La ciudad interrumpida
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La ciudad interrumpida

  1. 528 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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La ciudad interrumpida

Descripción del libro

Una obra precursora que mostró las primeras sombras del modelo Barcelona.
 

Una crónica de veinticinco años de Barcelona, entre la contracultura y los Juegos Olímpicos, a partir de la arquitectura, el diseño, el periodismo, el arte, el cómic, la fotografía, el cine, las costumbres urbanas y, sobre todo, la literatura. Novelas y cuentos nos guían por la Barcelona de los años setenta, decrépita pero querida. Asistimos a su transformación en una ciudad planificada por los poderes públicos y los capitales internacionales. Con la llegada del turismo de masas, se ha convertido en una referencia en el mundo global, pero muchos habitantes le han dado la espalda.

Publicado en catalán en 2001, es al mismo tiempo un testimonio personal, un libro de crítica literaria y un documento de historia de la cultura. Una obra que puso en evidencia la distancia entre la ciudad y sus creadores. Ahora incorpora un nuevo ensayo que pasa revista a los últimos quince años de ficciones urbanas.

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Información

Año
2019
ISBN de la versión impresa
9788433926210
ISBN del libro electrónico
9788433940186
Categoría
Literatura

La ciudad interrumpida

De la contracultura a la Barcelona posolímpica

1. UN CIERTO BARRAQUISMO VITAL

En los primeros años de la década de los setenta muchos jóvenes que protagonizaron el peregrinaje a Formentera e Ibiza empezaron a regresar a Barcelona y dejaron atrás su pasado hippy. Coincidieron allí con una nueva generación que tenía en la ciudad su espacio natural. Entre 1973 y 1975 la ciudad es un lugar en el que se experimenta en todos los campos de la creación. Textualismo, arte conceptual, antipsiquiatría, cómic underground, música progresiva surgen en este momento y tienen un peso decisivo en la cultura catalana hasta el final de la década. Una serie de artículos de Pau Malvido publicados en la revista Star («Nosotros los malditos») son la referencia para hablar de esta época, junto a una entrevista con Pau Riba («Pau Riba, el maduro»), donde Malvido retrata al cantante como el símbolo de una generación que ha pasado del campo a la ciudad, de la música poético-místico-alquímica al rock, del ácido al alcohol, de la familia hippy a las bandas urbanas, del «rollo» místico a la organización de grupos.
En el último de los artículos de la serie, Malvido habla de la «borrachera moderna», «ese descaro que empieza a verse, este mensaje en el momento de hacer las cosas como a uno le dé la gana, este cambio que va desde una ilegalidad clandestina, oculta, muy suya, a otra ilegalidad más descarada, practicada a campo abierto». La primera generación de la contracultura pasó de la política al hipismo (Malvido relaciona el nacimiento del movimiento hippy en Barcelona con la crisis del PSUC después de la Caputxinada, un encierro de estudiantes antifranquistas en marzo de 1966). Las que vinieron después siguieron el camino inverso: pasaron de hippies a friki-políticos, a adoptar el papel de anarquista inquietante. Corría el año 1973 y el underground nacía bajo el signo de lo que Manuel Castells llamó «el mito de la cultura urbana».
Pero ¿cómo era la ciudad en aquel momento, cómo era la ciudad de la contracultura?
Carles Lladó Badia, Barcelona Adéu, Barcelona, autoedición, 1979.
Por un lado, la ciudad tecnocrática, desarrollada bajo una gran presión demográfica, sujeta a cambios imprevisibles y a procesos de crecimiento muy fuertes e incontrolados. Frente a la ciudad tradicional, donde las diferentes funciones aparecen mezcladas en el mismo espacio, los planificadores dividían la ciudad en zonas, satelizando las distintas funciones lejos del centro urbano. Las vías rápidas que conectaban las diferentes zonas se convertían en el principal agente de ordenación del territorio, dejando a su paso comunidades enteras descuartizadas y zurcidas de cualquier manera. La ciudad antigua quedaba como una reliquia del pasado y como un foco de marginación. Los grandes proyectos de reforma para erradicar el barraquismo dieron como resultado suburbios con superbloques, y grandes avenidas que se degradaban muy rápidamente y que se convertían en centros de delincuencia y desesperanza social. Como escribió Jane Jacobs en Muerte y vida de las grandes ciudades (1961), el fracaso de la planificación había generado «una cosecha de cinismo, resentimiento y desesperación».
