PRÁCTICAS DE LA RESISTENCIA Y LA DOMINACIÓN: EL SER, EL SABER Y EL HACER DE LA ORGANIZACIÓN CAMPESINA
ANDRÉS LOZANO REYES*
CAMILO ANDRÉS GONZÁLEZ RODRÍGUEZ**
ASOCIACIÓN CAMPESINA DEL CATATUMBO (ASCAMCAT)***
Nadie nace rebelde, sino que lo hacen volver rebelde.
Nadie nace oposición, sino que lo hacen ser oposición.
JOSÉ DEL CARMEN ABRIL, dirigente de Ascamcat
Alo largo del Paro del 2013, los campesinos y las campesinas participantes desplegaron diversas formas de movilización y resistencia en defensa de su territorio y de su dignidad, frente a un Estado que había brillado por su ausencia en temas de política social en el Catatumbo, pero que durante las manifestaciones haría presencia a través del despliegue de policías y militares, así como de las más diversas estrategias para hacerle frente al Paro y a su tenacidad.
¿Qué tipo de acciones llevaron a cabo los campesinos y las campesinas para defender sus propuestas? ¿Cuál fue la respuesta del Estado a las reivindicaciones? Sería gracias a la organización y a la resistencia de los campesinos y las campesinas que fue posible llevar a cabo un paro de cincuenta y tres días y de tan grandes magnitudes.
LAS ASAMBLEAS DE LAS TRES DE LA TARDE: ORGANIZACIÓN Y DIRECCIÓN COLECTIVA
Las movilizaciones y las acciones de resistencia no eran nuevas para el campesinado catatumbero. Es más, han sido y son procesos históricos de defensa del territorio y de los derechos de los y las habitantes de la región. Antes del Paro del 2013 las comunidades catatumberas desarrollaron diferentes formas colectivas de resistencia. De acuerdo con Ascamcat, entre las décadas de los setenta, ochenta y noventa, “se dan antecedentes de organización campesina, con movilizaciones, paros, mítines, y cabildos abiertos que reclaman derechos sociales, económicos, políticos y culturales” (Ascamcat, 2015, p. 6).
Cabe recordar las fuertes movilizaciones ocurridas entre 1996 y 1998, las cuales derivaron en la construcción colectiva del primer “Plan de desarrollo y paz para la región del Catatumbo”. Posteriormente, el campesinado tendría que movilizarse de nuevo, así como construir propuestas frente a la sustitución de los cultivos ilícitos y al desarrollo sustentable de la región, “garantizando la permanencia en el territorio, la propiedad de la tierra, la generación de infraestructura social y económica, vías para poder sacar lo sembrado, mercados nacionales para vender el producto, de la siembra y la cosecha” (Ascamcat, 2015, p. 15). Sin embargo, estos procesos de movilización campesina se enfrentarían a un contexto de incursión y escalamiento de la violencia paramilitar.
Sería hasta el “Encuentro comunitario del Catatumbo: integración, vida y territorio” (realizado entre el 11 y el 14 de septiembre del 2004), así como la fundación de Ascamcat a finales del 2005, que el movimiento campesino podría retomar sus ejercicios democráticos y colectivos de gestión del territorio, y vencer por fin el miedo causado por los años de muertes, desplazamientos, desapariciones y arremetidas violentas por parte de los paramilitares (Ascamcat, 2015, pp. 15-20).
En el Catatumbo, la presencia estatal se ha caracterizado –según el informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre la región– por un largo y consciente proceso de abandono y exclusión en términos socioeconómicos, lo cual se expresa en “[...] las carencias en la provisión de los servicios básicos sumadas a la concentración de la tierra, [que] han agudizado su situación de marginalidad y exclusión” (Salinas, 2014, p. 9). Pero también en términos políticos, ya que existe una “[...] imposibilidad de que los pobladores del Catatumbo participen e incidan efectivamente en los espacios políticos y económicos en los que se define el modelo de desarrollo de la región” (Salinas, 2014, p. 9). Además, esta situación se ve agravada por,
[...] la existencia de una clase política alejada de las realidades del territorio, que, en algunos momentos, ha sido permeada y cooptada por grupos armados ilegales, lo que ha aumentado la corrupción. La falta de investigación y sanción de los responsables acrecienta los niveles de impunidad, e impide generar situaciones de no repetición de crímenes y abusos contra los habitantes del Catatumbo. (Salinas, 2014, p. 9)
Aunado a esto, la región ha sufrido el frecuente incumplimiento de los acuerdos y los compromisos que adquiere el Estado frente a la región y sus pobladores, lo que se refleja en la pérdida de confianza en las instituciones y la perpetuación de las condiciones de marginalidad de la población.
