
- 400 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
El derecho a disentir
Descripción del libro
En los ensayos reunidos en este libro Mauricio Wiesenthal trata de «ajustar cuentas» con su tiempo, pues, como él mismo explica, «ser libre consiste precisamente en saber escapar de la cárcel de nuestra circunstancia para organizar nuestras ideas y nuestra vida desde una perspectiva más distante». Escritas en mil lugares del mundo, estas páginas son una celebración—un auténtico festín—del don de contemplar y evaluar «intempestivamente», es decir, de un modo crítico y poco acomodaticio (insumiso a las conveniencias), el tiempo que nos ha tocado vivir: «Pues la historia—si se rebobina o se mira en cámara lenta—se parece a los partidos de fútbol, cuando se analizan los lances más aplaudidos por los fanáticos de cada equipo; detalles que, no pocas veces, son lo peor y más sucio de cada jugada». Un libro lleno de fulgores, escrito con una prosa tan expresiva como cristalina, que fascinará (y en ocasiones alentará y confortará) al lector, mostrándole ocultos tesoros del museo del tiempo y acompañándole hacia horizontes abiertos.
«Un hombre de increíble erudición, de cultura infinita, pero como la que no tiene hoy casi nadie: una cultura activa, crítica, punzante, que interpreta el pasado y lo convierte en reflexión del propio presente».
Toni Montesinos, La Razón
«Sabio bohemio y cosmopolita, Mauricio Wiesenthal ha escrito un grupo de fulgurantes y nutritivos ensayos donde observa con mirada crítica e insumisa muchas de las realidades del mundo actual y vuelca sus ojos hacia otra manera de habitar nuestro presente».
Andrés Seoane, El Cultural
«En la tradición antimoderna que va de Chateaubriand y las "consideraciones intempestivas" de Nietzsche a Fumaroli y Compagnon, Wiesenthal compone una autobiografía políticamente incorrecta».
Sergi Doria, ABC
«Asoma en estas páginas una experiencia atenta al indicio, el pasado mayor que el presente, el camino insospechado, la vía ardua, con una retranca que nos es propia. Este libro es una fiesta».
Manuel Lucena Giraldo, ABC
«Wiesenthal vuelve a la acción con otro libro asombroso, valiente, extremadamente interesante, profundo, con el que provocará nuestra conciencia».
Toni Montesinos, Qué Leer
«Wiesenthal ha viajado por todo el mundo y su condición de humanista se aprecia en todo lo que escribe. Es una delicia, un privilegio leer sus sabias reflexiones».
Fulgencio Argüelles, El Comercio
«Este conjunto de 44 ensayos van desde el tono poético y el detalle autobiográfico hasta el desenmascaramiento de fariseos y la refutación de lo políticamente correcto. El derecho a disentir es una cruzada contra el racionalismo, un alegato antirrevolucionario y una defensa del humanismo y de la cultura clásica».
Alfredo Valenzuela, El Diario
«Experto en ejercitar el derecho a disentir, Wiesenthal observa con preocupación y ternura el mundo, del que forma parte una Europa a punto de convertirse en un «parque temático»».
Antonio Arco, El Correo
«Un volumen perfectamente coherente y compacto en sus planteamientos y formas. Podríamos decir que son memorias reflexivas, esto es, que reúnen muchos recuerdos del propio autor —riquísimos hasta lo increíble— con una profunda y demoledora crítica».
Libros de Cíbola
Información
Categoría
LiteratureCategoría
Literary BiographiesSIRENAS AL AMANECER
En la pasión y en la impaciencia de mi juventud escribí muchas páginas sobre mi vida, pero—pasados los años—soy consciente de que debo ajustar también cuentas con mi tiempo. Ser libre consiste precisamente en saber escapar de la cárcel de nuestras circunstancias para organizar nuestras ideas y nuestra vida desde una perspectiva más distante, y en ser capaz de recorrer nuestra época a contracorriente de muchas tendencias y modas.
De este modo nacieron estas páginas, escritas en mil lugares del mundo. No sé si tantas historias y tantos caminos componen un libro, una fiesta o una canción de adiós. Lo que quise decir lo dije, y lo que quise escribir tan sólo Dios lo sabe.