Ajoblanco, n.º 27, «Contra la arquitectura», noviembre de 1977.
Desde finales de los años sesenta, la arquitectura moderna era objeto de una avalancha de críticas. No solo por parte de arquitectos y urbanistas, también desde la perspectiva de la sociología, de la psicología y de la biología ambiental. Las tesis de estos detractores podían resumirse del siguiente modo: en sus orígenes la ciudad fue la cuna de las libertades políticas y de los derechos civiles, pero los grandes asentamientos de población del siglo XX, crecidos sin control, sin configuración, escindidos de su entorno natural, degradaban las relaciones humanas, fomentaban la asocialidad y la delincuencia, desarraigaban emocionalmente a las personas y rompían el equilibrio entre intimidad y solidaridad. Este diagnóstico coincidía con el que Allen Ginsberg y los poetas de la generación beat norteamericana lanzaron a mediados de los años cincuenta. La ciudad se había convertido en una esfinge de cemento y aluminio con apartamentos robot, suburbios invisibles, industrias demoniacas. Un Moloch mental, una prisión incomprensible.
California fue uno de los focos de la primera oleada de la contracultura que llegó a Barcelona en el paso de los años sesenta a los setenta. Entre 1969 y 1971 Luis Racionero y María José Ragué Arias estuvieron viviendo en Berkeley. De la experiencia surgieron artículos y libros que anunciaban el nacimiento de una alternativa a la sociedad industrial. Ragué Arias publicó California Trip (1971), un libro de reportajes y entrevistas con pensadores y activistas contraculturales. Entre los que trataban de la ciudad figuraba Spiro Kostof, profesor de historia del ambiente en la Universidad de California, los urbanistas Christopher Alexander y John Dyckman y el arquitecto Richard Meier.
Era un momento de grandes expectativas. Kostof hablaba de captar y comprender el entorno para adaptar la arquitectura a los nuevos tiempos, interpretar los rituales del ambiente y su uso simbólico. Christopher Alexander reclamaba una arquitectura que favoreciera la espontaneidad de las relaciones humanas y proponía un lenguaje de patterns, un conjunto de soluciones arquitectónicas combinables para que cada uno pudiera construir su propia casa. Dyckman creía que los criterios de eficiencia podían ser compatibles con los criterios humanos, y apostaba por una ciudad cosmopolita y un estilo de vida informal, una ciudad sin una élite social establecida, en la que cualquier persona pudiera acceder a la clase dirigente.
Richard Meier remarcaba que «la medida óptima de la ciudad parece ser la unión de las grandes ciudades, las inversiones a escala mundial conectan a la gente y lo importante es saber la distancia en tiempo de una ciudad a otra». A continuación proponía el modelo de Los Ángeles: una ciudad con ochenta escenarios distintos para diez millones de personas. El libro estaba dedicado «A los que viajan». Ya veremos la importancia de esta idea de Meier, y el papel que tendrán en el futuro los intercambios entre ciudades. Lo que interesa destacar ahora es que todos los entrevistados coinciden en la necesidad de que las intervenciones urbanas se adecuen a las necesidades de los ciudadanos, para crear espacios con mayor visibilidad y ambientes más estimulantes.
El arquitecto Josep Muntañola Thornberg estuvo en Berkeley entre 1970 y 1973. Como resultado de esta estancia publicó La arquitectura como lugar (1974), donde hablaba del lugar como acontecimiento, de la experiencia emocional del espacio, del hombre sumergido en una geografía mítica. Muntañola defendía una concepción antropológica de la arquitectura y ponía en relación el urbanismo del futuro con la concepción del espacio de los indios americanos y de los aborígenes australianos. También Horacio Capel, profesor de geografía en la Universidad de Barcelona, introdujo en sus estudios sobre la ciudad numerosas observaciones sobre la percepción del entorno más próximo por parte de los vecinos, y sobre los efectos psicológicos de un medio rico en acontecimientos y referentes iconográficos frente a la homogeneidad de las construcciones modernas.
