo las armas hicieron detener un taxi. Abrieron la puerta trasera y me forzaron a entrar, con golpes incluidos. En un parpadear los dos hombres se colocaron a mi lado, siempre con las armas tratando de atravesar mi cuerpo. Apareció un tercero que se sentó delante y puso el revólver en la sien del consternado taxista ordenándole adónde ir.
Uno de los que estaba conmigo empezó a vociferar por un transmisor, mientras el otro me obligaba a agachar la cabeza hasta tocar las rodillas. Entre ambos me tiraron los brazos hacia atrás y me esposaron. Se acomodaron como si yo fuera un reposabrazos, hun-diéndome los codos en la espalda. Desenfrenados de excitación me previ nieron que “si aparecían mis amigos para rescatarme me ma -
sacrarían”. ¿Qué amigos? Si en ese momento estaba más solo que barca sin barquero en alta mar. Y, además, mis amistades políticas escasamente andaban con un cortauñas en el bolsillo.
El taxi se detuvo a un costado del inmenso parque de La Caro-lina, al norte de la ciudad. Dos de ellos se bajaron y empezaron a protestar ante la falta de apoyo. Intenté levantar la cabeza, pero un golpe seco de puño y una orden de no hacerlo me disuadieron. Me sacaron de cualquier manera, y de inmediato me vi cercado por varios cuerpos amenazantes. El taxista partió raudo, seguramente sin haber recibido paga. Me ordenaron mantener la mirada en el piso.
Dos no disimulaban sus metralletas. Quise preguntar por qué me tenían en esa situación, y como respuesta me mandaron a callar, porque yo “sí sabía muy bien” el motivo.
Justo en ese momento escuché la voz de un hombre que pedía 12
limosna. No hablaba fuerte, pero su lastimera voz la sentí como una tabla de salvación. De seguro se le hizo extraña la escena, y quiso observar un poco más, pero una enérgica voz le ordenó marcharse. En su retirada quizás se volteó a mirar, pues le volvieron a repetir que se largara.
Siempre mirando al piso me hicieron caminar como seis pasos.
Evité un hormiguero y una mierda de perro, hasta encontrarme con la puerta trasera abierta de un auto azul claro. Me forzaron a agachar el cuerpo, me sujetaron la cabeza y de un rodillazo me lanzaron contra el asiento. Esposado a la espalda, era imposible evitar una aterrizada a pleno rostro.
Sin poder utilizar las manos era difícil acomodarse a la velocidad requerida por quienes querían entrar al estrecho auto.
Aunque se dieron cuenta de que ni siendo de caucho cabría en el reducido espacio destinado a las piernas, ahí me tiraron de cualquier manera. Sentí que cuatro zapatos se instalaban sobre mí sin consideración. En tal situación apenas obtenía algo de aire para los pulmones. El auto arrancó.
Me di cuenta de que volteaban y volteaban. Querían que no supiera adónde me llevaban, pero yo ya tenía extraviada la brújula cerebral. En algún momento el auto comenzó a ir en bajada sor -
tean do curvas. Íbamos fuera de Quito, pensé. Sentí algo parecido al miedo, como si mi existencia empezara la cuenta regresiva. ¿Qué hacer? Me pregunté, mientras trataba de calmar la angustia que se proponía ahogarme más rápidamente que la incómoda posición.
Vaya a saber cuánto tiempo después el auto se detuvo. Uno de ellos, quizás el conductor, dirigió unas frases a alguien en el exterior, e instantes después continuamos el camino a una velocidad mode-rada, hasta aparcar. Mientras unos descendieron, otro siguió piso-teándome. Escuché voces y el taconazo típico del saludo militar.
Ahí seguí, aplastado y calladito.
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La puerta del auto se abrió, y una voz autoritaria dijo que debía levantarme. Me jalaron por el brazo izquierdo y sentí que los grilletes se clavaban en las muñecas, queriéndome arrancar las manos.
El dolor fue intenso, como una quemazón. Ante mi grito recibí un golpe en la cabeza y la orden de callarme.