La parte más libre y auténtica de nuestra existencia es siempre «inoportuna» para nuestro tiempo. Nietzsche la llamaría «intempestiva» (unzeitgemäss), y en ese sentido también las meditaciones de este libro son intempestivas, una contemplación desencantada del momento en que me tocó vivir. Pues la historia—si se rebobina o se mira en cámara lenta—se parece a los partidos de fútbol, cuando se analizan los lances más aplaudidos por los fanáticos de cada equipo; detalles que, no pocas veces, son lo peor y más sucio de cada jugada.
Soy biznieto de un músico judío, nieto de un impresor alemán, hijo de un catedrático español y descendiente de generaciones de europeos que—en una época de fanatismo y de violencia—vieron reducidos a escombros el esfuerzo material y moral de sus vidas. Vine al mundo en un siglo terrible—el novecento—que industrializó el asesinato en serie, creando incluso cadenas de montaje de la muerte.
Mis antepasados paternos procedían de la Alta Sajonia y de Hamburgo, y de ellos recibí—además de mi origen alemán, que no olvido—la herencia judía, escandinava y eslava. Cuando mi padre obtuvo en 1916 su primera cátedra en España, mi abuelo—casado ya con una madrileña católica—se nacionalizó español, como lo exigían las leyes.
Al linaje paterno atribuyo mi gusto por el estudio y mi respeto por los gremios, escuelas y talleres donde se formaban en otros tiempos músicos, pintores y artesanos; así como mi devoción por la historia, y la educación humanista en la que mi padre se ocupó personalmente de formarme.
Mi familia materna es originaria de Cantabria y de Asturias. Allí, en el sagrado altar de los Picos de Europa (entre ríos y desfiladeros, prados, landas de brezo rojo y hermosos bosques), asentaron sus vidas—más sencillas o más notorias, según su suerte—mis antepasados. Tendría que poseer la paciencia de un monje para escribir y miniar esta historia cristiana y campesina que podría ser ilustrada con los iconos de un beato. Sus propiedades estaban muy dispersas, como es normal en las tierras de minifundio, dedicadas mayormente a pastizales para el ganado. Acaso de esa estirpe me viene la devoción por los caseríos de la montaña, mi educación cristiana, el amor casi místico que siento por los monasterios y las ermitas, y mi cariño a las riberas y vegas de la «tierruca» que recorría a caballo en mi juventud.
Recuerdo la primera vez que fui a visitar a mi abuela en sus tierras. Llegué a la aldea por un camino empinado que dominaba un espléndido paisaje entre altos montes. Debía de ser por primavera, pues guardo conciencia del tapiz de flores—amarillas, blancas y violetas—que cubría la pradera, y el olor dulce de melisa y tila que perfumaba el aire fresco.
Subía en una charrette que era difícil de manejar por las cuestas, porque el caballo estaba recién herrado y resbalaba en los tramos de piedra. Tenía que ir atento, vigilando a la yegua en las subidas y templando la manivela del freno en los descensos. Y, al pasar la torre medieval de Linares me detuve en un otero, por dar descanso al animal. Muy cerca se halla el cementerio romántico y minúsculo donde hoy está enterrada mi abuela. Un Cristo de piedra levantaba sus brazos abiertos sobre una tapia blanca, un rosal salvaje y una cancela de hierro. Los mausoleos eran modestos y sencillos y, en las lápidas manchadas por la humedad y el musgo, apenas podían leerse ya los nombres queridos. Entonces pude contemplar todo el valle hasta los lejanos picos que, en esas fechas del año, aún mostraban restos de nieve. Y, desde allí, distinguí el minúsculo caserío con tejados rojos que había sido el hogar de tantas generaciones de mi familia materna.
No sé por qué en los días de la juventud uno tiene siempre la idea de que la vida es corta, y esa sensación de sed apremiante nos lleva a obrar muchas veces con descuido y precipitación. Y, sin embargo, llegados a la vejez, nos damos cuenta de que—en las mismas horas en que el ansia y el gozo de vivir nos llenaba el corazón—se nos iban calladamente los nuestros: los padres, los amigos, los mayores, los maestros, y todos aquellos que perdimos sin poder recuperarlos.
