El Circo de los Maleantes y la Violación Estatutaria de Bass Lake
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¿Cómo llegaron a convertirse los Ángeles en camorristas tan detestables? La respuesta es que no fue fácil. Tuvieron que trabajar de firme para llegar a ser tan taimados, crueles y cobardes. – De la revista True Detective (agosto de 1965)
Pasé por todo ese rollo de la escuela y la familia. Pura mierda todo. ¡Amigo, me alegro de que los Ángeles me aceptaran! ¡Nunca quise ser otra cosa que un Ángel, de veras! – Respuesta a una pregunta
A mediados del verano de 1965, los Ángeles del Infierno eran tema de dos tesis doctorales por lo menos, y debía haber más, sin duda, en proceso de elaboración. Había, sin embargo, por todo California individuos cuyas relaciones reales o imaginarias con los motoristas forajidos habían sido demasiado personales para permitir cualquier enfoque abstracto y sociológico de la amenaza. Por cada uno que no había visto jamás a un Ángel del Infierno en carne y hueso, había medio millar estúpidamente aterrados por el alboroto de los medios de información. No sorprendió a nadie, en consecuencia, el que se produjese cierta tensión pública al aproximarse la festividad del 4 de Julio.
La noche del viernes que precedió al 4 de Julio, llamé al Box Shop. Yo nunca había ido a una gira y como aquélla tenía todas las condiciones prescritas para convertirse en un verdadero acontecimiento, decidí acompañarles. Franchute quiso cerciorarse de que no me proponía llevar a nadie conmigo antes de confirmarme el lugar de reunión:
–Sí, es en Bass Lake –dijo–. A unos trescientos kilómetros al este. Me preocupa un poco el asunto. Puede haber lío. Nosotros lo que queremos es juntarnos todos y pasarlo bien, pero con toda esta publicidad, mucho me temo que estarán allí todos los policías del estado.
Había buenas razones para esperar que estuviese presente la policía: la prensa llevaba semanas haciendo sonar la alarma.
El 24 de junio, un boletín de la United Press International informaba desde Los Ángeles: POLICÍA PREOCUPADA POR GIRA 4 JULIO ÁNGELES DEL INFIERNO. Citaba luego al fiscal general Lynch, que había dicho que su oficina había recibido «varios informes» sobre lo que tenían pensado los Ángeles del Infierno para su gira anual de mitad del verano. (Uno de estos «informes» nacía de la inútil tentativa de vender al New York Times y a otras partes interesadas información sobre el supuesto escándalo del 4 de Julio que iban a protagonizar los Ángeles del Infierno. El rumor de posibles incidentes se extendió muy deprisa y mereció mención incluso en el noticiario de la NBC de Nueva York.)
Luego, a finales de junio, un motín que se produjo en Laconia, New Hampshire, protagonizado por motoristas, ocupó la primera página de los periódicos de todo el país. La prensa de California le dio especial relieve porque el alcalde de Laconia echaba la culpa de todo a los Ángeles del Infierno. El número de Life del 2 de julio incluía un gran reportaje sobre los incidentes de Laconia, con fotografías de un coche ardiendo, la guardia nacional con la bayoneta calada y una colección de armas confiscadas que incluía hachas, barras de hierro, machetes, manoplas, cadenas y látigos. Al parecer unos quince mil motoristas se habían desmandado en una pequeña población residencial de Nueva Inglaterra, se habían enfrentado a la policía y habían prendido fuego a varios edificios, incitados y dirigidos por los Ángeles del Infierno. Era clara la advertencia a las autoridades y a los ciudadanos de California. Si un puñado de Ángeles del Infierno podían provocar tal conflicto a 4.500 kilómetros de casa, era espantoso pensar lo que podría hacer todo el clan en su propio territorio de la Costa Oeste.
Bass Lake es una pequeña población turística próxima al Parque Nacional Yosemite, en Sierra Nevada. Los Ángeles intentaron mantener en secreto el lugar de reunión, pero la vanidad de los más desbordó la discreción de los menos y, en cuanto se filtró la noticia, ya no hubo forma de parar el asunto. La policía recibió el soplo de «fuentes confidenciales», la prensa lo recibió de la policía, y cuando llegó a las ondas aéreas fue algo así como el drama radiofónico de Orson Welles.25 Las noticias de primera hora del sábado 3 de julio daban la impresión de que los ciudadanos de Bass Lake estaban a punto de cavar trincheras para enfrentarse desesperadamente a un destino demasiado lúgubre para describirlo.