Por lo anterior, la principal respuesta del Estado a la situación conflictiva en el Catatumbo ha sido el incremento de la presencia militar en el territorio, lo cual no solo fracasa en términos de garantizar condiciones de seguridad, sino que ha propiciado abusos de derechos humanos a los pobladores de la región (Salinas, 2014, pp. 9-10). Dicha presencia militar –que se da como respuesta a la precaria inversión social– es, al mismo tiempo, la piedra angular de la garantía de los procesos de explotación petrolífera y carbonífera en la región.
Sin embargo, frente a la ausencia conveniente del Estado, las comunidades responden “construyendo alternativas para la conquista de derechos fundamentales” (Acamcat y CCALCP [Corporación Colectivo de Abogados Luis Carlos Pérez], 2012, p. 291). Así, las comunidades, por medio de las Juntas de Acción Comunal (JAC), gremios, asociaciones, asambleas y comités, etc., han desarrollado procesos comunales de apropiación, organización y construcción del territorio, tales como la construcción de carreteras, escuelas, acueductos e, incluso, espacios de esparcimiento y recreación. En suma,
[...] la respuesta común de cada habitante ante la pregunta sobre el qué hacer, respecto de cualquier problema, va a ser la de organizarse para solucionarlo entre todos, resaltando con ello, la importancia que ha cobrado la autogestión y los lazos de solidaridad construidos a partir de la lucha y la defensa de los derechos. (Ascamcat y CCALCP, 2012, p. 291)
De esta manera, el campesinado catatumbero cuenta con un importante acumulado histórico de organización y de acciones colectivas para defender, preservar y promover la vida y el territorio. En el Catatumbo las comunidades han optado por la organización comunitaria, y el Paro del 2013 no será la excepción a esta tradición de lucha.
Todos los días, a las tres de la tarde, sucedía un evento fundamental de la comunidad, eje central de todo tipo de decisiones al cual todos y todas estaban invitados, en el que el campesinado pensaba, debatía, se informaba y, a su vez, se revitalizaba y se fortalecía el Paro: las asambleas. José Miguel recuerda que allí, “[...] nos reuníamos y bueno, cómo vamos, qué ha dicho el gobierno. De ahí sacábamos las propuestas. Bueno en tal sector, digamos en La Aduana hay tanta gente, bueno, se nos acabó la carne, se nos acabó aquello” (J. M. Paz, comunicación personal, 5 de diciembre del 2016).
El éxito de las asambleas dependía de aplicar el principio de la “dirección colectiva”; de acuerdo con Juan Carlos Quintero, esto fue la clave para mantenerse durante casi dos meses en paro. En La Cuatro, por ejemplo, el ejercicio de asamblea comenzó con un censo de veredas y líderes participantes del Paro. En la memoria colectiva persiste el orgullo de haber llevado a cabo asambleas tan productivas y disciplinadas; en las asambleas se recogían celulares y grabadoras como medida de seguridad, y se daba paso a la discusión sobre diversos temas: desde el alimento, la administración de la carne y la yuca, hasta las declaraciones políticas y las posturas a tomar frente a los representantes del Gobierno nacional. Se construía entonces la idea de diálogo y construcción conjunta y colectiva entre dirigencia, juntas de acción comunal, bases y participantes (Ascamcat, 2014).
FIGURA 1. Asamblea durante el Paro. Fuente: Agencia Prensa Rural (2013).
Las asambleas diarias garantizaron, de manera continuada, el encuentro entre las mismas comunidades, la división de tareas y el cumplimiento de las responsabilidades pactadas, así como el flujo constante de información entre los dirigentes y la base, así como la garantía de que la discusión y las propuestas planteadas por el grueso de los campesinos y las campesinas se recogieran. No obstante, ¿cómo funcionaban concretamente las asambleas?