Cuando escribí un esbozo sencillo de mi infancia y de mi adolescencia (un libro del que sólo edité veinte ejemplares y, que andando los años destruí, porque no lo consideré interesante) lo titulé: Llegar cuando las luces se apagan.
Nací en 1943, en medio de un bombardeo. Europa estaba en llamas. Digamos también que vine al mundo en las orillas de un río de cartas: «Querido, querida… padre, madre, hijo mío, hija de mi alma, amada… ¿Cuándo volveremos a vernos? ¿Nos permitirá la vida volver a encontrarnos?».
En las ciudades de nuestra vieja Europa se oían las sirenas de alarma: amenazantes, estremecedoras y entrecortadas. Cada fábrica tenía la suya. Se escuchaba el rugido de los aviones, sonaban las explosiones de las bombas y se apagaban las luces. Después las cartas; el río de las cartas: «querido, querida, padre, madre, amada, hijo mío, hija de mi alma», y—en el raudal—alguna que nunca llegaba.
Las genealogías de mi vida, mis trabajos y mi formación europea me hacen también disidente y distinto a muchos de mis contemporáneos, que se identifican cómodamente con ciertos localismos que me son indescifrables y ajenos.
Probablemente tengo un sentimiento más sencillo y tierno de Europa que mis conciudadanos jóvenes, porque viví en tiempos más duros durante la postguerra. Todo era entonces más pobre, aunque también más fácil de abarcar, de pasear y de amar. Para un niño nada hay tan dulce y a su medida como el paso lento de una abuela o el andante de un cuento.
Mis primeras imágenes de Francia, Suiza, Italia, Austria y Alemania no son las que tienen los turistas de hoy, sino momentos felices y discretos de la vida hogareña cuando nos reuníamos en familia, sin mayor alegría que la de poder vivir en paz, trabajando para reconstruir un mundo que nos habían legado destrozado.
Afortunadamente Europa es un continente de dimensiones reducidas, y encontrábamos rutas, caminos y puentes para dar rodeos. Los campos volvían a estar cultivados, y el cultivo ha sido siempre sinónimo de cultura y de culto, puesto que las primeras divinidades fueron agrícolas. Los europeos no podemos presumir de una fauna salvaje muy rica ni de una vegetación inextricable, porque nuestros antepasados labraron los campos, domesticaron a los animales que trabajaban la tierra, marcaron los hitos del camino, idearon alfabetos e interpretaciones que permitían explicar nuestro origen y establecer un código moral de convivencia, edificaron templos, basílicas y teatros; construyeron castillos y bastidas para defender los burgos, comunicaron las aldeas, ingeniaron armas y tácticas de combate, seleccionaron los cereales, las legumbres y los frutales adecuados a nuestro clima, elaboraron los fundamentos de una cocina sencilla y sabia—aderezada con hierbas saludables y sabrosas—, levantaron monumentos que sirviesen de memorial y guía a los pueblos, fundieron campanas y colocaron relojes en las torres, abrieron vías para comerciar con la sal y las materias primas, guardaron en pergaminos y en bibliotecas las crónicas de nuestras peregrinaciones, crearon rutas transitables en las que se establecieron monjes y hombres misericordiosos que atendían a los viajeros—como Santo Domingo de la Calzada o Saint-Émilion—, repartiendo pan, vino y caridad. No pocos viñedos históricos de Europa—en Alsacia, Borgoña, Cataluña, Galicia, Toscana, Renania, Navarra, Burdeos, Rioja—nacieron de esta manera, al igual que los mercados se organizaron en torno a los centros de peregrinación.
Es verdad también que, en aquellos caminos donde aprendí la historia de mi patria europea, se veían entonces no pocas aldeas destruidas, lugares cerrados al tránsito porque ocultaban explosivos y metralla de guerra, industrias famosas que estaban arruinadas y de las que sólo quedaba en pie una chimenea de ladrillo que parecía un monumento fúnebre al trabajo de los hombres en minas y fábricas, y muchas colinas o parques—hasta hace cuarenta años era fácil encontrarlos en las ciudades de la Alemania del Este—que escondían en su interior los escombros de barrios enteros, devastados y calcinados por las bombas.