Pero ni siquiera los locutores que daban las noticias parecían seguros del punto de reunión de los forajidos. Procuraban claramente atribuir su información a informes policiales, decían también (según los periódicos de aquella mañana) que se suponía que los Ángeles del Infierno podían aparecer prácticamente en cualquier punto situado entre Tijuana y la frontera del estado de Oregón. Los Angeles Times apostaba a que el lugar de reunión podría ser en las proximidades de la playa de Malibú y que podría desarrollarse allí una versión actualizada de Salvaje, pero esta vez con sangre verdadera y sin Marlon Brando. San Francisco Examiner informaba de que los Ángeles del Infierno se disponían a sembrar el terror en la comida anual del Club de Leones, en la zona residencial del condado de Marin, justo al norte del Golden Gate. Y Chronicle ponía al descubierto un plan aterrador de los Ángeles, consistente en «desbaratar» una fiesta benéfica en beneficio de los perros lazarillos para ciegos que iba a celebrarse también en el condado de Marín.
LOS ÁNGELES DEL INFIERNO SE CONCENTRAN
Se decía que estaban «preparadas para la invasión» doce comunidades, por lo menos, del estado de California. Esto añadía un sabor especial a la atmósfera festiva. Allí estaban todos aquellos excursionistas de fin de semana, tipos honorables de los que trabajan de nueve a cinco, deseosos de salir al campo y relajarse, camino de acampadas lejanas con los coches llenos de perritos calientes y carbón y raquetas de bádminton, y todos preguntándose si superarían aquel fin de semana sin traumas ni cadenazos.
Antes de la gira de Bass Lake, toda la publicidad de los forajidos había sido posterior a los acontecimientos, eran relatos estremecedores de detenciones policiales, víctimas y espectadores. Ahora, por primera vez, era realmente posible asistir a una gira de los Ángeles del Infierno. Lo único que tenías que hacer era abrirte paso entre la selva de rumores y elegir el lugar preciso.26
La patrulla de autopistas de California había anunciado la existencia de una nueva red de control y seguimiento perfeccionada, un sistema de comunicaciones radiofónicas destinado a localizar cualquier reunión de motoristas forajidos y a radiar sus movimientos a la policía de todo el estado para que ninguna comunidad fuese cogida por sorpresa. Pero nada se decía de que hubiera planes destinados a neutralizar la amenaza. Un error muy extendido respecto a los Ángeles del Infierno es el de que éstos son ilegales prima facie, y que todas sus giras potencialmente explosivas podrían cortarse de raíz por el simple procedimiento de detener a todo el grupo en cuanto apareciesen en la autopista. Esto provocaría una situación legal muy interesante, pues los agentes que les detuvieran tendrían que encontrar una acusación válida para poder empapelarles. No hay nada ilegal en ir en moto de una población a otra. Un millar de Ángeles del Infierno podrían rodar de Nueva York a Los Ángeles, sin arriesgarse a una detención mientras no violasen por lo menos una ley o una norma municipal. Los Ángeles lo saben muy bien, y antes de salir de gira examinan la ruta sobre el mapa e intercambian información sobre los pueblos que pueden ser peligrosos debido a unas normas de límite de velocidad especialmente severas, a la falta de señales, a leyes insólitas o a cualquier otra cosa que pudiera utilizarse contra ellos. La mayoría lleva años andando en moto por toda California y saben por experiencia en qué poblaciones pueden no ser recibidos amistosamente. A unos cincuenta kilómetros al sur de San Francisco, por ejemplo, hay un pueblo que se llama Half Moon Bay donde detienen a los forajidos motoristas nada más verles. Los Ángeles lo saben y procuran evitar el lugar. Si quisiesen poner de manifiesto un acoso policial tan evidente, es casi seguro que los tribunales les darían la razón, pero para conseguirlo harían falta tiempo y dinero, y Half Moon Bay no es tan importante para ellos. No vale gran cosa, además, como pueblo para hacer una fiesta.
