
- 51 páginas
- Spanish
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- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
El poema de los ojos
Descripción del libro
El poema de los ojos es una obra teatral del autor Salvador Rueda. Desde su punto de vista arraigado en el costumbrismo andaluz y con su estilo modernista, el autor nos presenta una historia de amor entre el pueblo llano andaluz con la costa malagueña como telón de fondo.
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Información
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LiteraturaCategoría
Literatura generalACTO SEGUNDO
El escenario representa las mismas dos casas del acto primero, puertas a la derecha y vistas en escorzo sus dos fachadas, ocupando ambas muy poco del escenario, a fin de que todo el foro sea el mar. Debe verse una marina espléndida, con la luna ligeramente indicada en el fondo, porque es de día. Las fachadas de las dos casas, fachadas que ahora son las principales, lucen madreselvas y rosas, escalando los muros. A la puerta de la casa de Rosalía, que es la que cae más cerca del publico, hay un pozo con cubo y polea. La puerta de la tía Frasca aparece cerrada.
ESCENA I
Rosalía, pensativa, con la mano en la cuerda del pozo.
ROSAL. ¡Dios mío, parece mentira que dos cristalitos tan pequeños como los de las niñas de unos ojos, produzcan tantos trastornos en la vía! Yo creí que estaba enamorá de un hombre, y estaba solamente enamorá de dos cristales. ¿Seré una mujer mala, que no ha sabío enamorarse de un corazón? Pero, ¿no le pasa a to el mundo lo mismo? ¿Habrá habío una sola persona que se haya enamorao de otra sin repararle en los ojos? ¿Es esto posible? ¡Se rompieron los ojos donde yo me copiaba, y se rompió mi ilusión! ¡Dios mío, bien sabes Tú que yo he hecho terribles esfuerzos por quererle ciego! (Reparando en Pedro, que viene por la derecha.) ¡Pedro viene!
ESCENA II
Rosalía y Pedro. Este muy apasionado.
PEDRO. ¡Rosalía!
ROSAL. ¡Pedro! (Emocionada, deja escapar lentamente la cuerda del pozo.)
PEDRO. ¡A los tres años te vuelvo a ver!
ROSAL. ¡Que han parecío tres siglos!
PEDRO. Recuerdo que, al lao de este pozo, me despedí de ti, y en el mismo sitio te encuentro.
ROSAL. ¡Una casualidá!
PEDRO. Hace tres años, puesta aquí, empezaste a llenar un cántaro de agua; medio lo tenías cuando llegué yo y llené el otro medio.
ROSAL. Quiere decir que te agradezco el haberme llenao medio cántaro de agua.
PEDRO. Poca cosa es pa agradecía. Al volver a encontrarte anora, ¿está lleno el cántaro del to?
ROSAL. No, también está medio.
PEDRO. Dame el cubo entonces, y quiere decir que, entre el medio de hace tres años y el medio de ahora, habré tenío el gusto de haberte llenao un cántaro de agua.
ROSAL. Gracias. (El saca un cubo lleno y va acabando de llenar la vasija mientras hablan.)
PEDRO. Ya ves: un peazo de barro hueco, con ser barro, deja que lo llenen de agua, y un corazón, con ser corazón, a veces no quiere que lo llenen de cariño.
ROSAL. Es que el cántaro está vacío y el corazón puede estar lleno.
PEDRO. No son esas mis noticias, y por creer que estaba libre, vine; pero por si acaso estuviera lleno, se hace con él esto. ¿Ves? (Pone boca abajo el cántaro hasta vaciarlo.)
ROSAL. ¿Qué haces?
PEDRO. Vaciar el cántaro, pa que tú hagas lo mismo con tu corazón. Quiero llenarte a la vez dos cosas: una con agua (muy apasionado), y otra con este amor tan grande que te tengo.
ROSAL. Eso no puede ser.
PEDRO. Ven, y asómate al pozo; ¿ves allá, en el fondo?
ROSAL. Veo mi cara bajo el agua.
PEDRO. Pues cuando te asomes a mis ojos, quiero que también te veas así, como si vivieras dentro de mí.
ROSAL. ¿Como si fueras un pozo profundo?
PEDRO. Cristalino y fresco; to pa tenerte en ellos como hostia metía en un sagrario.
ROSAL. (Aturdida de emoción.) ¡Por Dios, Pedro!
PEDRO. (Con mucha pasión durante toda la escena.) ¡Por Dios, Rosalía! No me digas que tu corazón no está libre; no me digas que no está dispuesto a que mi alma entre en él. Vine porque sé que has acabao con Juan.
ROSAL. No es cierto.
