Un día, en los muelles, me llamó la atención el título de un libro, El tiempo de los encuentros. También hubo para mí un tiempo de los encuentros, en un pasado remoto. En aquella época, con frecuencia me entraba miedo al vacío. No notaba ese vértigo cuando estaba a solas, sino con algunas personas a las que, precisamente, acababa de conocer. Me decía, para tranquilizarme: ya se presentará una ocasión de hacer mutis. Algunas de esas personas no sabías hasta dónde podían llevarte. La cuesta abajo era resbaladiza.
Podría empezar por recordar los domingos por la noche. Me daban aprensión, como a todos los que han sabido lo que es volver a un internado, en invierno, a última hora de la tarde, esa hora en que va cayendo el día. Más adelante, es algo que los persigue en sueños, durante toda la vida a veces. Los domingos por la noche, unas cuantas personas se reunían en el piso de Martine Hayward, y yo me hallaba entre ellas. Tenía veinte años y no me encontraba del todo a gusto. Volvía a sentir una sensación de culpabilidad, como si aún estuviera estudiando: en vez de volver al internado, me había fugado.
¿Debo realmente hablar ya de Martine Hayward y de los individuos variopintos que tenía alrededor aquellas noches? ¿O ir siguiendo el orden cronológico? No lo sé, la verdad.
A eso de los catorce años me había acostumbrado a andar solo por las calles en los días libres, cuando el autocar del internado nos dejaba en la puerta de Orléans. Mis padres no estaban; mi padre se dedicaba a sus negocios y mi madre trabajaba en una obra en un teatro de Pigalle. Descubrí aquel año –1959– ese barrio, Pigalle, los sábados por la noche, mientras mi madre estaba en el escenario; y volví con frecuencia durante los diez años siguientes. Ya daré más detalles si tengo valor para ello.
Al principio, me daba miedo andar solo; pero, para tranquilizarme, seguía siempre el mismo itinerario: calle de Fontaine, plaza Blanche, plaza de Pigalle, calle de Frochot y calle de Victor-Massé, hasta La Boulangerie, en la esquina con la calle de Pigalle, un sitio peculiar que no cerraba de noche y donde compraba un cruasán.
Ese mismo año y ese mismo invierno, los sábados en que no estaba en el internado montaba guardia en la calle de Spontini, delante del edificio en que vivía esa cuyo nombre he olvidado y que llamaré «la hija de Stioppa». No la conocía, había sabido sus señas por el propio Stioppa durante uno de esos paseos a los que me llevaban mi padre y él los domingos por el bosque de Boulogne. Stioppa era un ruso, un amigo de mi padre a quien este veía con frecuencia. De elevada estatura, de pelo moreno y brillante. Llevaba un abrigo viejo con el cuello de piel. Había tenido reveses de fortuna. Lo acompañábamos, a eso de las seis de la tarde, a la pensión donde vivía. Me había dicho que su hija tenía mi edad y que podría trabar relación con ella. Aparentemente, él no la veía ya porque vivía con su madre y el nuevo marido de esta.
Los sábados por la tarde, aquel invierno, antes de ir a reunirme con mi madre en Pigalle, en su camerino del teatro, me apostaba delante del edificio de la calle de Spontini a la espera de que se abriera la puerta cochera de cristales y hierro forjado negro y apareciese una chica de mi edad, «la hija de Stioppa». Tenía la certeza de que iría sola, que se me acercaría y que hablarle sería de lo más natural. Pero nunca salió del edificio.