Reno pertenece a una categoría distinta. Los Ángeles hicieron durante varios años su gira del 4 de Julio en Reno, pero después de que doce Ángeles destruyesen una taberna en 1960, el «pueblecito más grande del mundo» aprobó una ley que declaraba ilegal que más de dos motoristas rodasen juntos dentro del casco urbano. No hay ninguna señal que indique esto en las diversas vías de acceso a la ciudad, y no hay duda de que los tribunales rechazarían tal norma si un trío de motoristas del Este fuese detenido por entrar en grupo en la ciudad, pero esto es muy poco probable. La ley se aprobó para proporcionar a la policía de Reno un arma legal contra los Ángeles del Infierno. E incluso los Ángeles del Infierno probablemente pudieran echar abajo esa ley si alguno de ellos estuviera dispuesto a: 1) pasar un fin de semana de fiesta en la cárcel, 2) depositar un mínimo de cien dólares de fianza, 3) volver a Reno varias semanas después, con un abogado, alegar inocencia y enterarse de la fecha del juicio, 4) hacer otro viaje a Reno, también con un abogado, para defenderse ante el tribunal y 5) volver muy probablemente por tercera vez a Reno o a la cercana Carson City para apelar ante el tribunal superior, y 6) aparecer con dinero suficiente para pagar a un abogado el tiempo y el trabajo que llevaría preparar un informe con garra suficiente para convencer a un tribunal estatal de Nevada de que una de las normas municipales de Reno es anticonstitucional, irracional y discriminatoria.27
La justicia no es barata en este país, y la gente que insiste en utilizarla, normalmente está desesperada o dominada por una decisión personal que bordea la monomanía. Los Ángeles del Infierno no son de este estilo, ni pese a que renunciar a ello signifique renunciar a los placeres de Reno. Procuran evitar los lugares donde las circunstancias obran en su contra, sean legales o de otro tipo, y suelen tener suficiente vista para saber cuáles son realmente las posibilidades. Las giras son ante todo fiestas, no son expediciones de guerra, y las cárceles de los pueblos pequeños suelen ser aburridas e insoportables.
Considere las alternativas que se le ofrecen a un jefe de policía de un pueblo remoto de veinte mil habitantes (con una fuerza policial de veinticinco hombres) cuando le llega noticia de que entre trescientos y quinientos motoristas forajidos van a caer sobre él en cuestión de horas. El problema más grave con que ha tenido que enfrentarse en nueve años ha sido un asalto a un banco, en el que se intercambiaron una docena de tiros con dos maleantes de Los Ángeles. Pero eso fue hace mucho tiempo, y desde entonces su trabajo ha sido bastante tranquilo y plácido, accidentes de tráfico, jovencitos pendencieros y alguna que otra pelea de borrachos de fin de semana en bares de la localidad. Su experiencia no le ha preparado para enfrentarse a un ejército de desalmados humanoides, una banda de pistoleros modernos, de infames asesinos capaces de aplastar a un poli como si fuera un sapo, y que una vez descontrolados el único medio de manejarles es con la fuerza bruta.
Aunque disponga de poderes legales de excepción y de una cárcel lo suficientemente grande para encerrarlos a todos, aún queda en pie el problema de obligarles a someterse. Dos de sus agentes están enfermos, otros dos están de vacaciones, así que le quedan sólo veintiuno. El jefe de policía escribe unas cuantas cifras en su cuaderno: veintiún hombres, con un rifle (cinco tiros) cada uno y un revólver (seis tiros), le concede ciertas posibilidades en un enfrentamiento al aire libre, podría montar una emboscada y liquidar a doscientos enemigos... dejando a otros cien desquiciados de miedo y de rabia. Podrían, desde luego, causarles muchas bajas, pero una emboscada es inconcebible debido a la publicidad de pesadilla que rodea al asunto. ¿Qué diría el gobernador del estado más progresista del país de la matanza deliberada de doscientos ciudadanos por obra de un cuerpo policial de una población remota del interior precisamente el día de la Independencia?
