
- 57 páginas
- Spanish
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- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Lo irreparable
Descripción del libro
«Lo irreparable» (1898) es una novela moralizante de José María Vargas Vila que aborda el tema de la esclavitud. El esclavo Juan es acusado injustamente de asesinato y, salvo el lector y el verdadero culpable, todo el mundo ignora que se va a condenar a un hombre inocente.
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Información
Categoría
LiteratureCategoría
ClassicsCAPÍTULO XV
CAÍN
La pasión, he ahí la gran fuerza motriz de esa locomotora llamada hombre. La razón es su ingeniero. Si las pasiones van bien dirigidas, son fuerzas salvadoras, si no, he ahí el descarrilamiento, la explosión, la catástrofe.
Sabido es que hay pasiones nobles y pasiones bastardas.
Si se nos permite la expresión, diremos que la prolongación de una pasión noble produce una bastarda.
Prolongad el valor y dará la temeridad; prolongad la economía y dará la avaricia; la justa emulación y dará la envidia; la natural estimación de sí mismo y dará la vanidad.
La exageración de un principio llega á falsearlo.
Las pasiones nobles engendran los hechos sublimes; las bastardas, los hechos monstruosos.
Las pasiones dan alas ó vértebras, fuerzan al hombre á volar ó á arrastrarse. Águila ú oruga; astro ó polvo; héroe ó criminal; he ahí lo que harán de un hombre las pasiones.
La cima ó el abismo, he ahí el fin.
La contracción de las fauces de un perro de presa, tal tienen las pasiones; una vez cogida la víctima, no la sueltan. Se enroscan á ella, como un boa constrictor y lo trituran.
Toda pasión es un delirio, siempre hay en ella una especie de esperanza pérfida, que brilla en el fondo del abismo y atrae hacia él.
Y hay almas nobles y hasta sublimes, que en una especie de sonambulismo, se inclinan sobre el vértice y caen al fondo: ésos son los desgraciados.
Hay almas perversas que se precipitan en él con una alegría satánica: ésos son los criminales.
Hay lontananzas en el vicio, como en el desierto, siempre se sueña con la enmienda para el porvenir y sopla el simoun de la muerte y arrastra al viajero y al oasis...
¡Espejismos del vicio! ¡Resplandores del abismo!
¡Luis estaba poseído de pasiones bastardas!
El amor no tenía en él nada de noble.
Los celos, la envidia y la venganza lo empujaban.
Estaba, como los antiguos suponían á ciertas almas, poseído de las furias.
Había trabajado mucho para perder á Juan y lo había logrado.
Pero se escapaba también su esperanza, porque al enredar á Bárbara en su trama, la perdía, pues que condenada ésta, como cómplice del asesinato, había sido sentenciada á seis años de presidio y desterrada á Cuba.
Luis meditaba.
Al día siguiente debía ser ejecutado Juan; el odiado rival desaparecía. Todos sus esfuerzos debían tender ahora á salvar á Bárbara, y una vez conseguido esto, rodearla de todos los cuidados y atenciones posibles, deslumbrarla con el oro, y palidecido con el tiempo el amor que ella sentía por el esclavo, lograr al fin hacerse amar de aquella mujer que era su sueño y su ideal.
Había tenido la avilantez de presentarse en la prisión á ofrecer sus servicios á la víctima.
La joven los había rechazado con indignación.
— ¿Me aborrecéis? le había dicho Luis.
— Mucho más, os desprecio, le había respondido Bárbara. Todos los sufrimientos de mi prisión son nada comparados al desagrado que me proporciona vuestra presencia aquí. Veros me hace un mal horrible.
— ¿Os parezco un monstruo?
— No, un reptil.
— ¿No aceptáis de ninguna manera mi amor?
— No, primero la muerte.
— Ni dándoos mi mano.
— Prefiero ser la amada de un esclavo, á ser la esposa de un bandido.
— ¿Y si aun me vengara más?
