INTERROGATORIO 1
–Así que afirmas que no has conocido a esa «Felicity Parks». ¿Es así?
–¿Parks? No, señor.
–¿Entonces por qué su madre nos dice que sí la conoces, la conocías? Que la conoces.
–¿Su madre?
–Eso es.
–¿Quizá es que se lo está inventando?
–¿Quieres decir que ha urdido una historia? ¿Salida de la nada? ¿Puro humo?
–Supongo.
–Ella dice que esa hija suya, esa «Felicity Parks», tiene catorce años.
–¿Sí? No lo sé.
–¿Qué edad tienes tú?
–Trece años. Solo trece.
–¿Solo trece?
–Sí, señor.
–¿Y no has visto a una chica así por este vecindario?
(El investigador le muestra una foto de «Felicity Parks» con un traje de baño de dos piezas, sonriendo directamente a la cámara.)
–No, señor. Nuestro vecindario es muy grande, ¿sabe? Kilómetros y kilómetros cuadrados. Quiero decir...
–Hijo. He sido el investigador de este condado más de doce años. Nací y me crié en Three Rocks. Supongo que a estas alturas ya debo de conocer el vecindario.
–Sí, señor.
–No te pases de listo conmigo.
–No, señor.
DOCE HECTÁREAS DE POLVO Y SERPIENTES
Yo estaba allanando con la grada el campo del fondo, cerca de la carretera, preparándolo para melones cantalupo. Unas doce hectáreas de polvo y serpientes. Me había cubierto la nariz con una bandana azul y tenía los ojos y el pelo llenos de tierra. Detrás del caliente asiento metálico guardaba una cantimplora del ejército llena de agua. Había parado el tractor al final de una hilera completa, me había bajado la bandana hasta el cuello y había cogido la cantimplora mientras miraba directamente a la carretera sin que en realidad esperara ninguna novedad. No me fijé la primera vez que vi un destello del largo abrigo rosa entre los eucaliptos y el asfalto. Un toque de color, quizá un destello del cartón de una caja de embalaje de verduras. Saqué la cantimplora sin mirar, de detrás del asiento. Mantuve la mirada en el punto en blanco entre los árboles. Desenrosqué el largo tapón sujeto por una pequeña cadena plana. Di unos seis grandes sorbos de agua caliente. El motor del tractor seguía funcionando con una rítmica monotonía diésel. Lo apagué y retornó el vasto silencio. La más mínima brisa movía largas ristras de hojas de eucalipto plateadas, que oscilaban en el polvo, crujiendo débilmente unas contra otras. Entonces volví a verlo, entrando en el espacio blanco como si obedeciera una orden; una aparición del pasado, casi olvidada. La misma mujer, la misma mujer de los gritos en la pensión. ¿Qué edad tendría yo? «¡Puto chupapollas!» Así le llamó ella. Lo oigo. Lo oigo todavía. ¿Sería ella? ¿Haciendo autostop? ¿Autostop en una autovía? ¿A kilómetros de cualquier parte? Nunca paran por nadie. En este río de tráfico entre el norte y el sur.
La vi sentarse bajo los eucaliptos gigantes. Descansando. Sosteniendo el pie derecho en las manos. Acunándolo suavemente como si fuera un pájaro muerto fulminado por el calor implacable. Se mojaba el dedo de la mano izquierda con la lengua y luego se acariciaba las ampollas amarillas con suavidad. Los tacones altos yacían a un lado, cubiertos de polvo y con el cuero mellado en varios puntos, como si los hubieran raspado contra una áspera pared de yeso.
«Esto no habría sucedido; no habría sucedido en absoluto de no haber sido por la pura y simple falta de respeto de siempre. Es lo que es, una falta de respeto. Imagínate a una madre, a cualquier madre, aquí, en la autovía, curándose las ampollas del pie, ¡en medio de la mugre! ¡En el polvo! Cuando yo debería estar tomando cócteles –gintonics–, agasajada con un banquete en el Hickory Room. No aquí revolcándome como un asqueroso animal atropellado. Como una zarigüeya aplastada sobre el asfalto negro caliente. ¡Falta de respeto! Es lo que es, pura y simplemente. Algunas hijas deberían haber nacido muertas. Es mi opinión.»
INTERROGATORIO 2
–Déjame preguntarte algo: ¿cómo se gana la vida tu padre?