Stioppa me había dado su número de teléfono. Alguien descolgó. Dije: «Querría hablar con la hija de Stioppa.» Un silencio. Me presenté como «el hijo de un amigo de Stioppa». Tenía una voz clara y cordial, como si nos conociéramos desde hacía mucho. «Vuelve a llamarme la semana que viene», me dijo. «Y quedaremos. Es complicado... No vivo con mi padre. Ya te lo explicaré todo...» Pero la semana siguiente y todas las demás semanas de aquel invierno, los timbrazos del teléfono sonaban sin que nadie contestara. En dos o tres ocasiones, los sábados, antes de coger el metro para Pigalle, volví a estar de guardia delante del edificio de la calle de Spontini. En vano. Habría podido llamar a la puerta del piso, pero, como sucedía con el teléfono, estaba seguro de que no abriría nadie. Y luego, a partir de esa primavera, ya no hubo nunca más paseos por el bosque de Boulogne con Stioppa. Ni con mi padre.
Durante mucho tiempo estuve convencido de que los encuentros de verdad solo podían tener lugar en la calle. Por eso esperaba a la hija de Stioppa en la acera, enfrente del edificio en que vivía, sin conocerla. «Ya te lo explicaré todo», me había dicho por teléfono. Durante unos cuantos días más una voz cada vez más lejana pronunciaba esa frase en mis sueños. Sí, si había querido conocerla era porque tenía la esperanza de que me fuera a dar «explicaciones». A lo mejor me ayudaban a entender mejor a mi padre, un desconocido que paseaba a mi lado en silencio por los caminos del bosque de Boulogne. Ella, la hija de Stioppa, y yo, el hijo del amigo de Stioppa, debíamos tener forzosamente puntos en común. Y estaba seguro de que ella sabría algo más que yo.
En esa misma época, detrás de la puerta entornada de su despacho, mi padre hablaba por teléfono. Unas cuantas palabras suyas me intrigaron: «la banda de los rusos del mercado negro». Casi cuarenta años después, me he topado con una lista de nombres rusos, los de traficantes de mucha envergadura del mercado negro en París durante la ocupación alemana. Sháposhnikov, Kurilo, Stamoglu, barón Wolf, Mescherski, Dzhaparidze... ¿Estaba Stioppa entre ellos? ¿Y mi padre, con una identidad rusa falsa? Me he hecho por última vez esas preguntas antes de que se pierdan, sin respuesta, en la noche de los tiempos.
A eso de los diecisiete años, conocí a una mujer, Mireille Urúsov, que tenía también apellido ruso, el de su marido, Eddie Urúsov, apodado «el Cónsul», con quien vivía en España, por la zona de Torremolinos. Era francesa, oriunda de las Landas. Las dunas, los pinos, las playas desiertas del Atlántico en un día soleado de septiembre... Sin embargo, la conocí en París en el invierno de 1962. Había salido del internado de Alta Saboya con treinta y nueve de fiebre, tomado un tren para París y llegado alrededor de la medianoche al piso de mi madre. Estaba fuera y le había dejado la llave a Mireille Urúsov, que se había instalado allí durante unas cuantas semanas antes de regresar a España. Cuando llamé a la puerta, fue ella quien me abrió. El piso parecía abandonado. No quedaba ya ni un mueble, solo una mesa de bridge y dos sillas de jardín en la entrada, una cama grande en el centro de la habitación que daba al muelle y, en la habitación de al lado, donde dormía yo de pequeño, una mesa, retales, un maniquí de modista, vestidos y diversas prendas de ropa en unas perchas. De la lámpara del techo caía una luz velada porque la mayoría de las bombillas estaban fundidas.