— ¿Qué más podéis hacer? ¿Hacerme matar? No harías más que anticiparos á mi deseo, porque preferiría mil veces las tablas del cadalso á vuestro lecho conyugal.
— Y cuando salgáis de aquí, ¿qué pensáis hacer?
— ¿Yo? nada
Luis se estremeció. Había visto brillar no sé qué resplandor siniestro, terrible, desconocido hasta entonces, en la mirada de Bárbara.
— ¿Y qué queréis que haga por vos?
— Que os marchéis.
Luis abandonó la cárcel, aun más apasionado por aquella mujer que tanto resistía.
— La salvaré, se decía, pero después que perezca su amante.
He ahí por qué la víspera de la ejecución de Juan, Luis estaba meditando, inquieto, y paseándose á lo largo de la sala de su casa, en el Hato.
El león, después que ha cazado, se retira á su cueva; el tigre lamiéndose el hocico húmedo de sangre, se agazapa en el tronco hueco de un árbol; el chacal, en las grandes hendiduras de las rocas.
Luis se había retirado al Hato á saborear su venganza.
Habiendo salido al corredor, desde donde se divisaba el camino en la llanura, vio venir en dirección hacia la casa, un jinete que avanzaba lentamente, al paso de una muía al parecer cansada, é iluminado apenas por el resplandor del sol, que ya principiaba á ocultarse en Occidente.
Ansioso esperó la llegada del viajero.
Antes de llegar al patio de la casa, ya lo había reconocido: era el Padre Iragua.
El santo levita al aclarar el día siguiente á la noche en que debía haberse evadido Juan, pasó por el puerto, lleno de ansiedad, y al no ver allí la goleta, respiró libremente y alzó los ojos al cielo en señal de gratitud. Había andado pocos pasos, cuando oyó á un grupo hablando de la proyectada evasión.
Entonces lo comprendió todo, la goleta no estaba allí, porque el carcelero y los soldados, habían huido en ella.
Imposible pintar la amargura que se apoderó del alma del noble anciano.
Aquel día dijo misa, con las lágrimas en los ojos y la angustia en el corazón.
Todo el día estuvo, no diremos inquieto, sino febricitante, nervioso, casi fuera de sí. No tuvo valor para ir á ver á Juan, pero habló con cuanto médico amigo suyo tenía, para que fuera á atender á aquél y á Bárbara.
Su hermana lloraba y rezaba, consolaba á su hermano, besaba el niño y despachaba medicamentos y azafates para la cárcel.
Aquél fue un día de confusión para esas almas.
Era ya tarde cuando una mujer llegó en solicitud del Padre Iragua. Parecía loca. Faltando á todo respeto, penetró hasta donde estaba el sacerdote y se arrojó á sus pies gritándole:
— Sálvelo su merced.
Era María, la madre de Juan.
La pobre esclava, arrastrada por fuerza al Hato y recluida había allí estado hasta entonces ignorante de la suerte de su hijo. Sus compañeros de esclavitud la consolaban, ya con falsas noticias, ó ya haciéndole comprender que no corría riesgo alguno. Gallada, meditabunda, triste, la madre esclava devoraba su pena, sintiéndose morir. Al fin había caído en cama. Tendida en el lecho del dolor, había oído la terrible noticia, y había sabido la horrible realidad. No había querido gritar, desesperarse y clamar, porque sería encerrada, y castigada acaso.
Pero, como un espectro, se levantó del lecho, abandonó en sigilo la casa, se ocultó en un bosque, y luego veloz como una corza, se lanzó en carrera. El cabello desgreñado, el rostro sombrío, llorando y gesticulando, parecía un fantasma corriendo en la llanura.
Al fin llegó donde quería, ya estaba á los pies del Padre Iragua. ¿Qué traía aquella madre para salvar á su hijo? Un secreto. Pero un secreto que en poder de ella sola, podía ser ahogado, desmentido, castigado. Era necesario ponerlo en poder de otra persona y ¿quién mejor que el protector de su hijo?