PEDRO. Enemigos de siempre, no he querío acercarme a ti mientras él te hablaba; y aunque me ha costao jacerme peazos, me mantuve lejos, bregué con mi corazón pa acallarlo y eché encima de su fuego más agua que la que estoy echando en ese cántaro. Ahora que la gente dice que Juan no ocupa en ti el lugar que ocupaba, aquí me tienes, aquí estoy más lleno de cariño que nunca, esperando que me rías, que me mires, que me llenes el alma de luz como si en mí hubiera entrao un torrente de gloria. (Se estremece en sus manos temblorosas el agua del cubo, alguna de la cual cae al suelo.) ¿Ves como tiembla este agua en mis manos y se desborda? Lo mismo tiembla y se desborda mi corazón.
ROSAL. Me aturdes, Pedro, déjame; yo quiero a otro hombre toavía; yo no he acabao con Juan.
PEDRO. ¿Me engañaron?
ROSAL. Te engañaron. Si no le tengo amor, le tengo piedá, y por no aumentar su desgracia, capaz sería de estar diciéndole toa mi vía que le quiero.
PEDRO. Pero no le quieres, ¿verdá? Dílo.
ROSAL. Con amor, no; con el alma entera, sí.
PEDRO. Puedes quererlo como hermana y a mí como novia.
ROSAL. Mientras viva Juan, aun sin quererlo como novia, yo no puedo querer a otro hombre. Por Dios, vete otra vez lejos, y que no se entere Juan que has venío; olvídame, no vengas a darme más penas, si es que me quieres.
PEDRO. ¿Y por qué no ha de depender mi feliciá de que un hombre hava perdío los ojos? Yo tengo los míos. ¿No me ha dao Dios a mí la vía pa vivirla? Porque ahora esté muriendo mucha gente, ¿voy yo a matarme? Yo también siento de corazón la degracia de Juan, créelo por el Dios que nos oye; pero yo tengo mi cuerpo sano, mi cabeza llena de fuego, mis venas rebosando juventú y mis dos ojos, grandes y profundos, deseando copiar en ellos to lo que es cariño, to que es fuerza y to lo que es pasión.
ROSAL. Viene alguien; adiós.
PEDRO. Adiós, no; hasta luego.
ESCENA III
Rosalía y tía Frasca
FRASC. Buenos días, hija.
ROSAL. Buenos los tenga usté
FRASC. (Mostrando un trozo de cuerda con un corcho redondo en la punta; es una tralla.) Vengo de procurarme esta traya pa tirar del copo, que la otra se rompió de puro vieja, ¡como me romperé yo también!
ROSAL. No sabe usté la pena que me da verla a usté haciendo trabajos de hombre.
FRASC. ¡Qué remedio quea! Y gracias que el señor Fachenda me armite en vez de mi hijo.
ROSAL. Diga usté, madre.(Con exquisita dulzura.)
FRASC. ¿Qué?
ROSAL. No se enfade usté conmigo,que no sabe cuánto la quiero.
FRASC. Vamos, ¿qué?
ROSAL. ¿Le… vamos… encontró usté ocasión de…?
FRASC. ¿De qué?
ROSAL. ¡De…decirle eso a Juan! ¡No se enfade usté!
FRASC. Si fuera hijo tuyo, si tú le hubieras dao tu sangre, verías cómo no encontrabas ocasión de matarlo.
ROSAL. Cuando usté pueda… intente…; pero sin hacerle daño, poco a poco. ¿Lo hará usté?
FRASC. Ni se lo digo yo, ni se lo digas tú, Rosalía. Mira que después habrías de arrepentirte. Mujer, ¿qué trabajo te cuesta quererlo?
ROSAL. Pero, madre, si es que no pueo; si es que no pueo. Cuando voy a decirle ¡te quiero!, veo en él algo de familia, y la vergüenza hace crujir mis huesos. ¿Pueo yo remediar esto? No se ofenda usté, que le estoy hablando como si fuera a Dios mismo. Piense usté un momento, y dígame: ¿hubiera usté sío novia..., vamos, de su padre, de su hermano?
FRASC. ¡Qué preguntas!
FRASC. Pues una cosa parecía es lo que a mí me pasa. ¡Por Dios, ayúdeme usté; quiérame usté un poco, que también yo soy hija de Dios! ¡Si hubiera otro de por medio en este asunto!... ¡Si Pedro hubiera venío con malas intenciones!...
ROSAL. No hay nadie que me ronde; pero, aunque lo hubiera, mientras viva Juan yo no seré novia de nadie, ya que no puedo serlo de él. Se lo juro a usté.
FRASC. Yo no vivo con estos disgustos. Encima de una desgracia, ...
Índice
- El poema de los ojos
- Copyright
- PERSONAS
- ACTO PRIMERO
- ACTO SEGUNDO
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