1 El apego a la existencia desaparece con la autorrealización
Desde la forma de vida más inferior, como el gusano, por ejemplo, hasta la más elevada, como el ser humano, todos disfrutamos de la sensación del fenómeno de vivir, pero lo hacemos en la creencia de que el cuerpo es nuestra auténtica naturaleza. La mente, el intelecto, el ego y la consciencia del yo que emergen en nosotros, son aspectos de la fuerza vital (prana). Sin embargo, el conocedor del prana carece verdaderamente de nombre y es indescriptible.
Aquel que cree firmemente en las enseñanzas de un maestro realizado y conoce la Verdad por experiencia directa se halla en el camino correcto hacia la liberación. Y ese es siempre el Sí mismo atemporal. Al igual que no necesitamos que nos recuerden que somos una mujer o un hombre determinados, tampoco deberíamos necesitar que nos recordasen cuál es el principio inmutable que es testigo de todos los fenómenos, incluida nuestra individualidad. Tenemos que llegar a vivir con la comprensión profundamente arraigada de nuestra propia naturaleza en todos los aspectos de la vida.
El mantra («Yo soy Eso») que cantamos ensalza la unidad con el prana. El conocimiento primordial es el conocimiento puro de la existencia, la sensación de que «yo existo». Cuando este conocimiento se apodera del nombre y la forma, hereda también el nacimiento y la muerte. Pero el genuino aspirante, el sincero buscador de este conocimiento, no está limitado por nombres y formas, ya que se halla establecido en la consciencia pura, la cual es anterior a la mente. Lo que es anterior a la cognitividad [knowingness] se denomina nirguna: el Uno libre de atributos.
La experiencia de que existo en el cuerpo no pertenece al cuerpo ni a la mente, sino a la consciencia pura, también denominada Dios o Vasudev. La fragancia de este conocimiento se debe a Paramatman: el Sí mismo supremo. Desde el punto de vista de lo absoluto, la experiencia del mundo exterior es solo un sueño despierto, mientras que la cognitividad es la fuente de los estados que reciben el nombre de vigilia y sueño. Donde no hay sueño, tampoco existe el mundo exterior. Y, donde tiene lugar la experiencia del «yo soy», el mundo está destinado a aparecer. Una vez que se revela la verdadera naturaleza al individuo, este deja de ser un sadhaka, un buscador que necesita indagar para unirse con el Sí mismo. La experiencia de ser, del «yo soy», está limitada en el tiempo, puesto que necesita de este cuerpo perecedero, que no es más que el producto de los cinco elementos requeridos para su sustento. Pero el conocedor de esta verdad trasciende el tiempo. La comprensión constante de que nuestra consciencia es Ishwara constituye la genuina adoración a Dios y la única sadhana efectiva. Nuestro amor a la existencia se debe a la ignorancia, la cual concluye a la postre con el conocimiento del Sí mismo.
2 La atención a la consciencia es meditación
Cuando, durante el nacimiento, la existencia pura llega a conocer su ser, le siguen de inmediato el nombre y la forma y aparece la individualidad o la sensación del «yo». Pero aquel a quien le ocurre esta sensación del «yo» no es el cuerpo ni los sentidos ni la mente ni el prana, sino su conocedor. La mente es el efecto, mientras que la fuerza vital es la causa. Es el poder del prana el que lo hace todo. El prana existe junto con el sattva, la quintaesencia del alimento, mientras que el Atman es el testigo de este juego. La consciencia del cuerpo emerge con la aparición de la individualidad. Con ello, olvidamos el conocimiento de nuestra verdadera naturaleza. Y eso es la ignorancia primordial, avidya, maya, la cual da lugar a la ilusión.
La sustancia gracias a la cual emergen las diferentes formas de vida en este planeta es también su alimento. Nuestro alimento no es distinto de aquello de lo que está hecho nuestro cuerpo. La cognitividad o la experiencia de ser conlleva la identificación con el cuerpo. En ese caso, hablar de nacimiento, muerte, cielo e infierno solo tiene sentido para el que está encarnado. Con el paso del tiempo, esta comprensión se va fortaleciendo y arraigando de manera firme.
El juego de las tres gunas o cualidades –sattva, rajas y tamas– comienza debido a sattva. Estos son los tres atributos o tendencias de la manifestación que gobiernan la vida. Sattva o sattvaguna promueve el altruismo y la bondad en la persona. Rajas o rajoguna impulsa la actividad, como estar ocupado en una determinada tarea. Por su parte, tamoguna provoca el sentido de que uno es el hacedor, es decir, el sentimiento de que yo soy el que efectúa las acciones.