Recuerdo en Viena los carteles de la Amerikahilfe (‘la ayuda americana’) en los que se veían hogazas de pan negro, las manifestaciones populares en los días helados de invierno cuando faltaba el carbón, los mercados en los que una coliflor costaba más que una camelia, o los tickets de racionamiento.
He hecho muchas veces mis primeras tareas colegiales a la luz de una vela, porque había restricciones cada tarde. Me acuerdo también de que, cuando era pequeño, en los trenes y en las estaciones de Suiza, había carteles que advertían de esos cortes de energía.
La obra de un escritor está marcada por su educación, su idioma y su experiencia vital. Y, por la misma razón que reclamo que los biógrafos incluyan en su trabajo las coordenadas de su personalidad y de su pensamiento, de suerte que queden mejor explicados sus antojos y sus opiniones, aporto aquí pormenores de mi vida. Pienso que así se entenderá cómo y por qué, en todo cuanto he escrito, se manifiesta la herencia de la cultura europea que recibí en mi hogar y en mi educación.
Vine al mundo en una casa modernista de Barcelona, en el 658 de la Gran Vía. Bastante queda de lo que fuera su alegre fachada con labores de forja—inspiradas en la artesanía neogótica—, balcones y miradores con vidrieras de colores, cerámicas, esgrafiados y floridos relieves. Construida en 1900 por el arquitecto Pau Salvat i Espasa, es conocida en la ciudad como la Casa Oller, y cada uno de sus detalles era elegante, desde el dibujo de los suelos al diseño de las galerías. Todavía conserva en el zaguán decoraciones originales, algunos muebles, y una ceremoniosa escalinata de mármol con la estatua de un trovador que despliega un pergamino en el que se lee: «Salve».
Cuando visité por primera vez la casa de Goethe en Weimar y vi escrita la palabra SALVE en el umbral de la puerta, me sentí vecino de los dioses del Olimpo. Más o menos, igual que aquel advenedizo que presumía de sus relaciones con Alfonso XIII porque tenía «el mismo peluquero».
Nací cuando las Ramblas tenían otra hora y eran un río de árboles y de flores, donde uno podía aprender a leer con sólo pasear y contemplar la vida laboriosa de un pueblo que entonces era acogedor, alegre y civilizado. Las Ramblas de las Flores fueron el primer «libro viejo» que hojeé en mi infancia, y tengo con él una deuda de niño, pues creo que aprendí a leer y a escribir en sus trovas y en sus fábulas, en los rótulos—algunos modernistas y muy originales—de sus tiendas, en la dulce algarabía de las lenguas que se hablaban en sus mercados, en los hierros forjados de sus balcones y en las estampas de este pueblo mío que, teniendo una cultura milenaria, un espíritu tan abierto y un corazón tan claro, ve algunas veces cómo ciertos bárbaros nos abren las costuras para que enseñemos las vergüenzas de un costumbrismo aldeano y nacionalista.
Mi infancia y mi adolescencia son de Andalucía, tierra en la que me crie, en la que di sepultura a mis padres y a mi hermano, y donde mi vocación de escritor echó sus primeras y más hondas raíces. Para colmo viví desde muy joven en diferentes lugares de Europa, viajé por medio mundo, y creo que esa condición humanista—rebelde a las tribus y a los nacionalismos—se percibe en mi obra. No siento atracción por lo castizo ni por lo burgués, si bien amo el cante y la poesía de mi gente andaluza, siempre que no venga de atajo falso ni de tablao de turistas, sino de manantial fino y verdadero. Ese origen tan barajado, junto con mi independencia y mi pensamiento antimoderno, podría explicar en parte por qué he sido un escritor bastante retirado y aislado en mi propia patria europea. De alguna manera tengo conciencia de haber sido un exiliado en mi tiempo, y por eso me atrevo a sentirme inoportuno y a escribir estas «consideraciones intempestivas».
