Gritos bajo el agua
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Gritos bajo el agua

  1. 60 páginas
  2. Spanish
  3. ePUB (apto para móviles)
  4. Disponible en iOS y Android
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Gritos bajo el agua

Descripción del libro

Gritos bajo el agua recopila las voces de seis mujeres condenadas a presidio que durante el año 2008 decidieron compartir su historia. A través de sus testimonios, impregnados de dolor y emotividad, relatan episodios de su vida, cuentan cómo perdieron la libertad y exponen sus impresiones sobre la experiencia de vivir tras las rejas.

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Información

Año
2021
Edición
1
ISBN del libro electrónico
9789564090078

Gritos bajo el agua

Esta es mi historia, la que me ha tocado vivir entre frustraciones y malos recuerdos que guardo desde los tres años y dejaron marcas imborrables en mí. La resumo en estas líneas, esperando que quién las lea tome conciencia de que muchas mujeres, jóvenes y niños viven un infierno en sus propios hogares cada día, y esto se repite una y otra vez. A través de mis palabras quiero aconsejar a aquellas que están pasando por esto, están solas, sin apoyo y sin saber qué hacer.
La violencia intrafamiliar, de la mano del machismo, es un fenómeno muy común en todo el mundo, y en nuestro país el número de femicidios aumenta cada año. Se debe tomar conciencia de la importancia de este asunto, ya que no podemos seguir esperando a que sucedan las desgracias para decir basta. Existen muchas víctimas que están esperando ayuda y anhelan la oportunidad de ser felices.
El maltrato físico y sicológico que reciben muchas mujeres, es el mismo que algunos niños comienzan a experimentar y normalizar a temprana edad viendo a sus abuelos, tíos o padres. El sufrimiento que los marca desde la niñez es un factor importante a considerar cuando se intentan comprender las razones que los llevan a desviarse del camino correcto en la vida. Siendo testigos directos de tan horribles conductas, ingresan a un círculo vicioso de violencia que puede tener un desenlace como el que me tocó vivir a mí.
Si los jóvenes somos el futuro, tal como dice la gente y manifiestan las autoridades políticas, ¿por qué no se vela por que construyamos uno libre de maltrato, frustraciones, dolor y machismo? Y si somos el futuro, también deben tener en cuenta que no todos tendremos uno bueno, al menos no quienes hemos sufrido los estragos de la violencia intrafamiliar que nos marcan para siempre y jamás podremos olvidar.

Camila.