Estas teorías hubieran tenido una importancia relativa sin las nuevas formas de vida que las acompañaban. En Muerte y vida de las grandes ciudades, Jane Jacobs decía que en la ciudad moderna la gente se enfrenta a la disyuntiva de compartir mucho o no compartir nada. La generación de la «borrachera moderna» se inclinó abiertamente por compartirlo todo. Desde finales de los años sesenta habían surgido experiencias de vida comunitaria. El libro de Josep M. Carandell Las comunas: una alternativa a la familia (1972) circulaba de mano en mano. En los artículos de Star Pau Malvido se refirió a «los primeros agujeros orientales en plena Barcelona» y al «hipismo clandestino». Más adelante dedicó un artículo a su experiencia personal («Comunas de carne y hueso») en el que hablaba de los hábitos familiares y de las formas de vida burguesas, y de los problemas que planteaban a la vida comunitaria.
Más allá del éxito o el fracaso de estas aventuras comunitarias, los jóvenes que abandonaban la familia empezaron a crear por toda Barcelona una red de relaciones y espacios alternativos. En los años setenta, el barrio Chino y el barrio de la Ribera cambiaron de fisionomía. Se ocuparon las calles, se recuperaron locales públicos (el Salón Iris, el Price, el Salón Diana), y también grandes espacios, como el Parque Güell, que en 1977 fue el escenario de las Jornadas Libertarias.
Las teorías de Guy Debord y su concepción fragmentaria de la ciudad formaban parte del ideario del momento. Con el nombre de psicogeografía, los situacionistas designaban la observación sistemática de los efectos que los diferentes ambientes urbanos producen en el estado de ánimo de las personas. Frente a una arquitectura de consumo sin relieve, de un urbanismo uniformizador que los situacionistas relacionaban con los campos de concentración (la revista Potlatch hablaba de «Le Corbusier-sing-sing», en referencia a la célebre penitenciaría de Nueva York), Debord veía el espacio urbano como una secuencia autónoma, articulada a partir de fragmentos de la realidad seleccionados de acuerdo con las afinidades electivas y los intereses comunes de sus usuarios. El descubrimiento de nuevos aspectos de la ciudad se llevaba a cabo mediante la deriva, un método experimental que consistía en ir de un lugar a otro sin rumbo, y dejar que el itinerario se construya al azar de encuentros fortuitos. Con estos juegos los situacionistas reivindicaban la riqueza potencial de la vida cotidiana y pretendían desalienarla. Esta concepción lúdica del urbanismo vehiculaba una crítica a la idea de felicidad de la sociedad de consumo y una propuesta de construcción consciente de situaciones y estados afectivos.
Los situacionistas querían una ciudad sin planificación, que pudiera reinventarse todos los días. En su libro Rastros de carmín (1989) Greil Marcus reproduce un texto del joven Ivan Chtcheglov, «Fórmula para un nuevo urbanismo» (1953), que avanza la idea de la carnavalización de la ciudad que la contracultura se apropiará en los años setenta. Chtcheglov describe una ciudad de «edificios cargados de poder de evocación, construcciones simbólicas que representan emociones, fuerzas y acontecimientos del pasado, el presente y el futuro. Cada día, a medida que desaparecen las chispas de la pasión, se hace más urgente una expansión racional de antiguos sistemas religiosos, de cuentos de hadas y, por encima de todo, del psicoanálisis expresado arquitectónicamente».
Más moderado, el sociólogo Henri Laborit describía este proceso de carnavalización en El hombre y la ciudad (1971), a propósito del Mayo francés, como el equivalente del encuentro entre la ciudad y el suburbio en los días festivos. Frente al trabajo especializado y la segregación espacial y social de la ciudad sometida a la planificación, la fiesta revolucionaria espontánea reunirá en la calle a gente de todas las condiciones y extracciones sociales, en una «extroversión asombrosa» que permitirá «la expresión finalmente desencadenada de los fantasmas, los deseos, lo imaginario». Frente al orden burgués, el desorden barroco, frente al afán de fijar las cosas, la aceptación del paso del tiempo, de la actividad humana verdadera y fluida.