A medio sentar, unas manos me levantaron el rostro. En instantes pude ver a varios hombres vestidos de oficiales del ejército muy cercanos al auto. Casi podía asegurar que estaba en la región de Conocoto, en el interior de la subsede del Batallón de Inteligencia y Contrainteligencia.
Un ancho esparadrapo se posó sobre mis ojos y fue dando vueltas por la cabeza. Con idéntica rapidez, con un trapo que olía a ga-solina me sellaron la boca, apretando tan fuerte que sentí reventar la comisura de los labios. Ese pedazo de tela, que era rojo, había estado debajo de mi cabeza en el piso del auto. Algo que debió ser una capucha cubrió mi cabeza. En tinieblas me sacaron del auto en que estaba para trasladarme a otro.
Me tiraron al piso, forzándome a que encajara acostado en un estrecho espacio. Sentí que el aire me faltaba. Era urgente respirar con calma porque también el corazón y los pulmones necesitaban tranquilizarse o se reventaban el pecho y la cabeza. Hacia el matadero iba amordazado, ciego, medio sordo, esposado, pisoteado e inmóvil.
Unos minutos antes había admirado el resplandeciente sol que embellecía más a Quito, ese martes 24 de septiembre de 1985.
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II
Ahora las curvas se tomaban en subida. De seguro volvíamos a Quito, porque los ruidos de una urbe se hicieron presentes. Al fin, después de mucho ir y venir detuvieron el auto y sonaron la bocina dos veces. Escuché el sonido de una puerta metálica corrediza y entramos a un garaje. Ya con el auto detenido, y el motor apagado, una mano me agarró con fuerza del brazo izquierdo para levantarme, pero no lo logró. Yo estaba incrustado entre los dos asientos.
Entonces vino otro en su ayuda. Sentí que me partían el brazo o que lo separaban del hombro. También creí que mis manos se desprendían de los brazos por la presión de las esposas. Nunca había sentido un dolor tan terrible. Los ruidos que lograban escaparse a través de la mordaza parecían no inmutarles. Comprendiendo que de seguir así me iban a desgarrar los brazos, uno me tiró de la correa y otro empujó mis piernas, y así lograron sacarme entero.
Caí al piso como pesado fardo. Recibí una patada en las piernas porque no colaboraba. Me levantaron en vilo y quisieron que cami -
nara, pero ni siquiera otro golpe me quitó el adormecimiento que tenían mis extremidades. Me soltaron y volví a desplomarme. Pare -
cía que sólo los oídos funcionaban bien, pues escuchaban los insul -
tos que en voz baja me prodigaban. En alguna parte un perro ladró amenazante.
Cada uno me agarró de un brazo para llevarme, y volví a sentir 15
que las manos se me desprendían de los brazos a causa de las esposas. Por suerte se dieron cuenta, y se ayudaron con mi correa para llevarme. Yo quería colaborar, y le pedí a las piernas que fueran solidarias.
Una puerta se abrió, bajamos unas gradas, y supuse que me llevaron por un corredor pues sólo uno podía ayudarme en el andar.
Otra puerta, y entramos a lo que debía ser una oficina, pues había alfombra. Olía a oficina. Unos pasos y me soltaron. Quedé ahí, parado, inmóvil, aunque las piernas dudaban. Percibí el movimiento de varias personas, y el ruido de papeles que depositaban sobre un escritorio.
Antes de que empezara a pensar en lo que me podría ocurrir, una amable voz dijo que podía sentarme. Ciego y esposado era casi imposible. Me sentaron. Retiraron la capucha y sentí que me llegaba el oxigeno más fresco que se puede producir en el recodo más puro de la Tierra. Desatando el nudo del trapo me rompieron el la bio inferior, pero eso qué importaba en ese momento.
Apenas abriendo los labios, muy disimuladamente, tomé mucho aire por la boca. Mucho. Lo necesitaba para recobrar mis fuerzas y la calma. Algo me dijo que tener libre la boca me brindaba armas en esa indefensión, en esa impotencia, al poder expresarme y hasta gritar mis verdades o dolores. Podía ser un mínimo escudo en esa ba talla que se avecinaba de hienas contra conejo amarrado.