Como escritor creo que la lengua en la que siento, pienso y hablo es, esencialmente, mi patria. Escribo en español con tanto arrimo, devoción y reverencia que, a veces, se me entromete el verso en la prosa, de igual manera como las letras de la seguidilla se adelantan al rasgueo de la guitarra entre gemidos, quereres y puñalás.
Aprendí otros idiomas para poder leer y conversar en ellos—ensanchando los horizontes de mi alma—, si bien no siempre conseguí escribirlos con soltura. Y, además, los años de peregrinación y de bohemia me fueron trayendo de vuelta a casa con tanto anhelo que hoy puedo decir que mi patria es el idioma español, sobre todo la lengua humanista y significante en la que discurrieron y escribieron nuestros autores clásicos, pues verdad es también que me siento extraño, desterrado y ausente al escuchar la palabrería que hoy se oye en la calle.
Si no fuese ya tarde para entregarme a trabajos que exigen más aliento del que me queda, me gustaría profundizar en el concepto de «patria», buscando otros contenidos y significados a la palabra.
Los jóvenes griegos peregrinaban al santuario de Agraulo—unos daban este nombre a una encarnación de la diosa Atenea, y otros a una princesa ateniense—para prometer fidelidad a «la tierra que produce pan, aceite y vino». No creo que exista un concepto más bello de patria que identificarla con lo que se come y se bebe. Los ingleses añaden a eso alguna molestia (el mal tiempo, el exceso de fiambres o la vida sexual entorpecida por la bolsa de agua caliente), porque son el único pueblo sabio que cree que las incomodidades y perversiones del hogar son siempre más soportables que las comodidades del extranjero. Si uno nace en un país inteligente y libre con dos cámaras legislativas, una clara separación de poderes y unos reyes viejos—sólo los reyes ganan con la edad—, tampoco va a quejarse del roast beef.
En mi juventud recorrí, a pie, en tren y en bicicleta, muchos rincones de Europa, y encontré también en esos caminos mi patria, pues lo que nos distingue a los europeos es que vivimos en un continente que tiene dimensiones humanas. Dos mil kilómetros en Europa es todo. En América, en África o en Asia se requiere un avión supersónico.
A pie se siente la materia del terruño y se ve mejor el detalle. Tan pronto como se anda el camino es más fácil distinguir el canto de las aves y los versos propios de cada especie, se reconocen los lugares donde anidan los pájaros y cabe observar mejor las formas y las bandas que dibujan en su vuelo, siguiendo sus tácticas de defensa y de emigración. Hace ya muchos años que Michel de Montaigne me enseñó a viajar de este modo, más atento a la vida y a sus sensaciones que a los estudios eruditos del arte o de la historia.
En septiembre de 1580, cuando Montaigne partió de su castillo para recorrer Suiza, Baviera e Italia, se dejó olvidada en su biblioteca la Cosmografía de Münster, que cualquier otro habría considerado una guía insustituible para el viaje. A él le interesaba más hablar con las gentes y aprender los idiomas de cada país, evitando así a los trujamanes que engañaban y engañan a los viajeros, contándoles tendenciosos chismes políticos, aburridas historias memorizadas o parlerías sin interés.
En su Diario del viaje a Italia Montaigne es capaz de evocar las costumbres y los colores de Roma, sin hacer mayor referencia a la obra de Miguel Ángel ni prestar atención a las maravillas de la Capilla Sixtina; mientras dedica varias páginas a una recepción del papa Gregorio XIII y al protocolo que se requería para besarle los pies. Como estudioso le atraía más una buena biblioteca que un monumento famoso o un cuadro renombrado. En cuanto entra en la Biblioteca del Vaticano se detiene a contemplar los manuscritos de Virgilio y Séneca, y comenta que la letra de santo Tomás de Aquino le parece descuidada y pequeña. Disfr...
Índice
- Sirenas al amanecer
- Manual de príncipes
- Gradual secreto de los nombres ocultos
- La metamorfosis del camello
- Las disciplinas del espíritu
- Contra la modernidad
- Europa, o el castillo interior
- Salvajes y racionalistas
- Rosas contra el Estado
- Mis anónimos
- El manzano y la hiedra
- El mundo aburrido
- Casi hasta la cumbre
- El carnet de las golondrinas
- Las cosas prácticas
- La curación por el placer
- El juego de las mentiras
- Genio y gracia, a orillas del lago Lemán
- Agonía de la cultura
- ¿Moral pública o promiscuidad moral?