–Ahora mismo trabaja en los cercados.
–¿Seleccionando?
–Alimentando, más bien. Alfalfa granulada, ya sabe.
–¿Qué le parece que andes con una mujer mayor?
(El investigador se ríe lascivamente.)
–No la he visto nunca.
(El investigador se vuelve a poner serio después de su «broma».)
–Su madre nos ha dicho que sí.
–Debe de equivocarse.
–¿Quieres decir que miente? ¿Que se ha inventado otra historia? ¿Entonces por qué parece tan segura?
–No lo sé.
–Parecía conocer muy bien dónde vivís tú y tu padre. El color de vuestra casa. El vehículo que conduce tu padre. La hora en que se va al trabajo. Cosas así.
–¿Nos está espiando?
–¿Espiando? Su hija ha desaparecido. Está buscando a su hija.
–Sí, señor.
–Le he dicho que intente conseguir un retrato de Felicity en la casa de tu padre. Una fotografía.
–¿En nuestra casa?
–Eso es. Le he dicho que si la conseguía tendríamos una prueba concluyente. ¿Sabes lo que es?
–Sí, señor.
–Eso significa que puede demostrar que su hija estaba en tu casa. Zascandileando. Más claro que el agua. «Una prueba concluyente.»
–Sí, señor.
–Si demostramos eso sabremos que eres un mentiroso.
–¿Yo? ¿Por qué iba a mentir? Ni siquiera la conozco.
–¿Pero la has visto antes?
–No, señor. Nunca.
–¿Y tu padre? ¿Sabe algo de ella?
–No, señor.
–Bueno, puedes decirle a tu padre que quizá le pidamos que venga también para responder a algunas preguntas.
–Muy bien. Se lo diré.
–Ya puedes irte.
–¿A qué distancia estamos de mi casa? ¿Lo sabe? ¿A cuántos kilómetros?
–No te importa caminar, ¿no? Un joven golfo como tú.
–No, señor.
QUEMANDO NAVES
Últimamente me levanto cuando todavía está oscuro, ¿qué hora es? ¿Las cinco de la mañana? Miro a las vigas. Me he exiliado sin quererlo. Viajo abajo, agarrándome, por la escalera de caracol hacia la cocina. Todo está oscuro. Alguien ha estado aquí. Creo que he sido yo. Peladuras de mandarina. Restos de té. Abro la puerta trasera que da al porche de piedra. Fuera, las bombillas amarillas se esfuerzan en brillar a través de insectos muertos. El mapache ha volcado el cubo de la basura lleno de comida de perro. Ese debe de ser el ruido que he oído, el estrépito. El ladrillo que mantiene cerrada la tapadera está tirado de través en el porche. La tapa, caída a un lado. Anoche disparé a este mapache con mi escopeta calibre 410, a quemarropa. Debí de fallar el tiro porque aquí está de nuevo. Lo huelo pero probablemente estoy alucinando. Soy un tirador peor que aquella rubia. ¿Cómo se llamaba?
Me gustaría llamar a una chica, a cualquier chica –despertarla–, pero sé que no servirá de nada. ¿Qué podría decir ella? ¿Qué haría? Está en una ciudad distinta, un país distinto, soñando con otras cosas.
Me parece oír que alguien me llama por ni nombre. Una voz de mujer. Alta y clara, justo fuera de la entrada. ¿Qué hora es, por cierto? Voy derecho a la puerta y la abro de par en par, casi desafiando a que se muestre a la persona invisible. No hay nadie fuera. Oscuro como boca de lobo. Grito a quienquiera que sea. No hay respuesta. Los caballos se mueven a lo largo de la valla. Oigo sus cascos a través de las hojas de roble caídas. Ellos me huelen. Cierro de un portazo. No se mueve nada. El fuego de la chimenea se ha apagado. Ni siquiera hay humo. Ni tampoco ascuas. No puedo encender un fuego a esta hora. Alguien debe de haber estado gateando por aquí. Soplando. Prendiendo un periódico arrugado.
Vuelvo a la cama. Leo sobre los entierros vikingos en el mar. Queman naves con cabezas de dragón. Vírgenes quemadas vivas. El mapache vuelve a tirar la tapa de la basura. Bajo corriendo la escalera de caracol con m...