Era necesario ser estrictos. Las reuniones comenzaban puntualmente a las tres de la tarde; la gente se repartía territorialmente en mesas por veredas y municipios, desde La Cuatro hasta Campo Dos. En cada uno de los puntos de la asamblea se informaba de las decisiones tomadas en las distintas reuniones acaecidas durante el día, bien fuera con el Gobierno nacional, o bien en las internas entre presidentes de junta. Posteriormente, se recogían las propuestas del grueso de los y las participantes y se llegaban a puntos comunes (Presidente JAC Catatumbo, comunicación personal, 5 de diciembre de 2016).
Para un presidente de una JAC participante, fue en especial gratificante el ejercicio de apoyo que se pudo brindar a otras comunidades. Un sector urbano de Tibú que se había movilizado por iniciativa propia se acercó a la asamblea con sus propias reclamaciones, “entonces lo que hacemos es que también recogemos esas propuestas y les decimos ‘Claro vengan aprovechemos el escenario y metemos todo un paquete completo’ y entonces se arma una agenda” (Presidente JAC Catatumbo, comunicación personal, 5 de diciembre de 2016).
Las asambleas eran los espacios en los cuales la dirigencia, ocupada en los ires y venires de la negociación con el Gobierno nacional, podía encontrarse con el grueso del campesinado para debatir sobre el futuro de la movilización. Este intercambio diario de experiencias y propuestas daba lugar a una estrecha confianza entre aquellos que asumían vocerías o puestos de dirigencia durante el Paro y el grueso de los campesinos y las campesinas. Morocho era el encargado de la logística de Campo 2, en donde casi seiscientos campesinos y campesinas pernoctaban. Recuerda la asamblea como una agradable rutina:
Allí se planificaban las decisiones, en función de lo que mandaba decir el Gobierno y éramos los campesinos los que dábamos voz a los voceros, no al revés como muchos medios decían. Por ejemplo, ahí decidimos que, si el paro era en el Catatumbo, las negociaciones serían en Tibú, no en Cúcuta, Bogotá u otra parte. (Ascamcat, 2014)
Por su parte, José Miguel explica que las decisiones se tomaban por mayorías: “Eso lo hacíamos así. ‘¿Hacemos mañana acción de hecho?’. Y si la mayoría decía que sí pues teníamos que salir”. José Miguel también resalta la alta capacidad de sus líderes y lideresas para organizar a las personas y la especial confianza que se depositaba en ellos y ellas:
Eran muy conscientes de lo que estábamos haciendo y ellos no hacían las cosas a lo loco sino decían “bueno, ¿qué vamos a hacer? ¿Qué es lo que se propuso? ¿Cómo vamos a trabajar?”. Entonces eso nos ayudó a nosotros a facilitar mucho las cosas (J. M. Paz, comunicación personal, 5 de diciembre de 2016).
Las asambleas jugaban también un papel como centro pedagógico ya que, en el balance sobre lo acontecido, se tomaban decisiones para mejorar, corregir o continuar con lo que se venía haciendo. Servían, además, como centros de reflexión y aprendizaje, en los que el ejercicio de socialización, debate y discusión permitía saber el “qué hemos hecho”, y se discutía sobre el “qué vamos a hacer”.
Las asambleas de las tres de la tarde se mantuvieron durante todos los cincuenta y tres días de Paro. Como recuerda César Jérez, hasta en el cierre del Paro, en La Aduana se celebró asamblea porque “nunca dejamos de celebrarla, ni un solo día” (Ascamcat, 2014). La constante construcción colectiva dotó de legitimidad las acciones del movimiento campesino adentro y afuera de la organización, lo que dio paso a un espacio político y práctico, en el cual las decisiones colectivas se asumían de forma responsable.
El campesinado catatumbero le dio al país una lección de organización y lucha muy importante durante la movilización. Además de demostrar una gran capacidad de convocatoria, puso a las comunidades y sus decisiones primero. Enfrentó al Gobierno en todos los espacios al poner de presente ejercicios colectivos de construcción colectiva, en los que cada paso y cada actividad se planeaba y se efectuaba de acuerdo con lo discutido por todos y todas las participantes.
Fieles a su acumulado histórico, los campesinos y las campesinas participantes del Paro le mostraron a Colombia que la gestión del territorio podía y puede ser distinta, que el Estado debía escuchar a las comunidades y sus propuestas, y que la defensa de la vida, la dignidad y el territorio se sostienen gracias a la solidaridad y al trabajo mutuo. Sin embargo, el Gobierno nacional no se quedaría quieto frente a tal desafío a su modelo territoria...