Como sin querer perturbar con cualquier movimiento, muy suavemente movía las caderas, enderezaba la espalda, abría y cerraba las manos para ayudar a la sangre a que circulara. Ya casi no sentía los dedos.
Sin mediar palabra, de nuevo me hicieron levantar, y alguien em pezó a hurgar en mis bolsillos y a sacar todo lo que encontró en ellos.
La amable voz dijo que podía sentarme. Me sentaron. Sentí 16
como si varios ojos me observaran divertidos, estudiando cada reac -
ción de su indefensa presa. Quizás querían provocar la exterioriza-ción del pánico. La poca saliva que me iba quedando bajaba con dificultad. De seguro era el miedo, que no sabía ni dónde meterse.
“Colombiano”, dijo la misma voz. El tono era normal, pero hasta mi pelo sintió escalofrío. No supe qué responder, entonces nada dije, prefiriendo pensar que no era conmigo. Podía haber un compatriota por ahí en idénticas condiciones. El silencio se volvió rey. Unas manos me ayudaron a levantar.
“Colombiano”, volvió a repetir la voz. Seguí sin responder, aunque de inmediato confirmé que el asunto era conmigo. La pausada voz fue leyendo parte de los datos que encontró en mis documentos de identidad. Me volvieron a sentar. De nuevo el silencio. El mutismo seguía apoderado de todo aquello. Nada sucedía. El macabro caminar que le imponían al tiempo transformaba segundos en horas.
Entonces la voz me propuso tener “una conversación”. Sin esperar mi respuesta llegaron una serie de preguntas elementales, de las que se hacen a los que buscan empleo. Luego vinieron otras con la exigencia de respuesta precisa e inmediata: “Si colaboras no te pasará nada”. Que cuáles eran mi grado y responsabilidades en la guerrilla colombiana Movimiento 19 de Abril, M-19; que cuáles eran mis vínculos y contactos con “Alfaro Vive, ¡Carajo!”, AVC, la guerrilla ecuatoriana. Estos militares ya daban por hecho mi afilia-ción a esas organizaciones.
Me pareció que no les preocuparon mis negativas. Tan sólo, y de manera serena, la voz me dijo: “le recuerdo que sabemos muchas cosas de usted”, y prosiguió el interrogatorio. Que si conocía a fu-lana; tipo de actividades realizadas con mengano; que cuáles habían sido mis tareas en tal acción armada o secuestro. Seguía respondiendo con negativas porque nada sabía de ello ni de las personas.
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“Pero, supongo que un angelito como usted tiene alguna militancia política, ¿no?” Esta última fue la única pregunta que pude responder por conocimiento certero: sí, de izquierda, aunque sin participación en organización política o guerrilla alguna.
La voz sonrió con sarcasmo. Sentí de nuevo un escalofrío. Llegaron otras interpelaciones: en qué calles, casas, con quiénes, fechas, sucesos. Vinieron otras y se repitieron algunas, y no tuve pro blema en seguir respondiendo con las dos palabras más útiles que me enseñó el juego de la vida: “no sé”. Algunas preguntas pasaban un tan to cerquita de mi conocimiento, pero nada en concreto sabía.
Esta voz me requería en tono de amistad, ofreciendo que me ayu daría a salir de esa situación. A veces se expresaba como el padre que dialoga con el hijo, esperando de él tan sólo la verdad para después tenderle los brazos. Fue pasando el tiempo, y la voz no lograba que yo contestara las tres o cuatro “cositas” que quería, en especial que le confirmara mi participación en la guerrilla. Entonces, sin cambiar la modulación de la voz, me dijo que ante la falta de cola-boración vendría otro con otros métodos. Y se marchó.
La nueva voz entró azotando la puerta metálica. Gritaba, amenazaba, insultaba, golpeaba contra el escritorio. Así llegó hasta mí y empezó a sacudirme, levantándome por los brazos para que las esposas se enterraran más. Me preguntaba, y sin esperar respuesta me vociferaba en el rostro que yo mentía. De su boca salía un re -
pug nante olor a cenicero. Su placer era insultarme,...

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