
- 168 páginas
- Spanish
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eBook - ePub
Descripción del libro
Estas páginas pretenden justificar las razones de un necesario tránsito de la ciudadanía a la cuidadanía. En ellas se propone construir un nuevo contrato social cimentado sobre nuestra interdependencia constitutiva; un «pacto de cuidados» que dirima nuestra convivencia no con testosterónicos duelos al sol, sino desde la articulación política de relaciones de cuidado. Esa es la propuesta de la cuidadanía, un nuevo paradigma civilizatorio que quiere cimentarse sobre verdades esenciales que habíamos decidido ignorar: nuestra común vulnerabilidad y nuestra necesidad de cuidados.
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Información
Construyendo
la cuidadanía
Vulnerabilidad y cuidados son los fundamentos antropológico y ético-social de la cuidadanía. Una vulnerabilidad que delimita los contornos de una universalidad encarnada en cuerpos singulares, y unos cuidados «políticos» que articulan una red de responsabilidades ciudadanas encaminadas al sostenimiento y desarrollo de existencias «vivibles».
Fundamentos antropológicos de la cuidadanía
El sustento antropológico de la cuidadanía descansa sobre el binomio vulnerabilidad-corporalidad. Aunque para su análisis disociemos vulnerabilidad y corporalidad, se trata de dos realidades inseparables: la vulnerabilidad no se puede proclamar en abstracto, siempre ha de estar referida a un cuerpo.
Nuestra condición vulnerable
Todos, siempre y en todo lugar, somos seres vulnerables. Nuestra condición vulnerable cuenta con la universalidad del aval fenomenológico del que no gozaba la autosuficiencia incorpórea de las ciudadanías autosuficientes. Podemos discutir sobre si todos nacemos libres e iguales, si poseemos una naturaleza común como especie humana o sobre el significado real de una dignidad universalmente compartida, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que todos los seres vivientes somos vulnerables:
Puede discutirse, y de hecho se discute filosóficamente, si el ser humano goza de una dignidad especial en el conjunto de la naturaleza. Se discute si su lugar preeminente en el conjunto del cosmos es verídico o una simple reivindicación gremial, pero lo que no entra en el terreno de la discusión es su radical vulnerabilidad. Lo que nos une a los seres humanos, más allá de nuestras evidentes diferencias, es la vulnerabilidad (Torralba, 2002, p. 247).
La vulnerabilidad, dirá Judith Butler, es una condición que no puede ser ignorada, superada ni revertida;
[...] desde el principio, incluso con anterioridad a la individuación misma y por virtud de nuestra experiencia corporal, somos entregados a otros: esto nos hace vulnerables a la violencia, pero también a otra serie de contactos, contactos que van desde la erradicación de nuestro ser en un extremo hasta el sostén físico de nuestras vidas en el otro.
No podemos «rectificar» esta situación. Y no podemos recuperar la fuente de esta vulnerabilidad, puesto que precede a la formación del «yo». No podemos contender de una forma precisa con esta condición de estar al descubierto desde el principio, dependientes de aquellos a los que no conocemos. Venimos al mundo ignorantes y dependientes y, hasta cierto punto, permanecemos así (Butler, 2006, pp. 43-44).
La vulnerabilidad no es un accidente, algo que le ocurre de vez en cuando a un ser autosuficiente e inmune. Aunque en determinadas circunstancias vitales tomemos especial conciencia de nuestra fragilidad, lo cierto es que siempre y en todos los momentos de nuestra existencia estamos atravesados por una red oculta de relaciones de interdependencia y cuidados que nos recuerdan una y otra vez nuestra vulnerabilidad constitutiva.
Vulnerables: heridos e hirientes
La vulnerabilidad define nuestra fragilidad constitutiva como especie, pero, además, expresa nuestra radical exposición al «otro» (individual y planetario). Como afirma Carolina Montero, «el ser humano vive no solo a partir de aquello que lo constituye, sino también de aquello a lo que está expuesto»:
Esta exposición al infortunio (Nussbaum), a las propias emociones como la vergüenza, el amor y la compasión (MacIntyre, Nussbaum), al desprecio (Honneth) o al falso reconocimiento (Taylor) y a la vulnerabilidad de otros (Lévinas) agudizan la vulnerabilidad originaria constitutiva (Montero, 2000, pos. 783).