Por su parte, Dhyana o meditación significa estar en armonía con la consciencia o mantener la atención en el Sí mismo. Jnana implica que conocemos nuestra auténtica naturaleza y nos mantenemos en el Sí mismo. Supone que conocemos la fuente de la consciencia. Paramatman no es consciente de sí mismo y necesita del alimento-cuerpo-mente para conocer su propia existencia. Dado que el Sí mismo solo es un testigo, el responsable de la actividad es el prana. Amamos existir, y este amor hacia uno mismo requiere alimento para mantenerse. Por lo tanto, sattva o la quintaesencia del alimento es imprescindible para la manifestación de lo no manifestado.
El conocimiento de que existo se denomina ahambhava. Pero ahamkara nos lleva a suponer que el complejo cuerpo-mente es el verdadero Sí mismo. Debido al resultado de esta asociación con el cuerpo, el Sí mismo olvida su auténtica naturaleza y se aferra al cuerpo. En cambio, cuando no somos conscientes de nuestra existencia, el Sí mismo es el gozoso conocedor de su ser.
[Una tarde visitamos a Maharaj. Estaba sentado en estado de trance y no se percató de nuestra llegada durante algún tiempo. Cuando finalmente advirtió nuestra presencia, mencionó que no era consciente ni siquiera de su propia existencia. Una vez que supo de nuestra existencia, se dio cuenta de la suya propia: JayaSri Gaitonde.]
Lo que sucedió es que Paramatman adquirió consciencia de la presencia de su propio ser. El Señor del Universo olvida su verdadera naturaleza y ahora se adhiere a la sensación de individualidad. Aquello que es el gozo mismo, o ananda swarupa, sencillamente cobra consciencia del gozo. Pero ser consciente del propio ser acarrea sus problemas, puesto que trae consigo el olvido de nuestra verdadera naturaleza debido al apego al cuerpo, el cual no está compuesto más que de alimento. Es como si uno se considerase a sí mismo como un montón de comida. Al perder la consciencia de nuestra genuina naturaleza, los inevitables placeres y dolores asociados con este cuerpo mortal se convierten en nuestro único activo, con lo que el sufrimiento se torna inevitable.
Esta es la razón por la que, en el estado de vigilia, la tendencia de la mente es buscar la felicidad en la dimensión exterior. Su mirada se dirige únicamente al cuerpo formado por el alimento y, en consecuencia, percibe el mundo exterior a través de los sentidos. Solo cuando el cuerpo-alimento desaparece del conocimiento, como ocurre durante el sueño profundo, la consciencia individual se transforma en la Consciencia universal o Paramatma swarupa, con lo que la luz de la entera manifestación converge en un único punto, en la misma fuente de la existencia.
La mente está confinada en el cuerpo, pero el Atman reside más allá de su dominio. Cuando nos olvidamos del cuerpo, solo resta el Atman. Parece como si el Atman se obtuviese a expensas del cuerpo. Nuestra existencia humana es temporal porque, de hecho, no somos sino el eterno Paramatman.
3 A la consciencia le complace la continuidad de su propia existencia
El libro [que sostengo en mi mano] es el Dasbodh, un texto destinado al auténtico discípulo, quien se ha entregado por completo al Guru y tiene plena fe en sus palabras. El discípulo no está separado del Guru, sino que forma parte de su naturaleza infinita.
Ver a Dios supone darse cuenta de nuestra naturaleza verdadera y eterna. La genuina devoción al Guru consiste en conocer, gracias al maestro, nuestra autentica naturaleza. Quien escucha las palabras del maestro y corrobora su verdad por experiencia directa es un digno y auténtico discípulo. La charla de hoy va dirigida a estos discípulos dignos. La sensación de que «yo existo», que ocurre de manera espontánea dentro de cada uno de nosotros, se halla velada por el cuerpo y de esa manera se convierte en el ego. Sin embargo, el Sadguru asume la tarea de despertar al discípulo de este sueño.
Los padres le dieron este cuerpo a su hijo, pero el Guru le proporcionará ahora la liberación o la realización de que es Brahman. Una madre le dice a su hijo: «Eres un niño o una niña que te llamas de esta o de aquella manera». Al asignarle un nombre al niño, los padres simplemente lo convierten en dueño de unas cuantas letras del alfabeto. La mente se identifica de inmediato con esas letras, apropiándose de esa etiqueta. Pero se trata de un conocimiento que ya estaba latente en el vientre materno y que emerge a los pocos años del nacimiento.