La alternativa es dejar a los forajidos entrar en la población e intentar mantenerles controlados, al menos hasta que empiecen a hacer algo, pero eso podría llevar a una lucha casi cuerpo a cuerpo sin previo aviso: el enemigo tendría tiempo para drogarse y emborracharse, tiempo para sacar las armas y elegir el terreno. Trabajando toda la noche, podrían conseguirse unos refuerzos de entre cincuenta a sesenta y cinco hombres en los pueblos y condados próximos, pero en un fin de semana festivo no hay fuerza policial a la que le sobren muchos hombres, e incluso los pocos que puedan sobrar deberían estar listos para volver de inmediato en caso de que los forajidos decidieran de pronto desviarse de su ruta y parar a echar una cerveza en algún sitio imprevisto. Habría que cambiar entonces todo el plan de combate sobre la marcha.
Los Ángeles nunca habían librado una batalla campal con las fuerzas de la ley y el orden, pero habían atacado tantas veces a policías aislados, y hasta a grupos de tres o cuatro, que la policía de la mayoría de las poblaciones, o bien les trataba con mucho tacto o bien se enfrentaba a ellos en el mayor número posible. Los forajidos no comparten ese respeto de la clase media por la autoridad y no tienen culto alguno a «la placa». Miden la autoridad de un poli por el poder que éste tenga para imponerla. Algunos de los relatos sobre el incidente inicial de Hollister, en 1947, hablan de que los policías locales acabaron encerrados en su propia cárcel por los motoristas, que luego «se apoderaron de la población». Pero el único Ángel del Infierno que aún sigue rodando y que estuvo presente en lo de Hollister rechaza la mayoría de las historias que se han ido forjando a lo largo de los años.
–Estábamos allí de fiesta –explica–. Eso de que pegamos a la gente y demás es cuento. No lo hicimos. Armamos mucho escándalo, sí, y perseguimos a unos que empezaron a tirarnos piedras. Cuando los policías se desmandaron de puro miedo, metimos a un par de ellos en cubos de basura y les echamos encima sus propias motos. Eso fue todo.
En 1948, un año después de lo de Hollister, celebraron una fiesta en Riverside, cerca de Los Ángeles, alrededor de un millar de motoristas. Corrieron por las calles a toda velocidad, tiraron petardos a los policías y aterrorizaron, en términos generales, a la ciudadanía. Un sonriente grupo paró el coche de un oficial de las fuerzas aéreas en medio de la ciudad. El militar tocó la bocina y entonces los motoristas saltaron sobre el coche y le hundieron el techo, le destrozaron todas las ventanillas, aporrearon al conductor y magrearon a su aterrada esposa y después les dejaron irse, advirtiéndoles que no se tocaba la bocina a los peatones. El sheriff Cary Rayburn paró a un grupo de invasores y les ordenó que salieran de la ciudad, pero ellos le abofetearon despectivamente, le arrancaron la placa y le rompieron el uniforme. Cuando el sheriff pidió refuerzos, los forajidos se habían largado.
Mucho antes de la era de los pactos de ayuda mutua entre fuerzas policiales vecinas, los salvajes pioneros no se atrevían, por puro sentido común, a enfrentarse violentamente con policías armados. Incluso ahora sólo se enfrentarán a la policía si la situación exige evidente contención por parte de los agentes de la ley: un motín generalizado, un conflicto frente a las cámaras de televisión, o cualquier enfrentamiento que atrae a mucha gente y elimina la posibilidad del tiroteo.28 Un grupo de Ángeles del Infierno de gira en una zona apartada es, por este motivo, un problema infernal para los policías rurales que tienen que afrontarlo. La clave está en controlarlos sin provocación, pero los forajidos se consideran provocados muy fácilmente. Y cuando la cosa se desmadra, es muy probable que haya lesiones, mala publicidad y la posibilidad de una reprimenda que sea una mancha en la carrera para cualquier policía que pierda la cabeza y tome medidas extremas, como disparar contra la multitud y alcanzar a quien no se quería.
El sistema de administración de justicia norteamericano nunca se concibió para controlar grandes grupos de ciudadanos sublevados, sino para proteger la estructura social contra actos criminales o contra personas concretas. El principio básico ha sido siempre que la policía y los ciudadanos forman una alianza natural contra los malvados y peligrosos delincuentes, que sin duda deberían ser detenidos en cuanto se les viese y tratado...