Cuando el Padre Iragua oyó la revelación de aquella mujer, tuvo un momento de emoción, sobre su frente lució un rayo de esperanza.
Él, vencido ya, tenía un arma, caído en el naufragio, tenía una tabla.
Todavía podía luchar y lucharía.
Al día siguiente, aquel anciano achacoso, sin miedo al sol, al agua que podía caer y á todas las penalidades del camino, se puso en marcha.
Ya hemos dicho que declinaba la tarde cuando llegó á casa de Luis.
Éste salió á recibirle al patio, atento, confuso y asustado al mismo tiempo.
Una vez el anciano en la sala, Luis le preguntó qué había de nuevo por la ciudad.
— Nada, hijo, nada, dijo el Padre.
— Creí que hubiera habido algo muy extraordinario, cuando os veo por aquí, dijo Luis, ansioso de saber el objeto de aquel viaje.
— Ese algo lo hay en efecto, y es á vos á quien interesa.
— Pues podéis hablar ahora, ó dejarlo para después de la comida que ya nos espera.
— Será mejor lo último, porque me siento algo débil.
Y se dirigieron poco después al comedor.
Terminado que hubieron la comida, y una vez en la sala, el sacerdote habló el primero.
— Mucho tiempo hacía, dijo, que yo no venía á este Hato, de tan gratos recuerdos para mí, durante la vida de tu padre, y no hubiera vuelto á poner las plantas en él, si un asunto de sumo interés para el nombre y la memoria venerada de don Joaquín, para ti y para un desgraciado no me hubieran impuesto este deber.
— Hablad.
— Se trata de Juan.
Luis se inmutó, — ¿Y bien, dijo, qué hay?
El anciano tomó un acento severo.
— Sabrás ya que mañana será ejecutado este esclavo, que es inocente; lo llevan al cadalso tus intrigas y tu venganza. Su sangre caerá sobre ti y sobre sus jueces. Te has burlado de mí y te has encarnizado en él.
— Yo, no, dijo Luis, interrumpiéndole, ha sido la ley.
— No, tú, porque has podido salvarlo, haciendo que lo condenen á presidio, y allí habría podido probar su inocencia.
— Yo no podía hacer esto con el asesino de mi padre.
— ¡Tú sabes que no lo es! Y te atreves á hablar así, aquí, en esta sala, donde aún parece vagar la sombra de tu padre. Aquí, en presencia de ese retrato, dijo el sacerdote, mostrando uno al óleo que representaba á don Joaquín. Si crees honradamente lo que dices, mira ese retrato, míralo si te atreves.
Luis bajó la frente.
— Imagen severa, amigo mío, dijo el sacerdote con voz terrible, despréndete de ese cuadro, avanza aquí y ven á maldecir á este hijo criminal.
— Padre, Padre, por Dios, dijo Luis, lleno de terror.
— Pues bien, confiesa que son los celos y la venganza que te guían y no la memoria de tu padre. Dilo.
— Es verdad.
— Pues bien, desgraciado, eres un asesino.
— ¡Padre!
— Y no sólo eso. Óyeme: no te quedan más que horas para librarte de ser un criminal aún más horrible...
— ¡Padre! ¿Por qué?
— ¡Porque el hombre á quien vas á hacer asesina...
Índice
- Lo irreparable
- Copyright
- CAPÍTULO PRIMERO
- CAPÍTULO II
- CAPÍTULO III
- CAPÍTULO IV
- CAPÍTULO V
- CAPÍTULO VI
- CAPITULO VII
- CAPÍTULO VIII
- CAPÍTULO IX
- CAPÍTULO X
- CAPÍTULO XI
- CAPITULO XII
- CAPÍTULO XIII
- CAPÍTULO XIV
- CAPÍTULO XV
- CAPÍTULO XVI
- CAPÍTULO XVII
- EPÍLOGO
- Sobre Lo irreparable