Etimológicamente, la vulnerabilidad remite a la herida: proviene del término latino vulnerabilis, de vulnerare (herir) y vulnus (herida, llaga, golpe, daño). Ser vulnerables, por tanto, es reconocer la posibilidad de ser lesionados física, psicológica, emocional o moralmente. Los seres humanos somos entes frágiles sometidos a múltiples contingencias y, a la vez, tenemos el poder de quebrantar la integridad física, psicológica o moral de otros; situaciones vulnerables y vulneradoras que podemos agrupar en torno a dos grandes campos semánticos, uno antropológico y otro social. El primero recogería significantes tales como fragilidad, finitud, liminalidad, aflicción, sufrimiento, enfermedad, muerte, contingencia y labilidad, realidades que todo individuo experimenta con independencia de contextos culturales, sociales o históricos. Los significados comunitarios, por su parte, remiten a condiciones extrínsecas que amenazan al sujeto y agudizan su fragilidad constitutiva, contextos precarios que exponen a los individuos a situaciones de desprotección, amenaza, desprecio, dependencia, no reconocimiento, exclusión o daño.
Podemos concluir resumiendo que la vulnerabilidad es una realidad que nos constituye a la vez que nos amenaza. Somos vulnerables y tenemos la capacidad de vulnerar: vulnerables y potencialmente vulneradores.
Vulnerabilidad y precariedad frente a vulneración y precarización
De cara a la delimitación ciudadana de las relaciones de cuidados, conviene distinguir entre el reconocimiento de la vulnerabilidad como condición inherente a todo ser humano y la naturalización de dinámicas de vulneración como coartada ideológica para bendecir situaciones de injusticia. Aunque todos compartamos la misma naturaleza frágil, hay vidas sometidas a un nivel extremo de vulnerabilidad que exige ser combatido de forma imperativa.
Ser vulnerables y ser vulnerados remiten a dos dimensiones no equiparables. Una cosa es la vulnerabilidad constitutiva que todos compartimos y otra muy distinta los procesos de «vulnerabilización» (Madrid Pérez, 2018) por los que determinadas personas o colectivos son sometidos a condiciones de vida insoportables. Una distinción también pertinente para los términos «precariedad» y «precarización»; la filósofa Judith Butler distingue entre precariousness, como condición antropológica universal, y precarity, como distribución política desigual de la vulnerabilidad (Butler, 2007). Una precariedad inducida que la politóloga alemana Isabell Lorey extiende al terreno de las instituciones políticas; según ella, existen dinámicas de precarización gubernamental promovidas por sistemas políticos que articulan sus sistemas de poder institucional mediante el fomento de condiciones de inseguridad económica, laboral y vital (Lorey, 2016). Las políticas neoliberales, que imponen modos de producción capitalista, son un ejemplo claro de modelos de gobernanza que utilizan la precarización como herramienta de control, estratificación y disciplinamiento social:
[...] las políticas neoliberales con mecanismos de mercantilización/desmercantilización (ámbitos no rentables que han vuelto a ser asumidos, o bien por el Estado, o bien por las familias, o bien por ciertos individuos, generalmente mujeres), de desregulación/re-regulación, flexibilización y financiarización, han intensificado la precariedad, tanto a nivel laboral-formal como a nivel informal; es decir, trabajo remunerado-público y trabajo no remunerado, doméstico y de cuidados. Dicha precarización no es horizontal, sino que se distribuye de forma diferencial, afectando sobre todo a clases trabajadoras, mujeres, inmigrantes, estudiantes y becarios. En este sentido, las políticas neoliberales han reforzado las estructuras patriarcales a nivel social, en tanto que se han convertido en funcionales a las mismas. Por ello, se puede afirmar que la neoliberalización y el patriarcalismo han reforzado la precarización social, destacando el fenómeno de la feminización de la misma (Sales Gelabert, 2016, p. 59).
La precariedad como dinámica social de desposesión puede definirse como «el conjunto de condiciones materiales y simbólicas que determinan una incertidumbre acerca del acceso sostenido a los recursos esenciales para el pleno desarrollo de la vida del sujeto» (Precarias a la deriva, 2004, p. 28). La precariedad –o, mejor dicho, las dinámicas de precarización– corresponde a lo que Martha Fineman define como «vulnerabilidad patogénica». Fineman distingue tres tipos de vulnerabilidad. Una vulnerabilidad inherente: condición humana, una vulnerabilidad contextual: cómo cada sujeto experimenta su vulnerabilidad intrínseca, y una vulnerabilidad patogénica: construida socialmente (Fineman, 2013).
En el ámbito de la bioética, Michael Kottow propone diferenciar entre «vulnerabilidad» y «susceptibilidad». La vulnerabilidad haría referencia a la dimensión trascendental de una fragilidad constitutiva y universal, mientras que la susceptibilidad sería un estado determinado de privación o necesidad que predispone al sufrimiento y al daño (Kottow, 2003).
Desde una perspectiva argumental diferente, Diego Fares considera que las relaciones sobre las que no se cierne ninguna amenaza, como las amorosas o las...
Índice
- Portadilla
- Prólogo
- Introducción
- ¿Qué es la ciudadanía? Fronteras conceptuales
- El declive de la ciudadanía
- Deconstruyendo la ciudadanía
- Construyendo la cuidadanía
- Bibliografía
- Notas
- Contenido
- Créditos
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