Todas estas ideas estaban en el ambiente a mediados de los años setenta y algunas de las novelas que se publicaron en aquel momento las reflejan desde la óptica de la contracultura.
En primer lugar, la idea de la ciudad como nuevo Moloch que proviene de Ginsberg, de la generación beat y, en general, de toda la crítica a las teorías de la arquitectura y el urbanismo modernos. En L’adolescent de sal (El adolescente de sal), la primera novela de Biel Mesquida, publicada en 1975, la angustia del protagonista se pone en relación con las condiciones de vida de la ciudad:
«Algunas mañanas, al mirar estos plátanos amarillentos y vacíos frente a la ventana, al salir, con los ojos llenos de legañas, al techo negro de la calle, ver los coches entre el humo de la gasolina, chocar con una escarcha de fisionomías humilladas, de cuerpos cansados que soportan la pesada tristeza de un cielo de venenos y entremezclando todo esto con el miedo personal, siento cómo se me estrecha la garganta ahogando esta marejada agria y salada, peor que el vómito.»
La misma idea aparece en L’udol del griso al caire de les clavegueres (El aullido del gris al borde de las alcantarillas), la primera novela de Quim Monzó, escrita entre 1974 y 1975. El protagonista atraviesa en coche la plaza Cerdà hasta la Gran Via en dirección al Eixample. Ve los «monstruos hexaédricos que han convertido a Barcelona en una de las ciudades más vulgares del planeta». Más adelante, mira por la ventanilla: «una mujer delgada tiende una temblorosa colada al viento escaso, con poca convicción, que a la mínima se rompe contra los cristales, brillantes como ojos neuróticos, seriados como oficinas kafkianas de una burocracia dantesca».
En 1977 Monzó y Mesquida publicaron a cuatro manos un libro de cuentos, Self-Service. En el primero de los cuentos de Monzó, «Proposta de treball» (Propuesta de trabajo), nos encontramos de nuevo frente al paisaje de oficinas. Un hombre con abrigo, americana y corbata se lanza desde un ático y cae reflejándose en las ventanas de los edificios que le rodean. Es un breve fragmento que da paso, enseguida, a una escena en el Drugstore del Liceo: una tienda abierta veinticuatro horas, junto al Gran Teatro del Liceo, que fue uno de los lugares míticos de la contracultura. Se trata de una situación típicamente urbana que en la literatura de Monzó se reproduce periódicamente: el protagonista mira a la dependienta de la librería y nota un deseo fugaz. El último fragmento describe un viaje en el tren de la costa, con la imagen de una vieja mujer que orina junto a las vías. Al final, la conclusión: «no hay caminos, solo hierbas y adoquines, y cada vez más adoquines y más asfalto; en resumidas cuentas: etcétera».
En los textos de Quim Monzó y Biel Mesquida el macrocosmos urbano, descrito como una presencia obsesiva, aparece en contraposición a un microcosmos privado, la habitación o la casa, que sirve de refugio («La casa es la perezosa nube donde la serpiente se enrosca y duerme», escribió el cantante Jaume Sisa) y es el lugar donde se comparte la intimidad con los amigos. En ese espacio, el narrador de L’adolescent de sal se recluye para escribir en sus cuadernos psicodélicos, y el protagonista de L’udol del griso al caire de les clavegueres vive sus aventuras sexuales. La conquista de un espacio propio es también el tema de la primera novela de Albert Ullibarri, Guia d’estels i constel·lacions (Guía de estrellas y constelaciones), escrita entre 1976 y 1977. La oportunidad de vivir en un piso compartido con una pareja de extranjeros abre la posibilidad de múltiples experiencias e intercambios sexuales. Ullibarri opone esta actitud de Amàlia, a la de Sílvia y Carles, que se establecen por su cuenta pero adoptan la manera de vivir de sus padres. Los personajes de la novela son...

Índice

  1. PORTADA
  2. INTRODUCCIÓN
  3. AGRADECIMIENTOS
  4. LA CIUDAD INTERRUMPIDA. DE LA CONTRACULTURA A LA BARCELONA POSOLÍMPICA
  5. EL GRAN NOVELOIDE SOBRE BARCELONA.
  6. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
  7. NOTAS
  8. CRÉDITOS