La semilla de jnana solo se siembra en el corazón del buscador cuando el Guru proporciona el mantra –«Tú eres Eso»–, con lo que desaparece el arraigado concepto de que «he nacido y moriré algún día». Aun estando en el cuerpo, el buscador que se atiene a este mantra se percata del hecho de que él es el principio no nacido e inmutable y de que, sencillamente, debido a la ignorancia aparece como el complejo cuerpo-mente. Sin embargo, la gracia todopoderosa del maestro permite que la ignorancia de la mente sea rechazada y reemplazada por jnana. Este jnana o conocimiento puro es la luz que ilumina el resto de los conocimientos. Pero si bien este conocimiento resplandece, da lugar a todo cuanto es e ilumina la mente, resulta incomprensible para ella.
Al igual que la lengua, siendo ella misma insípida, nos permite juzgar correctamente los diferentes sabores, la consciencia pura no es tocada por los conceptos, aunque nos permite concebirlo todo.
Raro es aquel que, dotado de plena fe y entrega a las palabras del Guru, percibe que esta Verdad es su propio Sí mismo y se hace uno con Parabrahman. Este es el resultado de la correcta comprensión de las enseñanzas del Guru. La verdadera devoción consiste en tener plena fe en sus palabras.
4 El perceptor de todo es, en sí mismo, imperceptible
El conocimiento del ser, que es el conocimiento supremo, carece de forma, siendo experimentado por todos en cada momento. Gracias a la plena devoción, hacemos que nuestra experiencia se libere en todos los aspectos y alcanzamos la iluminación. Paramatman es aquello que nos permite saber que «nosotros somos» y también que «el mundo es». Dotados de este conocimiento, permitimos que haya una consciencia constante de nuestra verdadera naturaleza, la cual no es tocada por el cuerpo y la mente y que nos libera de las ataduras del karma. La clave de la autorrealización son las palabras del Guru, las únicas que merece la pena recordar.
Durante toda su vida ha creído que era el nombre que le asignaron sus padres y lo convirtió en su «firma» sin darse cuenta de que ese nombre, al ser un adjunto limitante, trae consigo la inevitabilidad de la muerte. En cambio, el nombre que nos proporciona el Guru, y que nos dice que somos el Brahman inmortal, es liberador. No hay ninguna otra enseñanza necesaria para el que acepta las instrucciones del maestro y conoce su realidad por propia experiencia directa: swanubhava. Esa persona conoce la verdad interior no como una nueva revelación, sino como la consciencia siempre existente, espontánea y sin merma, que se ha visto ensombrecida por la ignorancia y que, en consecuencia, ha sido obviada hasta este momento.
Atman no solo es un puñado de letras, sino que es el conocedor que carece de cuerpo en tanto que consciencia. El conocimiento suministrado por el Guru ensalza todas las virtudes del buscador. Solo aquel que canta el mantra del Guru con total devoción comprende la forma en que Brahman se manifiesta y se conduce de maneras diversas, al tiempo que permanece inalterado e intacto. La mente es incapaz de comprender el Sí mismo, pero es el Sí mismo carente de forma el que ilumina la mente. Aquello que objetiva la mente es incorpóreo. Los ojos que ven nunca pueden percibir al Sí mismo, sino que es el acto de ver en sí el que es iluminado por él. Todo cuanto vemos tan solo es contemplado por el Sí mismo.
El cristal situado cerca de un objeto de color parece tener el mismo color que el objeto. Sin embargo, sabemos que el cristal es incoloro y no se ve afectado por el color reflejado. De la misma manera, el Atman brilla debido al sattva y no se ve afectado por las cualidades del sattva. El Sí mismo de la persona no está atado o empañado por ningún rasgo que se manifieste en el ser. Por consiguiente, uno puede vivir de manera vigorosa en el cuerpo mientras no olvide que su verdadera naturaleza no es tocada ni siquiera por su propio cuerpo. Puede utilizar su cuerpo al máximo sin estar identificado o apegado a él.
5 La atención se transforma en desatención
El prana, que es el sostén de nuestra vida, se expresa a través de la mente. El lenguaje del prana es la mente. Incluso antes de que surgiese el conocimiento, nació este cuerpo ...