Un peculiar mes de febrero con aquella luz velada en el piso y los atentados de la OAS. Mireille Urúsov acababa de volver de esquiar y me enseñaba fotos suyas y de sus amigos en el balcón de un chalet. En una de esas fotos la acompañaba un actor llamado Gérard Blain. Mireille me decía que Blain había trabajado en el cine desde los doce años sin permiso de sus padres porque era un niño de quien no se ocupaba nadie. Más adelante, cuando lo vi en algunas películas, me parecía que nunca había dejado de andar con las manos en los bolsillos y la cabeza algo hundida entre los hombros, como si quisiera protegerse de la lluvia. Me pasaba casi todo el día con Mireille Urúsov. Comíamos pocas veces en casa. Habían cortado el gas y teníamos que cocinar en un infiernillo de alcohol. No había calefacción. Pero quedaban aún algunos leños en la chimenea del dormitorio. Una mañana fuimos por la zona del Odéon a pagar una factura de la luz de hacía dos meses para no tener que alumbrarnos con velas los siguientes días. Salíamos casi todas las noches. Mireille me llevaba, a eso de las doce, a un cabaret de la calle de Les Saints-Pères, muy cerca del piso, aunque las actuaciones hubieran terminado hacía mucho. Aún quedaban unos cuantos clientes en el bar de la planta baja, que parecían conocerse todos y hablaban sin alzar la voz. Nos encontrábamos allí con un amigo suyo, un tal Jacques de Bavière (o Debavière), un rubio con pinta deportiva de quien me había dicho Mireille que era «periodista» y que «iba y venía de París a Argel». Supongo que algunas noches en que Mireille no estaba en casa era porque se iba con el tal Jacques de Bavière (o Debavière), que vivía en un estudio de la avenida de Paul-Doumer. Fui allí con ella una tarde porque se había dejado en ese estudio el reloj de pulsera. Jacques de Bavière no estaba. En dos o tres ocasiones nos invitó a un restaurante de Les Champs-Élysées, en la calle de Washington, La Rose des Sables. Mucho más adelante me enteré de que por el cabaret de la calle de Les Saints-Pères y por La Rose des Sables iban por entonces miembros de una policía paralela que tenía que ver con la Guerra de Argelia. Y me pregunté, debido a esa coincidencia, si Jacques de Bavière (o Debavière) pertenecería a esa organización. Otro invierno, en la década de 1970, a eso de las seis de la tarde vi salir de la boca de metro de George-V, cuando estaba entrando yo, a un hombre a quien creí reconocer, con unos cuantos años más, Jacques de Bavière. Di media vuelta y lo seguí, diciéndome que tenía que hablarle para saber qué había sido de Mireille Urúsov. ¿Seguía viviendo en Torremolinos con su marido, Eddie «el Cónsul»? El hombre iba hacia Le Rond-Point y cojeaba un poco. Me detuve a la altura de la terraza del café Marignan y lo seguí con la mirada hasta que se esfumó entre la muchedumbre. ¿Por qué no le hablé? Y ¿me habría reconocido? No puedo responder a esas preguntas. París para mí está sembrado de fantasmas, tantos como estaciones de metro con sus puntos luminosos cuando a veces apretaba los botones del plano eléctrico de transbordos.
Mireille Urúsov y yo cogíamos mucho el metro en la estación de Louvre para ir a los barrios del oeste donde ella hacía visitas a amigos cuyas caras he olvidado. Lo que sí sigue siendo muy concreto en mis recuerdos es cuando cruzábamos juntos el puente de Les Arts y, luego, la plaza de Saint-Germain-l’Auxerrois y, a veces, el patio del Louvre con, al fondo del todo, la luz amarilla del puesto de policía, esa misma luz velada que iluminaba el piso. En lo que había sido mi cuarto, libros en las baldas, cerca del ventanal de la derecha; y ahora me pregunto por qué milagro se habían quedado olvidados allí, siendo así que todo lo demás había desaparecido. Libros que mi madre había leído al llegar a París en 1942: novelas de Hans Fallada, libros en flamenco; y también libros de La Bibliothèque verte, mis libros: El carguero misterioso, El vizconde de Bragelonne...
En Alta Saboya había acabado por preocuparles mi ausencia. Una mañana, sonó el teléfono y fue Mireille Urúsov quien lo descolgó. El canónigo Janin, superior del internado, preguntaba por mí porque hacía quince días que no sabía nada.
Mireille le dijo que yo «estaba un poco pachucho» –una gripe fastidiosa– y que lo mantendría al tanto de la fecha exacta en la que «estaría de vuelta». Le hice la pregunta con franqueza: ¿podía irme con ella...