Mi nombre es Camila, nací en 1993 en Imperial, Novena Región y viví mis primeros años de vida allí junto a mi familia que era campesina. Al cumplir tres años, nos fuimos a vivir cerca de mis abuelos a los alrededores de Nehuentúe, alejados de la ciudad y sin las comodidades que ofrece la modernidad.
Soy la menor de seis hermanos, tengo dieciocho años y el primer recuerdo de mi niñez parece una pesadilla imposible de olvidar: mi padre golpeando e insultando a mi mamá que lloraba, mientras mis hermanos pedían a gritos que la soltara. Mi hermana mayor tenía en brazos a la que le seguía en edad y al acercarse a mi padre, él con un empujón le zafó un brazo a la más pequeña, “¡Ay mi bracito!”. Sentada en un rincón detrás de la mesa, yo solo miraba y lloraba sin entender qué estaba pasando. Si bien esta es la primera escena desafortunada que conservo de mi infancia, lamentablemente no es la única; crecí viendo cómo mi padre maltrataba a mi mamá.
A los siete años tuve que ir al colegio y no me gustaba porque no tenía amigos ni hablaba con nadie. No quería estar ahí, pero tampoco volver a casa, me iban a dejar a la fuerza y en los recreos me arrancaba a los cerros.
Cada vez que mi padre nos golpeaba, nadie hacía nada, mucho menos mi mamá que jamás lo contradecía; en la casa se hacía lo que él decidía y se aceptaba lo que él pensaba. Todos le teníamos miedo, nos pegaba con lo primero que encontraba, nos insultaba de la peor forma, nos ordenaba a su manera, bebía mucho, era machista, siempre se enojaba por cualquier cosa, nos sacaba en cara lo que gastaba en nosotros y ni hablar de alguna vez pedirle dinero o algo que nos hiciera falta. Trabajaba como agricultor entonces salía de día y volvía en la noche. Mi mamá tenía que recibirlo con la comida lista y si se iba a acostar la hacía levantarse a la hora que fuera. Nosotros nos quedábamos acompañándola para que no se sintiera tan indefensa; ahí en la oscuridad y tiritando de miedo, estábamos siempre esperándolo, sabiendo que llegaría bebido, peleando, buscando excusas para enojarse y golpearnos. A pesar de todo, con mis hermanos jamás le levantamos la mano y le pedíamos que por favor no lo hiciera más, pero nunca nos sirvió de algo.
—¡Muertos de hambre, inservibles, no sirven para nada! —nos insultaba.
—¡Hasta cuándo! —decía cansada mi mamá.
A los diez años comencé a revelarme contra mi padre y a quedarme todas las noches con mi mamá esperando a que llegara. Escuchábamos cuando se acercaba a caballo, se bajaba y empezaban a sonar sus espuelas, cada vez más cerca hasta llegar a la cocina. Yo tenía mucho miedo, pero no podía dejar que le hiciera más daño, así que empecé a defenderla. Cada vez que él le decía algo yo le respondía, y si se lanzaba a golpearla me ponía en medio y le decía que parara. Le hablaba con buenas palabras, pero no me hacía caso y me pegaba para que saliera de entre los dos, yo no sentía dolor porque el miedo hacía que se me durmiera el cuerpo, así al menos evitaba que la golpeara tanto. Al día siguiente nos levantábamos y él hacía como que no recordaba nada, mi madre tampoco decía nada, como si él nunca le hubiese pegado, pero yo sí le sacaba en cara lo que había hecho, entonces se enojaba y me decía: “¡Mocosa agrandada, ya te las vas a ver conmigo si me sigues buscando!”. Yo le insistía, preguntándole por qué era así con nosotros si no le habíamos hecho nada malo, por qué no cambiaba y era normal como los padres de mis compañeras y vecinas.
Algunas veces le ayudaba a mi papá con las labores del campo; sembrábamos papas, trigo y avena, y desde pequeña aprendí a tirar a los bueyes cuando hacían chacras o araban la tierra. Cuando estaba más grande empecé a rastrear las chacras, maderear, desganchar pinos y eucaliptos, sacar papas y hacer cualquier trabajo del campo. Durante esas largas jornadas jamás hablábamos con mi padre si no era peleando y cuando lo hacíamos me pegaba, pero como no me podía ir para la casa tenía que esperar ahí todo el día.
Yo para él era una enemiga y él para mí era el mismo demonio. Mi mamá le preguntaba por qué me odiaba tanto, aunque estaba claro que era porque lo contradecía cuando decía algo incorrecto y lo retaba después de las peleas con ella.
Así crecí, recibiendo golpes cada vez más fuertes con los puños, la chicotera, el lazo o la garrocha, y alegando por lo injusto que era nuestro sufrimiento. Mi madre le hacía caso en todo, pero aun así la maltrataba y su violencia no tenía límites.
Mi niñez fue un infierno viendo a mi madre con los ojos morados y el cuerpo lleno de marcas, a mis hermanos siempre llorando y yo teniendo que ocultar los moretones en mis brazos con poleras de manga larga. Me daba tanta rabia pasar por todo eso y no poder hacer nada, era una niña, no tenía la fuerza para detenerlo, no podía hacer nada por mi mamá, nadie me escuchaba, nadie nos defendía, nadie nos ayudaba a salir de esa casa.
A pesar de todo, era una muchacha soñadora que pensaba en algún día ser feliz, así como en los cuentos: “Y fueron felices para siempre”. Mis más grandes anhelos eran estar con mi mamá y hermanos en otro...

Índice

  1. Introducción
  2. Agonía
  3. Gritos bajo el agua
  4. La necesidad me hizo delinquir
  5. Pagué un alto precio
  6. Reclamo inocencia
  7. No conocí otra forma de vida
  8. No estoy sola
  9. Epílogo

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