- Las maletas buscan grandes hoteles
- Ruinas y abedules en el parque de Weimar
- Marburgo, a orillas del Lahn
- Vino, cerezas y melancolía en el lago de Zúrich
- Psicoanálisis de Europa
- El siglo de la impostura
- Carta desde el castillo de Duino
- Los dioses comen naranjas
- Los relojes del eterno retorno
- La lógica, a orillas del Neckar
- Las malas costumbres
- Gentes de diseño
- Retrato de mujer con cisne
- Las habitaciones de Núremberg
- El Escorial y el botijo
- Fabio, las esperanzas cortesanas
- La pureza (fabulilla moral)
- Filosofía en la Mitammba africana
- Ángelus en San Michele
- La reunificación de Goethe
- Las cinco vías del pájaro solitario
- Una vida de marqués
- Morir, y no en Venecia
- Noticia de las numeraciones y las esferas
- ©
- Notas
Cuenta con la confianza de 375,005 estudiantes
Acceso a más de 1,5 millones de títulos por un precio mensual justo.
Estudia de forma más eficiente usando nuestras herramientas de estudio.
Preguntas frecuentes
Sí, puedes cancelar tu suscripción en cualquier momento desde la pestaña Suscripción en los ajustes de tu cuenta en el sitio web de Perlego. La suscripción seguirá activa hasta que finalice el periodo de facturación actual. Descubre cómo cancelar tu suscripción
No, los libros no se pueden descargar como archivos externos, como los PDF, para usarlos fuera de Perlego. Sin embargo, puedes descargarlos en la aplicación de Perlego para leerlos sin conexión en el móvil o en una tableta. Descubre cómo descargar libros para leer sin conexión
Perlego ofrece dos planes: Esencial y Avanzado
- El plan Esencial es ideal para estudiantes y profesionales que disfrutan explorando una amplia gama de categorías. Accede a la Biblioteca Esencial con más de 800.000 títulos confiables y superventas en negocios, crecimiento personal y humanidades. Incluye tiempo de lectura ilimitado y voz estándar de Lectura en voz alta.
- Avanzado: perfecto para estudiantes avanzados e investigadores que necesitan acceso total y sin restricciones. Desbloquea más de 1,5 millones de libros en cientos de categorías, incluyendo títulos académicos y especializados. El plan Avanzado también incluye características avanzadas como Lectura en voz alta Premium y Asistente de investigación.
Somos un servicio de suscripción de libros de texto en línea, donde puedes acceder a toda una biblioteca digital por menos del precio de un solo libro al mes. Con más de 1,5 millones de libros en más de 990 categorías, ¡te tenemos cubierto! Conoce nuestra misión
Busca el símbolo de lectura en voz alta en tu próximo libro para ver si puedes escucharlo. La herramienta de lectura en voz alta lee el texto en voz alta por ti, resaltando el texto a medida que se lee. Puedes pausarla, acelerarla y ralentizarla. Obtén más información sobre la lectura en voz alta
¡Sí! Puedes usar la aplicación de Perlego en dispositivos iOS y Android para leer cuando y donde quieras, incluso sin conexión. Es ideal para cuando vas de un lado a otro o quieres acceder al contenido sobre la marcha.
Ten en cuenta que no será compatible con los dispositivos que se ejecuten en iOS 13 y Android 7 o en versiones anteriores. Obtén más información sobre cómo usar la aplicación
Ten en cuenta que no será compatible con los dispositivos que se ejecuten en iOS 13 y Android 7 o en versiones anteriores. Obtén más información sobre cómo usar la aplicación
Sí, puedes acceder a El derecho a disentir de Mauricio Wiesenthal en formato PDF o ePub, así como a otros libros populares en Literature y Literary Biographies. Tenemos más de 1,5 millones de libros disponibles en nuestro catálogo para que explores.